El pliego fechado en Twickenham no parecía contener más que unas cuantas líneas de mera cortesía. El secretario de la estafeta de correos lo aproximó al fuego: bajo la tinta ordinaria, brotó un segundo texto trazado con zumo de limón. Aconsejaba a los franceses un desembarco en el litoral inglés. Los pesquisidores trataron de averiguar de inmediato quién había redactado aquella misiva y al amparo de qué identidades circulaba el resto de su correspondencia.
Florence Hensey procedía del condado de Kildare, en Irlanda. Criado en la fe católica, había aprendido el latín de manos de un sacerdote, cursando luego filosofía en Saint-Omer y medicina en Leiden. Había recorrido Alemania y Suiza, alcanzado Italia y viajado después por Portugal, España y Francia, aprendiendo las lenguas que salían al paso de sus itinerarios. En París ejerció la medicina durante un lustro; los negocios, sin embargo, no prosperaron. Partió rumbo a Londres, donde su clientela no pasó de ser exigua y humilde.
Un antiguo camarada de las aulas de Leiden se había establecido en Francia, obteniendo un cargo junto al secretario de Estado en París. Hensey le escribió para felicitarle, ofreciéndose de paso para prestar servicios en Londres. La contienda acababa de estallar entre Gran Bretaña y Francia. Su amigo le sugirió transmitir informaciones sobre los preparativos militares británicos. Siguieron instrucciones precisas, acompañadas de la promesa de una remuneración. Hensey aceptó.
Los datos exigidos eran sumamente concretos: la relación de buques de guerra, su estado de carena, tripulaciones, puertos de amarre, comandantes y destinos previstos; el efectivo de las tropas, los regimientos al completo, sus acantonamientos y guarniciones. A Hensey le resultaba imposible extraer tales pormenores de su sola práctica médica. Intentó primero alternar con los oficiales de las dependencias públicas, sin éxito, para frecuentar después los cafés donde acostumbraban a congregarse miembros del Parlamento. El médico gozaba de fama de caballero por encima de toda sospecha. Si no podía esquivar un debate político, tomaba partido por el gobierno y se mostraba como acérrimo detractor de los franceses.
Las noticias salían de Londres mediante escalas sucesivas. Hensey las enviaba a un corresponsal en Colonia; este las hacía llegar a un intermediario en Berna, quien finalmente las cursaba a París. El correo emprendía así la ruta suiza. Las cartas de vuelta seguían un trayecto idéntico y arribaban a Londres bajo un nombre fingido, dirigidas a un café del Strand. Al examinar el sobrescrito, nada se advertía salvo banales cortesías entre conocidos. Con todo, la asiduidad de los envíos acabó por despertar recelos en la administración de correos.
El secretario ordenó abrir determinadas cartas. En la de Twickenham, la escritura invisible asomaba entre los renglones manifiestos. Las autoridades no se contentaron con examinar el papel: se propusieron identificar al destinatario que acudía al establecimiento. Se apostó allí a un vigilante para controlar las entradas. Tras recoger una misiva, Hensey regresó a su aposento de Arundel Street; el observador lo siguió discretamente hasta la puerta.
El domingo siguiente, Hensey asistió, según costumbre, al oficio litúrgico en la capilla del embajador de España, en Soho Square. A la salida, fue prendido por dos mensajeros del rey y conducido a un lugar seguro. Tras sucesivos interrogatorios ante el secretario de Estado, fue ingresado en la prisión de Newgate. Apenas habló de sus asuntos particulares y recibió escasas visitas, con la sola excepción de su confesor.
El juicio quedó incoado ante el Tribunal del Banco del Rey, en Westminster, el 12 de junio de 1758. La defensa impugnó de entrada la jurisdicción del cargo: las cartas habían sido interceptadas en la estafeta postal de Londres, al paso que la acusación formal se había radicado en Middlesex. El fiscal replicó que una de las misivas llevaba data de Twickenham, villa sita en dicho condado. Los letrados de Hensey alegaron asimismo que una carta retenida antes de alcanzar su destino no había sido «publicada». El procurador de la Corona adujo que el mero acto de depositarla en el correo consumaba el hecho; el magistrado recordó que un escrito destinado a auxiliar al enemigo preservaba toda su trascendencia criminal aun cuando las autoridades frustraran su entrega. La defensa agregó que las cartas parecían tener como término Holanda, nación con la cual Gran Bretaña no se hallaba en guerra.
Los oficiales postales declararon acerca de las cartas recibidas y abiertas; otros papeles habían sido hallados en el pupitre de Hensey. Varios boticarios que habían despachado sus recetas reconocieron su caligrafía. La defensa impugnó igualmente dos borradores incautados en su domicilio, argumentando que el cotejo caligráfico resultaba insuficiente para atribuirle la autoría. La Corona rebatió que ciertos testigos habían visto escribir a Hensey y que los autos se hallaban en su poder. El tribunal admitió las pruebas documentales; correspondía a los jurados ponderar su peso. Al término de los informes, Mansfield propuso que los miembros del jurado llevasen las cartas consigo a la sala de deliberación. Ambas partes dieron su beneplácito. Los pliegos pasaron así por las manos de los hombres a quienes incumbía decidir la vida del galeno. En esta causa, el itinerario de los papeles importaba tanto como su tenor: la acusación debía probar que emanaban de Hensey y que tenían por designio llegar al enemigo. Sus defensores renunciaron a presentar testigos de descargo y limitaron su defensa a excepciones procesales y al alcance estrictamente jurídico de la correspondencia.
Mientras los jurados deliberaban, Hensey se estremeció, palideció y rompió en llanto, según consigna la crónica de Borrow. A la vuelta del jurado, apenas tuvo fuerzas para alzar la mano. El veredicto fue de culpabilidad. Dos días más tarde, el 14 de junio, se le notificó la sentencia de muerte por alta traición. Rogó un aplazamiento para disponer su alma; la corte le concedió un mes de gracia. Borrow refiere que en presidio Hensey llegó a empeñar su espada y sus prendas de lino para atender a su subsistencia. Tras los estudios, los periplos continentales y el febril cruce epistolar que habían colmado su existencia, unos pocos efectos personales servían ahora de precario sustento a un reo a quien la justicia ya había entregado al cadalso.
La mañana señalada para el suplicio llegó una suspensión de la pena. Esta fue sustituida más tarde por una prórroga «al arbitrio del rey». La condena subsistía en el orden de los fallos, mas la muerte dejaba de ser inminente. Hensey permaneció en Newgate mientras su hermano, secretario y capellán del embajador de España en La Haya, acudía al embajador español en Londres. Este último intercedió ante el ministerio inglés. Relata Borrow que el indulto regio le fue finalmente otorgado tras la proclamación de Jorge III, partiendo entonces Hensey con rumbo a Francia; una reseña biográfica posterior sostiene que fue puesto en libertad bajo fianza en 1759, perdiéndose a partir de ahí su pista. Ninguno de ambos testimonios permite certificar con exactitud la fecha de su partida.
