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Amores y traiciones · Francia

Las noches de Cuzy

En Cuzy, en marzo de 1877, Marie Cannet, un zuequero de veintiocho años, fue acusado de haber dado muerte a la señora Duverne y de amenazar a los esposos Daudanne. Tras una condena correccional previa y una noche de disparos, fue detenido y sentenciado a trabajos forzados a perpetuidad, con circunstancias atenuantes.

El 3 de marzo de 1877, en una alcoba de Cuzy, se descerrajaron ocho tiros de revólver a quemarropa contra la señora Duverne. Acababa de levantarse y permanecía aún a medio vestir cuando los proyectiles la alcanzaron. La noche de violencia apenas comenzaba: Cannet la emprendería después a tiros contra los Daudanne, sitiaría su morada, perseguiría a uno de ellos hasta la casa de un maestro de escuela y sería por fin reducido gracias al auxilio del cura de la aldea. La Gazette des Tribunaux encabezó aquella crónica con un rótulo singular: «Un amante curioso». El acusado respondía al nombre de Marie Cannet; el periódico lo describe como un hombre de veintiocho años, zuequero en Cuzy.

Es preciso retroceder algunas semanas para desentrañar cómo la querella había cobrado semejante virulencia. Cannet residía cerca de la señora Duverne. El marido de esta, sastre ambulante, se ausentaba con frecuencia. Según el acta de acusación extractada por la Gazette, Cannet se aprovechó de tales ausencias para acosar a la mujer con sus requerimientos. Pretendía el reo que ella había terminado por ceder a sus pretensiones hasta convertirse en su amante. La crónica judicial no da esta relación por probada: se limita a consignar que la señora Duverne quiso romperla, mientras que Cannet porfiaba en su empeño, y que sus desavenencias ya habían reclamado la intervención de la justicia.

La primera advertencia de los tribunales tuvo por escenario Autun. El 10 de diciembre anterior, Cannet había roto de noche una ventana del domicilio de la señora Duverne y la había violentado poco tiempo antes. El tribunal correccional lo condenó, el 8 de enero de 1877, a seis días de prisión. El Tribunal de Apelación de Dijon confirmó dicho fallo el 31 de enero. La denuncia de la propia señora Duverne se hallaba en el origen de las actuaciones; a esta condena, refiere el periódico, replicó Cannet con un encono acerbo.

El 14 de febrero coincidió en la posada de Daudanne, tío de la señora Duverne, con el matrimonio. Estalló una disputa. Cannet se encaramó a una mesa y profirió toda suerte de injurias contra la señora Duverne y su esposo. El 24 de febrero, el señor Duverne lo hizo comparecer ante el juez de paz para exigir satisfacción por aquellas afrentas verbales. Este segundo lance, a decir de la acusación, exacerbó el encono de Cannet y precipitó los designios de venganza que alimentaba desde largo tiempo atrás.

El armamento, por su parte, fue allegándose por etapas. En diciembre o enero, Cannet adquirió un revólver y municiones en casa de Pronnet, en Luzy. El 22 de febrero regresó ante el mismo mercader en busca de una caja de cartuchos; el día 28, en Autun, se procuró un segundo revólver, de mayor calibre, y nuevos pertrechos. Esta sucesión de actos traza en la crónica una línea inequívoca: el hombre que se disponía a presentarse en la posada y volver luego a su casa ya no era un simple vecino pendenciero. La acusación coligió de ello una preparación premeditada.

El 2 de marzo, hacia las cinco de la tarde, Cannet compró un litro de aguardiente en la posada de Vincent y se lo llevó a su vivienda. Más tarde acudió a beber al establecimiento de Daudanne; salió de allí cerca de las diez de la noche, sin que en su conversación, apunta el artículo, se trasluciera exaltación alguna. Regresó a su morada tras cerciorarse de que la señora Commeau, que a veces pernoctaba junto a la señora Duverne durante las ausencias del marido, no había acudido aquella noche. El señor Duverne trabajaba en otro municipio. La casa se hallaba, por tanto, ocupada únicamente por su esposa, y Cannet pudo creer que su empresa carecería de testigos inmediatos.

Hacia la medianoche, tras haber bebido para enardecerse, empuñó una barra de hierro, reventó los postigos y la ventana y penetró por escalo en la estancia. Llevaba encima sus dos revólveres. La señora Duverne se había incorporado; se hallaba de pie, a medio vestir, cuando cayó abatida por los ocho disparos descerrajados a boca de jarro. La violencia no se detuvo en el umbral de aquella alcoba. Cannet permaneció junto al cadáver, golpeando la mesa con el cañón del arma y vociferando amenazas. Cuando la señora Daudanne acudió presurosa con la señora Commeau, esta última corrió a refugiarse a oscuras en su morada, junto a su marido y los vecinos.

