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Justicia y escándalos · Inglaterra

Las velas de Robinson

En la noche del 20 al 21 de noviembre de 1727, estalla una reyerta en el Robinson’s Coffee House, cerca de Charing Cross. James Sinclair muere a causa de su herida; el jurado distingue las responsabilidades de Richard Savage, James Gregory y William Merchant, antes de que dos de los condenados obtengan el perdón real.

Hacia la una o las dos de la madrugada, en la noche del 20 al 21 de noviembre de 1727, los parroquianos de la taberna Robinson, cerca de Charing Cross, se disponían a marchar. James Sinclair, el señor Lemery, el hermano de este y el señor Nuttal habían compartido dos cuencos de ponche. Según su testimonio, Richard Savage, James Gregory y William Merchant entraron en la casa, ya caldeados por la bebida. La dueña, la señora Edersby, los había conducido en un principio a otra estancia. No permanecieron allí.

Savage relató que había regresado a Londres desde Richmond para liquidar otra habitación que ya no podía costear al mismo tiempo que su alojamiento de campo. Se había encontrado con Gregory y Merchant, y aceptó pasar la noche con ellos antes de regresar a Richmond por la mañana. Buscaban un lugar donde hacer tiempo; en lo de Robinson, Savage afirmó haber ignorado la reputación de la casa y no haber puesto jamás los pies en ella. Su intención era pasar la noche con sus compañeros; la luz de Robinson le había ofrecido un refugio donde aguardar.

El grupo forzó el paso hacia la sala donde los otros hombres concluían su velada. Merchant, según varios testigos, volcó de una patada la mesa plegable. La señora Edersby protestó; Mary Rock, su criada, relató que al principio había intentado calmar a los recién llegados, prometiéndoles la sala en cuanto los otros hubieran terminado. No quisieron esperar. Según Mary Rock, Merchant ya había alzado una silla contra la patrona. En ese instante, los parroquianos retrocedían hacia el fondo de la sala, mientras Savage y Gregory desenvainaban sus espadas.

Los testimonios no coincidían en cada ademán. Nuttal no vio a Savage herir a Sinclair. Vio a Gregory apoderarse de la espada de este y luego trabarse en combate con él; relató asimismo que oyó a Sinclair exclamar: «¡Soy hombre muerto!». Las velas se apagaron poco después. Lemery, por el contrario, afirmó haber visto a Savage asestar una estocada en el momento en que Sinclair se agachaba. Dijo que el joven palideció, quedó aturdido un instante y luego intentó huir. Lemery lo retuvo hasta que las luces se extinguieron.

Nuttal contó que Gregory había exigido a Sinclair la entrega de su espada. Tras un forcejeo, Gregory se halló en posesión del arma del difunto y de parte de la suya propia, y reclamó además la de Nuttal. Los dos hombres lucharon. Nuttal acabó por arrebatar la espada de Sinclair y no supo precisar si Gregory había caído solo o si él lo había derribado. No vio a Merchant empuñar arma alguna ni volvió a verlo en la habitación tras el estallido de la refriega. Solo presenció, pues, una parte del combate, mientras que Lemery atribuía a Savage el golpe que Sinclair había descrito en su lecho de muerte.

En la oscuridad, la contienda prosiguió. Lemery afirmó que Mary Rock se aferró a Savage, le arrancó el sombrero y la peluca, y resultó herida en la cabeza cuando este intentó zafarse. El hombre logró finalmente ganar un patio trasero, donde unos soldados le dieron alcance junto con Merchant. Los demás clientes permanecieron junto a Sinclair. Jane Leader, presente en la sala, afirmó haberlo visto herido; le abrió el sayo y pidió a Mary que chupara la herida. La criada se arrodilló, pero no brotó sangre alguna.

Sinclair no murió en el acto. El 21 de noviembre, se mandó llamar a un clérigo, el señor Taylor, para que orase con él. Nuttal preguntó al herido quién lo había herido. Taylor no interrogó personalmente a Sinclair, pero permaneció en la estancia durante la pregunta. Oyó la respuesta: el hombre más bajo, vestido de negro, había asestado el golpe; el más alto se había apoderado de su espada. A ojos de Leader, aquella descripción señalaba a Savage y a Gregory. La víctima expiró tras haber nombrado a quienes acusaba.

Las palabras transmitidas, no obstante, distaron de ser unánimes. Un sereno, llegado justo después de la estocada, oyó decir a Sinclair que lo habían herido antes siquiera de desenvainar su espada; un segundo lo oyó hablar de un golpe «cobarde». Los defensores sostuvieron que tales expresiones contradecían a los testigos que afirmaban que Sinclair estaba armado. Leader aseguró que jamás había despegado los labios para hablar a los acusados; Nuttal, en cambio, recordaba una réplica cruzada con Gregory. En el juicio, el relato de aquella última noche se compuso así de recuerdos recogidos en el tumulto y de una pregunta formulada a la cabecera de un moribundo.

