El 2 de agosto de 1827, el señor Ador subió a la alcoba de Bertet para rubricar los registros de aduanas. Tomó asiento y estampó una primera firma. En el momento preciso en que se disponía a trazar la segunda, Bertet le descerrajó un tiro. Al estrépito de la detonación acudieron los operarios, que derribaron la puerta cerrada y se abalanzaron para arrebatar el arma al inspector. Ador aún respiraba; toda la solicitud se volcó en él. Fue entonces cuando Bertet, mientras los hombres pugnaban por salvar a Ador, se dio muerte con otra arma. En la estancia, el atentado truncó una escena cotidiana de trabajo y sacó a la luz legajos largamente preparados.
La fábrica de productos químicos de Vaugirard pertenecía a los señores Ador y Bonnaire. La administración de aduanas había destacado en ella a dos empleados con la encomienda de fiscalizar la descomposición de la sal obtenida en franquicia arancelaria. Bertet desempeñaba este cometido desde hacía unos tres años. Champagnac lo describe como un hombre áspero, sombrío y retraído; los directores del establecimiento se habían quejado de su conducta ante el director de aduanas solicitando su relevo, mas sin obtenerlo.
Aquella mañana, Ador había comparecido hacia las siete. Se aprestaba a marchar, conforme a su costumbre, a casa de su padre en Issy. En el patio conversaba afablemente con el contramaestre y varios trabajadores. Bertet se acercó para rogarle que firmase unos registros. Ador accedió sin vacilar y lo siguió hasta la habitación donde se custodiaban los documentos. Se sentó para firmar. Un disparo le acertó por la espalda; la bala le atravesó el cuerpo.
El estampido y los gritos atrajeron a los obreros congregados en el patio. Hallaron la puerta trancada, tal como Bertet acostumbraba a cerrarla a sus espaldas, y hubieron de descerrajarla. Un operario penetró el primero y divisó a Ador debatiéndose con su agresor, quien aún empuñaba la pistola enfilándola hacia él. Golpeó a Bertet en el brazo, le hizo soltar el arma y lo derribó. Otros hombres corrieron hacia el herido. Quisieron abrir la ventana para procurarle aire; mas se hallaba claveteada de antemano.
Los testigos abrigaban todavía la esperanza de salvar a Ador. Bertet, tendido en el suelo, contemplaba cuanto acontecía sin turbación aparente. Un obrero devoto de su patrón le increpó por arrebatarles el pan. Bertet replicó con frialdad que peor para ellos. Cuando le advirtieron que la justicia intervendría para vengar el agravio, manifestó no temerla. Tales palabras, recogidas por Champagnac, conferían a la escena una aspereza singular: la víctima agonizaba aún, los sirvientes se afanaban en torno a ella, y quien la había herido no mostraba la menor inquietud por su suerte.
Instantes después resonó un segundo disparo. Bertet se había valido de la confusión para arrastrarse hasta el zócalo de un aparador y empuñar otra arma. Acababa de quitarse la vida. En ese mismo trance, Ador exhalaba el último suspiro. Llegaron el comisario de policía y un sargento de la gendarmería; de inmediato se ordenaron pesquisas en la estancia y en el mueble.
Se descubrieron en él cuatro pistolas más, todas cargadas, amén de un fusil, pólvora y proyectiles. Los pesquisidores se incautaron asimismo de diversos papeles. Treinta y dos piezas, dispuestas juntas sobre un estante, estaban dirigidas al procurador general, debidamente foliadas y rubricadas. Sus epígrafes —«mis últimas reflexiones», «mis últimos suspiros»— les otorgaban la apariencia de un legajo meticulosamente ordenado. Bertet refería en ellos que se creía víctima de un envenenamiento acaecido años atrás y detallaba los remedios que aseguraba haber ingerido desde entonces. Aseveraba conservar el pleno dominio de sí y no hallarse en un estado de exaltación mental.
