A finales de enero de 1899, comparecía ante la Audiencia de lo Criminal del Sena una mujer bajo el apellido Dumortier, si bien la reseña judicial la designaba asimismo como Pesnel, su patronímico de nacimiento. Reconocía haber rubricado con nombres ajenos un contrato de matrimonio y su subsiguiente rectificación. En lo tocante a los valores reclamados por su cónyuge, sostenía que este se los había confiado de grado. Entre ambas versiones, una supuesta viuda, un desposorio londinense y un poder general habían preparado el terreno de una causa donde la firma habría de revelar más que el propio nombre.
La primera crónica, fechada en París el 23 de enero, da inicio con el proceso en curso. La acusada cuenta treinta y siete años de edad. Se la nombra como «la mujer Pesnel, esposa Dumortier» y el artículo le imputa cuatro clases de delitos: falsedad documental, hurto, estafa y bigamia. La Gazette repara con detenimiento en su indumentaria y en su sonrisa; mirada de cronista que atañe a la estampa de prensa y no a una prueba de culpabilidad. Para desentrañar las acusaciones, el diario se remonta a los enlaces y separaciones que precedieron a su encuentro con el señor Casse.
Pesnel había contraído nupcias con Dumortier el 5 de mayo de 1883. Tratábase, a decir del articulista, de su tercer matrimonio. En mayo de 1885, el tribunal decretó la separación de cuerpos y bienes, la cual jamás se convirtió en divorcio. La Gazette no reproduce aquí las partidas del registro civil ni los fallos de sus uniones anteriores; se limita a consignar una separación y la falta de divorcio, pormenores que arrojan luz sobre la ulterior acusación de bigamia sin transcribir su examen jurídico.
Tras extinguir una condena de prisión —la crónica puntualiza que había purgado, entre otras, una pena de tres años por hurto—, un pariente al frente de una agencia matrimonial le hizo saber que un viudo de cincuenta y dos años, el señor Casse, pretendía contraer segundas nupcias. La mujer le dirigió misiva presentándose bajo un nombre de mayor lustre: Jeanne André, viuda Henry de Mortaert. Afirmaba poseer una finca urbana en el número 5 de la Cité d’Hauteville, amén de cerca de doscientos mil francos depositados en el Banco de Inglaterra.
El señor Casse acudió a la cita. El inmueble existía de veras y pertenecía a cierta señora André; según el testimonio de aquel, la presunta viuda recabó de la propietaria permiso para que él pudiera visitarlo, hurtándole la estratagema. La crónica no permite conocer cuántas palabras se cruzaron durante aquellas visitas. Se limita a referir que los encuentros se sucedieron y que el caballero, ya seducido por el proyecto nupcial, dio entero crédito a los caudales anunciados.
Los esponsales se prolongaron. La mujer Dumortier se ausentó durante varios meses aduciendo quebrantos de salud que exigían mudar de aires. Durante su ausencia, Casse le escribía ignorando, según se reveló durante el sumario, que ella había dado a luz a dos gemelos. El periódico no consigna sus nombres ni su suerte; quedan en el relato como el hecho descubierto a posteriori, que torna aún más singular la identidad ya forjada para el futuro enlace.
De vuelta en París, hizo redactar por el notario de Casse unas capitulaciones matrimoniales donde constaban sus pretendidas aportaciones. El fedatario advirtió que un crédito atribuido a Casse se hallaba tasado en exceso y le aconsejó una escritura de rectificación. La contrayente firmó ambos instrumentos como Jeanne André, viuda Henry de Mortaert. No fue, pues, mera declaración ante el pretendiente: el nombre supuesto quedó asentado en documentos extendidos por un oficial público y en su subsiguiente subsanación.
Alegó luego la mujer la posible oposición de una tía y partió con Casse rumbo a Londres. Allí celebraron matrimonio civil ante el oficial del distrito de Strand. En el juicio, admitió las firmas falsas estampadas en el contrato y en la rectificación, mas sostuvo que «Dumortier» se pronunciaba a la inglesa como «de Mortaert». Al inquirirle el presidente del tribunal si acaso «Jeanne André» podía ser la pronunciación inglesa de «Pesnel», refiere el diario que sonrió sin pronunciar palabra.
La ceremonia de Londres constituía el segundo nudo de la causa. La procesada afirmó haber creído, por haberlo oído a un fiscal en otro proceso, que los matrimonios contraídos en Inglaterra carecían de toda validez. Añadió que el acto se había verificado en un comedor y que vestía traje de calle. Tales fueron sus descargos ante la sala; la crónica no reproduce acta inglesa alguna ni análisis del derecho aplicable. El hecho impreso estriba en que se celebró un matrimonio ante el oficial civil de Strand, mientras que la separación anterior con Dumortier no se había convertido en divorcio.
