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Justicia y escándalos · Inglaterra

La ventana de Grove Cottage

En noviembre de 1828, cuatro hombres asaltan Grove Cottage, atan al matrimonio y huyen con joyas, platería, un caballo y un carruaje. Tras meses sin pistas, Barnett delata a varios individuos; los Warrington identifican a William Banks, el único encausado por este robo. Condenado a muerte, es ejecutado en 1830.

En las primeras horas del miércoles 19 de noviembre de 1828, cuatro hombres penetraron en Grove Cottage, la residencia del reverendo William Warrington, en West Moulsey, Surrey. Entraron por una ventana del piso superior valiéndose de una escalera abandonada por azar en el jardín vecino. Dicho jardín pertenecía al magistrado, el señor Jeffs, cuya propiedad colindaba con la de los Warrington. Las cuerdas empleadas para atar a los moradores también habían sido tomadas de su finca. Los ladrones se llevaron dinero en metálico, joyas, platería y, por último, un caballo y un faetón. El caso no se resolvió en los días subsiguientes; William Banks no comparecería ante los tribunales sino varios meses más tarde.

Entre la una y las dos de la madrugada, la señora Warrington escribía en su alcoba. Su esposo dormía en la misma estancia. Oyó entonces a unos hombres forzar una ventana del primer piso, aquella que daba a la escalera y al pasadizo que conducía a su dormitorio. Los cuatro desconocidos subieron hacia ella. Cuando alertó a su marido, este apenas tuvo tiempo de levantarse y empuñar una pistola cargada que guardaba sobre la repisa de la chimenea. Disparó contra el primer hombre que entró, sin llegar a alcanzarlo.

Aquel hombre sacó a su vez una pistola que ocultaba bajo el abrigo. La pólvora no prendió al primer intento; al segundo, el cebo ardió en la cazoleta sin que el tiro llegara a salir. La señora Warrington se arrodilló y suplicó a los intrusos que perdonaran la vida de su marido a cambio de cuanto de valor hubiera en la casa. Los hombres no se marcharon. Ataron a los cónyuges con las manos a la espalda, amenazándolos de muerte si gritaban.

Las dos criadas, únicas otras habitantes de la morada, fueron atadas acto seguido. Los cuatro hombres las hicieron descender a un sótano abovedado bajo la vivienda y las encerraron allí con apenas ropas para cubrirse. Subieron de nuevo para registrar la alcoba de los Warrington, forzar escritorios y cajones, y revolver los enseres de la casa. Se apoderaron de unas treinta libras esterlinas en dinero contante, además de valiosas joyas y piezas de plata.

La primera en salir fue una de las sirvientas. Tras varias horas de esfuerzos, logró desatar una mano y forzar la puerta del sótano. Otra puerta, en lo alto de la escalera, le impedía aún el paso; hubo de franquearla para reunirse con los señores Warrington, todavía maniatados en su dormitorio. Los desató y luego liberó a la otra doncella. Se dio la alarma al vecindario. El señor Warrington constató que el caballo de su establo, valorado en ochenta guineas, así como su faetón, habían desaparecido a su vez. El vehículo debía de haber servido para transportar el botín.

El señor Cooke, agente de Kingston, emprendió el rastreo del caballo y del carruaje. Siguió sus huellas por un camino apartado hacia Walton Bridge y, a través de varias sendas secundarias, hasta Knightsbridge. Dos de los ladrones fueron avistados en ese tramo de la ruta, pero el rastro no permitió consumar arresto alguno. El carruaje y la montura se hallaron más tarde en Londres; los hombres que habían asaltado Grove Cottage seguían en el anonimato.

El señor Warrington denunció asimismo el robo ante los magistrados de Bow Street. Ellis, Ruthven y Bishop recibieron la orden de investigar y dar caza a los forajidos. Los agentes que inspeccionaron la casa observaron elementos que inspiraron dos hipótesis de trabajo. La apertura de cofres y cajones les pareció torpe, impropia de manos avezadas. Descubrieron además que habían sido retirados seis perdigones de la pistola del reverendo Warrington, que descansaba sobre la chimenea desde hacía varios días. Este hallazgo les hizo sospechar que el asalto había sido facilitado o preparado por alguien del servicio doméstico. La familiaridad con que uno de los intrusos había llamado «Fanny» a una doncella avivó las sospechas contra ella; el hecho de que fuera la primera en liberarse pesó con idéntica fuerza en sus pesquisas.

Dicha sirvienta fue arrestada. Tras unos días de detención, los agentes declararon carecer de pruebas positivas en su contra y la pusieron en libertad. Las meras sospechas no constituían prueba judicial, y la crónica no afirma en momento alguno que participara en la fechoría. La policía prosiguió las averiguaciones durante meses sin lograr identificar a los autores materiales ni hallar una pista certera a partir del faetón.

