La suspensión de la pena no preservó su cuerpo. Pascal-Brigaud Desbrosses había logrado que se suspendiera la ejecución del fallo pronunciado en su contra; no obstante, fue marcado con el hierro al rojo vivo, y la medida no hizo sino demorar su partida hacia las galeras. Continuaría, pues, reclamando la revisión de su proceso llevando ya grabada la huella de su condena. Antes de convertirse en aquel hombre envejecido que suplicaba una nueva lectura de sus autos, había sido capellán de campaña, superior de monasterio y obstinado defensor de unos derechos que pretendían hacerle abandonar.
Nacido en Paray, en Borgoña, Desbrosses había profesado en los picpus de Lyon en 1718. Fue elegido más tarde superior y, a continuación, encargado de los negocios de su orden en París. Nombrado capellán del regimiento de Piamonte, obtuvo encomiables testimonios por los socorros brindados a los heridos. Varios oficiales recordaban su valor bajo el fuego enemigo. En los hospitales militares, consagró asimismo su dinero a alimentar y vestir a los enfermos. Tales servicios compondrían el retrato que sus defensores opondrían, mucho después, a una acusación de envenenamiento.
La salud quebrantada le obligó a dimitir de aquellas funciones. De regreso en París, fue nombrado capellán de la princesa de Conti e ingresó en la orden de San Benito, donde profesó el 2 de abril de 1737. Los litigios y asuntos de las casas religiosas absorbieron en lo sucesivo gran parte de su actividad. Los beneficios reportaban rentas, pero también títulos que podían disputarse, renunciarse o pretender agregarse. Desbrosses mostró en estas querellas una tenacidad que no pasó inadvertida. Semejante reputación habría de atraerle un nuevo priorato y nuevos adversarios.
Berryer, titular de Perrecy, deseaba impedir que su priorato quedara incorporado al obispado de Autun, anhelando preservar la austera reforma que allí había implantado. Anciano y temeroso del porvenir, eligió como sucesor a Desbrosses precisamente por saberlo capaz de defender un beneficio. El cargo conllevaba una promesa: no permitir que Perrecy desapareciera en la anexión proyectada. Lo que parecía una transmisión canónica regular se trocó así en el compromiso de proseguir una contienda añeja. Desbrosses no heredaba tan solo unas rentas; recibía una resistencia que sostener.
Las ofertas no quebrantaron su resolución. El cardenal de Fleury, favorable a la unión con la sede episcopal, recurrió a la fuerza y lo mandó encerrar en Saint-Lazare. Tras la muerte de Berryer, el obispo nombró a dom Bernard al frente del priorato, pero una sentencia judicial mantuvo a Desbrosses en su legítima posesión. Este último encomendó luego a Bernard diversas funciones en el cenobio. En la relación favorable a Desbrosses que consigna Champagnac, semejante tentativa de apaciguamiento resultó vana: el hombre al que había tenido por competidor permanecía en la casa que a él le correspondía regir.
Un segundo religioso, Antoine Villette, llamado fray Hilarion, ingresó en Perrecy en 1745. Desbrosses le confirmó el título del priorato de Sigy y promovió su ordenación como diácono, para luego negarle el acceso al sacerdocio en razón de su conducta. La discordia atañía esta vez a una carrera personal. A estos desavenires se sumó la administración de los caudales: Bernard e Hilarion rigieron el monasterio durante el período en que Desbrosses fue apartado de él. Cuando una sentencia del 9 de noviembre de 1751 lo restituyó en el cargo, estuvo en posición de exigirles cuentas. Las cifras que debían rendirse prolongaron las rencillas personales.
La agregación al obispado fue intentada de nuevo, hasta que los procedimientos fueron declarados nulos por abusivos en mayo de 1755. Desbrosses regresaba de continuo a la misma labor: obtener un instrumento legal, oponerlo a otro, reasumir las funciones que se le arrebataban. Intentó asimismo incorporar a un religioso, Régis Roch, con el fin de restaurar la disciplina. Su admisión desató una nueva impugnación. Se presentó un libelo injurioso bajo los nombres de Hilarion y dom Cyr; este último declaró más tarde que su firma había sido arrancada con engaño y se desvinculó de las imputaciones. En el claustro, los memoriales ya no servían solo para dirimir rentas: se habían transformado en armas entre hermanos de hábito.
