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Justicia y escándalos · Francia

La verja de la calle de Boulogne

En la noche del 13 al 14 de enero de 1877, Georges de Saint Pierre es atacado con vitriolo al regresar de un baile de máscaras. La crónica retrospectiva de H. B. Irving relata cómo las pesquisas se orientan hacia Jeanne de la Cour, viuda de Gras, y Nathalis Gaudry, y cómo el proceso judicial distingue sus respectivas responsabilidades. Los hechos y su desenlace se exponen tal como los reconstruye Irving, sin confundir su narración con un acta judicial.

En las primeras horas del 14 de enero de 1877, Georges de Saint Pierre remonta en solitario la alameda que conduce al apartamento de Jeanne de la Cour, en la calle de Boulogne. La mujer regresa con él del baile de máscaras de la Ópera; finge entornar la pequeña puerta cancela, pero la deja abierta. Un hombre aguarda en la penumbra de un pabellón. Arroja al rostro de Georges un líquido corrosivo y huye a la carrera. La víctima pierde la vista de un ojo; el otro queda gravemente comprometido. Sobrevive, mas su existencia se transforma de forma irreparable. Sin embargo, durante los primeros días, nadie sospecha de la mujer que lo acompañaba.

Los hechos proceden del relato retrospectivo de H. B. Irving (1918), quien declara apoyarse en la Gazette des tribunaux y en la obra de Mace, antiguo comisario de policía. No se trata de un acta judicial literal: Irving ordena las declaraciones en una narración dramática. Da a la víctima el nombre de Georges de Saint Pierre; conservamos esta denominación sin atribuirle otra identidad.

La encantadora

Aménaïde Brécourt nace en París en 1837 y contrae matrimonio en 1855 con el tendero Gras. Según Irving, una benefactora la rescata de una infancia transcurrida en parte en el arroyo; el enlace degenera muy pronto en desavenencias. El marido desaparece y fallece más tarde en el hospital de la Charité. Aménaïde reaparece bajo el nombre de Jeanne de la Cour. Los sombríos retratos que de ella traza Irving pertenecen a los juicios morales del cronista, no a hechos acreditados por la instrucción.

En Vittel, relata Irving que un pichón herido busca cobijo en la alcoba de Jeanne tras una jornada de tiro. Ella cuida del animal, y algunos testigos la apodan «la Encantadora». Con posterioridad, el cronista recurre a la imagen del ave maltrecha para iluminar el designio que imputa a la viuda: retener a Georges a su lado sometiéndolo a una estrecha dependencia de sus cuidados. Es esta una metáfora de Irving, no una prueba judicial sobre el móvil del crimen.

En 1873, durante un baile, conoce a Georges de Saint Pierre, de veinte años de edad. Su relación se prolonga en el tiempo. Cuando el joven parte durante seis meses a Egipto en 1876, le confía el acceso a sus aposentos parisinos y la custodia de sus papeles. A su regreso, escribe que desea hacer vida común con ella, al tiempo que su familia confía en verlo desposar a una joven de su condición. Irving presenta esta discordancia como el trasfondo del drama, si bien su crónica no desvela directamente los pensamientos íntimos del joven, de sus allegados o de Jeanne.

Una bailarina allegada atiende a un amante ciego con la esperanza de asegurarse el porvenir mediante el matrimonio. Irving vincula este encuentro con el propósito deliberado de postrar a Georges en la dependencia; se trata, una vez más, de una interpretación retrospectiva.

El auxiliar elegido

Nathalis Gaudry conocía a Aménaïde desde la niñez. Antiguo soldado, trabaja por entonces en una refinería de aceite en Saint-Denis. Viudo desde 1875 y padre de dos criaturas, reanuda el trato con ella en París. El capítulo lo retrata como un obrero apreciado, prendado de Jeanne, y señala que la asiste en los quehaceres de su hogar, donde no falta quien lo tome por su hermano. Esta cercanía doméstica se convertirá en uno de los elementos cuyo alcance intentará desentrañar la investigación.

