Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Francia

Las cartas que hacían las veces de Joseph

Francia, 1840. El hallazgo de dos cadáveres cerca de Burdeos conduce a un viajero con manchas de sangre y ropas desgarradas; sus confesiones vinculan el caso con la muerte de un niño desconocido hallado en las inmediaciones de París. La crónica retrospectiva de *Der neue Pitaval* relata la instrucción, las cambiantes explicaciones de Elicabide, su proceso judicial y su condena a muerte.

La mañana del 10 de mayo de 1840, varios vecinos de Artigues divisaron en un arroyo el cadáver de una mujer joven. Más lejos, ese mismo día, se halló un segundo cuerpo: el de una niña. La corriente no había sido la causa de sus muertes: el relato publicado muchos años después en *Der neue Pitaval* describe a dos víctimas golpeadas antes de ser arrojadas al agua. Los rastros de sangre conducían hacia el bosque cercano. En Burdeos, donde la noticia cundió con rapidez, las pesquisas no tardarían en dar alcance a un hombre que ya había intentado hacer desaparecer a otro menor, a varios cientos de kilómetros de allí.

El nombre de aquella primera víctima se había ignorado durante largo tiempo. Hacia mediados de marzo, un muchacho desconocido había sido descubierto cerca de La Villette, por entonces en las afueras de París. El capítulo del *Pitaval* sitúa el suceso ocho semanas antes de los crímenes de Artigues; la fecha exacta aparece desfigurada en su transcripción tipográfica. El texto refiere que el niño había sido asesinado y luego abandonado en la cuneta de un camino. Nadie acudió a reclamarlo. Su cuerpo fue trasladado a París, expuesto en la Morgue y embalsamado a fin de que nuevos visitantes pudieran intentar reconocerlo. Los llamamientos dirigidos a familias, maestros de escuela y allegados no lograron disipar el misterio.

En Artigues, el segundo hallazgo otorgó a la tragedia otra dimensión. La sangre parecía conducir desde el agua hacia un paraje del bosque donde se habría perpetrado el crimen. Los cuerpos habían sido ocultados por separado; la muchacha yacía envuelta en un chal. El pánico se apoderó del municipio y se propagó luego a Burdeos. Estos pormenores proceden de una obra retrospectiva, no de un atestado judicial consultado de primera mano.

Esa misma mañana, un viajero había subido a la diligencia que cubría el trayecto de Bergerac a Burdeos tras haberla aguardado cerca de Quatre-Pavillons. Llevaba consigo una bolsa de noche y dos cestillos de mimbre. En la posada de Chaban almorzó, pidió que le encendieran fuego y luego se entregó al sueño. Entretanto, el posadero tuvo noticia del hallazgo de los cadáveres y relacionó las novedades con el itinerario de su huésped, procedente de los contornos de Artigues. El silencio del hombre y la hora intempestiva de su llegada acabaron de inquietarlo, por lo que alertó a la policía.

En los cestos, según se dice, los agentes advirtieron manchas de sangre, así como una señal en la manga de su camisa. Se hallaron asimismo retales de tela desgarrados, pertenecientes, según los testigos, a prendas femeninas. El cotejo reseñado por el *Pitaval* era indirecto: los declarantes estimaban que los tejidos parecían de idéntica naturaleza. El hombre negó en un principio saber nada en absoluto de los crímenes. La mañana del 11 de mayo, en el instante en que abandonaba la posada para retomar la diligencia con destino a París, fue detenido.

Posteriormente, dirigió una misiva al juez de instrucción. En aquellos breves renglones, según consigna el *Pitaval*, confesaba haber dado muerte a la mujer y a la niña, identificándolas con sus nombres: Marie Anizat y su hija Mathilde. Declaró llamarse Pierre-Vincent Elicabide, natural del Bearne. Ante el magistrado, añadió que el muchacho anónimo de La Villette era Joseph Anizat, hijo de Marie y hermano de Mathilde, y que él también le había arrebatado la vida. El *Pitaval* señala que varios allegados confirmaron la identidad de la familia.

Para comprender cómo aquella familia se vio arrastrada en su huida, la crónica retrocede algunos años atrás. Elicabide había cursado estudios en diversos seminarios antes de renunciar a la carrera eclesiástica. Se dedicó a la docencia y regentó una escuela primaria cerca de Pau. Fue allí donde conoció a Marie Anizat, una joven viuda que buscaba una esmerada instrucción para sus hijos. Su esposo había muerto en Argelia en 1833. Marie trabajaba con afán para sacar adelante a Joseph, nacido en 1829, y a Mathilde, nacida en 1831.

