El lunes de Pentecostés de 1867, hacia las cuatro y media de la tarde, la señora Wimmer regresó del templo y halló cerradas la puerta del comercio y la que conducía a la cocina. Las cortinas del taller estaban corridas. Su hijastra Élise Kolb, de diecinueve años, se había quedado al cuidado de los dos niños más pequeños. Se creyó en un primer momento que la doncella habría salido a visitar a alguna amiga; no obstante, los pequeños no habían visto salir a nadie. La señora Wimmer ordenó entonces a su hijo August que se introdujera por la ventana de la alcoba para descorrer los cerrojos desde el interior. El muchacho reapareció lívido: «Lili está muerta, la han asesinado».
Varios vecinos acudieron presurosos y forzaron el acceso. Élise yacía en el taller, con la garganta profundamente seccionada. Llevaba la falda descompuesta y le habían arrancado un bolsillo. En la estancia contigua, el secreter de Lorenz Wimmer se hallaba expedito y el dinero se había esfumado. Billetes y cupones yacían esparcidos por el piso, pero los caudales de mayor cuantía habían desaparecido. Las puertas estaban atrancadas desde dentro; faltaba la llave de la cocina. En dicha estancia, los agentes descubrieron un cubo de agua donde el homicida bien pudo haberse lavado. Ningún cuchillo había quedado en el lugar del suceso.
La muerte violenta se había perpetrado a plena luz del día, en una vivienda cuyas ventanas daban directamente a la calle. Lo que faltaba, ante todo, era una explicación plausible: ¿cómo había logrado penetrar el matador y por qué los dos niños no se habían percatado de nada? Los pesquisidores supieron pronto que Élise había pasado la tarde en el obrador, entregada a la costura. Dos jóvenes la habían avistado hacia las cuatro; ella había declinado su invitación de salir a pasear. Aquella misma jornada, una cocinera de la finca colindante, Katharina Petrsilka, había conducido a Julie y a August al desván con el pretexto de mudarse de atuendo. Los había dejado allí encerrados a solas, asegurando que debía ir a buscar un recado.
Katharina prestaba sus servicios como cocinera en casa del fabricante Slawik. Su prometido, Albert Troll, ejercía el oficio de zapatero. Proyectaban desposarse, mas Troll aducía el deseo de abrir taller propio y su absoluta carencia de peculio. Durante sus frecuentes visitas al hogar de los Wimmer, Katharina había cambiado en diversas ocasiones moneda para sus señores, la familia Slawik, conociendo a la perfección la disposición de las estancias y el secreter donde Lorenz custodiaba sus fondos. Según la confesión que prestaría con posterioridad, Troll le había propuesto desvalijar aquel caudal en cuanto alguna mujer quedase sola en la morada. Le había encomendado la compra de una navaja de afeitar; ella aseguró haber resistido la tentación durante varias semanas antes de doblegarse.
Aquel lunes, Lorenz Wimmer había marchado al campo en compañía de un fabricante vecino. La sirvienta gozaba de asueto vespertino y la señora Wimmer había acudido a los oficios eclesiásticos. Élise permanecía a solas con las criaturas. Al percatarse Katharina de la ocasión propicia, dejó a Julie y a August aguardando en el desván y corrió en pos de Troll, que acechaba en las inmediaciones de la casa. «Ahora es el instante propicio», le susurró, según su propio testimonio. Él repuso: «Pues no vacilemos; entremos». Ella empuñó la navaja de barbero que había adquirido y franqueó la puerta del comercio; Troll se deslizó por la cocina.
Élise cosía ajena al peligro en el taller y conocía de vista a Troll. Katharina relató que el hombre se aproximó por la espalda, le atenazó la cabeza y le segó la garganta mientras ella misma sujetaba las manos de la víctima. La herida, profunda y fatal de necesidad, había sido asestada de un solo tajo vigoroso, a tenor del informe forense reseñado por el Pitaval. Élise se desplomó exánime. Ambos cómplices pasaron a la pieza inmediata, donde pretendieron forzar la cómoda. Hallaron al cabo una llave, abrieron el secreter y se apoderaron de billetes y numerario. Troll se lavó las manos manchadas en la cocina; Katharina arrojó la navaja y otra de las llaves al pozo de las letrinas. Escondió sus sayas ensangrentadas en el desván y los dos abandonaron juntos la escena del crimen.
Ocultaron el botín en la vivienda de Troll. Acto seguido, acudieron al establecimiento de un orfebre y compraron dos alianzas de oro para sus esponsales. Pasaron el resto de la velada en una taberna de los arrabales. Hacia las nueve de la noche, Katharina regresó a la casa de los Wimmer, temblorosa y presa de estremecimientos. Al amanecer del día siguiente, entregó a su madre ropas manchadas de sangre, fingiendo haber padecido una hemorragia nasal, y le confió veinticinco florines para que satisficiera el arrendamiento. Su progenitora lavó un vestido y remitió otra prenda a una lavandera.
