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Justicia y escándalos · Inglaterra

Los fardos de Pendleton

El 26 de abril de 1817, Thomas Littlewood y su esposa partieron hacia Salford, dejando en su hogar a la señora Marsden y a Hannah Partington. A su regreso, ambas mujeres yacían muertas y el dinero del cajón se había desvanecido. Varios testigos situaron a diversos hombres en las inmediaciones de la casa; un compañero de celda atribuyó al anciano Ashcroft el papel de vigía. Cuatro acusados fueron condenados, mientras que John Robinson resultó absuelto. Los cuatro sentenciados proclamaron su inocencia hasta el mismo pie del cadalso.

El sábado 26 de abril de 1817, Thomas Littlewood partió con su esposa rumbo a la tienda que regentaban en Salford. En un cajón de su alcoba dejaba una suma considerable: cerca de ciento sesenta libras, compuestas por billetes y diecinueve guineas, además de algunas monedas sueltas. El cajón no estaba cerrado con llave. En Pendleton, en la vivienda que daba al camino real de Manchester, permanecieron la señora Marsden, de unos setenta y cinco años, y Hannah Partington, una joven de apenas veinte. Al anochecer, cuando los Littlewood regresaron al hogar, ambas mujeres yacían sin vida y el dinero se había esfumado.

La casa se alzaba tras una cancela de hierro y un sendero de grava. Una ventana baja de la cocina asomaba al camino de entrada; la bomba de agua se encontraba en el patio, en el extremo opuesto. Un terreno colindante, conocido como el Three-nooked Field, dominaba los accesos. Durante el juicio, la acusación describió minuciosamente aquellos parajes, pues los pasos divisados aquella jornada debían emplazar a varios hombres en torno a la vivienda. La disposición del inmueble podía arrojar luz sobre los testimonios, mas no bastaba por sí sola para señalar con certeza a quienes franquearon el umbral.

A juicio del fiscal, cuatro hombres se habían concertado la víspera en una taberna de Manchester: James Ashcroft padre, su hijo James, David Ashcroft —hermano del primero— y William Holden. Al día siguiente, habrían sido vistos merodeando cerca de la finca, ora juntos, ora dispersos. La acusación situó a Holden en la cocina entre la una y las dos de la tarde. Hacia las tres, ciertos testigos afirmaron haber visto al joven James, a David y a Holden cruzar la cancela portando fardos. Más tarde, el joven James habría hecho ostentación de billetes y oro en un campo de juegos. El ministerio público enlazó aquellos episodios con los caudales que Littlewood aseguraba haber dejado en su cajón.

Al poner pie en la cocina, Littlewood halló a las dos mujeres inmóviles. La señora Marsden permanecía sentada en su sillón habitual, con la cabeza desplomada sobre las rodillas. Hannah yacía bajo el aparador, con las piernas dobladas hacia la cabeza. La sangre anegaba la estancia. Un atizador yacía doblado y ensangrentado; en el aposento de las mujeres, el hacha de cocina, habitualmente colgada en los fogones, mostraba ligeros vestigios hemáticos. El cirujano Olier constató en la señora Marsden una fractura frontal hundida hasta la masa encefálica, herida compatible, a su juicio, con el atizador. Hannah presentaba el cráneo hundido, múltiples brechas en cabeza y cuello, y una oreja cercenada.

Harriet Towel se había acercado a la morada de los Littlewood hacia las cuatro y media para ver a Hannah. Los postigos de la cocina estaban entornados. Creyó divisar a la anciana desplomada en su asiento y manchas bermejas en el aparador, pero se alejó sin dar la voz de alarma. Volvió al filo de las siete; la señora Marsden continuaba en idéntica postura. Esta vez, Towel alertó a la vecindad. Littlewood, de vuelta de su comercio, confirmó el deceso de ambas mujeres, así como la sustracción de los billetes, las guineas, una media guinea, una pieza de siete chelines, camisas, pañuelos y chales. El ajuar hurtado cabía, según sus palabras, en dos o tres bultos pequeños.

Mary Hallows proporcionó a la acusación un testimonio incriminatorio de peso. Había cruzado el patio para servirse de la bomba de agua entre la una y las dos de la tarde. Al atisbar por la ventana de la cocina, vio a la señora Marsden junto al fuego y a un varón vuelto hacia el vano. Hannah se hallaba en el patio; ambas mujeres habían cruzado unas palabras. Hallows declaró haber reconocido a Holden el lunes posterior, cuando más de diez hombres le fueron exhibidos en el salón de Littlewood. Aseguraba no albergar duda alguna. Antes incluso de que ella abriera la boca, Holden le espetó que erraba en su juicio; empero, ella ya había clavado los ojos en su figura. Su deposición acreditaba lo que afirmaba haber presenciado; correspondía al jurado calibrar su certeza.

Otros convecinos situaron a varios individuos junto a la reja. Mary Longworth manifestó haber visto a David Ashcroft en el exterior con un fardo verde bajo el brazo, tres horas después del almuerzo. Ely Dyson divisó a varios hombres alejándose de la finca con paquetes, aunque su identificación de Holden resultaba menos categórica: admitió que no lo conocía de manera cabal. Elizabeth Williams vio a David en la taberna del Black Horse hacia las cuatro y media con otros dos individuos, quienes abandonaron el lugar en primer término. Aquellas observaciones no concordaban plenamente en el número de sujetos ni en la exactitud horaria, pero aproximaban a varios de los encausados a Pendleton y a Manchester durante la tarde.

