Un grito breve en la habitación contigua; ningún golpe a la vista. Es el testimonio de Elizabeth Cleobald, sirvienta doméstica, el que abre la puerta al caso de John Beddingfield, muerto en Sternfield, en el condado de Suffolk, la noche del 27 de julio de 1762 según el auto recogido en el folleto. Ocho meses más tarde, en Bury St Edmunds, los testigos describieron las marcas del cuello sin llegar a un acuerdo sobre su sentido, mientras que dos condenados ofrecieron, tras el veredicto, sendas confesiones que sumaron otra versión de los hechos. La crónica impresa mantiene la distancia entre lo que se vio, lo que se dijo y lo que el jurado estuvo en condiciones de escuchar.
La portada del folleto sitúa la apertura de las sesiones de Bury St Edmunds el lunes 21 de marzo de 1763. La relación judicial propiamente dicha lleva como encabezamiento el jueves 24 de marzo. Estas fechas no se anulan de forma inexorable: una puede señalar la apertura formal del tribunal y la otra la audiencia reseñada. El opúsculo no detalla el itinerario exacto de las jornadas intermedias, lo que impide reconstruirlo con mayor rigor. Aunque afirma haber sido «fielmente tomada en sala» por un estenógrafo, la obra no pasa de ser una relación impresa de la época y no los autos judiciales originales.
Ringe y Margery Beddingfield, viuda de John, comparecen en el banquillo. El acta los acusa de asesinato y de «pequeña traición»: sostiene que Ringe aferró por el cuello a su amo y lo estranguló, mientras que Margery, en el aposento contiguo, se hallaba presente, colaborando y consintiendo en el crimen. Estos son los términos esgrimidos por la acusación, mas no aún la conclusión del jurado. Ambos se declaran no culpables.
La primera declaración corresponde a Elizabeth Cleobald, la criada. Asegura haber visto a solas a Ringe y a su señora besándose; añade asimismo que Margery había augurado una muerte antes de la fiesta de San Miguel. La defensa objeta que tales circunstancias exceden el objeto del litigio; el magistrado, no obstante, las admite como indicios susceptibles de arrojar luz sobre una presunta complicidad.
La noche del 27 de julio, Cleobald comparte el lecho con Margery en la cocina-dormitorio, contigua a la estancia a la que John se retira a descansar. Afirma que su amo, de veinticuatro años, parecía gozar de buena salud. Había bebido ponche con James Scarlet tras su jornada de labor. Margery se había negado a acostarse en la alcoba principal. Cleobald, extenuada tras haber velado, se queda dormida.
Entre las once de la noche y la medianoche, Margery la despierta. Cleobald dice haber oído un grito o un estertor de angustia, breve, proveniente del aposento de John. Suplica a su señora que se levanten; esta le replica que más les valdría estarse quietas. Acto seguido, Ringe entra en la estancia. En medio de la oscuridad, Cleobald lo reconoce por la voz. Asegura haberle oído decir: «Ha muerto, y ahora descanso tranquilo». Margery habría respondido: «¿Ha muerto?». Cleobald interroga a Ringe sobre cómo ha llegado hasta allí; este contesta que se ha visto forzado a hacerlo.
Cleobald no afirma haber presenciado el estrangulamiento, ni haber entrado en la alcoba de John antes del descubrimiento del cadáver. Poco después, Ringe regresa con una vela encendida y anuncia el fallecimiento. Cleobald describe a continuación el rostro y el cuello amoratados. En un principio, calló estas palabras ante el juez de instrucción por temor a que su señora la maltratara.
Esta reserva inicial se convierte en un argumento capital para la defensa. Cleobald revela tardíamente lo que dice haber escuchado; no puede precisar la naturaleza del ruido, no vio luz alguna y no juró ante el juez de instrucción que Ringe hubiese dado muerte a su amo. Hace hincapié en la conversación que le atribuye, no en un acto material que haya presenciado. Cuando repite su versión delante de él, Ringe no lo niega, según ella; sin embargo, este silencio imputado no constituye un testimonio independiente.
Elizabeth Riches, otra sirvienta, formula una incriminación anterior en el tiempo. Afirma que Ringe le propuso mezclar veneno en el ron con leche del desayuno, ofrecimiento que ella habría rechazado. Relata asimismo que el criado llevó agua destinada a una tisana tras la toma de un emético, si bien no sostiene haber visto el tóxico con sus propios ojos. Al igual que Cleobald, asegura no haber manifestado esta propuesta al forense por miedo a las represalias de Margery.
La noche de la muerte, Riches percibe a su vez ruidos extraños. Margery y Cleobald irrumpen en su dormitorio y piden que se llame a Ringe. Este sube con una vela y anuncia que el amo ha expirado. Riches describe a John tendido en el suelo, boca abajo, junto a la cama, con marcas en el cuello. Una parte de estos pormenores, según precisa en el contrainterrogatorio, le había sido referida por el propio Ringe.
