La carta que encerró a una duquesa
Una carta dirigida a Juan Casimiro de Sajonia-Coburgo por el cortesano Ulrich von Lichtenstein describía los juegos, los encuentros clandestinos y la aventura amorosa que había mantenido con la duquesa Ana, consorte del soberano. El escándalo estalló en octubre de 1593; desembocó en dos procesos paralelos, en el divorcio y, finalmente, en una condena capital conmutada por prisión perpetua. Ana pasó casi veinte años recluida y murió el 27 de enero de 1613. La crónica publicada en 1861 conserva confesiones atribuidas a ambos amantes y fragmentos de dicha misiva, pero las motivaciones que les imputa deben distinguirse con rigor de los hechos procesales fechados en sus páginas.
Ana era hija de Augusto, elector de Sajonia, y de Ana de Dinamarca. Nacida en Dresde en 1567, fue prometida en 1584 a Juan Casimiro, duque de Sajonia-Coburgo, con quien contrajo matrimonio en 1586. Su padre falleció poco después de que ella abandonase Dresde. La joven duquesa pasó de una corte bulliciosa a la de Coburgo, más reducida y austera. La crónica retrata una unión conyugal difícil y carente de descendencia; circunstancia que brindaría al primer artífice de la trama el pretexto idóneo para aproximarse a Ana.
En 1590 compareció en la corte un aventurero italiano que respondía al nombre de Hieronymus Scotus. Entretenía al duque con trucos de prestidigitación y aseguraba dominar las ciencias ocultas, a las que el propio Juan Casimiro destinaba caudales. Scotus prometió a Ana, ansiosa por concebir un heredero, un remedio infalible para alcanzar la fecundidad. Según las declaraciones que la crónica le atribuye, la invitó a su estancia con la excusa de mostrarle una suerte de naipes, colocó sobre su mano una cruz de papel tachonada de signos cabalísticos y un alambre de hierro, y pronunció después palabras ininteligibles para ella. Denominó a aquel filamento una atadura que la uniría a su persona. Este proceder, narrado como una práctica mágica tanto por los protagonistas como por el cronista, constituyó ante todo el ardid mediante el cual Scotus se ganó la confianza de la duquesa.
La fuente le imputa asimismo palabras más inquietantes: habría profetizado que Ana moriría antes que su esposo y asegurado que poseía el poder de causar la muerte del duque si ella así lo requería. Nada en el relato acredita que se tramara o ejecutara conjura alguna contra Juan Casimiro. Scotus terminó por abandonar la corte, mas, antes de su partida, propició el acercamiento entre Ana y Lichtenstein, un gentilhombre al servicio del soberano.
Lichtenstein dejó tras de sí una carta dirigida al duque ultrajado, de la cual la crónica transcribe extensos pasajes. En ella admitía que Scotus lo había conducido ante Ana y entrelazado sus manos; aseguraba haber abandonado la estancia en un primer momento, para luego ceder a las solicitudes de la duquesa. Relataba que los juegos de cartas derivaron en caricias íntimas, y que Ana mandaba llamarlo al amanecer, aprovechando las ausencias de su esposo. Durante una estancia en Eisfeld, afirmaba él, ella le propuso acudir a su alcoba mientras el duque participaba en una cacería. Sostenía haber vacilado antes de franquear la puerta. La epístola procuraba atenuar la responsabilidad de su autor, pero contenía asimismo admisiones precisas sobre sus propias decisiones y sobre las citas consumadas. Lichtenstein aseveraba haber fingido durante mucho tiempo no comprender las insinuaciones de Ana e incluso haberse quejado de tales requerimientos ante sus allegados; no obstante, reconocía haber terminado participando de lleno en las lides de la seducción. Durante un viaje en carruaje en el que escoltaba al matrimonio ducal, afirmó que la duquesa le manifestó sin ambages sus sentimientos. En Eisfeld, sus vacilaciones y su resolución final de presentarse mientras el duque cazaba ya no podían atribuirse únicamente a las tretas de Scotus.
Ana reconoció, según las actas consignadas, varios encuentros posteriores al de Eisfeld: en Tenneberg, en Bietorf, junto a una herrería en Eisenach y en la propia Coburgo. Lichtenstein y ella quedaron de este modo vinculados tanto por la misiva como por las declaraciones que la crónica les atribuye. El gentilhombre se vanagloriaba de haber sido prudente; el autor, en cambio, retrata a la duquesa como mucho menos circunspecta e informa de que el secreto llegó a oídos del duque. El nombre del delator no se menciona. Un tercero había salvado para aquellos amantes la temible distancia que mediaba entre la alcoba de la duquesa y el tribunal de su marido.
El 19 de octubre de 1593, Juan Casimiro ordenó el arresto de su esposa y del cortesano. Nombró de inmediato una comisión para interrogarlos. La crónica refiere que ambos confesaron con presteza su relación y que fueron sometidos en lo sucesivo a una custodia más severa. A partir de ese instante, dos vías procesales avanzaron por cauces distintos: el duque solicitó al consistorio la disolución del vínculo matrimonial, mientras que, en paralelo, una instrucción penal debía desembocar en sentencia para ambos encausados.
El 28 de noviembre, Juan Casimiro elevó su petición formal ante el consistorio y relevó a sus integrantes del juramento de fidelidad para que deliberaran con plena libertad. El tribunal fue ampliado con consejeros nobles y eclesiásticos. El 12 de diciembre de 1593, la instancia decretó la separación conyugal. Por su parte, la causa penal concluyó y fue remitida al colegio de juristas de Jena. Este dictaminó la condena a muerte por decapitación para Ana y Lichtenstein. Juan Casimiro conmutó el suplicio por reclusión de por vida. La crónica no reproduce el pormenorizado razonamiento jurídico de Jena; se limita a registrar el veredicto y la decisión soberana que mitigó el castigo.
Lichtenstein fue recluido en la fortaleza de Coburgo, donde el cronista conjetura que halló la muerte, sin precisar la fecha. Ana permaneció allí hasta finales de 1593, cuando fue trasladada a Eisenach. Durante tres años vivió en absoluto aislamiento en el antiguo edificio de aduanas, recibiendo apenas el sustento indispensable. Posteriormente fue conducida al castillo de Callenberg y, en 1596, al convento de Sonnefeld, donde transcurrieron siete años de encierro. En 1603, Juan Casimiro dispuso su regreso a Coburgo y suavizó en cierta medida las condiciones de su encierro: se le permitió recibir compañía de manera ocasional y escuchar cada semana un sermón en su aposento.
A partir de entonces, la crónica describe a una mujer piadosa y resignada; semblanza que responde a la interpretación edificante del narrador y no a diario íntimo alguno escrito por la reclusa. La realidad incuestionable es que jamás recuperó la libertad. El 27 de enero de 1613, tras casi dos decenios de cautiverio, falleció y recibió sepultura en Sonnefeld. Lichtenstein y Ana habían eludido el filo de la espada por gracia del duque, pero aquella conmutación transformó para la desdichada princesa la pena de muerte en una lenta agonía entre rejas.