El cirujano Wilkey examinó la herida, situada en el flanco izquierdo del vientre, cerca del ombligo. La hoja había rozado el riñón; a su juicio, la herida bien pudo ser la causa de la muerte. Preguntado por el tribunal, dictaminó que Sinclair no habría recibido semejante estocada en postura defensiva, a menos que fuese zurdo. Dicho dictamen se sumaba a las versiones de quienes habían presenciado el enfrentamiento, sin disipar por ello sus divergencias.

Durante la audiencia, Gregory sostuvo que habían entrado en la sala para calentarse al fuego y que la mesa se había volcado por accidente. Los letrados cuestionaron la reputación de los testigos y del establecimiento. Otros declarantes refirieron que Nuttal había amenazado a los acusados tras el drama. Nuttal reconoció que, movido por la cólera, pudo haber dicho que se tomaría la justicia por su mano en un descampado, fuera del alcance de la ley. Sin embargo, varios caballeros llamados en su descargo le reconocieron fama de hombre cortés y honorable.

La credibilidad de Jane Leader también fue puesta en tela de juicio. John Pearse declaró que ella le había confesado haber salido en cuanto se desenvainaron las espadas y no haber visto el golpe. La describió como una mujer de dudosa reputación. Leader, no obstante, había testificado haber visto a Savage herir a Sinclair y haber acudido a su cabecera antes de su muerte. La defensa hizo declarar asimismo a Mary Stanley, quien había visto a Sinclair implicado en una disputa anterior, sin señalar a Nuttal como su adversario. Estas deposiciones no reemplazaban la escena de lo de Robinson: instaban al jurado a sopesar el carácter de quienes la habían relatado.

Los acusados contaban también con valedores. Varias personas de distinción los describieron como hombres apacibles y poco inclinados a las pendencias. Su defensa insistió en la brusquedad del combate y en la ausencia de premeditación. El juez distinguió entonces dos supuestos: una riña en la que ambas partes se acometen tras provocación, que podía subsumirse en el *manslaughter*, calificación de menor gravedad que el asesinato, y el ataque de un hombre que, habiendo comenzado sin motivo alguno, persigue a su adversario y lo mata. En este segundo caso, explicó, la ley podía apreciar un asesinato, aun cuando la disputa hubiese estallado de forma repentina.

El juicio se prolongó durante ocho horas. El jurado declaró a Savage y a Gregory culpables de asesinato; Merchant fue hallado culpable de *manslaughter*. La acusación había procesado a los tres hombres por el mismo asesinato. El jurado individualizó sus responsabilidades, sin que Borrow deje constancia de los motivos exactos de tal distinción.

El 11 de diciembre, Savage y Gregory comparecieron de nuevo ante el estrado para recibir la sentencia capital. Savage tomó la palabra. No pretendió reabrir su defensa; suplicó a los jueces que distinguieran una acción premeditada de un acto nacido de un impulso repentino, y recordó que Merchant, ya librado del veredicto de asesinato, había arrastrado a sus compañeros a aquella desdicha. Añadió que no deseaba acusar a Merchant ni parecer envidioso de su clemencia. Declaró, por el contrario, que nada aliviaría más su pena que no tener compañero alguno en tan enorme desgracia.

Merchant fue marcado a fuego en la mano. Pocas semanas después, Savage y Gregory fueron puestos bajo fianza a fin de presentar su petición de gracia real. El 5 de marzo de 1728, hicieron valer dicho indulto y sus fianzas quedaron extinguidas. No era el jurado quien revocaba su veredicto; era una resolución distinta, adoptada después de que ambos condenados hubiesen escuchado ya la palabra «muerte» en la sala de audiencias. En lo de Robinson, los testigos habían visto una mesa volcada y hojas desnudas, antes de que las velas se apagasen. Lo que vino después separó a tres hombres: dos juzgados como asesinos y finalmente indultados, y un tercero marcado a hierro en la mano.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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Los testigos no coinciden sobre si Sinclair empuñaba su espada en el momento del golpe, sobre los movimientos de Gregory ni sobre lo que presenció Nuttal. La crónica recoge de forma deslindada los testimonios, las instrucciones del juez, los veredictos del jurado y la posterior gracia real. Borrow consigna las fechas procesales conforme al antiguo calendario inglés; el «5 de marzo de 1727-8» se traduce aquí como 5 de marzo de 1728. El acta de acusación fija el 20 de noviembre para la agresión; el testimonio de Nuttal sitúa la llegada pasada la medianoche, en la madrugada del 20 al 21. Se conserva el término *manslaughter* como tipificación jurídica inglesa, sin asimilarlo de forma automática al homicidio culposo del derecho continental.

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