Bajo las piedras del barranco
Al caer la noche, la comisión judicial llega a la aldea sin previo aviso. El molino Schwarzmühle queda cercado; dentro de la casa, la familia acaba de ponerse en pie para la oración vespertina. Los magistrados aguardan a que concluya el rezo, anuncian de inmediato los arrestos y aíslan a los sospechosos en estancias separadas. Al día siguiente, el jornalero Wagner guía a los investigadores hacia una torrentera rocosa, situada sobre el valle. Bajo un lecho de piedras y hojarasca aparecen osamentas humanas. Cuatro años antes, el molinero Friedrich se había desvanecido sin dejar rastro. Sus allegados aseguraron entonces que había partido llevándose su dinero.
La compilación que recoge el caso, el Nuevo Pitaval, sitúa los hechos en las tierras altas de Baviera y otorga al paraje el nombre de Schwarzmühle. La obra reproduce una relación atribuida a Anselm von Feuerbach, quien advierte de antemano haber alterado el apellido familiar, puesto que aún vivían personas estrechamente vinculadas al proceso. Resulta imposible, por ende, identificar a los protagonistas bajo sus nombres auténticos o abordar el texto como si fuese un sumario procesal fidedigno. Lo que describe es una desaparición, unas diligencias iniciales truncadas, una reapertura teatral, confesiones cruzadas y condenas graduadas con notable disparidad entre los acusados.
La última ocasión en que los vecinos afirman haber visto con vida al molinero se remonta al 9 de agosto de 1817. Su esposa Barbara no acude ante la justicia hasta el 11 de octubre. Declara que su marido abandonó el hogar nueve semanas antes, con el dinero en efectivo, sin remitir noticia alguna. Solicita que se libre un edicto público de comparecencia y que los bienes y créditos conyugales queden bajo administración judicial. El llamamiento resulta estéril; el tribunal dispone la curatela del patrimonio del ausente. Nada en aquel trámite permite colegir que hubiera mediado una muerte violenta.
Un año después, las murmuraciones cobran otro sesgo. Durante una jornada de trabajo con otro bracero, Wagner deja caer que, si él revelase cuanto sabe sobre los molineros, el molino sería clausurado y sus moradores enviados al presidio; añade que, de requerir dinero o la choza que habita en arriendo, tendrían que complacerlo sin rechistar. Las palabras corren de boca en boca, la gendarmería da parte a los magistrados y las sospechas recaen sobre un clan cuyas agrias disputas eran de sobra conocidas. El rumor habla ya de asesinato, de complicidades serviles y de un cadáver enterrado junto a la serrería.
Los jueces no ignoran la honda enemistad que enfrentaba al molinero con los suyos. Dos meses antes de esfumarse, Friedrich había promovido acciones contra su mujer y sus hijos, imputándoles el despojo de las llaves de sus aposentos, el saqueo del numerario y el grano, así como la usurpación del mando doméstico. La parentela contraatacó tildándolo de disipador, acusándolo de mantener a una amante y de infligirles constantes sevicias. Una delegación judicial acudió entonces al molino, pero nada apaciguó la discordia.
El juzgado abre una encuesta preliminar. El jornalero Preuß ratifica los dichos de Wagner; este, en cambio, se desdice con premura y sostiene que el patrón marchó por propia voluntad. Un anciano de la aldea nada aporta de relieve; un pastor dice haber ayudado al molinero a trasladar una elevada suma fuera del lugar. Los pesquisidores no inspeccionan la serrería, omiten interrogar a las hijas y no elevan las actuaciones a la instancia superior. A falta de indicios de convicción, archivan el expediente. Feuerbach censura con dureza tales negligencias; durante más de tres años, la familia continúa en posesión del molino y de la hacienda.
El propio tribunal se convierte poco después en escenario de otro escándalo. En 1821, el juez que había instruido el caso resulta suspendido bajo sospechas de malversación y prevaricato. Un comisionado del tribunal superior se traslada a la sede para dar posesión al sucesor y auditar los archivos. En noviembre estalla un voraz incendio en la secretaría judicial cerrada; gran parte de los legajos queda reducida a cenizas. Se sospecha que el magistrado suspendido pretendió borrar los rastros de sus desfalcos, si bien la relación histórica no consigna una sentencia firme al respecto. Al revisar los papeles salvados de las llamas, el comisionado halla un expediente incompleto sobre la curatela del molinero ausente y vuelve a toparse con el persistente rumor del crimen.
En esta ocasión es la esposa de Wagner quien rompe el silencio. Declara que los hijos del molinero instigaron a su marido, cuatro años atrás, para que les ayudara a dar muerte al padre; sostiene que ella se opuso, pero supo que los hombres salieron juntos en la oscuridad. El cadáver, según sus noticias, había sido sepultado en una hendidura del terreno del molino. Su testimonio no basta aún como prueba plena: es preciso interrogar a Wagner, cotejar el terreno y confrontar las declaraciones.
Wagner termina por confesar. Refiere que la casa vivía amedrentada por el carácter violento del molinero y que Konrad le propuso deshacerse de él. Describe en primer lugar un intento de sortilegio por «simpatía»: colgar las medias de lana del padre en el cañón de la chimenea para que su salud se consumiera lentamente. Fracasada la superchería, Wagner sostiene haber ofrecido liquidar directamente al molinero a cambio de doscientos florines y una renta anual. Es el relato acomodaticio de un cómplice que procura atenuar su culpabilidad.
