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Justicia y escándalos · Francia

La subasta no llegará a su término

La crónica de la audiencia de lo criminal del Eure en agosto de 1875 da cuenta de la muerte del acreedor Féret durante la subasta de unas cosechas embargadas, seguida del intento de disparo contra el alguacil Viconte. Fauliot niega haber querido matar a este último; los testigos lo contradicen. El jurado descarta la premeditación en la tentativa contra Viconte, admite circunstancias atenuantes y el tribunal impone la pena de trabajos forzados a perpetuidad.

A las once de la mañana del 11 de julio de 1875, el alguacil Viconte se personó para proceder a la venta de las cosechas embargadas a Fauliot, labrador en Longchamps. El acreedor Féret se hallaba asimismo sobre el terreno. Conforme al auto de acusación leído ante la audiencia, Fauliot ya había proferido amenazas contra ambos hombres: pretendía retener su mies e impedir que la subasta alcanzara su término. Al cruzar Féret a escasos pasos de él, el encausado le apuntó con una pistola oculta hasta entonces bajo su blusa y disparó. El acreedor cayó, alcanzado de lleno en la cabeza. Fauliot se revolvió entonces hacia el ejecutor: «¡Ahora le toca a Viconte!» La segunda parte de la amenaza no tardaría en librarse en el camino.

La Gazette des Tribunaux recoge el litigio en la audiencia del 3 de agosto, celebrada ante el tribunal del jurado del departamento del Eure. Contaba Fauliot con treinta y nueve años; cubría ya sus cabellos una blancura completa y sus facciones estaban marcadas por una severidad que el periódico atribuía a un notable descaro. Vestía blusa azulada y exhibía, a decir de la reseña, el porte y los ademanes propios de un campesino. Don Lelu sostenía la acusación pública, en tanto que el letrado De Burey ocupaba el banco de la defensa. El secretario procedió a dar lectura formal del acta de cargos: de este pliego dimana la crónica del embargo, de la almoneda y de las detonaciones.

El documento presentaba a Fauliot bajo los rasgos de un cultivador disipado, entrampado en deudas y negligente en pagar, de modo particular, a su tendero, el mencionado Féret. Cansado de esperas, este había acabado por comisionar a Viconte, curial de Étrépagny, para proceder judicialmente contra su deudor; la cosecha fue trabada y señalada su venta en pública subasta. La relación no aporta los títulos de la deuda ni el pormenor de los trámites. Consigna, en cambio, que tales diligencias habían encendido en Fauliot una cólera furiosa y que, al apersonarse el ministro ejecutor el 11 de julio, este lo recibió con groseros denuestos, llegando incluso a alzarle la mano. Una disputa similar estalló frente a Féret.

La diligencia obligaba de tal suerte a reunir a los tres hombres al pie de un fruto cuya ganancia debía saldar el crédito reclamado. En la tesis acusatoria, Fauliot no se limitó a oponer resistencia pasiva al mandamiento: concibió el designio de vengarse de quienes lo hacían efectivo. Caminaba Féret con sosiego a corta distancia; el inculpado le encañonó con el arma que ocultaba bajo los pliegues de la ropilla y le descargó un proyectil que se le alojó en la cabeza. La Gazette refiere que cayó fulminado. En ese punto habría Fauliot exclamado la advertencia contra Viconte, para de inmediato proceder a cebar de nuevo la pieza, de cuyos dos cañones ya se había hecho fuego.

Puesto sobre aviso, el oficial público se dio a la fuga a bordo de su carruaje, que debió efectuar un rodeo. Fauliot corrió a cortarle el paso y le apuntó en dos ocasiones a corta distancia, mas la pistola falló. Semejante defecto del mecanismo deslinda, en el sumario judicial, la consumación del homicidio del segundo asalto: de los dos hombres señalados, uno yacía cadáver, en tanto el otro lograba escapar con vida del paraje. Fauliot fue reducido y prendido ya entrada la tarde, conservando todavía el arma en su poder. Refiere la crónica que confesó haber dado muerte a Féret por despecho y represalia, si bien negó rotundamente haber atentado contra la vida de Viconte. La instrucción, agregaba el acta, había probado que adquirió la pistola el día previo con la mira puesta en perpetrar este doble crimen.

