Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Alemania

La caja bajo los tablones

Núremberg, junio de 1790. Una caja de hierro desaparece en casa del comerciante Sterbenk. Las sospechas recaen sobre su mozo de recados, un artesano y el dorador Mannert; el pormenorizado testimonio del barbero Kirchmeier apuntala la acusación. Otra pista conduce finalmente a los artesanos Gösser y Blösel, cuyas confesiones e indicios materiales revelan el robo. Los primeros acusados son puestos en libertad y, en abril de 1791, plenamente declarados inocentes. No obstante, Kirchmeier mantendrá su versión, sin que la causa de su testimonio logre esclarecerse jamás.

El barbero Kirchmeier juró ante los jueces haber visto la caja robada en casa del dorador Mannert. Describió su tono verde, las flores, el pie de madera y hasta las filigranas caladas de la cerradura. Aquel testimonio poseía la fuerza de una imagen nítida; tuvo asimismo la de una puerta que se cierra sin apelación. En el transcurso de pocas semanas, Schönleben, mozo de recados del comerciante Sterbenk, el artesano Beutner y el dorador Mannert se hallaron atrapados en una investigación que parecía haberlos condenado de antemano. La caja, entretanto, seguía sin aparecer.

En la mañana del 30 de junio de 1790, Katharina Kamm, criada del negociante Johann Marcus Sterbenk, descubrió abierta la puerta de la vivienda. La del despacho mercantil lo estaba igualmente. La pesada arqueta de hierro que allí se custodiaba se había volatilizado. Sterbenk estimó en un principio su contenido en dos mil florines; poco después precisó bajo juramento, libro mayor en mano, que contenía exactamente 1828 florines y 20 kreuzers. Al amparo de la noche, alguien había franqueado la entrada, desprendido un cristal de la oficina y cargado con el cofre.

El procedimiento presentaba una sencillez engañosa, pero sus pormenores pronto dieron pie a toda suerte de conjeturas. La casa carecía de cerradura con llave en el portón principal, constando únicamente de un cerrojo que Kamm afirmó haber corrido la víspera. Con todo, nadie verificó de inmediato el estado del pestillo ni la disposición del inmueble. Pocos días antes se había retirado ya un cristal de la ventana interior con objeto de franquear una puerta cuya llave se había extraviado. Los sirvientes recordaban el lance y dedujeron que algún habitante familiarizado con la casa se habría valido de semejante facilidad.

Los primeros interrogatorios no arrojaron ni rastro del objeto hurtado ni testigo resolutivo alguno. La muchacha encargada de repartir la leche, que había hallado la puerta abierta a su llegada, ni siquiera fue llamada a declarar, a tenor de la crónica del Pitaval. El rumor, en cambio, corría ya desbocado por las calles de Núremberg. Pronto hizo presa en el hombre más cercano a la arqueta: Johann Georg Schönleben, el recadero de Sterbenk. Se le oyó comentar que acudiría a reconocer el cofre tan pronto se supiera su paradero. Aquella observación, de la que ofreció una explicación inocua, antojose sumamente sospechosa. Su hermano, un campesino, había acudido a visitarle el mismo día de la sustracción para abandonar luego la villa con un carro cargado de estiércol. La sospecha cuajó de inmediato en fábula: la caja debía viajar oculta bajo la carga hedionda.

Schönleben lo negó rotundamente. Se procedió al registro de su morada, llegando a levantar los tablones y a sondear la tierra batida. Nada se halló. Mas la ausencia de pruebas materiales no contuvo el curso de las pesquisas. Fue interrogado Beutner, un batidor de metal dedicado a labrar sutiles hojas metálicas, que había auxiliado a Schönleben a descargar leña en los almacenes de Sterbenk jornadas atrás. Durante la faena había ascendido por la escalera que conducía al despacho; varios testigos aseveraron que se había detenido allí para escrutar el interior. Se convirtió al punto en el cómplice natural del primer sospechoso: la caja era pesada y la magistratura consideraba que un solo individuo no habría podido cargarla.

Antes de que se promulgara el bando que prometía una recompensa de cien florines a quien diera con el cofre o el autor del latrocinio, Kirchmeier ya había trasladado en confidencia a Sterbenk cuanto creía haber presenciado. La causa judicial constata una diferencia de ocho días entre ambos hechos: la prima pecuniaria no explica, por ende, aquella primera confidencia. Refirió que la mañana del robo, hallándose en casa del dorador Johann Schweikhard Mannert, distinguió una caja semejante a la descrita en el bando. Reposaba junto a la estufa, oculta bajo un velador. Kirchmeier ofreció de ella una relación tan minuciosa que, tanto a ojos de Sterbenk como de los pesquisidores, la mera coincidencia se antojó inverosímil.

