El billete de Brotterode
En la mañana del 15 de septiembre de 1847, un desconocido se presentó en el domicilio de Jeremias Rosenblatt, tratante judío de Barchfeld, y entregó a su esposa una carta abierta. La leyó en voz alta. Cierto Simon Lesser, de Brotterode, aseguraba desear la venta de una vaca y requería a Rosenblatt para que acudiese a solas, al punto de las seis de la mañana siguiente, con el fin de ultimar el trato antes de su partida para la feria de Fráncfort. El emisario porfió: ningún acompañante, ningún retraso. La invitación era una celada. Condujo, empero, a Rosenblatt hacia una vereda montuosa donde fue muerto y expoliado.
Rosenblatt partió antes de las cuatro de la madrugada del 16 de septiembre, provisto de los fondos de que disponía, entre veinte y veintitrés táleros. El sendero cruzaba la Bergwiese, un raso contiguo al Lautenberg, a tres cuartos de hora de Brotterode. Entre las seis y las siete de la mañana, se escuchó una detonación. Su cadáver fue hallado a corta distancia de la vereda, con los bolsillos despojados y la misiva intacta en el bolsillo del chaleco. Los peritos forenses apreciaron heridas producidas por proyectil de fuego, traumatismos contundentes y arma blanca. La conclusión era inapelable en un punto: el deceso no admitía la hipótesis del suicidio.
La carta dio principio a la pesquisa. Simon Lesser negó de plano haberla redactado y aseguró no haber proyectado venta alguna de ganado ni concertado cita. El pliego rojizo y la tinta mortecina guardaban estrecha semejanza con los que un ventero de Liebenstein había observado en posesión de Johann Valentin Jüng. Los peritos calígrafos atribuyeron el escrito a Jüng. Un testigo, Joseph Lazarus Schwarz, afirmó haber tropezado con él camino de Barchfeld y haber leído el papel; otros lo habían oído inquirir por la morada de Rosenblatt. La viuda y el hijo menor reconocieron en su persona al emisario matinal.
Jüng terminó por confesar que había redactado un escrito la mañana del 15 de septiembre en la posada de Kaspar Reich, en Liebenstein. Lo había doblado sin lacrar, emprendiendo luego la marcha hacia Barchfeld. Reich aportó pliegos de muestra y restos de tinta: el formato, el tono rojizo del papel y la palidez del fluido concordaban con el billete falso. El cotejo no descansaba, por ende, en la sola memoria de la cónyuge; el soporte material y el rasgo unían el mensaje a una etapa precisa del itinerario de Jüng.
Jüng negó en un principio haber franqueado el umbral de Rosenblatt. Careado con los testigos, convino en haber estado allí, pero alegó que un carretero le había encomendado preguntar por una res. Semejante descargo no explicaba la usurpación del nombre de Lesser ni la insistente exigencia de que Rosenblatt compareciera a solas. La investigación escudriñó asimismo las jornadas previas. Jüng había vagado entre varias aldeas, merodeando a menudo por el raso boscoso y el camino que habría de hollar la víctima. Decía andar en busca de tabaco o procurarse informes sobre reses; diversas versiones suyas quedaron desmentidas.
Los jueces instructores averiguaron que Rosenblatt acaso no constituyera su primera presa. El 13 de septiembre, Jüng habría instado a unos conocidos a hacer comparecer en Brotterode a Abraham Wolfermann, otro tratante de Barchfeld, so pretexto de que allí se despachaban vacas. El hombre acudió al día siguiente debidamente acompañado, y Jüng llegó con excesiva demora para cruzarse con él. El 14, habría solicitado a Simon Lesser que transmitiera un recado a Rosenblatt; Lesser no llegó a cursarlo. Sólo al día siguiente redactó Jüng de su propio puño el falso billete y lo llevó en persona a la morada. Tales tentativas previas otorgaban un sentido inequívoco a sus idas y venidas: el encuentro del alba no había surgido de un azar ciego, sino tras dos citas frustradas.
