Un recluso condenado a cadena perpetua se queja de perderse la cena. El guardia entreabre la puerta del despacho del juez para solicitar que se agilice el interrogatorio; cuando se vuelve, el preso ha desaparecido. Así da comienzo la evasión de Grison, narrada por Marie-François Goron, antiguo jefe de la Sûreté, en sus memorias publicadas en 1897. El capítulo, cuyas detenciones carecen de fecha, sigue en un primer momento la búsqueda del prófugo en las inmediaciones de Pantin y, más tarde, el arresto de Godard y sus secuaces en una modesta fonda del faubourg Saint-Antoine. Se trata de los recuerdos de Goron, no de actas sumariales aquí cotejadas; es preciso recibirlos como el testimonio retrospectivo de uno de sus protagonistas.
Grison era aún joven. Goron le atribuye apenas veintidós años y lo describe como un hombre de fuerza extraordinaria, ya temido en los bajos fondos a los que pertenecía. El capítulo rememora un duelo con Allorto, a quien señala como el asesino de Auteuil y cómplice de Sellier. Una disputa por el título de cabecilla de los ladrones de La Chapelle habría empujado a ambos a esgrimir las navajas ante sus compinches. Al despuntar el día, Allorto fue hallado con ocho heridas. Para Goron, este lance justificaba la indiscutible autoridad de Grison sobre los suyos.
La policía acabó por apresar a Grison tras un forcejeo, refiere Goron, y la Audiencia lo condenó a trabajos forzados a perpetuidad por robo a mano armada y homicidio en grado de tentativa, entre otros cargos que el memorialista no pormenoriza. Pese a ello, permaneció en la prisión de la Grande-Roquette, pues los magistrados confiaban todavía en esclarecer otra causa y recabar señas sobre sus cómplices. Dos o tres veces por semana, se le conducía al Palacio de Justicia para ser interrogado por el juez de instrucción Bedorez.
Cierto día, según el relato, Grison aguardaba junto a un guardia de París en el pasillo contiguo al despacho del instructor. Goron retrata al custodio como un hombre bonachón y confiado. El presidiario le habló de sus remordimientos y de los azares que, según decía, arrastran a un individuo empeñado en no torcerse a tener cuentas pendientes con la justicia. Tras una prolongada espera, Grison lamentó perderse la comida del atardecer: a su regreso al penal, la hora del rancho habría pasado. Rogó al guardia que apresurara la diligencia. Este entreabrió la puerta del gabinete con el fin de inquirir al juez qué debía hacer con el reo. El magistrado ordenó que lo hiciera pasar de inmediato. Cuando el centinela se giró, Grison ya se había desvanecido.
El fugitivo había bajado la escalera a saltos, cruzado el patio de Mayo y alcanzado la verja del Palacio. Al ganar el bulevar, tropezó con un anciano que cayó al suelo vociferando lo bastante como para congregar a los transeúntes. Grison, comprendiendo que la multitud amenazaba con cerrarle el paso, abrió brecha a puñetazos y corrió en dirección al quai aux Fleurs. El guardia, recobrado del estupor, dio la voz de alarma en el retén; los agentes municipales batieron las calles aledañas, pero sus pesquisas resultaron infructuosas. La crónica no consigna el día ni el año de esta fuga. Subraya, en cambio, el fracaso fulminante de las batidas y el imperativo ineludible que recaía sobre la Sûreté: capturar al hombre que acababa de escabullirse en las entrañas mismas de la sede judicial.
Afirma Goron que Grison no intentó cruzar la frontera. Habría permanecido en París y sus arrabales, entre las tabernas y tugurios donde los sabuesos podían confundirse con la clientela habitual. Se encomendó la búsqueda a tres inspectores: Tréard, Latrille y Blanchet. El autor elogia con particular énfasis a Latrille, a quien presenta como avezado conocedor de los garitos frecuentados por los maleantes. Pocas jornadas después de la evasión, los asaltos nocturnos arreciaron en los confines de Pantin. A ojos de Goron, aquel rebrote delictivo indicaba que Grison había reorganizado su cuadrilla en el mismo terreno donde ya operaba.
Los agentes estrecharon el cerco entre Montmartre, La Chapelle, Pantin y Saint-Ouen. Al cabo de dos semanas, dieron de nuevo con la pista de Grison en los figones apostados al pie de las fortificaciones. Lo siguieron durante tres días más, de taberna en taberna, hasta un merendero situado extramuros, junto a la poterna de Saint-Ouen. Goron lo bautiza como «la guarida de Pierre el Ladrón». Grison se hallaba allí en compañía de siete u ocho individuos. Tres policías solos no habrían podido reducirlo sin grave quebranto; si el cabecilla ganaba la calle, razonaba el narrador, bien podía esfumarse entre los escombros y los fosos de la franja militar. Blanchet partió, pues, en busca de refuerzos, mientras Tréard y Latrille vigilaban las salidas.
