El 18 de agosto de 1746, una prolongada hilera de soldados condujo hacia Tower Hill los medios necesarios para preservar el orden en torno a un patíbulo. La crónica de Camden Pelham contabiliza un millar de infantes, una tropa de guardias a caballo y varios granaderos. Dos prisioneros de la Torre de Londres debían perecer allí: William Boyd, conde de Kilmarnock, y Arthur Elphinstone, lord Balmerino. Pocas semanas antes, sus pares los habían juzgado por su participación en la rebelión jacobita. Aquel día, el ritual de la ejecución iba a consumarse ante una muchedumbre inmensa.
La edición de 1887 consultada reproduce una crónica retrospectiva cuyo prefacio, debido a Camden Pelham, lleva fecha de 1840. Se abre con la expedición de Carlos Eduardo Estuardo y la campaña de 1745, para seguir luego a los ejércitos hasta la derrota de Culloden. Esta dilatada marcha arroja luz sobre el proceso sin absorberlo: en el estío de 1746, varios nobles rebeldes fueron conducidos desde la Torre hasta Westminster Hall. El conde de Kilmarnock y el conde de Cromartie se declararon culpables. Balmerino, por su parte, negó la imputación; se tomó declaración a seis testigos y los lores lo declararon culpable. El 1 de agosto, el lord gran senescal pronunció la sentencia de muerte contra los prisioneros.
La pena no había sellado el destino de todos. Algunos allegados intentaron recabar la clemencia real para los condenados. Balmerino respondió a quienes le aconsejaban instar la intercesión de sus amistades que su propia suerte le era indiferente; añadió que, mediando la amistad, ambos condes debieron haber «incluido su nombre junto a los suyos». Pelham presenta esta réplica como una muestra de magnanimidad. Revela, ante todo, la huella de una solidaridad asumida entre hombres a quienes la ley había distanciado en sus declaraciones: Kilmarnock se había confesado culpable; Balmerino había rechazado la acusación en el juicio, antes de que sus pares lo hallaran culpable.
La condesa de Cromartie eligió otra vía. Madre de varios niños de corta edad, solicitó la gracia para su esposo ante la princesa de Gales, presentándose ante ella vestida de luto junto a sus hijos. El indulto fue concedido con la condición de que Cromartie no residiera jamás al norte del río Trent. Vivió en Soho Square hasta su muerte, acaecida en 1766. Su caso constituyó una excepción, y su ausencia acompañaría a los otros dos hombres hasta el cadalso.
Poco después de las seis de la mañana, las tropas partieron de St James’s Park. Cruzaron la ciudad y tomaron posiciones entre la Torre, la horca y los accesos destinados al público. Los sheriffs se habían congregado en una taberna de Fenchurch Street antes de dirigirse a la antigua sede de la oficina de transportes, contigua a Tower Hill. La guardia había recibido orden de desplegarse en filas entre la Torre y el lugar de la ejecución para custodiar sus inmediaciones. A las once en punto, los sheriffs reclamaron los cuerpos al condestable de la Torre. Ambos lores salieron en procesión, seguidos por carruajes de luto y dos coches fúnebres. La crónica pormenoriza este dispositivo con idéntico esmero al que empleará al describir los ademanes de los condenados: allí, el suplicio público constituía asimismo una ceremonia de Estado.
Se condujo a los reos a dos aposentos separados, frente a la escalera del patíbulo, donde se permitió la entrada a sus allegados. Kilmarnock oró durante una hora en compañía del reverendo Foster, ministro disidente. Balmerino estuvo acompañado por el capellán de la Torre y otro clérigo anglicano. Al cruzar el umbral del edificio, oyó a los espectadores inquirir cuál de los prisioneros era lord Balmerino. Respondió con una sonrisa: «Soy yo, caballeros, a su servicio». Tras conversar con Kilmarnock acerca de las noticias recibidas sobre las órdenes del Pretendiente en Culloden, se reunió con sus amigos.