El 27 de abril, la autoridad prendió a David y al joven James, y acto seguido al padre de este y a Holden. Se incautó al muchacho un billete de una libra, cinco chelines y una pieza de siete chelines. David portaba siete guineas y media y cinco billetes de una libra; Holden, dos billetes, una guinea y moneda menuda. Ningún billete ni trozo de oro exhibía marca que permitiese vincularlo de forma incontestable al cajón de Littlewood. La moneda de siete chelines guardaba semejanza con una de las declaradas como robadas, pero nada en las actas permitía aseverar que se tratara de la misma pieza. El propio fiscal hubo de admitir que no se hallaron rastros de sangre en las vestiduras de los reos.

Otra declaración vino a comprometer al anciano Ashcroft. William Collins, recluido en el mismo calabozo preventivo, relató que una noche el anciano le había pormenorizado el plan criminal. Según esta versión, James padre, su hijo, David y Holden habían concertado el homicidio y la rapiña; el primero de ellos habría apostado su persona en un campo próximo a la manufactura Weston para atisbar la ventana y prevenir a los suyos ante cualquier presencia extraña. Collins refirió asimismo que los asaltantes habían titubeado, rondando varias veces la casa, y que Holden se había detenido en casa de un barbero. Se trataba de una confesión referida por un compañero de presidio, carente de fe notarial o judicial directa. El ministerio público presentó a Collins como un reo arrestado por un delito grave y posteriormente exonerado por completo, fiando a este aval fiscal toda su credibilidad.

Los cuatro inculpados rechazaron de plano toda participación. El padre Ashcroft sostuvo no haber conocido jamás a las dos víctimas; David afirmó haberse enterado del crimen en el instante mismo de su arresto. El joven James declaró no haberlas visto sino después de muertas. Holden proclamó con igual vehemencia su inocencia. Un testigo de la defensa, Adam Halwell, desmintió de forma oblicua a Collins, refiriendo que este le había asegurado que los reclusos eran inocentes, hasta donde alcanzaba su saber. Robert Deaken declaró haber visto al joven James días antes de los crímenes portando una cartera repleta de billetes y ocho o nueve guineas mientras cruzaba apuestas. Tal observación minaba la tesis de que el dinero exhibido la tarde del crimen procediera fatalmente del cajón de Littlewood. Otros comparecientes situaron a los tres Ashcroft en la ruta de Pendleton o a Holden en Manchester, si bien tales coartadas no despejaban todas las imputaciones de la acusación.

En las sesiones de la corte de Lancaster, incoadas para este pleito el 5 de septiembre, el magistrado resumió las pruebas testificales a lo largo de más de hora y media. David Ashcroft solicitó la comparecencia de dos testigos para desvirtuar las aseveraciones de Hallows; el juez accedió y mandó llamar a los letrados. Tras departir con su defensor, David desistió de su pretensión y se remitió a la deliberación del tribunal. Los jurados retornaron al cabo de dos escasos minutos: James Ashcroft padre, David, el joven James y Holden fueron hallados culpables; John Robinson, también encausado, resultó absuelto. Consigna Borrow que el juez juzgó las pruebas abrumadoras. Dicho juicio del cronista no disipa, empero, los claroscuros de las testificaciones, donde confluían reconocimientos de dispar firmeza, caudales sin señas privativas y una delación carcelaria.

Pronunciado el veredicto, la esposa del joven James, presente en la sala, prorrumpió en alaridos mientras este suplicaba clemencia al juez en favor de su cónyuge y de sus vástagos. Acto seguido se dictó la pena capital. El padre alzó un fardo blanco sobre su cabeza y dio gloria a Dios. Los cuatro sentenciados perseveraron en proclamar su inocencia. El 8 de septiembre fueron conducidos al cadalso. Holden clamó ante el gentío que expiraba limpio de culpa; David imploró que algún día salieran a la luz los verdaderos autores del crimen. Padre e hijo se fundieron en un abrazo antes de que los reos entonaran el padrenuestro junto al eclesiástico. Entonaron a continuación un himno piadoso; el canto quedó truncado por el chasquido de la trampilla.

La crónica añade, con posterioridad a las ejecuciones, una semblanza del anciano Ashcroft, antiguo metodista, a quien imputa un fervor rayano en la exaltación mística respecto a su propia perfección espiritual. Se refiere la anécdota de que llegó a arrojar el brazo a las brasas para testimoniar la firmeza de su fe, sufriendo severas quemaduras. Tal pasaje pertenece a la estampa moral trazada por el recopilador; nada zanja acerca de su intervención material en los hechos ni sobre la veracidad del cuádruple alegato de inocencia. La causa quedó sellada con la sentencia y el cadalso, mientras que el sumario compilado por Borrow ofrece al lector los materiales contradictorios sobre los que hubieron de fallar los jurados.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra efectuada mediante agente de IA del extracto OCR local acotado, desde el epígrafe «The Ashcrofts, and Holdem» hasta el párrafo final consagrado al anciano Ashcroft (líneas 14032–14567 del tomo OCR), con anterioridad al encabezamiento «Charles Rennett». El capítulo da cuenta de la vista del 5 de septiembre de 1817, el veredicto y la ejecución fijada el 8 de septiembre. No se han consultado el volumen completo, su edición facsimilar ni las piezas originales de los autos. Borrow no describe los acontecimientos de manera aséptica: las apreciaciones sobre la culpabilidad y la catadura moral de los procesados dimanan del juicio propio del compilador.

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