La primera vez que William Parry fue sentenciado a morir, fue por haber irrumpido de noche en la alcoba de un acreedor y haberlo herido de gravedad. La reina le otorgó la gracia. Pocos años después, Parry fue recibido de nuevo en la corte. Afirmaba querer proteger a Isabel de una conspiración que amenazaba su vida. La soberana lo escuchó, le dispensó su confianza y consideró asignarle una pensión. A juicio de la acusación, aquella cercanía era precisamente cuanto buscaba: pretendía aproximarse a la reina para darle muerte.
La trayectoria de Parry no se reduce a la de un hombre que confiesa y luego se desdice. Durante el proceso, admitió en un principio la acusación, autenticó cartas y ratificó sus declaraciones; más tarde, aseveró que su confesión había sido arrancada bajo coacción y que jamás había tenido la intención de matar a la reina. Incluso al pie del cadalso, negó cualquier propósito homicida. Las crónicas de la época interpretan esta contradicción como una prueba de duplicidad; constituye asimismo el núcleo de una causa donde las propias confesiones se transformaron en un campo de batalla.
Parry había nacido en Gales, hijo del modesto regente de una posada. Tras aprender a leer y escribir, entró al servicio de un hombre de leyes de Cheshire. Marchó a Londres, donde fingió pertenecer a un linaje antiguo y se atribuyó parientes de mayor alcurnia que los suyos. Desposó a una viuda lo bastante acaudalada como para sanear sus caudales, dilapidó su fortuna y contrajo después un segundo matrimonio con una mujer todavía más acomodada. El cronista retrata a un hombre que buscaba en los enlaces un remedio para sus deudas; el juicio moral le pertenece, mas los lances financieros que refiere arrojan luz sobre la inestabilidad que marcó la existencia de Parry.
Las deudas lo condujeron de nuevo ante los tribunales. Hugh Hare le reclamó judicialmente una suma adeudada. Parry se vengó penetrando de noche en sus aposentos del Temple e infligiéndole heridas tan severas que se temió por su vida. Fue condenado a muerte por aquel allanamiento violento. ¿Por qué razón le concedió Isabel el perdón? Borrow reconoce ignorarlo. La clemencia que le devolvió la vida permanece así como una interrogante abierta en su periplo, y no como la prueba concluyente de un favor determinado.
Tras su puesta en libertad, Parry residió algún tiempo en el continente. Frecuentó a clérigos y jesuitas; en París, trató a Thomas Morgan, un exiliado inglés, y debatió con él la suerte de los católicos. En la relación que entregó más tarde a las autoridades, Parry afirmó haber consentido en matar a la reina si ciertos religiosos le demostraban que el acto era lícito y si el papa le otorgaba la absolución. Los sacerdotes a quienes consultó rebatieron semejante justificación. Uno de ellos le habría advertido de que aquel magnicidio era injusto; no obstante, Parry sostuvo haber recibido, por mediación del cardenal de Como, una misiva que aprobaba la empresa y lo exhortaba a consumarla.
El texto de su confesión le atribuye una vacilación que no lo exculpa. De regreso en Inglaterra, solicitó una audiencia privada con Isabel y le reveló el complot, según dijo, para alertarla y desenmascarar a los enemigos de la corona. La reina lo escuchó. Parry escribió más adelante que ella le aseguró que los católicos no serían perseguidos únicamente por su fe, siempre que demostrasen ser leales vasallos. Le ofreció una pensión. Con todo, su propio testimonio añade que llevaba consigo un puñal y que lo apartaba cada vez que se hallaba en su presencia. La crónica retiene así el contraste entre la confianza concedida por Isabel y la confesión ulterior de un hombre que admitía haber considerado la posibilidad de matarla.
Edmund Nevil, un deudo de Parry a quien este pretendía arrastrar a la conjura, acabó por revelar los hechos ante los miembros de la corte. Declaró que su primo le había desgranado varios planes: aprovechar un paseo de la reina por los jardines, huir en barca para ganar luego un navío, o reunir a hombres armados que acometerían a Isabel durante una salida. Nevil aseguró haberse negado, habiendo dejado hablar a Parry tan solo para poder atestiguar sobre sus proposiciones. Parry sostuvo, por su parte, que Nevil lo había secundado y que había denunciado el acuerdo por mero provecho personal. La acusación descansaba, pues, en dos hombres unidos por la sangre, acusándose mutuamente de traición.
Interrogado en la Torre de Londres, Parry negó de entrada cualquier designio criminal. Admitió después haber departido con Nevil sobre cuestiones de doctrina y sobre el tiranicidio, mas afirmó que se trataba de una disputa teórica, sin miras concretas contra Isabel. En los sucesivos careos, la corona le confrontó con cartas y con las declaraciones de Nevil. Según Borrow, el 11 de febrero de 1584, Parry redactó una pormenorizada confesión de sus actos: relató sus viajes, sus tratos con Morgan y con los religiosos, las garantías llegadas desde Roma y los planes que decía haber trazado con Nevil. Añadió que sus escrúpulos habían flaqueado, pero que había empeñado su palabra de proseguir la empresa.
A finales de febrero, en Westminster Hall, el juicio tomó un cariz imprevisto. Interrogado sobre el pliego de cargos, Parry reconoció en un principio su culpabilidad en los mismos términos que le fueron leídos. Pidió la muerte y confirmó ante el tribunal que su confesión era libre y voluntaria. Le fueron exhibidos los documentos uno por uno; los examinó y reconoció la letra o la procedencia de cada cual. La misiva del cardenal de Como estaba redactada en italiano. El propio Parry la leyó en voz alta y refrendó la traducción inglesa presentada en la sala.
Tras esta serie de asentimientos, Parry mudó de postura. Declaró que nunca había querido matar a Isabel y alegó que su confesión había sido arrancada por la fuerza. Los comisionados y fiscales negaron que se le hubiese sometido a tormento o amenaza alguna. Parry replicó que se le había advertido de que procederían con rigor si no hablaba; los jueces sostuvieron que tales palabras solo significaban que se le interrogaría conforme al procedimiento ordinario. En medio de estas aseveraciones encontradas, clamó que su sangre caería sobre la reina y sobre sus jueces. El tribunal le recordó que había ratificado su confesión en audiencia pública, sin aportar elemento nuevo alguno que la invalidase.
Los magistrados lo condenaron a ser ahorcado, destripado y descuartizado, suplicio reservado a los traidores. El juicio no se limitó a la conjura imputada a Parry. Los altos dignatarios de la reina aprovecharon la sesión para anatematizar al papa, a los católicos y a los textos que legitimaban, a sus ojos, la rebelión. El reo había presentado su tentativa como una respuesta a las cortapisas religiosas y como un servicio a la Iglesia; los teólogos cuya autoridad invocaba distaban de compartir su parecer. De este modo, una causa particular se convirtió en una severa advertencia dirigida a toda una comunidad.
El 2 de marzo, fue trasladado en barca desde la Torre hasta Tower Hill, y luego arrastrado sobre un zarzo a través de la ciudad hasta el patíbulo de Westminster. Se le había permitido disponerse para bien morir. Allí, reiteró que jamás había albergado la intención de atentar contra la reina. Esta última denegación sucedía a su confesión ante el tribunal y al posterior desistimiento de la misma; ninguna podía ya abrir paso a un nuevo proceso. Fue ejecutado con arreglo a la sentencia.
