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Justicia y escándalos · Francia

La sentencia que Game no llegó a escuchar

En Lyon, Marc Game fue condenado por robos perpetrados mediante pagarés falsificados. El hallazgo de la caligrafía de Barrat desvió las sospechas hacia otro hombre, pero Game falleció antes de que se resolviera su apelación. El litigio emprendido por su viuda quedó sin fallo definitivo en los anales.

La sentencia debía ser leída a Marc Game en el instante mismo en que se disponía el tribunal a juzgar su apelación. Jamás llegó a escuchar aquel fallo. Una dolencia le obligó a abandonar el calabozo para ingresar en el Hôtel-Dieu; expiró allí pocos momentos después de su llegada, antes de que el tribunal superior hubiese enmendado, a decir de la crónica, el yerro que lo había condenado. Mientras tanto, en Lyon, ya era sabido que las órdenes de pago exhibían un trazo caligráfico que no le pertenecía. Con todo, había sido condenado a tres días de picota, a la marca de hierro y a nueve años de galeras, al tiempo que el auténtico autor de las sustracciones se sustraía a la instrucción judicial.

Game había nacido en Saint-Paul-d’Yenne, en Saboya. Tras prestar servicio militar durante doce años en el regimiento de Tarentaise, se había establecido en Lyon, donde trabajó sucesivamente al servicio de diversos particulares. Nueve amos dieron fe de sus buenas costumbres y de su acrisolada fidelidad mediante certificados. En 1770 contrajo matrimonio con Jeanne-Marie Jacob y emprendió un modesto comercio de harinas. Los oficiales de su distrito, sus vecinos, los tratantes de trigo y los harineros certificaron que siempre había cumplido con sus deberes de hombre probo. Su reputación no era la de un prócer ilustre, mas descansaba en la estima de quienes lo veían a diario ocuparse de su tienda y de su hogar.

Hacia finales de 1772, un timador recorrió los establecimientos de Lyon provisto de vales apócrifos. Se valía del nombre de personas de notoriedad y redactaba una solicitud lo bastante convincente como para que los tenderos hicieran entrega de las mercancías a un supuesto criado. El 17 de octubre, un individuo compareció ante Chollet, calcetero, con un escrito atribuido a Chaix. Solicitó seis pares de medias de seda y dos pares de mitones para señora, supuestamente destinados al señor Chay. El apellido, que en realidad se escribía Chaix, gozaba del suficiente crédito como para que la señora de Chollet y sus dependientes accedieran a entregar el encargo.

Idéntico ardid permitió más tarde allegarse salchichones y lardo en casa de la mujer Bergeret, y posteriormente velas de cebo en el comercio de la señora Clémençon. Los comerciantes no repararon en el engaño sino al presentarse a cobrar el importe ante Chaix. El escrito y la firma eran falsos; la persona del autor permanecía oculta en la sombra. Fue en aquel intervalo, cuando los damnificados advertían la trampa mas no la identidad del bribón, cuando se pronunció un nombre.

Game había trabajado apenas unos ocho días como doméstico para Chaix. Una criada de la hacienda había aspirado a desposarlo, según refiere la crónica, proyecto al cual él no se avino. Champagnac deja en suspenso las razones que la movieron a señalarlo: si fue mera imprudencia o el aguijón de la venganza. Lo incuestionable en la narración es que Chaix dio por buena la conjetura. Las señas facilitadas por los comerciantes, empero, distaban de coincidir con Game: aludían a un hombre de entre treinta y treinta y cinco años, en tanto que Game aparentaba mayor edad. La casaca de ratina gris, otro de los indicios esgrimidos, era habitualísima entre la servidumbre de una urbe de tal calibre. No obstante, una vez depositada la sospecha en su persona, tales disonancias dejaron de frenar las aseveraciones.

Chollet y la mujer Zacharie se personaron en el domicilio de Game con el pretexto de adquirir géneros, a fin de examinarlo con detenimiento. La Zacharie hubo de admitir que el hombre no mostró turbación alguna ni sorpresa ante su presencia. Respondió sin titubeos y les exhibió cuanto le pedían. Semejantes muestras de serenidad hubieran debido desvanecer el recelo; sirvieron, por el contrario, para alimentarlo. La señora de Chollet, que aguardaba en las inmediaciones, se dejó convencer por los que regresaban de la vivienda. Se jactaba la mujer de poseer una mirada y una memoria tan certeras que reconocería, al cabo de seis años, a un sujeto vislumbrado una sola vez. No consigna la crónica careo alguno en el que se acreditara cabalmente que Game fuese el individuo a quien ella entregó las medias.

