Tras el arresto de Stevens, el mercader de telas James Johnson relató a los magistrados que, en el mercado de Leigh, el orador había incitado a la multitud a pertrecharse de armas. El mismo testigo le atribuía asimismo la orden de poner fin a los disparos de pistola. Estas declaraciones, oídas durante la instrucción preliminar de Mánchester, fueron esgrimidas como pruebas ante el tribunal de lo criminal de Liverpool, donde el jurado debía fallar sobre la acusación de sedición.
La reseña de Camden Pelham presenta a Stevens como un antiguo ministro wesleyano convertido en predicador independiente. Había sido expulsado de su Iglesia —escribe Pelham— por su intervención en política, juzgada impropia de un clérigo. Los habitantes de los distritos manufactureros de Ashton, Dunkenfield y Staley Bridge no tardaron en erigirle capillas. Según el compilador, fustigaba sobre todo la New Poor Law y las condiciones en las fábricas, dos materias que conmovían vivamente a sus oyentes. Pelham lo describe como un hombre dulce y caritativo en la vida privada, pero vehemente en sus arengas políticas; semejante semblanza moral pertenece al propio compilador.
El 28 de diciembre de 1838, tras haber desafiado reiteradamente a las autoridades a que le imputaran cargo alguno, fue arrestado en Ashton por Goddard y Shackell, agentes de Bow Street provistos de un mandamiento librado por dos magistrados de Lancashire. Stevens no opuso resistencia. Los oficiales lo trasladaron a Mánchester bajo la custodia de una compañía de los Queen’s Bays; pasó la noche en el New Bailey antes de comparecer al día siguiente en la audiencia pública.
La orden judicial traía causa de una reunión celebrada en el mercado de Leigh el 13 de noviembre de 1838. En ella se acusaba a Stevens de haber tomado parte en una asamblea tumultuosa con estandartes, banderas y detonaciones de armas de fuego, y de haber proferido palabras incendiarias para empujar a los concurrentes a atentar contra las personas y los bienes de las inmediaciones. Antes de elevar la causa a juicio, los magistrados de Mánchester debían tomar declaración a los testigos que habían asistido a la concentración.
James Johnson, comerciante de tejidos, estimó la concurrencia en dos o tres mil personas. Declaró que Stevens había hablado de las fábricas y de las leyes de pobres, aconsejado a sus oyentes procurarse armas y picas, y evocado el asalto a las manufacturas a punta de daga y antorcha. En el relato de Johnson, el orador propuso asimismo cubrir de brea y plumas a un tal señor Jones, dueño de una hilandería a quien acusaba de maltratar a un muchacho. Tales fueron las expresiones que el testigo afirmó haber escuchado; Pelham no aporta transcripción documental del discurso.
Johnson advirtió, además, una aparente contradicción. Se habían efectuado disparos de pistola en el seno de la multitud. Al parecer, Stevens exigió que cesaran, alegando que ya se oía demasiado «cracking»; mas acto seguido habría añadido que él aún no había soltado su propio estallido y que podrían reanudarlo más tarde. El testigo declaró haber divisado una veintena de pistolas y a un individuo que desfilaba con una pica que ensartaba un pan y un arenque. El cuadro conjugaba el arma callejera, el sustento material y la escenografía de un mitin político. La crónica registra lo que un testigo aseveró haber visto; no demuestra que cada uno de los asistentes acatara las consignas de Stevens.
William Coward, agente de la policía local de Leigh, ofreció una relación más pormenorizada. A su llegada, Stevens discurría sobre la condescendencia de Cristo; pasó de inmediato a la cólera divina y a la posibilidad de que Dios hubiese movido a los habitantes a prender fuego a los edificios vecinos, e incluso a la iglesia parroquial. Coward le acusó de haber exhortado a las familias a desertar del templo y a reservar sus peniques para comprar armas. Relató asimismo una reunión nocturna a la luz de las teas, en la que Stevens se habría referido a los soldados, los oficiales y los comisarios de la ley de pobres.
