Alice Arden había preparado la leche para el desayuno de su esposo. Había pedido a un pintor de Feversham, según rezaba la crónica, que le suministrase un veneno rápido y le indicase el modo de mezclarlo con la leche. Thomas Arden tomó una o dos cucharadas; el sabor y el color le desagradaron. Preguntó qué le habían servido. Alice volcó el tazón y le reprochó que jamás estuviera satisfecho. Arden montó a caballo rumbo a Canterbury. En el camino vomitó con tal violencia que escapó a la primera tentativa tramada en su propia casa.
El móvil que la crónica atribuye a Alice entrelaza la relación que mantenía con Thomas Mosbie y los intereses de tierras que dividían la villa. Thomas Arden había obtenido un terreno cerca de la abadía de Feversham, el cual John Green consideraba que le había sido arrebatado. Green servía a Sir Anthony Agers; guardaba rencor a Arden y conocía las querellas locales. Alice comenzó a hablarle de la manera de matar a su marido. Prometieron diez libras a quien aceptara llevarlo a cabo. El veneno había fracasado; en adelante buscarían brazos que asestaran el golpe.
Green se encontró en Gravesend con un hombre apodado Black Will, antiguo soldado en Boulogne, de quien Bradshaw, un orfebre de Feversham, relató que había cometido robos y asesinatos en el camino de Francia. Green comprendió que aquel individuo podía servir al designio. Bradshaw ignoraba cuanto se hablaba entre ellos. Reveló el nombre del hombre a quien había reconocido y sus pasadas violencias; Green, por su parte, creyó haber hallado al sicario que buscaba. Aquella conversación le costaría a Bradshaw mucho más que el trayecto que había aceptado compartir.
Green ofreció a Black Will comida, vino y azúcar, y luego le propuso diez libras por matar a Arden. El hombre aceptó. Al día siguiente, Green debía señalarle a su presa en Londres. En Saint Paul, Black Will divisó a Arden, que paseaba con un sirviente. Quiso matar a ambos; Green lo disuadió. Black Will no pudo aproximarse a Arden entre los caballeros que lo rodeaban. Green escribió entonces a Alice informándole de que su plan había encontrado un ejecutor y que Bradshaw los había ayudado en ello. Bradshaw tomó la carta para entregarla a su destinataria, sin conocer su sentido.
Intentaron después aguardar a Arden en la casa donde se hospedaba en Londres. Michael, su sirviente, debía dejar la puerta abierta. Arden, ya acostado, le preguntó si todo había quedado cerrado; Michael respondió que sí. Cuando se vio solo, el miedo se impuso: se levantó, echó los cerrojos y los aseguró con esmero, pues temía que Black Will lo matara a él también. El asesino llegó, halló la puerta atrancada y se marchó furioso. Michael explicó a Green que Arden se había levantado en persona para cerrar la casa. La excusa aplacó a sus cómplices; no quebrantó su propósito.
Otra emboscada fue dispuesta en el camino, cerca de Rainham Down. Michael debía retrasar a su señor; cuando su caballo cojeó, fingió no saber el motivo. Arden le aconsejó que hiciera examinar la montura y prosiguió su marcha. Varios caballeros se le unieron antes del paraje donde Black Will lo aguardaba. Una tercera tentativa debía tener lugar cerca de Feversham, en un cercado que se había escogido para atacarlo al regreso de una visita. Black Will se equivocó de camino; Arden tomó otra senda. Cada vez, el homicidio había sido preparado con antelación; cada vez, un transeúnte, una puerta cerrada o un error de itinerario lo postergaban.
Al aproximarse la feria de San Valentín, los conjurados mudaron de método. Mosbie debía provocar a Arden y batirse con él, pero Arden no quiso responder a los ultrajes. En un principio, el propio Mosbie sentía repugnancia a participar en un asesinato que juzgaba cobarde. Alice lo mandó llamar de nuevo. Según el relato, se puso de rodillas y le suplicó que mantuviera su promesa, asegurándole que nadie lloraría a Arden ni buscaría a sus verdugos. Él regresó. Los cómplices fijaron su plan: golpearían dentro de la casa, mientras Arden creía pasar una velada ordinaria.