Cannet se presentó poco después ante la puerta de los Daudanne pidiendo tabaco; amenazó con derribar puertas y ventanas si rehusaban franquearle el paso. Al permanecer la puerta cerrada, trepó al tejadillo de un cobertizo, destrozó los vidrios y la montura de una ventana, deslizó el brazo hacia el interior e hizo fuego contra el dormitorio. Una bala alcanzó a François Commeau en el muslo, causándole no obstante una herida leve. Daudanne tomó entonces una horca de hierro y repelió al agresor. Cannet, sin embargo, volvió a la carga por segunda vez, se encaramó a otra ventana, rompió un cristal y abrió fuego de nuevo en dirección a los cónyuges.

El párroco de Cuzy, el abad Papillon, ya había procurado apaciguar a Cannet. Al oír las detonaciones, acudió a toda prisa e intentó disuadirlo de que bajase de la ventana, diciéndole que la vivienda estaba desierta. Cannet replicó que, al resplandor de su revólver, había distinguido a «aquel monstruo» de Daudanne; acto seguido continuó disparando hacia el punto donde creía haberlo vislumbrado. El sacerdote tiraba de él por la manga para desviar su brazo y evitar que alcanzara al hombre a quien acosaba.

Cannet descendió por fin y volvió su cólera contra la señora Daudanne, quien había buscado asilo en la rectoría. Encaró su arma hacia una ventana; al percibir una voz procedente de otra pieza, gritó que la mujer se hallaba en la cocina. Por tres veces, a tenor del artículo, intentó forzar los postigos apuntando con sus dos revólveres hacia la casa. Incapaz de lograrlo, se retiró a su domicilio proclamando que iba a quitarse la vida. Pero no había renunciado a perseguir al matrimonio. Hacia las seis de la mañana se presentó de nuevo en la vivienda de la señora Duverne y marchó luego hacia la de los Daudanne. El marido había huido por una puerta trasera y hallado cobijo en casa del maestro contiguo. Cannet lo persiguió revólver en mano. Acorralado en una habitación sin salida, Daudanne logró atenazarlo por el cuello; el maestro acudió presto y, con el auxilio del cura, redujeron ambos al acusado a la impotencia.

En la audiencia, los sucesos de aquella noche se convirtieron en materia de controversia, y la versión de Cannet quedó consignada con todas sus contradicciones. El reo reconoció los hechos, su prolongada premeditación y el plan preconcebido de exterminar a la señora Duverne, a los Daudanne y suicidarse después. Afirmó haber adquirido un revólver el 28 de febrero con tal propósito, mientras que la exposición del fiscal daba cuenta ya de una primera compraventa en diciembre o enero. Interrogado sobre sus motivos, sostuvo que la señora Duverne le había robado y le había hecho condenar sin razón; aseveró asimismo que los Daudanne se habían confabulado para frustrar sus planes de matrimonio esparciendo falsos rumores.

La instrucción sumarial no confirmó el pretendido robo. Tampoco permitió, a juicio del diario, determinar con certidumbre la índole del trato entre Cannet y la señora Duverne; con anterioridad a las diligencias correccionales, nadie en Cuzy había achacado a la mujer una relación culpable. Añade la crónica que los esposos Daudanne jamás habían obrado para desbaratar los proyectos conyugales de Cannet. El redactor aventura entonces su propia interpretación: los celos, los extravíos que engendra una pasión y el rencor tras la condena. Trátase de una conjetura del cronista, no de un designio íntimo que el expediente judicial nos permita asegurar.

La Gazette retrata por último a Cannet como a un campesino analfabeto, rubio, de baja estatura y anchas espaldas, de semblante imperturbable. La vista pública se celebró los días 15 y 16 de junio; diecinueve testigos fueron llamados por el ministerio fiscal. El señor Ladey sostuvo la acusación y el letrado Ceyssel asumió la defensa. El párroco mereció las felicitaciones del presidente del tribunal por su denuedo y abnegación. Seguidamente se retiraron los jurados; su veredicto fue de culpabilidad, si bien concedieron el beneficio de las circunstancias atenuantes. Marie Cannet fue condenado a la pena de trabajos forzados a perpetuidad.

La crónica no nos devuelve la voz de la señora Duverne, ni el pormenor íntegro de los debates forenses, ni siquiera el nombre de pila de la víctima. Preserva, empero, en la proximidad de sus fechas, una concatenación que la ligereza del titular no logra disipar: una condena por una ventana quebrada, una nueva demanda judicial, dos revólveres, una noche en que varias casas vivieron bajo zozobra y un hombre persiguió a su convecino hasta la morada de un maestro. La pena impuesta dio cumplimiento al veredicto; mas no pudo restituir a la difunta aquella palabra que la prensa no supo recoger.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Crónica de la Gazette des Tribunaux sobre las audiencias de los días 15 y 16 de junio de 1877. La narración judicial resume el acta de acusación y algunos extremos de los debates; la hipótesis de los celos y el resentimiento dimana del propio cronista. El periódico trata a Marie Cannet en masculino y omite el nombre de pila de la señora Duverne.

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