A las seis o siete de la mañana, la señora Moore entró en la casa de William Higgins para preguntar a Mary Anne si William había muerto en verdad. Mary Anne se lo confirmó y salió enseguida a comprar ropas de luto. La vecina encontró la vivienda desordenada y se dispuso a ordenar las cosas. En la despensa vio dos cuencos de sopa de guisantes: uno era amarillo, como de costumbre; el otro, más blanquecino y espeso. Este detalle no probaba aún la presencia de veneno alguno. No obstante, precedería al análisis de un líquido extraído del estómago del difunto y, más tarde, al proceso contra su sobrina y Edward Clarke.
El tribunal de lo criminal de Warwick vio la causa el 9 de agosto de 1831. El acta de acusación imputaba a Mary Anne Higgins y a Clarke el asesinato premeditado de William Higgins, perpetrado el 22 de marzo mediante la administración de tres dracmas de arsénico. Un segundo cargo señalaba a Clarke como cómplice. La relación de Camden Pelham, publicada varias décadas después, recoge la acusación, los testimonios que estimó oportunos, los alegatos de la defensa en términos concisos y el veredicto. No constituye el acta literal ni exhaustiva de la audiencia.
William Higgins, hombre de humilde condición, había ahorrado más de cien libras. Tras la muerte de su único hermano, acogió a uno de los cuatro o cinco hijos que este había dejado; crio a Mary Anne como a su propia hija y planeaba legarle sus ahorros, pues no estaba casado. A principios de 1831, la joven trabó relación con Clarke, aprendiz en un taller de relojería de Coventry. Los primeros párrafos de Pelham describen asimismo la diferencia de edad —diecinueve años ella, veintiuno él— y refieren que se le habría visto con más dinero del habitual, incluidas ciertas guineas semejantes a las que se creía formaban parte de los ahorros del tío. Al parecer, se jactaba de que le bastaba con acudir a casa del anciano siempre que precisaba fondos. Tales observaciones despertaron sospechas, mas no bastaban para determinar qué sabía Clarke acerca del veneno.
El martes 22 de marzo, Mary Anne entró en una botica y pidió arsénico por valor de dos peniques, alegando que deseaba matar ratas. El mancebo se negó a despachárselo sin un testigo presente. Hizo una gestión similar en otro establecimiento y luego se encontró en la calle con Elizabeth Russell. La muchacha se dirigía a la fábrica; Higgins le pidió que la acompañase a la botica de Wyly. En presencia de Russell, obtuvo el polvo envuelto en un papel con la advertencia: «arsénico, veneno». Preguntó cómo emplearlo contra las ratas; el dependiente le aconsejó mezclarlo con pan u otra sustancia. Al salir, arrancó la etiqueta. La crónica refiere que preguntó a continuación a Russell por qué el boticario la había pegado.
Las dos jóvenes se separaron junto a la fábrica, de donde los obreros salían a almorzar hacia la una. Clarke se unió a Higgins y caminó con ella hacia la casa de su tío. Un carretero que pasaba por allí vio entrar a Clarke; Higgins cerró la puerta tras él. A las dos, Clarke regresó al trabajo y permaneció en él hasta las ocho. Hacia las nueve de la noche, se le vio a la entrada del patio que comunicaba la casa con una pequeña dependencia aneja. El anciano regresaba entonces de aquella dirección. Se oyó un ruido particular, y el lugar cobró después el aspecto propio de donde alguien hubiese vomitado. La relación sitúa así a Clarke cerca de la casa a última hora de la tarde; no refiere, sin embargo, que testigo alguno lo viera administrar veneno.
Hacia la una de la madrugada, Mary Anne llamó con insistencia a la puerta de la señora Green, una vecina anciana, y le suplicó que acudiera a ver a su tío, a quien decía muy enfermo. De camino, la señora Green se cruzó con un hombre que había oído dos voces en la casa, sin poder precisar a quiénes pertenecían. La vecina halló a William tendido sobre el lecho de su sobrina, con la cabeza apoyada en una mano, en la postura de alguien que acababa de vomitar. Creyó percibir al principio un leve aliento, pero el cuerpo ya estaba rígido. Sabiendo que el anciano padecía a veces una afección que ella llamaba «water-swamp», la señora Green propuso bajar a preparar té. Mientras se encontraban abajo, Higgins afirmó haber oído gemir a su tío. Subieron de nuevo; esta vez, la vecina concluyó que había muerto. Tras examinarlo, calculó que llevaba sin vida al menos media hora.
