El 18 de mayo de 1882, en Chatou, Louis Aubert acude a una villa alquilada bajo un nombre supuesto. Cree acudir al reencuentro con Gabrielle Fenayrou, de quien fue amante. Marin, el marido de Gabrielle, lo aguarda en la oscuridad armado con un martillo y un bastón de estoque. Lucien Fenayrou, hermano de Marin, participa en los preparativos. El caso, sin embargo, no se reduce a un crimen pasional: cartas desaparecidas, confesiones contradictorias y dos juicios sucesivos lo convierten también en la historia de lo que un tribunal puede sentenciar y de lo que luego se ve obligado a reiniciar.
Estos hechos llegan hasta nosotros a través de H. B. Irving, quien publicó A Book of Remarkable Criminals en 1918. Su capítulo sobre los Fenayrou es una crónica retrospectiva, no la transcripción original de las audiencias. Irving remite a obras de 1882, en particular a las Causes criminelles et mondaines de Henri Bataille y al libro de Mace, así como a las memorias del presidente de sala Bérard des Glajeux. Entrelaza extractos de las vistas, testimonios indirectos y juicios personales; por tanto, los móviles que atribuye a los acusados no constituyen en su totalidad hechos probados en el proceso.
Marin Fenayrou había aprendido el oficio de farmacéutico en París. La viuda de su antiguo patrón le había confiado la botica y entregado a su hija Gabrielle en matrimonio. Posteriormente, Louis Aubert entró como aprendiz en el establecimiento. Permaneció allí varios años, participó en su administración y mantuvo una relación con Gabrielle. En 1880, Aubert abandonó la casa para abrir su propia farmacia. La aventura amorosa había concluido, pero Aubert conservaba cartas de Gabrielle. Según Irving, el matrimonio intentó recuperarlas; el contenido exacto y el peso que tenían a sus ojos nunca fueron revelados.
Los negocios de Marin iban de mal en peor. Había vendido su botica, se había visto comprometido en un fraude relacionado con la imitación de un agua mineral y acababa de ser condenado a tres meses de prisión y al pago de una multa. Aubert, por el contrario, prosperaba. La existencia de la correspondencia, el litigio financiero y la antigua relación sentimental componen varios móviles plausibles. Irving sugiere que Marin temía lo que Aubert sabía sobre él; admite, no obstante, que el secreto que Aubert afirmaba poseer jamás fue esclarecido. Esta incógnita no quedaría resuelta con los veredictos.
El 22 de marzo, según la versión que Marin ofrecería más adelante, este descubre la relación entre Aubert y su esposa. Le despoja de su alianza, sus joyas y su corona nupcial, y le notifica que habrá de ayudarlo a matar a su antiguo amante. Al día siguiente, acude a la comisaría para exigir la incautación de las cartas; el comisario se niega. La suegra de Marin intenta a su vez reclamarlas, sin éxito alguno. Dichas misivas desaparecen tras la muerte de Aubert. La crónica convierte su ausencia en el enigma central, pero nada permite reconstruir su contenido.
En la primavera, Marin alquila una villa en Chatou bajo la identidad ficticia de «Hess». Adquiere herramientas, acondiciona un bastón de estoque e involucra a Lucien en su plan. Los tres adultos se desplazan en repetidas ocasiones al lugar. El relato de Irving pormenoriza sus movimientos, los horarios de tren y las compras efectuadas; se apoya en parte en las declaraciones testificales que el autor resume y en los testimonios de Mace y del magistrado presidente. El plan dista de ser una improvisación de última hora: Aubert es atraído a Chatou mediante una carta de Gabrielle, fechada el 14 de mayo, en la que le propone reanudar sus encuentros íntimos.
Antes de decantarse por el método definitivo, Marin habría considerado diversos artilugios: unos anteojos provistos de púas metálicas y, más tarde, una trampa para lobos. Finalmente opta por el martillo y el bastón de estoque. Según Irving, los tres adultos dedican la tarde del 18 de mayo a disponer la casa, aplastar una tubería de plomo para gas y deliberar sobre cómo ocultar el cadáver. El autor describe asimismo los billetes de ferrocarril y las comidas, detalles que ilustran la organización material, pero que nos llegan mediatizados por testimonios consignados con posterioridad a los hechos. Demuestran la preparación; no revelan, por sí solos, el fuero interno de cada uno de los implicados.
La noche de la Ascensión, Gabrielle y Aubert parten de la estación de Saint-Lazare. Marin y Lucien ya han tomado posiciones en la villa. Aubert entra en una estancia a oscuras; Marin lo golpea con el martillo. Se desata un forcejeo, Gabrielle interviene, y Marin arremete de nuevo para rematarlo con el bastón de estoque. Tales precisiones proceden de la narración retrospectiva de Irving, quien reproduce los testimonios y declaraciones del sumario sin ofrecer la transcripción íntegra de cada interrogatorio. Describe una agresión concertada y una víctima emboscada en una celada; los matices del papel desempeñado por cada uno se convertirían, precisamente, en el centro de los debates procesales.