En noviembre de 1876, Jeanne lo convoca con el pretexto de un asunto de familia. Según Irving, asegura haber sido agraviada por el padre de un joven y pretende cobrarse venganza hiriendo al hijo. Entrega a Gaudry una llave de pugilato y le señala a Georges, sin descubrir de momento el vínculo sentimental que los une. La primera maquinación habría consistido en asestar al joven un golpe en el vientre para dejarlo tullido. La agresión no llega a perpetrarse. La crónica vacila entre la resistencia de Gaudry y las dudas de la viuda, sin dilucidar quién suspendió tal designio.

En enero, Jeanne pide a su sobrino, dorador de oficio, que le consiga vitriolo con la excusa de limpiar cobres. El día 11, muestra la sustancia a Gaudry e insiste en su afán de venganza. El hombre titubea; según su confesión ulterior, la promesa de matrimonio termina por vencer su desgana. El móvil que él declara —su ciega pasión y la esperanza de desposarla— dista del que Irving achaca a Jeanne: retener a Georges haciéndolo tributario perpetuo de sus auxilios.

El baile y la alameda

Jeanne apremia a Georges para que la acompañe al baile de máscaras de la Ópera el 13 de enero. Él vacila, y en sus cartas asoma un desasosiego que no logra explicarse, pero acude a París. Gaudry comparece en el apartamento y permanece oculto tras una cortina mientras Jeanne se cubre con un dominó rosa y una peluca rubia. Cuando Georges baja a buscar carruaje, la mujer descubre a su cómplice y le reitera las instrucciones.

La disposición del lugar resultaba capital para el plan. El inmueble se alzaba al fondo de una alameda clausurada por una gran verja de hierro; un postigo permitía el paso entre dos pabellones. Gaudry debía apostarse en uno de ellos y arrojar el vitriolo al rostro de Georges. Jeanne debía permanecer junto a la cancela para evitar que se cerrara antes de que el agresor emprendiera la huida. Estos pormenores, entresacados del relato de Irving, se erigirán después en los indicios materiales con los que Mace procurará recomponer el itinerario del crimen.

La pareja pasa largas horas en el baile. Irving señala que Jeanne danza y finge un ánimo alegre, mas tal detalle no basta para desentrañar lo que calcula o medita en cada instante. Entre las dos y las tres de la madrugada, el coche los devuelve a la calle de Boulogne. Georges se adentra a solas por la alameda; Jeanne se queda junto a la reja. Gaudry arroja el cáustico y escapa. A primera vista, ni testigos ni parientes perciben nexo alguno entre el herido y el agresor.

En un principio se baraja la hipótesis de una equivocación de persona. Georges no se cree con enemigos y ansía evitar el escándalo público. Convalece en casa de Jeanne, quien lo prodiga en cuidados y mantiene a distancia a los padres del joven. Irving anota que pasa treinta noches velando al pie de su lecho. Él deposita en ella toda su fe. La asistencia y el aislamiento se confunden con facilidad: lo que el convaleciente interpreta como amparo deviene, para sus amigos, motivo de fundado recelo.

Las cartas y el cancel

El 2 de febrero se presentan un magistrado instructor y el comisario de policía Mace. Georges jura carecer de enemigos y ruega que le permitan reponerse en paz. Manifiesta su deseo de no separarse de Jeanne y de viajar más adelante para tomar aires. El juez veta cualquier salida del departamento hasta la conclusión de las pesquisas; la morada queda sometida a vigilancia. La policía averigua que Jeanne se ha llevado el secreter de Georges y que se ha citado con un desconocido en el cementerio de Charonne. Las páginas de Irving no permiten desvelar la identidad de dicho individuo.

Mace acumula otros indicios: Jeanne había insistido en acudir al baile; Georges caminaba por delante; la pesada cancela se cerraba de golpe si nadie la sostenía. Ninguno de estos pormenores, por sí solo, esclarece el misterio; mas, en conjunto, dirigen la sospecha hacia la verja y la actitud de la acompañante. Cuando los amantes se trasladan a Courbevoie, la magistratura decreta su separación forzosa. El 6 de marzo, Jeanne es arrestada de forma provisional y conducida a París.