El conde manifestó su deseo de que Balmerino subiera primero. La orden judicial, según se le aclaró, designaba a Kilmarnock en primer término; este aceptó la prelación. Cuando compareció ante la multitud, refiere la crónica que los presentes mostraron compasión y piedad. «¡Es terrible!», exclamó ante la vista del lugar. No se dirigió al gentío para justificar la rebelión. Elevó una plegaria, evocó al rey Jorge y a su familia, y abrazó a sus amistades. El verdugo, turbado, imploró su perdón antes de proceder. Kilmarnock le entregó cinco guineas y le infundió ánimos. Se dispuso ante el tajo con la asistencia de sus caballeros; sus manos temblaron al acomodar la postura, pormenor que la crónica no disimula tras la nobleza del ceremonial.
La señal convenida fue la caída de su pañuelo. El primer golpe desprendió casi por completo la cabeza; un segundo tajo consumó la labor. Se depositó el cadáver en un ataúd y se lavó la sangre del tablado. Las vestiduras del ejecutor, manchadas durante la faena, fueron sustituidas antes de que Balmerino avanzara. Estas precisiones resultan dolorosas, mas forman parte del orden riguroso que Pelham describe: el patíbulo se acondicionó para recibir al segundo reo, como si el espectáculo pudiera articularse en dos actos sucesivos.
Balmerino había anunciado que leería un discurso. En sus aposentos, tomó pan y vino, bromeó con sus amigos y preguntó si la ejecución de Kilmarnock había concluido. Al saber que así era, quiso cerciorarse de si el verdugo había cumplido con pericia su cometido. Subió después hacia el cadalso con un paso que los espectadores juzgaron firme. Su uniforme azul y encarnado era el mismo, según Pelham, que había vestido en Culloden. Recorrió el tablado, se inclinó ante la muchedumbre, examinó el féretro y leyó su declaración. En ella reconocía la magnanimidad del rey Jorge, si bien impugnaba que este tuviese derecho a la lealtad de sus vasallos. Entregó el pliego al sheriff.
Cuando el verdugo se dispuso a pedirle perdón, Balmerino lo detuvo: su deber, afirmó, era digno de alabanza. Le entregó tres guineas y lamentó no poder ofrecerle nada más salvo sus ropas. Luego se despojó de ellas y se caló un bonete escocés, aseverando que moría como escocés. Indicó al sayón dónde asestar el golpe y precisó que la señal sería la caída de sus brazos. «En ello consistirá vuestra bondad», refiere Pelham. Incluso frente al hierro, Balmerino se empeñaba en regir los ademanes ajenos y el sentido que habrían de cobrar.
Se inclinó por primera vez sobre el tajo. El golpe no descargó con suficiente fuerza; sobrevinieron otros dos tajos antes de que expirara. La crónica relata sin rodeos las vacilaciones del ejecutor. Los dos ataúdes se unieron al del marqués de Tullibardine, fallecido durante su cautiverio, y los tres hombres recibieron sepultura en una misma fosa de la iglesia de San Pedro, en el recinto de la Torre. Los procesos los habían diferenciado por sus posturas ante los lores; el último viaje los congregó en la misma tumba.
Pelham subraya el contraste entre Kilmarnock, que admitió la acusación, y Balmerino, que la negó en el juicio y preservó después un discurso político. El relato no afirma que la multitud oyera cada una de sus palabras. Precisa, en cambio, el dispositivo que la cercaba: las barreras, la tropa, las estancias donde se recibió a los amigos, la tarima a la que cada cual pudo avanzar a su turno. El poder había separado a los condenados antes de unirlos en un mismo sepulcro. La ceremonia pública evidenciaba al unísono la fuerza de la sentencia y los límites de lo que esta podía imponer a hombres abocados a la muerte. La crónica transmite sus últimas horas, pero no franquea el acceso a su fuero interno. Solo deja traslucir las fórmulas que pronunciaron, los ademanes observados y las resoluciones consignadas. Su desenlace no transmuta sus causas en absolución. Recuerda, no obstante, que una condena idéntica puede cobijar dos trayectorias dispares: una que discurre desde la confesión hasta la gracia denegada; otra, desde el rechazo inicial hasta una postrera declaración de lealtad escocesa.