Al día siguiente, la mujer Zacharie interceptó a Game en el puente de piedra, reclamándole el importe de unas cuerdas que le atribuía haber tomado de su negocio. Él negó semejante compra y requirió su nombre y domicilio, asegurando que pasaría a aclarar la discordia. Cumplió su palabra y acudió. Los dos dependientes de Chollet lo acogieron entre improperios y le conminaron a seguirlos. En el aposento se encontraban Chaix, Bergeret, la señora Chollet y su progenitor, acompañados por otras personas ya convencidas de su autoría. Se deliberó allí sobre mandarlo apalear y, luego, sobre ordenar su arresto. Mucho antes de que el inculpado prestara declaración ante un magistrado, recibía ya el trato propio de un reo consumado.

Game alzó su protesta y puso a sus convecinos por testigos de semejantes vejaciones, emprendiendo gestiones para exigir reparación. Entretanto, el verdadero granuja proseguía con sus manejos. Se hizo entregar cuarenta libras de candelas en casa de Maron, comerciante cerero, valiéndose siempre de una nota y una firma ficticias, para reiterar la estratagema en otros despachos. Maron acusó a Game y dispuso su conducción a presidio. El cerero no había logrado desenmascarar al embustero; se limitaba a reconocer el patronímico que los demás habían señalado de antemano.

No obstante, diversos testimonios ubicaban a Game en otros parajes la mañana en que acaecieron las estafas. Personas que no lo habían perdido de vista intentaron desengañar a sus denunciantes. Empero, estos habían avanzado demasiado como para desdecirse: la presunción inicial se transformaba en certeza inconmovible a fuerza de repeticiones. A un falsario sin rostro se le había suplido por el individuo más próximo susceptible de inculpación, y cada fardo sustraído con un nuevo vale consolidaba la imputación anterior en lugar de someterla a examen.

Otro negociante obraba en posesión de una prueba concluyente sin sospechar siquiera que atañía a Game. El verdadero culpable era Barrat, antiguo sirviente del señor Baley. Este sujeto arrastraba ya una condena por robo con fractura y se había evadido de las prisiones reales. Había reclamado géneros usurpando la firma de Baley en múltiples tiendas. Para precaver nuevos perjuicios, el negociante remitió a los comerciantes su rúbrica auténtica, previniéndoles que la cotejaran con las notas antes de soltar mercancía alguna.

Un mercader al corriente del proceso incoado contra Game instó a Baley a que le trazara el retrato de Barrat. El prófugo contaba con treinta a treinta y cinco años y vestía habitualmente una casaca de ratina gris rizada: se acomodaba a la perfección al retrato del timador, mas no al de Game. Los vales fueron puestos ante los ojos de Baley, quien reconoció sin vacilar la letra de su antiguo lacayo y presentó misivas autógrafas de aquel para su cotejo. El mismo rasgo caligráfico se advertía en las cédulas empleadas para perpetrar los despojos a costa de Baley. Barrat se hallaba en fuga o permanecía agazapado. Faltaba la persona principal en las pesquisas; sin embargo, el legajo acusatorio contra Game ya había pisado los estrados judiciales.

Tras una causa que Champagnac califica de punto en blanco irregular, la sentencia del 11 de marzo de 1773 condenó a Game a tres jornadas de picota, a la marca infamante y a nueve años de trabajos forzados en las galeras. El reo interpuso recurso de apelación y suplicó al consejo superior la admisión de sus descargos y justificaciones. La causa iba a ser examinada por fin en una instancia más elevada; los deponentes, las cédulas y los pagarés apócrifos recuperarían su cauce natural en la instrucción. Mas para Game, semejante revisión no llegó con la celeridad debida.

Cuando se fijó la fecha para la vista de la apelación y la causa quedó conclusa para fallo, cayó presa de una enfermedad en el recinto carcelario. Champagnac atribuye la afección a las emanaciones corruptas provocadas por las aguas que inundaron el penal durante una crecida. Hubo de ser trasladado con urgencia al Hôtel-Dieu. Expiró allí casi al punto, en el momento mismo en que los ujieres se disponían a darle lectura del auto judicial. El tribunal había recibido los hechos justificativos; Game ya nunca los escucharía.

Jeanne-Marie Jacob tomó entonces sobre sus hombros la apelación de la sentencia que pesaba sobre su difunto marido. Un auto dictado a su instancia la autorizó a emplazar a cuantos considerase menester. Notificó a los testigos que habían depuesto en la sumaria y les demandó el abono de treinta mil libras en concepto de daños y perjuicios. La vía procesal orientada a enmendar el error se abría ahora por el aliento de una viuda desamparada de aquel cuyo honor defendía, reclamando a los denunciantes el precio fatal de su inculpación.