La cuestión pecuniaria resultaba medular. Jüng había abandonado su hogar a comienzos de septiembre en la más absoluta indigencia. Tomó prestados unos pocos groschen para el camino, empeñando luego sus ropas y un sayo para allegar un módico anticipo. Debía cerca de cien táleros y había empeñado su palabra ante un acreedor de abonar antes del 15 o del 18 de septiembre. A su regreso a casa, poco después de las siete de la mañana del crimen, pareció disponer de golpe de unos veintidós táleros y medio. El caudal comprendía tres táleros dobles, diez piezas de florín y un kronenthaler, especies monetarias que coincidían con las que Rosenblatt portaba consigo.
Jüng satisfizo al punto deudas de arriendo e impuestos, adquirió cereal y reintegró al día siguiente su débito al prestamista. Al ser prendido a su regreso, apenas le restaba un tálero. Los pesquisas cotejaron aquellos desembolsos con el dinero expoliado. La concomitancia robustecía la acusación, si bien no equivalía a una prueba testifical directa: nadie había presenciado el homicidio ni la sustracción de las monedas.
Los desplazamientos nocturnos y matinales de Jüng añadieron nuevas contradicciones. Cruzó por Brotterode la víspera por la noche sin recogerse en su casa, justificando luego haber pernoctado en un pajar y reconocido sus sembrados. A su vuelta, soslayó el camino más directo y mostró ademanes presurosos. Declaró a un testigo que procedía del Inselsberg, para luego afirmar ante su esposa que arribaba de Tabarz. Sostuvo haber lavado su calzado. Restaban manchas hemáticas en sus ropajes, señaladamente en un capote que había llevado al hombro en lugar de vestir, así como en el interior de un cuchillo. Pretendió de inicio atribuir las trazas a su oficio de carnicero, antes de retractarse de parte de sus aseveraciones.
Las pesquisas examinaron también los posibles instrumentos del delito. Varios vecinos habían visto a Jüng portar un arma envuelta en paños los días anteriores a la muerte. En su morada se halló pólvora. Disponía asimismo de un grueso garrote y de un cuchillo; negó primero haber llevado consigo el leño, para admitir luego que su primera relación era falsa. Las piezas se correspondían con las clases de traumatismos descritas por los cirujanos. El arma de fuego en sí no pudo ser recuperada. El cúmulo de indicios se trababa así por convergencia: la carta mendaz, la presencia de Jüng en los caminos, su penuria previa, el repentino caudal, las máculas de los vestidos y los aperos que había tenido en su poder.
El 10 de diciembre de 1849, concluido el juicio ante el tribunal del jurado, Jüng fue declarado culpable de robo con homicidio y condenado por el tribunal de Rotenburg a la pena de trabajos forzados a perpetuidad, fallo que devino firme en última instancia. El jurado juzgó bastantes las presunciones para fundar la culpabilidad, desestimando sus descargos relativos a los viajes, la hacienda y las ropas. La crónica consigna que la pena capital no podía imponerse por entonces en Hesse a falta de confesión o testimonio directo de vista; apunta asimismo, con mesura, que los derechos fundamentales alemanes, que la habían abolido, podían reputarse aún aplicables al pronunciarse el fallo. No ofrece, pues, un motivo único para la pena impuesta. Jüng fue trasladado a la casa de reclusión de Marburgo.
Once años después de la misiva, el 15 de septiembre de 1858, aniversario del día en que la hubo entregado en casa de Rosenblatt, Jüng recibió los auxilios espirituales en el presidio. Manifestó ante varios testigos: «Sí, yo lo hice». El 28 de octubre, postrado por la enfermedad, rindió confesión circunstanciada ante la autoridad judicial. Reconoció haber redactado y entregado la esquela, aguardado a Rosenblatt en las inmediaciones de la Bergwiese y habérsele arrojado encima para privarlo de la vida y despojarlo. Describió los golpes y el desfalco de unos veintitrés táleros. Aquella declaración tardía corroboraba el relato de la acusación pública, pero no reabrió la causa: con arreglo a los preceptos procesales de la época, no había lugar a la revisión de la condena.
Aquel papel había arrancado a Rosenblatt de su hogar para conducirlo a un claro del bosque a la hora señalada por su matador. Durante dos años, aquel escrito, el numerario y los embustes de Jüng sostuvieron un veredicto huérfano de confesión. Mas cuando el reconocimiento de culpa sobrevino por fin, el derecho constituido no permitía fundar en él una nueva sentencia. Los jueces habían cerrado el castigo; la confesión postrera no podía desandar el sendero al que había empujado a su víctima.