En otros pliegos consignaba que requería cuatro víctimas y señalaba a dos directores de la fábrica, a una mujer avecindada en el recinto y a una antigua asistenta. Exponía que, de no poder arremeter más que contra una sola persona, encomendaba a la justicia el cuidado del resto. Determinadas hojas daban cuenta de un apaciguamiento de sus dolores y de una postergación de su venganza; otras anunciaban el recrudecimiento de sus padecimientos y de sus propósitos. El lector descubre estos pensamientos no a título de explicación fidedigna de los hechos, sino como declaraciones registradas por el propio Bertet con anterioridad al atentado.
Había redactado asimismo la descripción del monumento fúnebre que pretendía erigir a una de sus víctimas, así como las disposiciones de su propio cortejo sepulcral. Imaginaba a las personas por él designadas portando su féretro para ser arrojadas a su fosa tras él en caso de haber sobrevivido. Semejantes proyectos confieren a los papeles una dimensión de siniestra anticipación, mas no acreditan que hubiese acometido con anterioridad a ninguno de los individuos señalados. El 2 de agosto, el atentado fulminó a Ador; los demás destinatarios de su encono epistolar no figuraron como víctimas de la jornada.
Un último documento coronaba el legajo, fechado en el mismo día y dirigido al procurador general. Se halló también un duplicado de su testamento oculto bajo las axilas del cadáver de Bertet. Afirmaba en él que su hora había sonado y que arrastraría al menos a una de sus víctimas consigo a la tumba. La presencia de estos escritos, dispuestos y ordenados en una tabla, ponía de manifiesto una premeditación en las palabras que se dirigía a sí mismo; mas no aportaba por ello un móvil inteligible respecto a las personas que había elegido.
Champagnac apunta que Bertet profesaba sus devociones con celo. Se postraba en los templos, desgranaba oraciones y había tapizado los muros de su cuarto con estampas de santos. El contraste entre tales prácticas y el atentado mueve al autor a conjeturar un trastorno de las facultades y una «monomanía». Trátase de las categorías psiquiátricas de un cronista de 1833, de ningún modo de un diagnóstico moderno que quepa dar por demostrado. Los pliegos de Bertet aseveran que se creyó envenenado; no se aporta prueba alguna de que en verdad lo hubiera sido.
Al día siguiente del crimen, el barbero que afeitaba a Bertet se personó ante el comisario y dio cuenta de una conversación sobre la violencia potencial que entrañaba el acto de degollar a un hombre durante el rasurado. El capítulo cita este testimonio como indicio de una inquietud retrospectiva; no lo transmuta en prueba de que se hubiese perpetrado o urdido otro delito. Queda como la advertencia de un testigo que, tras la muerte de Bertet y la agresión sufrida por Ador, interpretaba bajo otra luz unas palabras escuchadas días antes.
Subsistía asimismo una contradicción en la trayectoria postrera de Bertet. A tenor de sus papeles, en reiteradas ocasiones había maquinado designios contra los directores y otras personas. Sin embargo, su sueldo acababa de ser incrementado en cuatrocientos francos a partir del 1 de agosto. Había girado igualmente una visita al director de aduanas para manifestarle su gratitud; la crónica no fija con exactitud la fecha de dicho encuentro. En sus escritos pretendía haber acudido a su presencia con la intención de matarlo, si bien hubo de aplazar el plan tras toparse con varias personas. Tal relato retrospectivo emanaba del propio Bertet; el reciente aumento de sus emolumentos mal se aviene con la imagen esquemática de un subalterno impelido por el resentimiento hacia su condición.
La narración se detiene en los documentos incautados y en las explicaciones que Champagnac procura deducir de ellos. No consigna proceso alguno contra ningún superviviente ni resolución judicial pronunciada tras el fallecimiento de Bertet, que pereció por su propia mano en la estancia. Ador, por su parte, sucumbió a la herida. Los papeles anunciaban cuatro víctimas y una venganza, mas el suceso conocido en la fábrica no se cobró sino una: el propietario a quien Bertet había atraído con el pretexto de las firmas. Entre las señales de una minuciosa preparación y la ausencia de un motivo inteligible, la crónica no resuelve el enigma; muestra tan solo a los obreros descubriendo, tras una puerta clausurada, el desenlace de un designio cuyos papeles habían permanecido en la sombra.