El *Pitaval* lo retrata como un espíritu ambicioso e insatisfecho; esta semblanza retrospectiva no equivale en modo alguno a un diagnóstico clínico. En el otoño de 1839 abandonó su puesto y partió hacia París, persuadido de que allí alcanzaría mayor fortuna, pero no halló ni discípulos suficientes ni recursos bastantes. No obstante, en las cartas que remitía a Marie, describía un porvenir venturoso: una vasta institución de enseñanza, una vida en común y una plaza asegurada para Joseph en el colegio que aseguraba estar a punto de fundar.

En un primer momento, reclamó únicamente al muchacho. En una misiva de enero de 1840, reproducida por el *Pitaval*, prometía velar por Joseph e instaba a la madre a reunirse con ellos más adelante; a finales de febrero daba a entender que su empresa prosperaba. Marie terminó por consentir en aquella separación temporal. Pidió prestadas modestas sumas a sus clientas, reunió algún dinero para su hijo y lo confió a la señorita Lenoir, una modista que viajaba hacia París. El 11 de marzo abrazó a Joseph por última vez. Tres días después, según el relato, la modista lo puso en manos de Elicabide en el patio de las postas.

El joven maestro no condujo al muchacho a su morada. Lo llevó a un figón, lo dejó a solas unos instantes y escribió a Marie asegurándole que el menor había llegado con perfecta salud. El *Pitaval* añade que Joseph redactó unas líneas sobre París, acaso al dictado del adulto; aquellas breves palabras mantuvieron intacta la confianza de la madre. Según la confesión consignada, Elicabide había comprado un martillo antes de la llegada del niño. Al anochecer, lo guio fuera de la ciudad hacia La Villette y lo mató. La crónica describe a continuación el abandono del cadáver en la cuneta. Conviene exponer esta secuencia como la confesión atribuida a Elicabide y no como un testimonio directo e independiente de los hechos.

En las semanas sucesivas, Elicabide siguió escribiendo que Joseph gozaba de buena salud y se habituaba a París. Justificaba la falta de cartas del muchacho y auguraba una existencia dichosa en cuanto la madre llegara. El hallazgo del cuerpo en La Villette no había permitido su identificación; en Pau, por consiguiente, Marie ignoraba que su hijo yacía muerto. Finalmente, emprendió el viaje que tanto se le había apremiado a realizar.

Elicabide había partido de París a su encuentro, pero llegó a Burdeos con posterioridad a ella. Afirma la crónica que andaba escaso de fondos y que pidió cien francos a su hermana, que servía en los alrededores. El 8 de mayo acudió a la posada donde Marie lo aguardaba. Al día siguiente cenaron en compañía de Justine Cazauran, amiga de Marie; la madre departió sobre Joseph y sobre su inminente reencuentro. La crónica no consigna indicio alguno de la tragedia que se avecinaba.

Al caer la noche, Elicabide alquiló un carruaje y condujo a Marie y a Mathilde hacia Quatre-Pavillons. Los tres prosiguieron la marcha a pie. Conforme a las declaraciones que prestaría más adelante, llevaba un martillo en su bolsa y ya había explorado el terreno para escoger un paraje donde el crimen pudiera quedar oculto. Asesinó a Marie y a Mathilde junto al bosque, arrastró sus cuerpos hasta el arroyo y dispersó o enterró parte de sus pertenencias. La crónica detalla a continuación el encubrimiento de los cadáveres; el veredicto posterior calificó ambos homicidios de premeditados.

Las explicaciones de Elicabide fueron mudando con el tiempo. Sostuvo en un principio que la muerte de Joseph había obedecido a un arrebato súbito de desesperación, y que las de la madre y la hermana buscaban ocultar el primer crimen. Sin embargo, reconoció haber adquirido el martillo antes de la llegada del menor. Más tarde, según el *Pitaval*, admitió haber sopesado las tres muertes tras perder la esperanza de forjarse una vida desahogada junto a Marie. Invocó asimismo un estado mental enajenado, adujo verse sometido a impulsos irresistibles y afirmó creer que liberaba a sus víctimas de un destino desdichado. Estas versiones divergen entre sí. Ponen de manifiesto los móviles que adujo de forma sucesiva, mas no alteran el punto nuclear que el tribunal debía dirimir: su responsabilidad penal.

El dinero y los efectos sustraídos suscitaron otra viva controversia. Elicabide había empleado los fondos remitidos con Joseph, se había apoderado de una suma que Marie llevaba consigo y conservaba alhajas pertenecientes a las víctimas. Alegó que ciertos enseres habían sido retirados para entorpecer la identificación de los cuerpos; la acusación vio en ello un evidente ánimo de lucro. Su letrado impugnó por separado la acusación de hurto doméstico, acogiéndose a las normas relativas a las denuncias entre parientes que refiere la crónica. El veredicto recayó tanto sobre los asesinatos como sobre el robo.