Durante el interrogatorio plenario, el presidente lo apremió con detenimiento sobre sus actos y la procedencia de la pistola. Fauliot reconoció el hallazgo de una escopeta de dos cañones cargada con sus cápsulas y municiones en su aposento; negó haber vertido intimidaciones contra Féret o su cónyuge y redarguyó la legitimidad del crédito, espetando: «Yo no debía nada en absoluto». El presidente le reprochó no haber acudido a los tribunales si reputaba indebido el cobro, en lugar de alzarse con violencia contra la ejecución forzosa. Recordó asimismo la presidencia que Fauliot empezó por negar la compra de la pistola para sostener más tarde habérsela procurado a un armero de Argueil, aduciendo que temía comprometer a este último. Hallado el individuo que le vendió la pieza, el procesado se vio forzado a admitir la transacción. Requerido luego sobre la fecha precisa, manifestó no recordarla bien. Aseguró haber adquirido el arma por mera prevención para los caminos al viajar a ver a sus ancianos padres. Objetó el magistrado que los caminos reales contaban con debida escolta e hizo notar que había escogido un ingenio de factura superior, no obstante su elevado precio; Fauliot zanjó que acertó a pasar por allí y compró pólvora al mismo tiempo.

Negó con igual firmeza el acusado haber encarado al actuario. Sostuvo que el arma no se hallaba cargada y declaró que enfiló hacia el carruaje de Viconte con el único propósito de tomar el camino de Mainneville para acudir a casa de sus parientes. Las reconvenciones de la presidencia le confrontaron empero con las frases que diversos testigos le atribuían unánimemente: «Viconte no subastará este retazo de tierra», o bien «Le voy a arreglar yo las cuentas». Fauliot aseveró no haber pronunciado jamás tales advertencias. Concedió haber recargado los cañones, pero con el propósito confesado de descerrajarse un tiro; interrogado sobre por qué desistió de semejante resolución, respondió: «Ya ve usted… uno se lo piensa…» El anuncio de la venganza y la tentativa contra el oficial de justicia concurrían así trabados en el debate plenario, si bien el justiciable rechazaba de plano el segundo extremo.

El facultativo forense señor Bariod, compareciente para detallar el reconocimiento pericial sobre los despojos de Féret, indicó que el proyectil había penetrado por la nariz atravesando la masa encefálica, habiéndose extraído del fondo de la caja craneal. Estimó que la defunción debió ser instantánea. Viconte testificó que, al emprender la huida sobre su coche, vio a Fauliot correr a su alcance y encañonarle a bocajarro. El enjuiciado replicó que el arma carecía de carga; preguntado por la presidencia si acaso el testigo faltaba a la verdad del juramento, persistió en su rotunda negación.

Otras declaraciones trajeron al estrado las conversaciones y actitudes observadas antes y después del remate judicial. Giguel, techador en Longchamps, testificó que Fauliot le había asegurado, ocho días antes del suceso, que si la subasta prosperaba Féret no vería un solo céntimo. El acusado arguyó que se refería a promover una tercería o recurso legal. Barce aportó dichos análogos; Caloud le había oído advertir a Viconte que tendría su merecido, del mismo modo que él tendría el suyo. El guarda campestre Legoix afirmó bajo juramento que el reo había conminado tanto al oficial como a Féret, y que acto seguido lo vio baquetear la pólvora de su pistola y descerrajar el tiro contra Viconte, fallando la ignición. Bourguin depuso que Fauliot le había prevenido de que depararía al ministro idéntica suerte que a Féret. A su turno, Louvet relató que, consumado el disparo mortal, Fauliot le manifestó: «Sí, he matado a Féret; me queda otro al que despachar, y luego me tocará a mí».

Fauliot insistió en sostener que los declarantes se habían concertado para urdir falsedades tocantes a Viconte. Bertin y los dos Levasseur manifestaron haberle visto, tras el asesinato consumado de Féret, cruzar a su vera, cebar nuevamente el cañón y emprender veloz carrera tras el tiro de caballos del actuario. El magistrado les increpó no haber intervenido para atajar el crimen; uno de ellos replicó llanamente que no abrigaba deseos de hacerse matar. La crónica se detiene un instante en semejante confesión, censurada con viva indignación por el presidente. Caillouet, que ocupaba plaza en el carruaje, nada pudo apreciar del disparo; Barette, por su parte, relató haber localizado a Fauliot en la hostería de Delaunay poco después del hecho delictivo, logrando reducirlo con el concurso del posadero mediante una soga de arreo.