Para ilustrar el peligro, Coward describió las picas: de catorce o quince pulgadas, forjadas en acero, con un tornillo para afianzarlas al asta y una punta sumamente afilada. Afirmó haber visto entre cien y doscientas en las cabañas de los lugareños y aseguró que los herreros forjaban semejante armamento. Evocó amenazas vertidas contra hacendados y palabras oídas al vuelo en despachos de pan. Por último, recordaba un lienzo que ostentaba esta inscripción: «The murders of Peterloo shall never be forgot». La acusación podía sustentarse así en los discursos relatados, en las armas observadas y en la inquietud del vecindario. Empero, el nexo causal entre las palabras de Stevens y cada pica descubierta no pasaba de ser una conjetura del propio agente.
Stevens interrogó a ambos hombres en careo con notable destreza. La instrucción quedó suspendida hasta el jueves subsiguiente, concediéndosele la libertad bajo fianza. Refiere Pelham que sus partidarios aguardaban su salida con impaciencia y lo aclamaron con entusiasmo. El domingo siguiente predicó en Staley Bridge sin aludir a lo recién acaecido. Por la noche, en Ashton, la congregación fue tan nutrida que el sermón hubo de pronunciarse en la plaza del mercado, a la luz de la luna, ante unas diez mil personas, a estar del cronista.
El lunes, una tertulia popular en torno al té congregó en Hyde a cerca de un millar de asistentes. Stevens sentenció allí que el régimen fabril estaba herido de muerte y que la Poor Law no perduraría. Señaló una bandera colgada en la pared y advirtió que la población debería alinearse bajo su enseña antes de consentir la implantación de la ley. La crónica anuncia un lema, pero omite su reproducción. Al día siguiente, en Mánchester, Feargus O’Connor y otros oradores invitaron a la muchedumbre a arropar a Stevens acudiendo en masa, si bien sin pancartas y guardando el orden.
El jueves posterior, al menos cuatro mil personas se agolparon ante el New Bailey de Mánchester. Pelham subraya su conducta pacífica: Stevens compareció puntualmente y fue recibido con vítores, sin que se registrara tumulto alguno. Un testigo adicional vino a corroborar los testimonios de Johnson y Coward. Los magistrados remitieron a Stevens ante el tribunal de lo criminal de Liverpool por el discurso de Leigh, advirtiéndole de que podría afrontar cargos añadidos por asociación ilícita. Estos otros cargos no aparecen resueltos en sentencia dentro de esta crónica. Stevens fue puesto en libertad aquella misma noche tras depositar una fianza de dos mil libras para garantizar su comparecencia.
La vista tuvo lugar el 15 de agosto de 1839. El pliego de cargos recogía el suceso consignado en la orden judicial; Pelham sostiene que Johnson y Coward ratificaron plenamente la acusación mediante los testimonios ya sintetizados. No reproduce los debates en su totalidad ni ofrece una relación pormenorizada de los descargos. El jurado declaró a Stevens culpable. El juez lo condenó a dieciocho meses de reclusión en la casa de corrección de Knutsford. A su salida, debía prestar una fianza de quinientas libras, respaldada por dos garantes de doscientas cincuenta libras cada uno, en prenda de conservar la paz durante cinco años.
Stevens fue trasladado más adelante a Chester Castle. El 1 de febrero de 1841 fue puesto en libertad ocho días antes del término ordinario de la condena. Pelham atribuye esta gracia a la muerte de su padre, el reverendo John Stevens: lord Normanby habría consentido en abreviar sus últimos días de cautiverio para que el reo pudiera cumplir con las exequias paternas. La pena concluyó, por ende, merced a una providencia de clemencia particular, después de que el veredicto hubiera castigado los discursos vertidos en Leigh.
La crónica no consiente reconstruir los pormenores de la sala de audiencias más allá de estas síntesis. Conserva, no obstante, el nervio de la controversia que propició el encausamiento: Johnson y Coward imputaban términos violentos; el agente trababa tales arengas con las armas descubiertas, mientras la multitud congregada en apoyo de Stevens guardaba una rigurosa compostura ante el New Bailey. El fallo recayó sobre el cargo de sedición y no sobre el conjunto de los agravios políticos del territorio. Entre la homilía y la condena mediaron testimonios, armas descritas, careos y una segunda comparecencia. Pelham nos lega su compendio, mas no los autos íntegros que permitirían deslindar cada extremo.