Las cuentas de Sigy continuaban en litigio. Desbrosses censuraba a Hilarion por haber destinado los caudales a su propio aposento y por ausentarse sin licencia. Exhibió asimismo una correspondencia de la cual deducía graves reparos contra sus costumbres. Cartas y coplas satíricas fueron reunidas y aportadas a los autos judiciales. El cronista señala estos enfrentamientos como el origen de una venganza. Con todo, el legajo que refiere abandonaría pronto las licencias y los balances para dar paso a una imputación de gravedad inusitada: Hilarion sostuvo que su superior había intentado envenenarlo.
La acusación congregó episodios distantes en el tiempo. Se alegó un veneno que Desbrosses habría ocultado en sus estancias varios años antes. Se evocó una plática de octubre de 1759 con fray Dorothée, boticario del convento, en torno a sustancias letales y antídotos. Hilarion afirmó, en fin, que los manjares destinados a su sustento habían sido emponzoñados. Las viejas disputas ofrecían un móvil para quienes daban crédito al denunciante; mas podían igualmente alimentar, en los defensores del prior, la sospecha de una delación interesada. La contienda arrojaba dos lecturas contrapuestas sobre los mismos hechos.
El 25 de julio de 1764, el provisor eclesiástico de Dijon dictó penas canónicas contra Desbrosses y contra su hermano, párroco de Perrecy, acusado en particular de soborno de testigos. El 7 de agosto, una sentencia del parlamento condenó al superior a galeras perpetuas, previa marca de infamia, confiscación de bienes y penas pecuniarias. Cien libras de multa y ocho mil de indemnización por daños y perjuicios se sumaron a la pérdida patrimonial. Aquel que había dedicado años a exigir cuentas se veía forzado al pago de tales sumas por un fallo cuyos fundamentos impugnaba. Su hermano fue condenado en rebeldía a tres años de galeras. Desbrosses imploró una suspensión de la pena; le fue concedida, mas el estigma de la marca fue aplicado no obstante. La batalla procesal proseguía así tras haberse consumado ya, de manera irreversible, una parte del castigo.
Elevó súplica de casación y revisión. En enero de 1768, el Consejo encomendó al Parlamento de Douai la reapertura de la causa. Desbrosses fue trasladado allí en mayo. Durante tres meses se examinaron las piezas de tan prolijo proceso. El fallo no fue el esperado: el tribunal confirmó la condena de Dijon. Una segunda providencia venía a ratificar la primera. Cuantos persistían en considerarlo víctima de una persecución injusta no podían ya prometerle la rehabilitación; debían buscar otro cauce para librarlo de la condena.
Se le aconsejó impetrar del rey una conmutación en lugar de una nueva revocación de la sentencia. El 5 de julio de 1769, las galeras fueron sustituidas por el destierro perpetuo fuera del reino. Conseguía partir bajo un destino distinto al de la pena original, pero no ver proclamada su inocencia. La diferencia resulta crucial en su historia: había obtenido una alteración de su porvenir, mas no el borrado de sus condenas ni de la marca en su carne. El antiguo capellán, que antaño recorriera los campamentos de guerra para socorrer al prójimo, debía abandonar para siempre su patria bajo el peso de un fallo que no admitía olvido.
Champagnac toma resueltamente su defensa y rebate la prueba misma del envenenamiento. Preserva de tal modo una protesta contra dos sentencias, no una absolución que las cortes hubiesen proclamado después. Esta discordancia otorga al caso su perdurable elocuencia. Los títulos y autos cuya letra había defendido Desbrosses le habían franqueado varias veces el regreso a su priorato; las últimas cédulas obtenidas ya solo le concedían el destierro. Entre el derecho que invocaba y el destino que le fue reservado, se consumió toda una vida reclamando que aquellos papeles fuesen leídos de otro modo.