Black Will fue ocultado en un gabinete al fondo de la sala. Los criados ajenos al secreto fueron enviados fuera; Michael debía oficiar de cómplice y sostener la vela. Mosbie aguardó a Arden en bata de casa. Cuando el marido regresó de visitar a un vecino, Alice se hallaba en la estancia, pero apenas le respondió. La puerta del vestíbulo fue encadenada. Arden propuso jugar a las tablas con Mosbie mientras se servía la cena. Michael se situó a su espalda, con la vela inclinada de suerte que ocultara el gabinete.
La partida parecía poder continuar. Mosbie pronunció una frase acordada; Black Will salió de su escondite, pasó una toalla alrededor del cuello de Arden para estrangularlo, mientras Mosbie le asestaba un golpe en la cabeza con una pesada plancha de sastre. Se oyó gemir a Arden. Los asesinos creyeron al principio que había muerto y lo arrastraron hacia el despacho. Cuando gimió de nuevo, Black Will le rajó el rostro de una cuchillada. Tomó el dinero y los anillos del difunto y luego reclamó su paga. Alice le entregó las diez libras. El sayón partió de Feversham a caballo.
Alice entró a su vez en el despacho y apuñaló el cuerpo de su marido en reiteradas ocasiones. Los cómplices limpiaron la sangre de la sala, colocaron de nuevo los juncos en su sitio y arrojaron la hoja y los paños a un barreño junto al pozo. Era preciso transformar la escena de un crimen en una casa en orden, y hacer creer luego que Arden se había ausentado. Alice mandó llamar a dos mercaderes de Londres, Prune y Cole, que ya habían sido convidados a cenar. Los recibió como si aún aguardara el regreso de su esposo.
Tras la cena, hizo que su hija tocara unas piezas al virginal; los invitados danzaron con los demás presentes. Varias veces remarcó Alice que Arden tardaba en volver. Los dos mercaderes acabaron por despedirse, temerosos de que cerraran las puertas y quedaran fuera. Los criados no cómplices fueron enviados a buscar a su amo. Entonces Michael, una sirvienta, la hermana de Mosbie y la hija de Alice sacaron el cadáver por el jardín y lo depositaron en un campo contiguo al muro del cementerio. Nevaba. Al llegar a la puerta del jardín, habían olvidado la llave; fue preciso mandar a alguien a buscarla. El cuerpo quedó tendido de espaldas, con camisa de noche y zapatillas; uno o dos juncos habían quedado prendidos entre una zapatilla y el pie.
La puesta en escena no había borrado las huellas. Los vecinos y el alcalde salieron en busca de Arden, y poco después Prune divisó su cuerpo. En la nieve, una hilera de pisadas unía el campo con la puerta del jardín. Los juncos de la zapatilla remitían a la sala; cerca de la casa se hallaron sangre y cabellos, y luego los paños manchados y el cuchillo en el barreño. Confrontada con tales indicios, Alice acabó por confesar y delató a sus cómplices. En el aposento de Mosbie, las manchas de sangre en sus medias y en su bolsa lo vincularon con Arden. Él también confesó.
El proceso no concluyó con una sentencia de igual certidumbre para todos. En las vistas de Feversham, Bradshaw fue acusado de haber proporcionado a Black Will por haberlo señalado a Green en el camino. Los demás condenados declararon que no lo conocían y que jamás habían hablado con él. Él explicó que sólo había referido a Green lo que sabía del soldado de Boulogne. La crónica de Borrow afirma que, pese a todo, fue condenado y ejecutado. Años más tarde, Green reconoció, antes de su propio suplicio, que Bradshaw nada había sabido de la trama; la confesión llegó demasiado tarde para devolverle la vida.
Las penas se dispersaron entre diversas ciudades. Alice fue quemada viva en Canterbury; Mosbie y su hermana fueron ahorcados en Londres; Michael y una sirvienta sufrieron su castigo en Feversham. Green fue capturado años después y ejecutado cerca de la villa. Black Will había huido a Zelanda, donde fue quemado en Flesinga. Una bolsa de dados, un tazón de leche, una puerta atrancada y unas pisadas en la nieve habían torcido, cada uno a su turno, el destino de unos y otros; para Bradshaw, la verdad sólo llegó tras la sentencia.