La vista oral dio comienzo ante la Audiencia de lo Criminal de la Gironda, en Burdeos, el 9 de septiembre de 1840 y concluyó el 11, a tenor del capítulo. La defensa centró sus argumentos en la salud mental del procesado. El doctor Canihac, cuyo dictamen resume el *Pitaval*, desestimó la tesis de una monomanía: la circunstancia de que Elicabide recordara y razonara con claridad antes y después de los crímenes se le antojaba incompatible con semejante cuadro clínico. Tal dictamen, fruto de las polémicas de la época, no constituye una evaluación psiquiátrica moderna. El ministerio público hizo hincapié en los preparativos y en los engaños reiterados como pruebas inequívocas de premeditación.

Tras una deliberación de apenas media hora, los miembros del jurado respondieron afirmativamente a las nueve preguntas sometidas a su consideración. El tribunal condenó a Elicabide a la pena de muerte por los tres asesinatos premeditados y el robo subsiguiente. El cronista relata que el reo acogió la sentencia sin pronunciar palabra y fue conducido más tarde al cadalso, si bien no precisa la fecha de la ejecución. Su corolario moralizante resulta severo; arroja luz, al mismo tiempo, sobre el modo en que *Der neue Pitaval* perfilaba la figura de sus criminales.

Tres cadáveres al principio anónimos habían sido rescatados: el de Joseph en los arrabales de París, y luego los de Marie y Mathilde en las cercanías de Burdeos. La detención tendió un puente entre ambos escenarios geográficos; la confesión, a tenor del *Pitaval*, restituyó a los difuntos su verdadera identidad. Con todo, el texto conservado no es la transcripción estenográfica de las sesiones, sino una reconstrucción publicada en 1859 que precisa ser leída deslindando las confesiones, las tesis acusatorias y el fallo del jurado.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La baliza apagada

Ficción independiente. En un puerto atlántico imaginario, un buque de contrabando encalla tras extinguirse la luz de una baliza. El farero asegura haber dado la alarma a tiempo; el armador lo acusa de haber cobrado para dejar el canal a oscuras. Una escribana de las cuentas municipales descubre que las partidas de aceite fueron alteradas en el registro por un pasante, mientras un práctico recuerda una señal en mitad de la niebla. La investigación debe deslindar el sabotaje, el error y el perjurio sin fiarse de una sola voz. Vote por esta novela corta si le apasionan los procesos judiciales donde los indicios materiales desafían los relatos más verosímiles.

Cargando votos…

novela

Las cartas del internado

Ficción independiente. En una ciudad portuaria, la directora de un internado recibe durante años las cartas de un antiguo alumno convertido en explorador. Cuando un cuantioso legado destinado a la institución se desvanece, los herederos la acusan de haber falsificado la correspondencia; sin embargo, otro antiguo pupilo asevera que los renglones fueron trazados por dos manos distintas. Una joven oficial de justicia reconstruye las rutas postales y descubre que la verdad del fraude no coincide con la culpa familiar que todos pretenden sentenciar. Vote por esta novela si busca una intriga donde la escritura, la confianza y la prueba documental se baten en la misma página.

Cargando votos…

trilogía

Los legajos del instituto

Trilogía de novelas policíacas independientes ambientadas en tres ciudades europeas imaginarias. En el primer volumen, el incendio de una escuela revela que un inspector falseaba los certificados de seguridad. En el segundo, un litigio sucesorio depende de unas cartas de viaje cuya caligrafía muta con el paso de los años. En el tercero, un testigo se desdice en el proceso de un contable acusado de desfalcar una caja de socorros mutuos. Las tramas no comparten criminal ni víctima: siguen las pesquisas de una archivera que aprende a desgajar los relatos persuasivos de las certezas comprobables. Vote por esta trilogía si le atraen los enigmas donde la verdad se conquista documento a documento.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Fuente principal: capítulo «Elicabide, 1840», *Der neue Pitaval*, Neunter Theil, Zweite Auflage, Leipzig: F. A. Brockhaus, 1859, págs. 161–198; límites en el OCR local: líneas 7921–9635 inclusive. El extracto contiene 9668 palabras separadas por espacios y concluye antes del capítulo «Die beiden Alarkmann» (pág. 199). SHA-256 del extracto local: cfb1042e6f82fce0ee38a3fd424d741e90fb540e02ab3856e4f7535f68f741ff. El facsímil no ha sido cotejado de visu y el OCR del texto en caracteres góticos Fraktur presenta abundantes erratas. En particular, distorsiona la fecha del primer hallazgo; el relato se limita a consignar «hacia mediados de marzo», y refiere una anterioridad de unas ocho semanas respecto a los descubrimientos del 10 de mayo. El texto de 1859 es retrospectivo y entrevera resúmenes procesales, confesiones atribuidas, declaraciones de testigos y juicios morales. Los diálogos no se ofrecen como transcripciones taquigráficas. No se precisa la fecha exacta de la ejecución.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete