El 30 de marzo de 1880, en su despacho del tribunal regional de Viena, Vincenz Droz abrió su secreter. Los dos cajones, el superior y el inferior, se hallaban cerrados con llave. Ninguno había sido forzado. Sin embargo, los títulos del Estado y las cartillas de ahorro que custodiaba en su interior habían desaparecido: su valor declarado ascendía a 23 995 florines y 14 kreuzers. El robo se había consumado tras las puertas de un palacio de justicia, en un mueble cuyas cerraduras parecían no haber cedido jamás.
Droz había depositado sus documentos en aquel mueble a finales del año anterior. En febrero ya había constatado la desaparición de un reloj de oro, pero mantuvo el resto de sus valores en el mismo sitio. Recordaba haberlos revisado el 2 o el 3 de marzo; creía asimismo haberlo hecho el día 10. La fecha del delito, por consiguiente, no podía fijarse con certeza. La policía advirtió que la mayor parte de los títulos había sido convertida el sábado 27 de marzo, poco después de las ocho de la mañana. Dedujo de ello que los cajones habían sido vaciados con toda probabilidad la víspera, el Viernes Santo, cuando Droz no regresó al despacho tras el almuerzo.
Para penetrar allí sin despertar sospechas, el ladrón debía conocer el edificio, la ausencia del juez y la presencia de los títulos. Las pesquisas se orientaron hacia el personal. El juez de instrucción Holzinger no tardó en recibir una carta anónima, franqueada en el distrito de Wieden. En ella se acusaba a un sastre, Bernhard B., de haber ocultado el dinero, añadiendo que un empleado del tribunal le había prestado auxilio. La pista era falsa, pero la caligrafía y el papel llamaron la atención del magistrado. El vocabulario no era el de un vienés; una primera letra parecía haber sido corregida, y el papel recordaba al borrador de minuta utilizado de ordinario en la sede judicial.
La carta tenía, ante todo, la traza de una trampa invertida. Su autor pretendía desviar a los investigadores hacia un forastero sin taller ni rótulo comercial, pero dominaba los usos de la cancillería y los apelativos internos de los empleados del palacio. La sospecha recayó sobre Karl Goth, un joven pasante de derecho que había ejercido como secretario a las órdenes de Droz hasta el 16 de marzo. Conocía las dependencias y los hábitos de su antiguo superior. Durante una convalecencia de este, se le había confiado la llave del despacho para recoger una providencia. Había tenido ocasión de observar las llaves de Droz y de obtener un molde; la llave del despacho que más tarde entregó a su sucesor, por lo demás, no era la misma que había recibido.
La instrucción demostró que Goth no se hallaba en el tribunal durante la semana del robo. Alegó haber pasado el Viernes Santo en las inmediaciones de la Iglesia Votiva, a unos cientos de pasos del palacio, pero fue incapaz de justificar todas sus horas entre las seis y las ocho. Una nota hallada bajo su secante contenía cifras y cálculos sobre títulos idénticos a los desaparecidos. Afirmó que se trataba de un mero pasatiempo numérico. Ninguno de estos extremos bastaba por sí solo para probar que él hubiera abierto el secreter. El instructor ordenó no obstante su detención el 13 de abril y registró su morada; los efectos sustraídos no fueron hallados en ella.
Goth fue puesto en libertad al cabo de unos días. Partió hacia Franzensbad, donde residían sus tíos, y regresó más tarde a Viena. Las pesquisas no se detuvieron. Siguieron el rastro de las cartillas de ahorro, los resguardos de venta y las sumas que de pronto comenzaron a circular en torno a tres amigos: Goth, Franz Alexander Becker y Ernst Kopetzky. Becker, hasta entonces sumido en la penuria, se daba ahora a una vida fastuosa, adquiría mercancías, socorría a allegados y hablaba incluso de comprar una casa. Kopetzky, por su parte, había abandonado Viena al día siguiente del robo.