En julio de 1829, el silencio quedó roto por mediación de Barnett, condenado a deportación perpetua por un robo cometido en casa del señor Colebatch, en Thames Street. Ansioso por eludir semejante castigo, ofreció desvelar los integrantes de una gavilla conocida con posterioridad como la «Banda de Moulsey», a condición de que le fuera concedida la libertad. Su propuesta fue admitida. Señaló a Banks y a otros cuatro hombres: John Smith, William Johnson, James Taylor y William Potts, apodado Emery. Esta delación reactivó las pesquisas en torno a los Warrington, si bien procedía de un convicto que no buscaba sino su propia salvación.

El agente Cragg, de Bow Street, recibió el encargo de capturar a Banks. Supo que este había jurado en repetidas ocasiones que no se dejaría atrapar con vida. Cragg se vistió con ropajes de carnicero y lo buscó afanosamente durante días antes de dar con él. En el instante del prendimiento, Banks no ofreció resistencia alguna. Pelham refiere que exclamó: «Soy hombre muerto». Se le incautó una pistola cargada y vestía además un abrigo procedente, según las diligencias, de un asalto anterior perpetrado en la casa del señor Campion, en Waltham Cross.

Los demás sospechosos fueron arrestados casi al unísono. Potts había empeñado un par de zapatos sustraídos en la residencia de Campion. Al comparecer ante el tribunal de Bow Street, la participación de Banks en ambos asaltos quedó acreditada a ojos de la instrucción. Conviene no confundir esta fase procesal con el cargo que lo condujo a juicio: los autos registran la condena de Banks por el asalto a Grove Cottage, mientras que no consta veredicto contra sus compinches por este inmueble en concreto.

Los esposos Warrington reconocieron formalmente a Banks como uno de los intrusos que habían asaltado su hogar. Señalaron, no obstante, que había dado muestras de cierta humanidad al oponerse a los desmanes violentos de sus cómplices. Semejante salvedad no borraba las ataduras infligidas ni los caudales despojados, pero formaba parte indivisible de su testimonio. Los indicios reunidos contra los demás individuos no se juzgaron concluyentes como para procesarlos por estos hechos. Únicamente Banks compareció ante la justicia por el allanamiento de los Warrington.

En el juicio celebrado en el tribunal de lo criminal de Surrey, fue hallado culpable y condenado a la última pena. Tras dictarse la sentencia, la crónica lo retrata rechazando el consuelo espiritual del capellán y confesando que no creía en la vida de ultratumba. Aseguraba que lo único que le desasosegaba de la horca era el dolor físico del trance. Esta actitud, según consigna Pelham, no alteró el destino prescrito por la ley. Banks fue ahorcado en el presidio de Horsemonger Lane el 11 de enero de 1830.

La investigación se había iniciado con una escala tomada de un jardín contiguo y se había empantanado largamente ante conjeturas sin sustento. Desembocó en Banks cuando Barnett reveló la identidad de los hombres a quienes acusaba y los Warrington reconocieron a uno de ellos. El archivo custodia asimismo el recuerdo de la templanza que mostró durante el robo. La escala, las sogas, el caballo y el carruaje habían servido a los asaltantes para franquear las defensas de la morada; los testimonios, por su parte, solo condujeron a un único reo hasta el cadalso registrado por la pluma de Pelham.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La escala del jardín vecino

Novela corta enteramente ficticia. Cuatro desconocidos penetran de noche en una vivienda por la ventana de un despacho, atando a la familia y a los criados. La doncella que logra desatarse primero se convierte de inmediato en la principal sospechosa. Un vecino que prestó su escalera a unos peones debe localizar el registro de sus préstamos antes de que se persone la justicia. La obra explora la frontera entre el indicio que desata el recelo y la prueba que lo confirma; personajes, robo, pesquisa y desenlace son fruto de la invención.

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novela

El testigo a precio de rescate

Novela enteramente ficticia. Condenado por una fechoría pretérita, un recluso ofrece delatar a una cuadrilla a cambio de su indulto. Un pesquisidor acepta el trato y constata que los nombres salpican varios atracos, si bien el delator entrelaza rencillas personales y certezas. Una familia reconoce a uno de los sospechosos y recuerda que frenó a sus secuaces en pleno asalto. La instrucción deberá sopesar esa clemencia, los efectos recuperados y la recompensa pactada con el testigo. La trama recrea los mecanismos de la delación y el reconocimiento fisonómico dentro de un sumario inventado.

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Las casas expuestas

Trilogía de novelas ficticias centradas en tres allanamientos distintos y sus consecuencias penales. El primer volumen parte de una ventana forzada con una escala ajena; el segundo, de una criada libre pero falsamente inculpada; el tercero, de un soplón que vende a sus cómplices para obtener una remisión de condena. Una investigadora recurrente debe discernir entre sospechas iniciales, reconocimientos oculares y pruebas admitidas en estrados. Cada tomo cuenta con víctimas, reos y desenlace propios, sin prolongar la trama de Grove Cottage.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El capítulo retrospectivo de 1891 recoge el asalto a Grove Cottage, la infructuosa búsqueda de varios meses, las delaciones de Barnett, la rueda de reconocimiento de los Warrington y el posterior proceso de Banks como único encausado por esta causa. Declarado culpable en el tribunal de Surrey, murió en la horca el 11 de enero de 1830.

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