La mano del duque de Orleans sostenía la brida cuando una tropa armada lo cercó en la calle Barbette. El ataque tuvo lugar hacia las siete y media de la tarde. En aquel año de 1407, no llevaba consigo más que a dos escuderos montados en la misma cabalgadura, un paje y unos cuantos criados que caminaban por delante. El crimen no puso fin a la enconada rivalidad entre las casas de Orleans y de Borgoña; muy al contrario, le confirió una nueva naturaleza: la de una venganza cuyas responsabilidades ni siquiera las propias crónicas aciertan a deslindar de común acuerdo.
Desde hacía varios años, ambas estirpes se disputaban ferozmente el poder. La crónica de Champagnac refiere que Juan, duque de Borgoña, llamado Juan sin Miedo, incitaba al pueblo a quejarse de las gabelas y ganaba así adeptos en París. El duque de Orleans, por su parte, concentraba asimismo tropas. Cuando parecía inminente que los dos rivales zanjaran la querella por las armas, sellaron una reconciliación. El cronista tilda este entendimiento de fingido y atribuye a ambas partes el propósito de engañarse mutuamente; con todo, nada en el texto permite sondear con certeza el fuero interno de los protagonistas. Resulta más riguroso atenerse a los gestos documentados: ambos nobles intercambiaron muestras públicas de afecto, compartieron lecho, comulgaron juntos, bebieron de la misma copa y se juraron fraternidad de armas.
Poco después, en la calle Barbette, el duque de Orleans fue asaltado. Dieciocho hombres armados se abalanzaron sobre él; Raoul d’Ocquetonville, gentilhombre normando que acaudillaba la partida, habría asestado los primeros golpes. Cercenó la mano que asía la brida y descargó luego su filo contra la cabeza del duque. El paje Jacob de Merre se interpuso sobre el cuerpo de su señor para protegerlo y pereció en el lance. Los criados que alumbraban el paso nada pudieron hacer para contener la embestida. Antes de emprender la fuga, los asesinos prendieron fuego a sus espaldas para cubrir su retirada.
El cronista añade un detalle que la prudencia obliga a relegar al terreno del rumor. Afirma que un individuo encapuchado salió de una casa contigua y descargó el golpe de gracia con una maza. Corrió la voz de que aquel embozado era el propio duque de Borgoña. La fuente no aporta prueba alguna que sustente semejante imputación ni da cuenta de pesquisas que hubiesen permitido contrastarla. Señala, no obstante, que los agresores eran hombres a su servicio y relata que Juan sin Miedo asistió al día siguiente a las exequias, fingiendo llorar a quien presuntamente había mandado ejecutar.
Cuando la viuda y el hijo del duque de Orleans clamaron justicia y el inicio de una investigación judicial pareció inminente, Juan sin Miedo huyó a Flandes. Regresó al poco tiempo secundado por cerca de mil partidarios y, según la crónica, transformó el atentado en un trofeo político. Convocado por la corte de los pares ante la mesa de mármol, compareció en armas y rodeado de sus mesnadas; lejos de retractarse, reivindicó el magnicidio como la necesaria supresión de un príncipe que, a su juicio, arruinaba el Estado y quebrantaba el trono.
Su defensor, el fraile cordelero Jean Petit, justificó el acto invocando episodios sangrientos de las Sagradas Escrituras. Champagnac condena con severidad semejante alegato: censura al letrado por haber erigido en norma moral pasajes que los textos sagrados se limitan a narrar sin prescribirlos. La multitud, en cambio, acogió el discurso con entusiasmo y paseó a Juan sin Miedo en triunfo. La vista judicial, lejos de reconducir el crimen a los cauces del derecho, evidenció el choque frontal de dos facciones dispuestas a legitimar la violencia en nombre del bien común.
La guerra civil que estalló a continuación enfrentó a los borgoñones con los armañacs, bando encabezado por el conde de Armañac, suegro del difunto duque de Orleans. El cronista refiere que el conflicto se prolongó durante siete años, a lo largo de los cuales la facción dominante enviaba a sus rivales a la horca, los mandaba asesinar o los arrojaba a la hoguera. El gremio de carniceros de París, armado por Juan sin Miedo, desempeñó en ello un papel decisivo. Pero el encono no se limitó a los campos de batalla ni a los juicios contra los capitanes: caló hondo en los barrios, donde la delación de vecinos sospechosos bastaba para acarrear el arresto y el patíbulo.