Pasadas las once de la noche, ambos hombres trasladan el cuerpo hasta el puente de Chatou en un pequeño carromato. Una tubería de plomo sirve de lastre; lo arrojan a las aguas del Sena. El 27 de mayo se descubre el cadáver cerca de Le Pecq. Irving señala asimismo que «transcurrieron once días», intervalo que no concuerda con las fechas absolutas consignadas en su propio texto; mantenemos aquí la fecha del 27 de mayo sin convertir dicha discrepancia en certeza. Las pesquisas apuntan hacia los Fenayrou tras la recepción de un anónimo acusatorio y al recordar la policía la gestión previa de Marin en torno a las cartas. Detenida el 8 de junio, Gabrielle confiesa ante el inspector Mace durante el trayecto en tren hacia Versalles. Lucien es arrestado igualmente. Marin niega los hechos en un principio, pero termina reconociendo su participación durante la reconstrucción en la villa.
En agosto de 1882, los tres encausados comparecen ante el tribunal de lo criminal de Seine-et-Oise, en Versalles. Irving sitúa la apertura de la causa el 19 de agosto, fecha discordante con las fuentes secundarias que fijan las sesiones del 9 al 12; a falta de cotejar las actas judiciales de 1882, nos atenemos únicamente al mes y a la sede judicial. El presidente, Bérard des Glajeux, interroga a Marin sobre los motivos de un asesinato premeditado con tanta minuciosidad. Este alega venganza. El magistrado le objeta que la emboscada, la ocultación del cadáver y el afán por borrar los vestigios no se corresponden con un homicidio fruto de un arrebato súbito. Sugiere otras hipótesis, entre ellas el temor a que Aubert revelara hechos comprometedores. Se trata de conjeturas inquisitorias del tribunal, no de conclusiones probadas respecto a un chantaje.
Gabrielle sostiene que colaboró con su marido impulsada por el remordimiento de su adulterio y por temor a represalias contra sus hijos. El presidente rebate esta postura recordando su implicación en la cita, su entrada en la habitación en pleno forcejeo y sus confesiones tras el arresto. Lucien es presentado por Irving como un individuo desprovisto de motivos propios más allá de una ciega lealtad fraternal. Defensa y ministerio público exhiben lecturas encontradas sobre el grado de iniciativa de Gabrielle. El autor, por su parte, adopta un tono severo y zanja psicológicamente allí donde el sumario resulta menos taxativo.
Un defecto formal de procedimiento alterará la suerte del litigio. Un antiguo amante de Gabrielle, periodista, había aportado datos sobre sus relaciones. Por consideraciones de discreción, su testimonio fue leído en sala en su presencia, prescindiendo del interrogatorio oral ordinario. El jurado de Versalles condena a Marin a la pena capital, a Gabrielle a trabajos forzados a perpetuidad y a Lucien a siete años de prisión. Según Irving, el Tribunal de Casación anula posteriormente la sentencia basándose en esta infracción procesal. La casación no absuelve a ninguno de los procesados ni reconsidera el fondo de los hechos: se limita a ordenar la celebración de un nuevo juicio.
Las vistas se reanudan en París el 12 de octubre ante el tribunal de lo criminal del Sena. En esta ocasión, Marin se beneficia de circunstancias atenuantes, Lucien es absuelto y la condena de Gabrielle se mantiene intacta. La crónica no desgrana los fundamentos que motivaron la disparidad de criterio entre ambos jurados; no cabe, pues, interpretar el segundo fallo como una mera revisión automática del anterior. La pena de muerte impuesta a Marin en Versalles no llegó a ejecutarse a la espera del recurso.
Marin es deportado más tarde a Nueva Caledonia para cumplir su condena. Irving señala que allí obtuvo autorización para regentar un dispensario, privilegio revocado por conducta deshonesta, tras lo cual pasó a desempeñarse como barquero; murió allí víctima de un cáncer hepático. Por su parte, Gabrielle ascendió a jefa de taller en el penal donde permanecía recluida. Estos datos provienen del epílogo de la obra de 1918 y no de registros judiciales oficiales. Irving los despacha en unas pocas líneas, omitiendo fechas tanto para el destierro como para el fallecimiento de Marin, y carece de fuentes independientes en el capítulo. Aunque prolongan el devenir de los protagonistas tras las sentencias, su grado de verificación histórica es sensiblemente inferior al de los fallos judiciales minuciosamente relatados. No añadimos, pues, fechas ni detalles biográficos adicionales. El caso adolece también de una laguna documental: el texto no reproduce la totalidad de los debates procesales ni las minutas notariales originales. Con todo, permite examinar con claridad un crimen premeditado, dos valoraciones judiciales divergentes sobre la complicidad y una anulación decretada a raíz de un estricto vicio de forma, distinguiendo con rigor estos tres momentos.