William Masterson, mozo de cuadra de más de catorce años, confirma el hallazgo del cuerpo, mas no la agresión mortal. Ringe lo despierta asegurando que el amo ha caído de la cama y ha muerto a consecuencia del golpe. Masterson ve a John en el suelo, boca abajo, a los pies del lecho, con las ropas y la ropa de cama revueltas. Considera que Ringe apenas tuvo tiempo de vestirse entre su primera llamada y su regreso. Nada puede atestiguar sobre lo ocurrido antes de que fueran a buscarlo.
James Scarlet, que había bebido con John aquella misma tarde, asegura que el hacendado no se hallaba ebrio y se encontraba perfectamente. El cirujano Sparham, requerido durante las pesquisas del juez forense dos días después del deceso, advierte marcas en el cuello, pero estima en un primer momento que los dedos del propio John, hallados cerca de su garganta, pudieron haberlas causado. Las juzga entonces insuficientes para explicar la muerte. En el juicio, no obstante, rectifica su parecer: los rastros podrían corresponder a los dedos y al pulgar de otra persona, con arañazos añadidos; una presión continuada habría bastado para impedir la respiración. Con todo, no puede aseverar de manera taxativa que esa fuera la causa indiscutible de la muerte y reconoce no haber examinado el cadáver más que de pasada.
Un ayudante del cirujano Cooper describe igualmente huellas nítidas, semejantes a las de un pulgar y cuatro dedos, y opina que una presión sostenida pudo haber resultado letal. Admite, empero, que le costaría responder con absoluta certeza. William Alston, que ayudó a amortajar el cuerpo, recuerda más bien marcas rojizas y alargadas en un solo lado; en ningún momento las vio negruzcas. La prueba médica respalda la hipótesis de una violencia física, pero descansa en descripciones discordantes.
La defensa impugna sobre todo el nexo entre estos indicios y la complicidad imputada a Margery. Su letrado recuerda que una única testigo, Cleobald, la compromete de manera directa mediante las palabras que le atribuye en mitad de la noche. Ambas criadas evocan una relación íntima entre Margery y Ringe, mas ninguna de ellas vio el estrangulamiento. Los testigos promovidos por la defensa aseguran haber conocido a John y a Margery como un matrimonio bien avenido. No todos vivían bajo el mismo techo; sus declaraciones reflejan lo que alcanzaron a observar, no necesariamente la intimidad conyugal de cada estancia.
El jurado declara culpable a Ringe y, a continuación, culpable a Margery. El folleto consigna para él la horca seguida de disección anatómica; para ella, el suplicio de la hoguera. Se ratifica así la calificación jurídica de «pequeña traición» dictada contra la esposa. El texto no menciona apelación, autos posteriores ni revisión jurídica con arreglo a criterios modernos.
La crónica añade sendas confesiones ausentes del caudal probatorio valorado por el jurado. Pocos días antes de su ejecución, Ringe habría admitido haber intentado primero el envenenamiento: declaró haber comprado arsénico en Aldeburgh, haber tentado a Riches y haber vertido luego la sustancia en un agua destinada a John. Según su relato, John apenas tomó un sorbo antes de advertir un poso en el fondo del cuenco y rehusar el resto. Esta confesión fue recogida tras la condena por el abogado de la acusación, en presencia de un cirujano.
Ringe expone después su versión de la noche fatal: habría aguardado a que John conciliara el sueño para entrar en su cuarto y asirlo de la garganta. Afirma que ambos cayeron de la cama, doblando la barra de la cortina, y atribuye a Margery una connivencia previa. Son palabras pronunciadas tras el veredicto, no una corroboración independiente de testimonios que habían sido vacilantes. El impreso señala que Margery sostuvo en principio su inocencia, para admitir poco antes del suplicio, tras conocer la confesión de Ringe, que estaba al corriente y que había hablado con él del asesinato.
Por último, el relato impreso indica que ambos reos fueron ejecutados en Rushmere, cerca de Ipswich, el viernes 8 de abril de 1763. Esta fecha dista quince días de la vista que el texto ubica el 24 de marzo, pese a que la sentencia señalaba el sábado inmediatamente posterior; el opúsculo no pormenoriza los trámites que motivaron dicha demora. Concluye con breves apuntes biográficos, entre ellos la edad de Ringe y la mención de una hija de Margery que quedó con vida. El testimonio postrero sigue siendo, pues, la palabra de los condenados tal como la transmite el folleto: tardía, determinante para nuestra lectura actual, pero posterior al juicio e imposible de equiparar con aquello que el jurado escuchó en estrados.