Mannert era un artífice acreditado, padre de dos varones, aunque sus caudales mermaban sin remedio. Negó haber tenido jamás en su haber semejante arqueta. Su esposa y sus hijos mantuvieron idéntico descargo. Con todo, Kirchmeier reiteró su deposición durante el careo. En la morada de Mannert, los magistrados dieron con una tabla mal fijada en un cuartucho, concibiendo de inmediato la hipótesis de que el cofre hubiera sido arrastrado desde el inmueble contiguo a través de un vano abierto hacia un callejón estrecho. Semejante conjetura resolvía el traslado material, pero en modo alguno probaba su consumación. Los registros posteriores resultaron infructuosos.

Pese a la esterilidad del hallazgo, el cerco se estrechó. Kirchmeier persistió en que la caja, pintada de verde y orlada de motivos florales, se hallaba en el domicilio de Mannert. Su relato primero había antecedido a las detenciones; su declaración formal bajo juramento, de fecha 27 de julio, se produjo tras el apresamiento del dorador y su consorte. Los vástagos de Mannert sufrieron interrogatorio, mas no se decretó su prisión. Negaron reconocer el cofre; su padre persistió en idéntica negativa. Ante la obstinación de su descargo, las autoridades lo azotaron con una tralla de vergajo de buey, según consigna el texto. No hubo confesión. Los despachos de asistencia espiritual compilados por los autores del Pitaval revelan que también se aguardaba de los confesores la extracción de admisiones de culpa. Mannert y los suyos clamaron siempre su inocencia.

El populacho, empero, había dictado ya su sentencia. La pedrea quebró los ventanales de la casa de los Schönleben. En una de aquellas agresiones, la criatura que su madre sostenía en brazos pereció a consecuencia de los impactos, según atestigua la memoria de los archivos reproducida por el compilador. Los tres hogares encausados expiaban ya una pena que la curia judicial aún no había sentenciado. Schönleben, su cónyuge y Beutner languidecían entre rejas; Mannert y su parentela padecían sucesivos interrogatorios y requisas, amén de los tormentos físicos infligidos al dorador. La arqueta continuaba desaparecida, pero cada presunción parecía encajar forzadamente en la declaración inicial de Kirchmeier en lugar de someterla a examen.

El nudo no vino a deshacerse hasta entrado el otoño. Un oficial de taller apodado «el Berlinés» había afeado a Magnus Melchior Blösel su súbita opulencia. El maestro cerrajero Christian Gottlieb Gösser y el propio Blösel habían adquirido relojes y ropajes flamantes a pesar de haber vivido hasta entonces sumidos en la más precaria penuria. Ciertas habladurías recogidas en una posada redirigieron las sospechas hacia ellos. El 30 de octubre, el juez Harsdorff tomó declaración a un testigo que relató aquellas jactancias. Esta vez los instructores decidieron seguir la pista en vez de desestimarla para blindar su teoría originaria.

Schönleben fue conducido nuevamente al estrado. Recordó que Gösser había efectuado reparaciones en la puerta de Sterbenk y que, poco antes de su arresto, el cerrajero le había inquirido si no tardarían en encargarle la forja de una nueva caja de caudales. El lance cobró de pronto un cariz enteramente nuevo. Una primera pesquisa arrojó indicios materiales, si bien Gösser negó que las piezas de hierro halladas en su taller pertenecieran a la arqueta. La reiteración de los interrogatorios y el cerco de las evidencias terminaron por doblegar su resistencia y la de Blösel. Un segundo registro sacó a la luz más de doscientos florines. Otros fragmentos metálicos fueron recuperados de las aguas del río Pegnitz, mientras el chatarrero Albrecht confirmó haberlos recibido de sus manos. La mujer de Gösser corroboró extremos sustanciales de las declaraciones, disintiendo tan solo en el momento en que su marido le hubo revelado el delito.

El cerrajero expuso que conocía a la perfección las debilidades del acceso y del escritorio gracias a sus frecuentes obras en el inmueble. Tras una tentativa solitaria y fallida de forzar la caja en el lugar, regresó para buscar el concurso de su compañero de taller. Entre ambos la transportaron a casa de Gösser, la descerrajaron y se repartieron el numerario. Gösser ocultó las monedas de oro y destinó el resto a cancelar deudas y surtir a su familia de lo necesario. Más tarde hicieron pedazos la arqueta y arrojaron los despojos al cauce fluvial. Los pormenores de la confesión encajaban punto por punto con los objetos rescatados y con la realidad fáctica de la instrucción. El Pitaval atribuye de forma incontestable el latrocinio a Gösser y Blösel, y de ningún modo a los desdichados que padecieron cautiverio durante meses.

El 5 de noviembre, Schönleben, Beutner y Mannert fueron excarcelados con la condición de prestar el Urphed, solemne juramento de no cobrarse venganza. Dicha medida no equivalía aún a la absolución formal. Mannert había perdido a su esposa: había expirado en prisión el 28 de septiembre, víctima de un padecimiento que los cronistas catalogan como fiebre miliar. Su marido no pudo acompañarla en su agonía; sus huérfanos habían quedado al amparo de extraños. La restitución de la libertad no bastaba para subsanar semejante pérdida, ni borraba la furia del vecindario ni los azotes padecidos por el dorador. Hubo que aguardar hasta el 8 de abril de 1791 para que el tribunal declarase su plena e incontestable inocencia; las autoridades trataron asimismo de socorrer a las familias damnificadas, en particular a la de Mannert.