Los libros de Becker contaban una historia que sus explicaciones no lograban sostener. Títulos semejantes a los de Droz habían sido liquidados en varias ciudades; una suma considerable figuraba asentada a finales de marzo. Becker invocó a un viajero llamado Alter, de quien aseguraba haber cobrado cheques por pura deferencia. Las averiguaciones practicadas en Eger y en Hamburgo no arrojaron rastro alguno de semejante viajero. Los registros bancarios indicaban que los documentos negociados eran pagarés de caja, no cheques. Una carta certificada despachada desde Raab y recibida por Becker en Lemberg, sus compras de acciones anotadas en un cuaderno y las cartillas de Droz presentadas en la ventanilla de Viena vincularon de modo inexorable aquella súbita fortuna con el expolio.
El momento en que Becker ingresó diez florines en la libreta de un joven pariente atrajo especialmente la atención. Se encontraba en la caja de ahorros la misma mañana en que allí se hacían efectivas las libretas robadas. Los empleados no lograron identificarlo con certeza como el portador de los títulos; no obstante, los peritos calígrafos atribuyeron a Becker las firmas estampadas en los recibos y cupones. En su libreta de notas figuraban asimismo menciones de cuantías e intermediarios sobre los cuales no ofrecía justificación convincente. La acusación no esgrimía un único indicio milagroso: ensamblaba las transacciones, las firmas, los horarios y las súbitas mutaciones de fortuna.
Goth fue arrestado de nuevo en el mes de octubre. La caligrafía del anónimo se cotejó con la suya; el papel correspondía a una hoja pautada a la que le faltaba un fragmento hallado entre sus pertenencias. Había recibido además de Becker 180 florines tres días después del delito. En prisión, ambos hombres intentaron comunicarse mediante señas y, más tarde, valiéndose de un alfabeto cifrado oculto en una miga de pan. El mensaje de Goth aleccionaba a Becker sobre el modo de responder a los interrogatorios y las fábulas que convenía urdir respecto a ciertos papeles militares hallados en casa de una parienta. El tribunal reconoció en ello la maniobra concertada de dos cómplices resueltos a armonizar sus embustes.
La acusación descansaba sobre vestigios que, examinados uno a uno, admitían controversia. La ausencia de fractura, las llaves y el antiguo cometido de Goth franqueaban el acceso al despacho; los papeles conducían a Becker y a Kopetzky; la letra ligaba a Goth con la falsa delación; las notas y la correspondencia carcelaria estrechaban el lazo entre ambos reos. Kopetzky, según las noticias consignadas, había huido de Europa rumbo a América antes de comparecer en juicio. Jamás se presentó. La causa se ventiló, por tanto, entre Goth y Becker.
Ambos negaron toda participación. El jurado los halló culpables de haber perpetrado conjuntamente el robo, y el tribunal los condenó a sendas penas de cinco años de reclusión mayor agravada, así como a reparar el daño patrimonial. Al pronunciarse el fallo, Becker se puso en pie y proclamó que Goth era inocente. El ademán conmocionó la sala, pero no bastó para anular la sentencia. Entonces, ante el magistrado, Becker ofreció una versión distinta: Kopetzky y él habrían penetrado en la estancia mientras Goth permanecía en la total ignorancia; uno habría montado guardia en el exterior, el otro habría franqueado el mueble mediante una ganzúa.
Esta confesión tardía no dio lugar a la reapertura del sumario. Dos guardianes declararon que, antes del veredicto, Goth había instado a Becker a asumir la culpabilidad en solitario, prometiéndole que, una vez libre, marcharía a América y remitiría caudales a su camarada. La crónica juzgó por ello que la confesión mezclaba verdades y ficciones, recordando que los jurados ya se habían pronunciado de manera firme sobre ambos encausados. En prisión, Goth persistió en impugnar su condena; murió allí al cabo de dos años y medio, sin obtener la revisión procesal que imploraba. Becker redactó a su vez un extenso alegato en el que se retractaba de su confesión. También él sucumbió antes de extinguir su condena.
En el gabinete de Droz, la cerradura permaneció intacta. Fue precisamente ese mutismo del metal lo que forzó a la instrucción a remontarse de las llaves a las costumbres, de las libretas a las firmas y de las firmas a los hombres. El legajo conservó una postrera sombra de duda: la confesión de Becker exculpaba a Goth tras el veredicto, pero mal avenía con los mensajes clandestinos y la trama de indicios tejida contra él. La justicia terminó por forzar aquellos cajones de un modo muy distinto al del ladrón: con lentitud, pieza a pieza, sin que todas las versiones lograran jamás conciliarse.