En 1774, el consejo superior de Lyon admitió a trámite la querella promovida por el procurador general contra Barrat, a quien los letrados de Game señalaban como el verdadero artífice de los fraudes. El tribunal ordenó suspender el pronunciamiento sobre la apelación de la viuda contra la condena de su marido y desestimó la pretensión de indemnización contra los testigos. En ese exacto trance se detiene la crónica que ha llegado a nuestras manos. No consigna providencia definitiva sobre la apelación de Game, ni fallo punitivo contra Barrat, ni resarcimiento alguno para la viuda.

La condena de marzo de 1773 pervive así en estas páginas junto al rastro de los factores que la hicieron posible: la delación de una criada referida con cautela por el cronista, la testaruda convicción de la señora de Chollet —quien se afirmaba capaz de reconocer tras seis años al hombre visto una sola vez—, una apostura física discordante con la del reo y, por último, unos declarantes incapaces o reacios a desdecirse de sus primeras certidumbres. La pista que conducía a Barrat y la comprobación de sus grafías se hicieron constar con anterioridad a la sentencia de marzo de 1773. Tras el deceso de Game, nuevas pruebas corroboraron su inocencia; en 1774, el consejo superior dio curso a la querella contra Barrat y suspendió el fallo sobre la apelación de la viuda. La última actuación registrada en los autos no representa, por ende, ni la condena del auténtico falsario ni la rehabilitación solemne y definitiva de la memoria de Game.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El billete de Baley

En esta novela corta de ficción, una vendedora de velas descubre en un pagaré falsificado la caligrafía de su hermano, mancebo en una casa de comercio. El pariente se esfuma antes del proceso contra un convecino acusado de las sustracciones; la tendera debe discernir entre consignar la única prueba que posee o salvaguardar el linaje de una afrenta irrevocable. Los personajes y el desenlace son de entera invención. ¿Desea acompañar a esta testigo en el hallazgo de cómo una rúbrica condena a un inocente aun cuando el verdadero artífice continúe oculto, debiendo acaso salir en su busca?

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El harinero de Lyon

Una novela histórica seguiría los pasos de Jeanne, la mujer de un modesto harinero prendido por testimonios vacilantes y conjeturas ciegas. Con tesón, ella compila las pruebas de la coartada de su esposo, al tiempo que descubre que los acusadores prefieren enconar sus mentiras antes que enmendar sus primeras aseveraciones. Nombres, peripecias y resolución serían ficticios. ¿Le atraería sumergirse en este drama procesal donde una esposa se ve obligada a articular certificados de vecindad, libros de cuentas y peritajes caligráficos frente a una sentencia ya dictada, bajo la atenta mirada de la corte de apelación?

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Cédulas sin dueño

Esta trilogía imaginaria recorrería tres causas judiciales motivadas por documentos mercantiles apócrifos en diferentes urbes de la época. Un harinero comparece imputado en Lyon, una doncella en Ruan, un amanuense en Burdeos; en cada sede, un rasgo de escritura tuerce el rumbo de la sospecha sin apresar de inmediato al artífice del fraude. Todo el elenco y los fallos serían de libre invención. ¿Desea una saga en la que las pesquisas dialogan entre sí y en la que la certeza documental no basta siempre para restituir la honra y la vida de los reos, al llegar la justicia demasiado tarde?

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del legajo III22. Marc Game es acusado de robos consumados en Lyon mediante pagarés falsificados; resulta condenado el 11 de marzo de 1773 a la picota, a la marca y a nueve años de galeras. Interpone recurso de apelación e insta la admisión de sus hechos justificativos. Fallece en el Hôtel-Dieu la misma jornada fijada para la resolución de la alzada. El consejo superior de Lyon toma conocimiento en 1774 de una querella del procurador general contra Barrat, señalado como el ejecutor por los letrados de Game, suspende el pronunciamiento sobre la apelación de la viuda y absuelve de la instancia a los testigos frente a la pretensión de daños y perjuicios. La fuente histórica no ofrece providencia definitiva sobre la apelación, condena alguna contra Barrat ni reparación para la viuda. La concordancia fisonómica y las piezas caligráficas son reseñadas por Champagnac; no ha de presentarse la querella contra Barrat como una condena judicial consumada, ni el expediente como una rehabilitación legal formalmente consumada.

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