Restaba el misterio de Kirchmeier. El barbero perseveró en sostener que vio la caja en el taller de Mannert, aun tras las confesiones y el rescate de las piezas fluviales. Los jueces no alcanzaron a dilucidar si actuó con felonía deliberada, si padeció un extravío de la memoria o si sus facultades perceptivas se hallaban ofuscadas. El recopilador del Pitaval recoge las tesis médicas aventuradas en la época, entre ellas la de una imaginación destemplada a resultas de una enfermedad pretérita; conjeturas todas ellas retrospectivas, desprovistas de rigor diagnóstico. En febrero de 1791, el barbero fue exonerado de la causa criminal. Abandonó Núremberg perseguido por la repulsa colectiva; a pesar de haber consignado una suma para los huérfanos de Mannert, jamás pudo reflotar su oficio.

La sentencia definitiva vio la luz el 8 de abril de 1791. Gösser fue expuesto en la picota, azotado públicamente y conducido a la casa de corrección; Blösel recibió idéntica pena corporal y reclusión. La cónyuge del cerrajero obtuvo la libertad tras prestar juramento de rigor. Años más tarde, Gösser y su oficial obtuvieron la remisión de la condena por buen comportamiento, con la prohibición absoluta de retornar a Núremberg. El engranaje judicial había castigado por fin a los ladrones y desagraviado a los inocentes. Sin embargo, no logró despejar el enigma más turbador: ¿por qué motivo Kirchmeier juró haber visto, con pavorosa exactitud de detalles, una caja que jamás cruzó el umbral de los Mannert?

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El tablón mal fijado

Una novela corta de ficción histórica sigue a un joven aprendiz de cerrajero que descubre una tabla mal fijada entre dos casas y comprende que un inocente podría ser condenado a causa de su silencio. Deberá elegir entre denunciar a su maestro o salvaguardar el oficio que alimenta a su familia. Los personajes y la trama son inventados; la obra no presenta ningún hecho ficticio como dato del sumario judicial. En el transcurso de una sola jornada, las sospechas se trasladan del vecindario al taller, donde una caja ausente se convierte en la prueba más buscada de la ciudad.

Cargando votos…

novela

Los despojos del Pegnitz

En esta novela de rigurosa ficción, un pescador de Núremberg extrae un fragmento de hierro del cauce del Pegnitz y descubre que encaja con el dibujo de una arqueta desaparecida. El hallazgo suscita una reapertura de las pesquisas, en las que las confesiones de dos artesanos parecen zanjar el caso mientras un barbero persiste en sostener su versión imposible. Los personajes y el delito son inventados. El pescador se verá forzado a reconstruir el objeto a partir de esquirlas, aprendiendo a deslindar lo que sabe de aquello que la masa pregona. La intriga erige al río en el testigo defectuoso de una urbe impaciente por hallar un culpable.

Cargando votos…

trilogía

Los juramentos de Núremberg

Esta trilogía de ficción histórica sigue a tres generaciones de una estirpe de artesanos enfrentada a sendos litigios ante la justicia. La primera entrega sigue a una sirvienta cuyo testimonio desencadena una rueda de detenciones; la segunda, a un escribano encargado de custodiar piezas de convicción que el tribunal cuestiona; la tercera, a una viuda que lucha por la revisión de una sentencia ya ejecutada. Los personajes, los delitos y los veredictos son inventados. Cada volumen posee su propia resolución procesal, entrelazados todos por un libro de registro familiar. La serie indaga en el abismo que media entre la excarcelación, la declaración de inocencia y la verdadera reparación.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Compilación retrospectiva Der neue Pitaval (1861), basada en actas procesales, no en una edición crítica contemporánea. El testimonio de Kirchmeier consistió en una confidencia a Sterbenk previa al ofrecimiento de la recompensa; la crónica establece un intervalo de ocho días entre ambos hechos. Su primer relato antecede a las detenciones; la deposición formal bajo juramento data del 27 de julio, posterior a los arrestos. Los hijos de Mannert fueron interrogados, mas no encarcelados; su esposa falleció en presidio. Beutner figura como Flitterschläger (artesano batidor de hojuelas metálicas). El primer registro en casa de Gösser halló fragmentos cuya procedencia de la caja fue negada por el cerrajero; los restos extraídos del Pegnitz, el testimonio del chatarrero Albrecht y el numerario del segundo registro terminaron por apuntalar las confesiones. La liberación del 5 de noviembre bajo juramento de Urphed no debe confundirse con la plena absolución del 8 de abril de 1791. Kirchmeier mantuvo su versión; sus motivos permanecen en la penumbra.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete