El enfermo aceptaba los cuidados de su mujer y juzgaba extraño que estos no hicieran sino acrecentar su tormento. Llegó a decirle que, de no haber sido su esposa, habría creído que pretendía emponzoñarlo. La advertencia se repitió varias veces, según refiere la crónica, a lo largo de aquellas jornadas de abril de 1809. Encerraba ya la sospecha, pero también la razón primordial para disiparla: la persona que le acercaba los brebajes era precisamente aquella de quien Pierre-Antoine Dalleux aguardaba con mayor certeza la salvación. No carecía por completo de clarividencia; le faltaba, tan solo, la capacidad de creer lo que alcanzaba a entrever.
Dalleux era labrador y tratante de cerdos en Juilly, cerca de Dammartin. El domingo de Resurrección, 2 de abril, se disponía a pasar parte del día en familia. Su cuñado, Guenot, había llegado ya; un almuerzo en casa de la madre de su esposa, seguido de una visita a un tío, conformaban aquel programa ordinario de visitas y mesas sucesivas. Hacia las once, la mujer sirvió la comida a ambos hombres. Trajo los platos por separado. Guenot alabó las viandas; Dalleux, por el contrario, encontró su sopa ingrata y dejó una parte. Cuando el cuñado se dispuso a apurarla, ella se lo impidió.
En aquel instante, el lance podía pasar por una simple desavenencia doméstica en torno a un condumio excesivo o mal aderezado. Dalleux se quejó, comió con desgana, pidió de beber y acompañó luego a su cuñado parte del camino. El malestar lo asaltó casi de inmediato. Regresó a la casa y se tendió vestido, antes de verse obligado a guardar cama en firme. Comenzaron los vómitos; creyó al principio hallarse ante una indigestión. Su esposa permaneció a su lado, le aflojó la corbata, le sostuvo la cabeza y le prodigó palabras de sosiego. Los ademanes del auxilio y aquellos que más tarde le serían imputados compartían el mismo espacio, al borde del mismo lecho.
Veló sola durante la primera noche. Al día siguiente, se llamó a una mujer de la casa, esposa de un carretero, para asistir al enfermo. Un cirujano acudió por la tarde. Dictaminó asimismo una indigestión y prescribió un tratamiento. Dalleux, sin embargo, devolvía casi todo cuanto le administraban; aseguraba no tolerar más que el agua caliente. La evolución del doliente debió haber servido para deslindar los remedios que aliviaban de aquellos que precipitaban nuevas crisis. Pero, cuando una enfermedad se prolonga, las observaciones se confunden con las mudanzas del tratamiento, y es fácil atribuir al propio mal lo que en verdad procede de la mano encargada de combatirlo.
La madre de Dalleux se presentó el martes. Inquieta, mandó llamar a La Barthe, médico en Juilly. A partir de entonces, varias personas rodearon el lecho: la esposa, la madre, la cuidadora y los hombres de ciencia. Tal concurrencia habría podido parecer una salvaguarda. No bastaba, empero, mientras cada cual presumiese que los demás perseguían idéntico fin. El enfermo, que hasta entonces reclamaba con agrado a su cónyuge, comenzó a preferir lo que le ofrecía su madre. Las crisis sobrevenían con demasiada frecuencia tras las mismas atenciones. Reapareció su frase: en otras manos, aquellas bebidas le habrían resultado sospechosas.
Una noche, la joven envió a la cuidadora a descansar y se quedó de nuevo a solas con su marido. Al regresar la sirvienta, los padecimientos no habían menguado. Advirtió luego un aspecto inusitado en ciertas pócimas, mas halló al principio una explicación trivial para su turbiedad. La madre mandó vaciar y fregar las vasijas. Nada de aquello, considerado de forma aislada, señalaba todavía a un culpable. Era menester que tales observaciones fuesen conservadas, cotejadas y puestas en conocimiento de alguien capaz de mirarlas con otros ojos. Hasta ese momento, cada cual se había limitado a cumplir con su labor: velar, lavar, preparar, dar de beber. Aquel mismo orden aparente impedía, acaso, advertir lo que en él se deslizaba.