La declaración ubica el crimen en la noche que siguió al 9 de agosto de 1817. Ese mismo día, el hijo Friedrich habría hallado un escrito en el que su progenitor instaba a la justicia a desalojar del molino a su mujer y a su prole. El terror a perder el techo y los medios de subsistencia constituye el móvil sugerido por los deponentes y el compilador, mas no se sustenta en documento independiente alguno. Según Wagner, los hijos aguardaron al acecho en la cocina, junto a la escalera. El jornalero atrajo al molinero haciendo tañer la campana del molino. El hachazo inicial erró el blanco; se desató un forcejeo brutal, y en las declaraciones se alude al uso sucesivo de un cuchillo y trozos de madera. No consta examen pericial alguno practicado a la víctima en aquel momento.
Tras consumar el homicidio, Wagner y Konrad trasladaron el cuerpo a una alcoba. Al amanecer, los hijos y el criado lo enterraron detrás del aserradero; la mujer de Wagner colaboró en colmar la fosa, mientras Barbara rezaba desde el umbral. Tales son las admisiones que reproduce el compilador. Más de un año después, ante el miedo a las filtraciones, los hijos desenterraron los restos y los ocultaron en el barranco. Al momento del deceso no se había practicado comprobación anatómica alguna.
Al personarse la comitiva judicial en el molino, la familia finge ignorancia absoluta sobre el paradero del patriarca. No obstante, Wagner conduce a los magistrados hacia el declive pedregoso. El perito forense dictamina que los huesos son humanos; Wagner asegura que pertenecen al molinero, apoyándose en la disposición de la dentadura. Konrad reconoce a su padre a la vista de los despojos, aun negando ser el ejecutor material. Su hermano Friedrich rehúsa admitir que se trate de restos humanos. Las dos hermanas claman inocencia, aunque sus declaraciones difieren: Margarethe afirma haberse enterado demasiado tarde; Kunigunde sostiene ignorar por completo el paraje del enterramiento. La crónica consigna luego confesiones sucesivas de los implicados, pero deja subsistentes las discrepancias en el grado de intervención y los vacíos materiales de la prueba.
La viuda y los hijos pintan un retrato sombrío del difunto: un déspota montaraz que los golpeaba y los sumía en la miseria. Varios testigos corroboran escenas de violencia extrema; la antigua amante reconoce incluso que llegó a arrojar un hacha contra su propio hijo. Otros testimonios semejantes figuran en las actas y en la relación del compilador. Este cuadro de tiranía doméstica aclara el encono acumulado, pero dista de constituir una eximente legal: el tribunal debía calibrar los hechos y medir la responsabilidad individual de cada encausado.
Tres factores suscitan la perplejidad jurídica: frases amenazantes proferidas antes del delito, confesiones arrancadas cuatro años después y unos huesos hallados sin autopsia previa ni acta de defunción contemporánea. Feuerbach se detiene en examinar la prueba del homicidio y el nexo causal entre los golpes narrados y la muerte efectiva. La propia compilación asume que tales sutilezas procesales desbordan su marco, enfocado ante todo en el drama familiar y en los descargos de los reos.
Las condenas revelan que la sala no juzgó a todos los partícipes con el mismo rigor. Wagner y Konrad sufrieron la pena de cadena perpetua con exposición en la picota y régimen de aislamiento; a Friedrich se le impusieron quince años de reclusión en casa de corrección; Barbara fue condenada a ocho años como cooperadora de segundo grado. La causa contra Margarethe fue sobreseída por insuficiencia de indicios; Kunigunde resultó absuelta. Anna Wagner, por su auxilio posterior al enterramiento, recibió un año de casa de trabajo. La crónica recoge estas calificaciones con arreglo al derecho bávaro de la época, sin asimilarlas a categorías penales modernas.
Friedrich apeló de inmediato los quince años, declarando preferir la muerte a un nuevo encierro; más tarde, tanto él como su madre desistieron del recurso, con la vana esperanza de que una conducta intachable en prisión allanara el camino al indulto. La crónica omite consignar si tal gracia les fue otorgada. Respecto de Wagner y Konrad, la corte de apelación confirmó las sentencias originales. El 16 de noviembre sufrieron la vergüenza de la picota pública, aherrojados con cadenas, antes de ser conducidos al presidio. El compilador describe su porte ante el gentío congregado, pero su conocimiento de los hechos concluye ahí: no ofrece noticias ulteriores sobre el destino de la madre ni de los hijos entre rejas.
Al concluir el relato, el molino no ha revelado una verdad diáfana. Los huesos afloraron, los culpables confesaron y los jueces dosificaron las penas según las culpas; sin embargo, la propia crónica advierte que jamás se contó con una inspección cadavérica coetánea ni con certeza médico-legal sobre el vínculo entre las agresiones relatadas y la muerte. Quedan flotando el misterioso fuego del archivo judicial, la clamorosa negligencia de las primeras pesquisas y las declaraciones tardías de una familia sometida al yugo del pavor. El fallo impuso un castigo formal a los declarados convictos; el memorial de Feuerbach, en cambio, se detiene ante una disyuntiva más honda: cuando la confesión suple al cadáver y las actas arden, ¿qué grado de certeza puede aún garantizar la justicia humana?