El registro de su vivienda saca a la luz un estuche de cuero oculto bajo la ropa blanca. Guarda en su interior cartas de Georges a medio quemar. El propio joven se las había confiado a Jeanne para que las arrojase al fuego, en los días en que carecía de visión. Mace sospecha que ella rescató algunas de las llamas e interpreta esa retención como un arma para ejercer chantaje sobre su amante. El hallazgo no basta para demostrar semejante propósito; no obstante, Georges comprende que aquellos papeles que creía destruidos fueron celosamente guardados, y su fe en la mujer se resquebraja.

Gaudry sigue en paradero desconocido. Entre rejas, Jeanne escribe a otra reclusa, bailarina italiana, para que haga llegar un mensaje a su cómplice: le ruega que se entregue declarándose el hombre buscado y le promete velar por su hijo. La bailarina se confía a su compañero, quien rehúsa verse envuelto en la trama; el episodio llega a oídos de Mace. La policía cerca a Gaudry en Saint-Denis y se incauta de cartas de Jeanne. El detenido confiesa su intervención y asegura haber obrado por amor, seducido por la promesa de matrimonio. El 12 de mayo, careado con la viuda ante el juez instructor, sostiene su versión; ella lo tilda de impostor.

Tres jornadas de audiencia

El juicio oral se abre ante la Audiencia de París el 23 de julio de 1877 y se prolonga durante tres sesiones. Charles Lachaud asume la defensa de Jeanne; el señor Demange representa a Gaudry. Cada letrado pugna por descargar en el adversario el peso capital del atentado. Demange pinta a Gaudry como a un infeliz cegado por la pasión. Lachaud, por el contrario, arguye que obró en solitario, espoleado por los celos.

En el estrado, Gaudry reitera que habría ejecutado cuanto Jeanne le ordenase. Ella niega en redondo que el hombre pisara su casa la noche del baile. El presidente le echa en cara sus confesiones previas; ella se obstina. Georges presta testimonio desprovisto de cólera, según Irving, limitándose a referir los hechos. Jeanne apela a él para que la ampare; el joven no se retracta de su deposición. El cronista reviste el momento de una alta tensión dramática, si bien las palabras transcritas no constituyen la versión taquigráfica del debate.

El veredicto carga sobre Jeanne la cuota más grave de responsabilidad: Irving apunta que es hallada culpable sin circunstancias atenuantes, beneficio que sí se concede a Gaudry. La viuda es condenada a quince años de trabajos forzados; Gaudry, a cinco años de reclusión. La disparidad de las penas evidencia el deslinde que el jurado establece entre la instigadora y el brazo ejecutor, según lo expone el cronista.

En la calle de Boulogne, la verja señalaba un paso material; las cartas, otro muy distinto: el de una devoción quebrantada. Mace leía en ellos indicios policiales; Irving los articula en torno a la voluntad aviesa que atribuye a la viuda y a la estampa del pichón recogido en Vittel. La investigación ceñida a cancelas, trayectos y legajos se desmarca así de la trabazón dramática trazada por el escritor. Entre ambas se cierne la ambigüedad del desvelo: bálsamo protector para el herido, certidumbre de culpa para quienes reconstruyen la emboscada.

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Capítulo completo «The Widow Gras», desde el título hasta el último párrafo, cerrado antes de «Vitalis and Marie Boyer». Extracción local circunscrita al capítulo autónomo; 7321 palabras según separación por espacios en blanco, SHA-256 d5ed1a345f822c0be7e88998220e012be7d4b1e85d31fb01037e20e6ec2e4d0e. Irving indica en el encabezamiento que se basa en las crónicas de la Gazette des tribunaux y en Mace, Femmes criminelles; fuentes no consultadas directamente para esta edición. La compilación de 1918 es retrospectiva y literaturizada, no una transcripción judicial taquigráfica. Un catálogo patrimonial oficial de la ENAP describe un legajo de recortes de prensa sobre la viuda Gras y Gaudry fechado en enero de 1877, pero asigna a la víctima el nombre de René de La Roche; Irving escribe Georges de Saint Pierre. La presente crónica reproduce la grafía de Irving y no da por demostrada la equivalencia de ambas identidades como hecho indiscutible, al no haber cotejado de primera mano los recortes originales.

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