El periódico atribuye a la acusación una serie de maniobras financieras iniciadas tras el desposorio. La mujer habría obtenido dinero, puesto en circulación efectos bajo el nombre de Mortaert y logrado que fuesen endosados por su marido y por banqueros, antes de adueñarse de los fondos. Habríase apoderado luego de valores pertenecientes a Casse y al hijo de este, habido de un primer matrimonio, obtenido un poder general y hecho suscribir un recibo de finiquito por ciento setenta mil francos sin desembolsar dicha suma. Trátase aquí de la relación judicial estampada por la Gazette, y no de una reconstrucción efectuada a partir de cuentas bancarias o de las piezas de convicción de la causa.
La encausada rechazaba la calificación de hurto. Aseguraba que su cónyuge le había hecho entrega de los títulos confiriéndole plenas facultades para disponer de toda su fortuna. El mismo poder que para la acusación constituía un instrumento de despojo tornábase, en su defensa, en la autorización que legitimaba las entregas. El diario no ofrece el texto íntegro del poder ni el detalle pormenorizado de cada uno de los valores. Da cuenta, en cambio, de que Casse se había endeudado para atender a las demandas de ella, y de que una carta anónima precipitó su querella.
En su declaración, Casse relató que había conocido a su futura consorte tras un encuentro fallido en el Grand-Hôtel. Ella le había ponderado una herencia habida bajo el apellido André y lo había conducido a ver la finca de la Cité d’Hauteville. Describió luego una estancia en Londres: a instancias de ella, escribió a su tía para retirar los valores de su caja y custodiarlos en otro lugar, indicando en la misiva la clave que franqueaba el acceso. Hizo entrega del pliego a la mujer para que lo echara al correo; según su dicho, ella lo retuvo, regresó a Francia, tomó los valores, los mandó vender y volvió a Londres al día siguiente.
Al término de esta primera sesión, comparecieron el notario Colleau y otros testigos; la vista debía reanudarse al día siguiente. El número del 25 de enero resume la sesión del 24 e informa del desenlace del litigio, haciendo constar que varios testigos prestaron declaración. No reproduce la totalidad de las declaraciones ni los informes de conclusiones; no nos es lícito, por ende, suplir sus extractos con frases o escenas conjeturales.
Entre dichos testigos, la propietaria señora André declaró haber sido embaucada por la acusada. Había franqueado la entrada a su finca sin sospechar los designios que a esta se atribuían. Agrega el cronista que las declaraciones de descargo no alteraron los hechos imputados por la acusación, mas no ofrece pormenores al respecto. El fiscal Fournier solicitó del jurado un veredicto de culpabilidad; el letrado Lévy-Alvarès asumió la defensa. La Gazette no reproduce los informes de las partes ni las preguntas sometidas al jurado.
La mujer Dumortier fue condenada a cinco años de trabajos forzados y a cien francos de multa. La crónica no especifica, en este sumario final, el pronunciamiento de los jurados sobre cada una de las imputaciones de falsedad documental, hurto, estafa y bigamia; temerario sería, por tanto, atribuir una declaración de culpabilidad individualizada para cada cargo. La pena marca el punto final que el periódico asigna al proceso. Nada dice sobre el destino ulterior de los caudales de Casse, de los gemelos ni de los otros matrimonios de la condenada.
En el origen del caso, una supuesta viuda había hecho ostentación de un inmueble que no le pertenecía y de unos ahorros depositados en Londres. Las actas matrimoniales fijaron después aquel nombre fingido sobre el papel, mientras Casse firmaba, contraía deudas y entregaba valores llevado de la confianza que profesaba a su prometida. Ante el tribunal, Pesnel admitió las firmas apócrifas, negó los hurtos y esgrimió el poder general; la dueña de la finca denunció el ardid del que su propiedad había servido de instrumento. La Gazette pone término a la crónica con una condena, sin conservar el tenor íntegro de la sentencia. Certeza palmaria en sus columnas es que aquella confianza se había urdido al amparo de múltiples nombres y documentos cuyas firmas, al menos, sí podían ser cotejadas.
Nota documental
Relato basado en la crónica judicial de la audiencia del 23 de enero, impresa en la pág. 78 del número correspondiente al 23–24 de enero de 1899, y en el sumario del 24 de enero, publicado en la pág. 83 de la Gazette des Tribunaux del 25 de enero. El periódico resume el veredicto sin desglosar las respuestas del jurado a cada uno de los cargos de la acusación; la condena se expone sin añadidos conjeturales.