Regresó acompañado por cuatro guardias municipales que tomaron posiciones ante los accesos, sable en mano. Los tres inspectores irrumpieron de súbito y se abalanzaron sobre Grison. Este descerrajó su revólver casi a quemarropa; sus secuaces desenfundaron asimismo. Se entabló un vivo tiroteo en la estrechez de la estancia. Una bala atravesó la mano de un agente y otra perforó el sombrero de su compañero. Agotados los seis cartuchos de su arma, Grison empuñó una larga navaja catalana y saltó por una ventana hacia un descampado. Tréard se arrojó en su persecución e hizo fuego; el proyectil alcanzó al prófugo en el muslo derecho.
Cuando el agente le dio alcance, el herido blandía aún el acero. Tréard le intimó a soltarlo, encañonándolo con el revólver. Goron refiere que Grison vaciló un instante, antes de ceder y tender las muñecas. El resto de la banda fue sometido en el figón. Condujeron acto seguido al cabecilla a las dependencias de la Sûreté. Hizo su entrada, afirma Goron, preguntando a voces por él y amenazándolo de muerte; pero el dolor del balazo sofocó bien pronto sus bravatas. Se negó a que avisasen a un facultativo y exigió a los policías que le extrajesen el plomo, arguyendo que ellos mismos se lo habían metido. Gaillarde, valiéndose de un cortaplumas, procedió a la incisión antes de que el médico del Dépôt atendiera formalmente al reo. Poco después, según el memorialista, Grison compareció de nuevo ante la Audiencia y fue sentenciado por segunda vez a trabajos forzados a perpetuidad.
Este desenlace clausura el primer relato, pero Goron engarza con él otra detención en la que asegura haber tomado parte directa. Según sus averiguaciones, Godard y su partida, que venían de desvalijar una platería del faubourg Saint-Antoine, se guarecían en un hospedaje de la calle Traversière. Goron no ignoraba que aquellos hombres dormían con revólveres y puñales al alcance de la mano. Se apostó en el lugar a las cinco de la madrugada con varios inspectores, tras haber dejado los carruajes a distancia para no infundir sospechas.
Goron situó a Girodot y a unos cuantos hombres en el arroyo de la calle, con orden de tirar al aire si era preciso valerse de las armas. En seguida penetró en la fonda junto a Rossignol y los demás agentes, y conminó a los moradores a franquear el paso en nombre de la ley. Por toda respuesta obtuvieron una blasfemia. Los policías echaron abajo la puerta, mas no con la rapidez debida, escribe Goron, pues de lo contrario habrían encajado una furibunda andanada de disparos. Las primeras balas disparadas por Godard y sus compinches quedaron alojadas en la madera. Al ceder las hojas, los presentes arrojaron las armas, salvo Godard, que franqueó una ventana, se asió a un canalón y trepó hasta el tejado.
Desde la calle, Girodot y su retén distinguieron una silueta recortada en el caballete. Dispararon al aire conforme a las instrucciones recibidas, pero dos proyectiles alcanzaron a Godard en las nalgas. Rossignol lo persiguió hasta un desván y lo redujo tras un violento forcejeo. El estrépito había congregado a los obreros que cruzaban el barrio a esa hora; formóse un gentío que, en un principio, increpó a los agentes acusándolos de tirotear a pobres gentes. Goron asevera haber explicado a los amotinados que los detenidos eran salteadores de la zona, logrando que el ánimo popular se inclinase a favor de la autoridad. La aparición de Rossignol con las manos tintas en la sangre de Godard atizó un nuevo arrebato de indignación. El jefe de la Sûreté relata haber tenido que parapetar a los arrestados ante el peligro inminente de linchamiento, antes de conducirlos al retén de la avenida Daumesnil.
Goron da cuenta, por último, de su interrogatorio a Godard, quien le espetó haberlo encañonado en dos ocasiones sin atreverse a apretar el gatillo por el recuerdo de su anciana madre. Malherido, el preso fue asistido por el médico personal de Goron. Este interpreta el asombro del delincuente al verse con vida como prueba del pavor que la policía infundía al hampa; apreciación que atañe de modo exclusivo al memorialista. Detalla que se logró extraer uno de los plomos, mientras que el otro le había desgarrado la vejiga. Godard sanó de sus lesiones y fue condenado a doce años de trabajos forzados. Goron afirma haber sostenido ante el juez que los estragos sufridos por Godard bastaban como escarmiento, máxime cuando no constaba que los malhechores hubiesen oído la intimación previa a la fractura de la puerta. Con todo, no se atribuye la potestad de tasar la pena.
Así, el capítulo confronta dos métodos para apresar a individuos de probada peligrosidad: rastrear al fugitivo entre el rumor de las tabernas y sitiar a una cuadrilla en su propia madriguera. Concluye con una reflexión de Goron, quien aduce haber rescatado estos lances para ilustrar los riesgos a que se exponían sus subordinados, aun juzgando los casos de Grison y Godard como excepciones dentro de un hampa cuyos miembros, en su inmensa mayoría, capitulaban sin resistencia. Este dictamen postrero recalca la condición del autor: antiguo mandatario policial, evoca a sus propios hombres y sus personales determinaciones. Nombres, peripecias y condenas son aquí los consignados en sus memorias; las fechas fehacientes y los pormenores de los sumarios quedan supeditados a lo que revelen otros documentos de archivo.