Higgins explicó a la señora Green que su tío había comido sopa de guisantes, que había caído enfermo y se había acostado. Según su versión, tras retirarse ella a su propio lecho, lo había encontrado indispuesto y lo había acomodado en su cama. La señora Green advirtió que la cama del difunto, en su alcoba, estaba muy deshecha, como si alguien se hubiese debatido en ella de dolor; en el suelo había un charco de agua con dos pedazos menudos de pan que parecían haber sido arrojados por el estómago. Más tarde, la vecina se marchó; cuando llegó la señora Moore, esta hizo preguntas sobre los dos cuencos de la despensa. Higgins respondió que uno se había espesado con harina y el otro con harina de avena. La fuente no indica que esta explicación fuera contrastada mediante el análisis de la sopa.
La señora Moore entregó el cuenco blanquecino a un carpintero que había acudido a tomar medidas para el ataúd, quien lo dejó encerrado en la estancia donde reposaba el cadáver. Se avisó a un cirujano. Este abrió el cuerpo y encontró el estómago enrojecido y sumamente vascularizado. Extrajo cerca de pinta y media de líquido, que mandó examinar a varios químicos en presencia de cuatro o cinco facultativos. Los ensayos referidos condujeron todos, según Pelham, a la presencia de arsénico en dicho fluido estomacal. La sopa, en cambio, no fue analizada químicamente. Se le dio parte de ella al perro; el animal vomitó y sobrevivió. Los dos cuencos y el contenido del estómago no constituyen, por tanto, el mismo elemento probatorio.
Detenida por el agente Gardiner, Higgins negó en un principio haber comprado arsénico. Cuando se le hizo saber que Elizabeth Russell podía testificar sobre la compra, admitió habérselo procurado, mas sostuvo que su intención era envenenar ratas. Incluso señaló una silla bajo la cual debía encontrarse un animal muerto. Allí se descubrió un ratón; el examen de su estómago no arrojó los signos inflamatorios que la crónica esperaba de un envenenamiento por arsénico. Registrada, Higgins llevaba encima varias cajas y una bolsa con guineas, media guinea y una moneda de siete chelines. La compilación no demuestra que este dinero proviniera de los ahorros de su tío.
Pelham refiere a continuación un diálogo más controvertido. De camino a la prisión, no hallándose presente ningún tercero, Gardiner preguntó a Higgins cómo había podido dejarse persuadir para cometer semejante acto. Ella respondió, según el agente, que nadie la había persuadido y que lo había hecho sola. Añadió, según el mismo testimonio, que había puesto dos cucharaditas de arsénico en un cuenco y vertido la sopa encima. Dicha cantidad no se corresponde con la del acta de acusación, que consignaba tres dracmas; ambas medidas no deben equipararse sin cautela. Durante la vista, el juez reprendió con severidad a Gardiner por el modo en que había interrogado a la joven. Lo relatado por el oficial no puede, pues, confundirse con una deposición libre prestada ante el tribunal.
En cuanto a Clarke, la reseña precisa que ningún elemento permitía concluir con certeza que supiera que el veneno había sido comprado o añadido a la sopa. En su defensa por escrito, impugnó la debilidad y el carácter puramente indiciario de las pruebas y proclamó su inocencia. Higgins afirmó asimismo que no había cometido el crimen y se remitió a su letrado. Tras deliberar, el jurado absolvió a Clarke y declaró culpable a Higgins. La disparidad entre ambos veredictos reproduce la distinción que el texto ya trazaba entre la presencia de Clarke cerca de la casa y la prueba material de su conocimiento sobre el veneno.
El juez condenó a Mary Anne Higgins a ser ejecutada en Coventry y ordenó que su cuerpo fuera disecado. Fue ahorcada el 11 de agosto de 1831. Pelham relata que lloró al escuchar la sentencia, rehusó después explicar el crimen y rezó antes de la ejecución. La crónica no consigna motivo alguno que ella misma hubiera aportado para la muerte de su tío. En sus páginas permanecen, frente a frente, dos cuencos de sopa jamás analizada, el líquido estomacal declarado positivo en arsénico y dos veredictos divergentes: Clarke fue absuelto, Higgins condenada.
