En la escena que refiere Borrow, Christopher Layer, abogado consagrado a la causa de los Estuardo, se reúne en Stratford, en una posada de Essex, con soldados licenciados y les imparte instrucciones. Su cometido consiste en apresar al rey a su regreso de palacio; se habría fijado incluso el día exacto de la operación. Varios testigos presenciales escuchan el coloquio. No tarda este en propagarse por los alrededores, al tiempo que se acumulan nuevas sospechas. Un correo del rey detiene a Layer en virtud de una orden rubricada por el secretario de Estado.
Un extracto de un informe gubernamental custodiado en The National Archives bajo la signatura T 64/306 encuadra la causa en una pesquisa de mayor alcance sobre las maquinaciones jacobitas. En él se describen diversas estrategias sucesivas: procurar en primer término tropas extranjeras y, tras frustrarse las opciones iniciales, intentar captar a oficiales y soldados del ejército real. Dicho informe no constituye la deposición de un testigo presente en la posada ni corrobora cada pormenor del plan imputado a Layer por Borrow; evidencia, más bien, el marco político en el que se interpretaron sus conciliábulos con la soldadesca.
Borrow contextualiza los hechos en el clima de las conjuras jacobitas. Refiere que Layer viajó a Roma, se entrevistó con el pretendiente y le prometió una revolución soterrada. Según el plan referido, un sicario daría muerte al rey Jorge a su regreso a Kensington. Acto seguido, los conjurados reducirían a la guardia para luego apoderarse del príncipe de Gales, de sus vástagos y de los principales ministros de la Corona, beneficiándose del desconcierto general.
De vuelta en Inglaterra, Layer habría trabado lazos con católicos, no juramentados y otros adversarios del Gobierno. Recluta a una reducida partida de antiguos soldados, a quienes juzga ejecutores principales del designio. El capítulo no describe una vasta concentración de rebeldes: la estampa es la de una trama clandestina encomendada a unos pocos hombres, articulada mediante un encuentro en un espacio público donde las palabras terminan por ser oídas.
El 31 de octubre de 1722, Layer comparece ante el Tribunal del Banco del Rey para responder del cargo de alta traición. Clama allí contra las cadenas y los grilletes. Denuncia haber sido arrastrado por las calles por sus guardianes y expuesto a la pública irrisión, «más como un cautivo argelino que como un inglés libre». El procurador general replica que el reo ya había intentado fugarse y que, de hecho, había logrado saltar por una ventana situada a dos pisos de altura y vadear las aguas hasta Southwark. Tal es la versión de la acusación, consignada por Borrow, para justificar semejantes ligaduras.
El defensor de Layer, Hungerford, hace hincapié en sus estragos. En la Torre, arguye, los hierros impiden a su patrocinado dormir salvo tendido sobre la espalda; la fortaleza ni siquiera disponía de tales prisiones, que hubieron de hacerse traer expresamente de Newgate. El magistrado reconoce que un reo debiera comparecer desprovisto de cadenas, pero recuerda que en aquella jornada la vista se circunscribe a oír su declaración: los hierros se retirarían un instante y se le impondrían de nuevo. La pretensión de la defensa es desestimada.
El día del juicio, el 21 de noviembre, el teniente de la Torre conduce a Layer hasta el estrado. En esta ocasión, el juez ordena retirarle las cadenas. Hungerford sostiene que su defendido no ha podido redactar a tiempo su alegato de descargo por hallarse encadenado; aduce no haberlo recibido hasta bien entrada la noche precedente, constando aquel de diez pliegos. El fiscal general objeta que los plazos concedidos fueron suficientes. Hungerford puntualiza la hora: las once de la noche. Fueron los grilletes, insiste, los que entorpecieron la elaboración del pliego de defensa. El juez admite que debió despojarse al reo de las cadenas con mayor antelación, mas no suspende por ello la vista.
Borrow menciona a tres testigos: Stephen Lynch, Matthew Plunket y Elizabeth Mason, mujer con quien Layer cohabitaba y en cuya morada se habrían incautado documentos incriminatorios. Sostiene que Lynch y Plunket habían sido tanteados por Layer antes de traicionarlo. La presencia de Mason traslada la acusación al ámbito doméstico: no son solo las conversaciones furtivas en una taberna lo que se ventila, sino también los legajos custodiados bajo su propio techo. El pasaje no esclarece cuánto sabía ella de cada escrito, ni aporta pormenores bastantes para reconstruir el tenor íntegro de las testificales.
La insólita duración del juicio da la medida de la causa tal como la expone Borrow: dieciséis horas ininterrumpidas de audiencia, seguidas de una hora de deliberación. El magistrado resume las pruebas antes de que el jurado se retire a deliberar y declare a Layer culpable. Semejante dilación no borra la disputa en torno a los grilletes ni a la merma de la defensa, mas el texto no refiere que ello modificara el desenlace. El reo que suplicaba poder litigar libre de ataduras sale de aquellas dieciséis horas sentenciado a muerte.
La condena no conduce de inmediato al cadalso. Layer tiene, según Borrow, graves asuntos profesionales que dirimir. La corte aplaza la ejecución más de dos meses; el monarca le otorga luego sucesivos indultos temporales para evitar que sus poderdantes padezcan el perjuicio derivado de su súbita desaparición. El procedimiento concede así una tregua para liquidar sus obligaciones forenses, pero no altera el fallo.
Cuando el mandamiento de ejecución llega finalmente, los sheriffs de Londres y de Middlesex lo trasladan a Tyburn sobre un zarzo. Borrow describe un atuendo negro de ricas guarniciones y una peluca de lazo. Tras elevar sus oraciones, Layer se dirige a la multitud. Proclama a Jacobo, el pretendiente, como legítimo soberano; tilda a Jorge de usurpador y exhorta a los asistentes a alzarse en armas para restaurar la dinastía. Se declara dispuesto a morir por la causa y afirma abrigar la esperanza de que un día triunfe, aun cuando él haya fracasado como instrumento de su victoria.
Layer es ajusticiado en la horca de Tyburn el 17 de mayo de 1723. Esta data consta en el frontispicio de dos impresos de la época custodiados por la Wellcome Library y la Folger Shakespeare Library, rectificando así el 15 de marzo consignado por Borrow. Su cuerpo es descuartizado y su cabeza expuesta sobre Temple Bar. Añade Borrow que aquella cabeza permaneció a la vista pública durante largo tiempo, hasta que fue finalmente derribada por el viento. El acto postrero de la conjura no fue el derrocamiento del poder que prometiera al pretendiente, sino aquella macabra exhibición ante los ojos de quienes él mismo había incitado a la rebelión.