En 1418, Juan sin Miedo se apoderó de París, de la persona del rey y de las riendas del poder. Sus huestes, a las que se sumaron cuadrillas de carniceros y desolladores, asaltaron las moradas de supuestos armañacs y arrastraron a numerosos vecinos a las cárceles o al cadalso. Según la crónica, algunos partidarios del rey fueron precipitados desde las torres contra las picas o arrojados a las aguas del Sena. Maleantes comunes aprovecharon el tumulto entre facciones para perpetrar sus propios desmanes. Champagnac refiere asimismo mutilaciones y violencias infligidas a mujeres; retenemos aquí únicamente el hecho medular: la toma de la ciudad desató una feroz purga contra individuos señalados por su filiación política, al margen de cualquier procedimiento legal mínimamente garantista.
El retrato de la corte que traza Champagnac no resulta menos severo. Describe a un Carlos VI enajenado, consumido por la demencia y sumido en el abandono, carente de ropa limpia y de sustento, mientras el reino zozobraba en la guerra y la penuria. Acusa a la reina, Isabel de Baviera, de haber tejido alianzas con ambos duques; sus imputaciones, en particular las relativas a la vida íntima de la soberana, participan de la vena polémica del cronista y no pueden tenerse por hechos fehacientes. Narra que un día, en un arrebato de locura, el monarca mandó prender a un hombre hallado en los aposentos de la reina, ordenó que lo cosieran en un saco y lo arrojaran al río. Este lance novelesco carece, sin embargo, de respaldo documental en la crónica.
En aquella Francia donde la corona ya no ejercía de árbitro entre los bandos, el poderío de Juan sin Miedo no cesó de crecer. Durante una nueva irrupción borgoñona en París, Tanneguy du Châtel, servidor del delfín, logró salvar a este último cubriéndolo con su manto y poniéndolo a salvo en Melun. Más adelante, el duque de Borgoña expresó el deseo de entrevistarse con el delfín, el futuro Carlos VII, a fin de negociar una concordia. El texto no dilucida si tal iniciativa obedeció al cansancio, al remordimiento o al disimulo táctico.
En 1419, se concertó la entrevista sobre el puente de Montereau, donde se erigió una empalizada para acoger a ambos príncipes. Juan sin Miedo vaciló, pero acudió finalmente acompañado por diez caballeros, conforme a lo estipulado. Allí fue muerto a manos de hombres armados. Las versiones historiográficas discrepan sobre la autoría material y moral del hecho. Según Voltaire, Tanneguy du Châtel asestó el golpe fatal ante los propios ojos del delfín. Otros testimonios acusaron directamente a Carlos de haber ordenado la muerte. El documento original no aporta elementos concluyentes que permitan elevar una u otra hipótesis al rango de certeza.
Felipe, hijo de Juan sin Miedo, exigió justicia para su progenitor. El parlamento emplazó al delfín ante la mesa de mármol y lo condenó a muerte en rebeldía, desligando a los súbditos franceses del juramento de fidelidad. Champagnac recuerda que, andando el tiempo, Carlos recobraría el trono con el concurso de Juana de Arco y expulsaría a los ingleses. Da cuenta asimismo de aquellos historiadores que exculparon al delfín de toda complicidad en el magnicidio, atribuyendo el golpe al rencor acumulado por los antiguos servidores del duque de Orleans y a la temeraria imprudencia de Juan sin Miedo.
El primer homicidio halló amparo en el propio poder de su instigador; el segundo quedó suspendido en una acusación que ni la condena en rebeldía ni las crónicas posteriores lograron esclarecer del todo. Entre ambos sucesos, la emboscada callejera se trocó en bandera política y, más tarde, en argumento para una nueva sentencia de muerte. Es ante este trágico engranaje de la sospecha, más que ante una verdad incontestable sobre lo acaecido en Montereau, donde el relato deja finalmente al lector.