La pesquisa policial siguió la pista del papel moneda. Los agentes hicieron públicas las denominaciones y las series numéricas de los billetes sustraídos; pronto descubrieron que Katharina lucía atavíos costosos y derrochaba cédulas de cinco y diez florines. Ella arguyó haber obtenido un premio en la lotería. El 15 de junio, en las dependencias policiales, se le notificó que se procedería a cotejar la veracidad de tal fortuna. La joven demudó el semblante y exclamó: «¡Dios mío! ¿Qué pretenden de mí? ¡Yo no he matado a Lisi!». Quedó arrestada en el acto. El registro practicado en casa de Slawik sacó a la luz, en la buhardilla, un miriñaque, una saya azul recién lavada y otra castaña desgarrada con vestigios de sangre; en el conducto de las letrinas, los guardias rescataron una hoja cortante y la llave extraviada de la cocina. En el aposento de Troll aprehendieron billetes que coincidían con las series robadas —algunos maculados de rojo—, un cuchillo de mesa y diversas joyas.
Katharina reconoció la procedencia del dinero y, compareciendo ante el tribunal, rindió una confesión pormenorizada. Declaró que Troll había maquinado el designio, le había ordenado adquirir la navaja y había consumado el degüello; ella se había limitado a sujetar las manos de Élise. Su madre, aseveró, ignoraba por completo la tragedia. Troll lo negó todo con obstinación. Pretendió que Katharina le había llevado los caudales, fruto de un azar de lotería primero y de una dote remitida por sus parientes después. Mudó repetidamente la fecha en que supuestamente había recibido los billetes y atribuyó las manchas a una visita a la carnicería. Admitió haber merodeado cerca de la vivienda, haber aguardado a Katharina y haber costeado las alianzas, mas juró y perjuró no haber puesto jamás los pies en la morada de los Wimmer.
El sumario no descansaba de forma exclusiva en el testimonio de Katharina. Varios testigos situaban al zapatero junto al edificio antes del crimen y lo habían visto alejarse en compañía de la sirvienta. Una mozuela de servicio afirmó haber advertido sangre fresca en el antebrazo de la procesada. Dos deponentes manifestaron que, apenas consumado el homicidio, Troll había entrado en un estanco exclamando con aspereza que a semejante asesino «habría que sacarle tiras de la piel»; el reo adujo haber pronunciado tales palabras el martes y no aquel luctuoso lunes. La policía probó asimismo que el encausado había mentido sobre la procedencia del dinero y que había pretendido enterrarlo tan pronto como Katharina le advirtió de la inminencia de los agentes. Con todo, los análisis químicos de las máculas de sus ropas no lograron determinar con absoluta certidumbre si se trataba de sangre de procedencia humana.
La vista oral dio comienzo el 1 de agosto. Ante la audiencia, Katharina reiteró que Troll le había exigido la navaja y que él mismo había rebanado el cuello de Élise. El inculpado se defendió diciendo que ella fabulaba únicamente para arrastrar a su prometido al abismo. Puestos en careo, ella lo miró fijamente y le espetó: «Fuiste tú. Puedo decírtelo a la cara». Él replicó tachándola de embustera redomada. La mujer relató la entrada furtiva por la cocina y el forcejeo con las manos de la difunta; él sostuvo que ella bien pudo obrar en solitario y entregarle el dinero con posterioridad.
Elisabeth Petrsilka, madre de la confesa, fue igualmente encausada. La acusación pública basó sus cargos en las ropas lavadas con esmero y en los florines recibidos. La mujer negó de plano haber sospechado la procedencia impura de la colada o de las monedas. El tribunal dictó su libre absolución. Para Troll y Katharina, la suerte fue bien distinta: ambos fueron declarados culpables del delito de asesinato acompañado de robo. Katharina fue sentenciada a la horca y Troll a cadena perpetua. A tenor de las crónicas judiciales de la época, una disposición del derecho austríaco vedaba la imposición de la pena capital a falta de confesión expresa o de testigos presenciales directos; el fiscal reconoció por ende que Troll no podía ser conducido al cadalso, aun habiendo sido proclamada su plena culpabilidad.
En la misma sala de justicia, Katharina imploró de rodillas el perdón de su madre. Troll, inmutable, proclamó de nuevo su inocencia y anunció la interposición de un recurso. La pena impuesta a Katharina fue conmutada poco después por el emperador por la de reclusión perpetua. Fue destinada a cumplir condena en el penal de Neudorf; Troll fue trasladado al presidio de Klausen. Refiere el Pitaval que el zapatero abandonó Viena riendo a mandíbula batiente, mientras la multitud congregada, presa de viva indignación, contemplaba partir a quien la voz pública consideraba el verdadero degollador de Élise.