El miércoles, La Barthe presenció una crisis y prohibió que se le suministrase cosa alguna antes de su propia intervención. Administró él mismo un calmante. La noche resultó más apacible; el jueves concibió esperanzas. La madre, tranquilizada, emprendió el regreso a su hogar. Sin embargo, un preparado hasta entonces bien tolerado provocó nuevas quejas. La cuidadora optó finalmente por apartar lo que juzgaba anómalo a fin de mostráselo al médico. El gesto era modesto, pero mudaba la naturaleza de la mirada: en lugar de limpiar la vasija para dejarla dispuesta, conservaba aquello que podía desentrañar el peligro.
A su regreso, llamó discretamente la atención de La Barthe. Este examinó el sedimento y sospechó la presencia de una sustancia tóxica. Un joven vaquero de la casa aportó entonces un indicio decisivo: lo que le mostraban se asemejaba a un polvo que él mismo había traído de Dammartin por encargo de su ama. El facultativo lo interrogó. Semejante cotejo distaba de ser un análisis químico en el sentido moderno del término; vinculaba, no obstante, las anomalías del tratamiento con una compra y con una persona. La Barthe alertó al padre del enfermo e hizo disponer una vigilancia que no dejase ya los cuidados a la sola discreción de la esposa.
Dalleux sobrevivió. La crónica consigna que recobró las fuerzas en cuanto se vio protegido y atendido de otro modo. Sería un error permitir que la palabra envenenamiento, bajo la cual quedó archivada la causa, borre este desenlace: el marido no pereció. Su existencia había estado amenazada durante varios días y se salvó merced a un cambio en la manera de custodiarlo. La autoridad, puesta sobre aviso, indagó sobre lo adquirido. Una tendera de Dammartin había despachado sustancias peligrosas, solicitadas bajo un pretexto doméstico. Una carta y un paquete fueron puestos a disposición de la justicia.
Sometida a interrogatorio, la mujer de Dalleux comenzó afirmando que había empleado sus compras en los desvanes. Reconoció después haberle dado de ellas a su esposo. Sus declaraciones variaron respecto al número de ocasiones: intentó restringir lo admitido a la comida del domingo, para confesar luego otras administraciones a lo largo de la enfermedad. No es preciso reconstruir cada uno de aquellos actos para comprender la celada. Lo que debía sanar o sencillamente sostener al enfermo había sido vuelto en su contra; el agravamiento de su estado convocaba en torno a su lecho los mismos auxilios de los que convenía, precisamente, preservarlo.
Contaba diecinueve años. Al ser preguntada por sus móviles, describió a un marido regañón, celoso y que le exigía cuentas a la vuelta de sus viajes. Declaró que no la había golpeado ni amenazado, pero que le temía y sobrellevaba con pena una existencia tan dispar de la que había conocido en el hogar materno. La crónica antigua despacha estas quejas como motivos fútiles. No nos corresponde hacer nuestro ese rasero de la desdicha; tampoco debemos sustituirlo por una violencia conyugal que las actas no consignan. Sus palabras revelan una vida temida y una respuesta criminal a esa vida.
Negó haber albergado el propósito de matarlo. Pretendía, según dijo, doblegar su aspereza haciéndolo enfermar, retenerlo junto a sí y obtener de un hombre debilitado la dulzura que de otro modo no hallaba en él. Sostuvo además haber ignorado la letalidad de lo que le administraba. La defensa alegó una enajenación de sus facultades. El texto no reproduce un peritaje minucioso ni la totalidad de los debates procesales; permite conocer el argumento, mas no sentar un diagnóstico a posteriori. La juventud de la reo, sus confesiones y sus descargos no bastaron para que el jurado desechara la responsabilidad que pesaba sobre ella.
El tribunal de lo criminal de Seine-et-Marne la condenó a muerte el 19 de octubre de 1809. Desestimado su recurso de casación, fue ejecutada el 2 de diciembre. El relato deja al marido con vida, sin referir qué fue después de su casa. Nos devuelve así, pese a la sentencia que le pone término, al principio de la dolencia: un hombre vacilaba en creer que su esposa pudiera dañarlo, una cuidadora hallaba explicación para una mudanza de aspecto, un médico diagnosticaba una indigestión. Fue preciso que una observación dejara de ser excusada para que la cadena se quebrase. En este proceso, salvar a un enfermo comenzó por no llamar remedio a todo cuanto se le allegaba.