El señor Lelu recabó del jurado la apreciación de la premeditación calificada, tanto para el alevoso asesinato de Féret como respecto a la tentativa de homicidio perpetrada contra Viconte, descartando de plano todo beneficio de atenuación. El letrado De Burey no discutió la materialidad del crimen acaecido, mas combatió con denuedo la desmedida aflicción de la pena impetrada por el ministerio público. Sostuvo que se habían buscado circunstancias agravantes allí donde no cabían, destacando que Fauliot jamás había incurrido con anterioridad en tacha alguna contra la probidad. A su entender, el campesino obraba convencido de no adeudar el importe reclamado, hallábase enajenado por el dolor de ver rematar sus mieses en condiciones de quebranto absoluto, se entregó sin amago alguno de resistencia e hizo patentes señales de pesadumbre desde los primeros instantes. Dicha alegación sintetiza la postura de la defensa letrada; la publicación no traslada la integridad de los debates orales ni todos los documentos leídos.

El jurado evacuó en sentido afirmativo las cuestiones formuladas, a excepción del extremo tocante a la premeditación en la tentativa contra la persona de Viconte, acordando en su favor el beneficio de circunstancias atenuantes. El tribunal condenó a Fauliot a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. La almoneda judicial arrojaba tras de sí dos destinos irreconciliables: Féret había sucumbido sin remedio en el polvo, en tanto Viconte escapaba incólume al estrago del plomo. En la sentencia dictada, el tribunal de conciencia desestimó la alevosía previa contra el alguacil, mas el castigo expiatorio sancionó con rigor el homicidio y los demás hechos probados de los que Fauliot fue declarado formalmente culpable.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La campana bajo la ceniza

Ficción autónoma — Novela corta. En Saint-Loup-des-Forges, una campana de bronce se desvanece en vísperas de la visita prefectural; al alba, el campanero yace sin vida al pie del campanario. El cerrajero jura que los herrajes no fueron violentados, al tiempo que la viuda del maestro fundidor señala al sacristán, deudor insolvente de su marido. Una aprendiz advierte que la maroma presenta tiznes de carbón ausentes en el resto de la estancia. Sus pesquisas desvelan que el finado había ocultado el bronce en una antigua herrería para salvarlo del crisol de fundición. El verdadero matador perseguía quebrar el secreto del anciano, no lucrarse con el metal. Los personajes, el marco espacial, el delito y su desenlace son de pura invención.

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El registro de las mareas

Ficción autónoma — Novela. En un enclave portuario septentrional, el cadáver de un inspector de faros aparece flotando junto al malecón tras el amaine de un violento temporal. El telegrafista asevera haber transmitido la orden de clausura de la dársena; el patrón del transbordador jura no haber divisado la señal convenida. Una joven delineante cartográfica advierte que el registro de pleamares ha sido raspado y reescrito con tinta aún fresca, y que una boya desplazada guio deliberadamente a un carguero hacia los escollos. La instrucción desentraña un fraude de fletes orquestado para salvar de la quiebra a una atarazana local. La vista judicial saca a la luz los intereses encontrados de mareantes, armadores y munícipes; la cartógrafa aporta el mapa que descubre la falsedad. Todo el argumento es ficticio.

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Las tres llaves de Marianne Vautrin

Ficción autónoma — Trilogía policíaca. Tres crímenes, tres cerraduras de seguridad franqueadas con una llave que se daba por destruida: un fedatario se esfuma de su alcoba trancada por dentro, un lienzo desaparece en mitad de una gala consistorial y un consejero de prefectura es envenenado en un vagón de correspondencia. Marianne Vautrin, joven mecánica de precisión, comprende que cada delito cubre al siguiente al fabricar un señuelo artificioso contra un inocente. Las tres entregas relatan sus años de aprendizaje, la ruptura con el maestro cerrajero que la formó y la audiencia solemne donde acredita que los duplicados clandestinos circulaban desde tiempo atrás. Figuras, hechos procesales, escenarios y resoluciones constituyen ficción absoluta.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Artículo circunscrito a la página 762, desde el epígrafe Cour d’assises de l’Eure hasta el fallo penal. La crónica traslada el auto de acusación, el interrogatorio, los testimonios, los informes orales y el fallo, omitiendo la reproducción literal de las minutas judiciales. Se han consultado la reproducción facsimilar íntegra y recortes a la escala anotada en el cuaderno de trabajo; algunos márgenes laterales aparecen cortados, por lo que no se formula cotejo paleográfico palabra por palabra. No se ha consultado la crónica previa fechada el 18 de julio.

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