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Justicia y escándalos · Inglaterra

Seis voces en torno a Mascal

En Londres, tras los disturbios de junio de 1780, el boticario George Mascal es acusado de haber instigado el incendio de la mansión de Lord Mansfield. Varios testigos describen una presencia, ademanes y palabras contradictorias; tras siete horas de vista, el jurado lo declara absuelto.

A las diez de la mañana del viernes 2 de junio de 1780, millares de peticionarios se congregaron en St George’s Fields. Acudían a exigir la derogación de una ley que había concedido ciertos derechos civiles a los católicos ingleses. Lord George Gordon, parlamentario y hermano del duque de Gordon, había accedido a presentar su petición ante las Cámaras. Frente al Parlamento, la multitud se agolpó a las puertas. Las primeras filas pretendían hacer oír su solicitud; otros impusieron escarapelas azules a los parlamentarios, los obligaron a vitorear «¡Abajo el papismo!» y los zarandearon. Después de que los Comunes rechazaran, por 192 votos contra 6, la moción que reclamaba un examen inmediato del memorial, la congregación se dispersó en partidas que atacaron diversas capillas católicas.

George Mascal no ocupaba aún el centro de esta crónica. Ejercía como boticario en Oxford Street. Fue, sin embargo, su proceso, celebrado un mes más tarde, el que reveló con nitidez lo que la muchedumbre había dejado tras de sí: no una acusación nítida y unívoca, sino ademanes vislumbrados en la distancia, clamores que cada cual atribuía a una figura distinta y una ciudad donde el miedo había vuelto sospechosa cualquier presencia.

La violencia se prolongó durante varios días. El domingo fueron devastadas casas particulares y capillas católicas en Moorfields. El lunes, grupos exaltados la emprendieron contra los hogares de quienes habían sido acusados de denunciarlos o de facilitar detenciones. El martes 6 de junio resultaron asaltadas las puertas de Newgate. Los atacantes exigieron la excarcelación de los presos; ante la negativa del carcelero Matthew Akerman, rompieron ventanas y cancelas, arrojaron muebles contra el edificio y le prendieron fuego. Las llamas alcanzaron la capilla y devoraron luego las celdas. Borrow refiere que cerca de trescientos reclusos lograron salir, entre ellos cuatro condenados a muerte.

Esa misma noche, la residencia de Lord Mansfield en Bloomsbury Square fue saqueada e incendiada. Entre los enseres arrojados al arroyo figuraban los volúmenes de su biblioteca jurídica, manuscritos y documentos de valor inestimable. Los soldados intervinieron; varios vecinos resultaron muertos o heridos. Al amanecer, las tiendas permanecían cerradas y las calzadas conservaban los estigmas de los incendios. La crónica de Borrow consigna un cómputo oficial de muertos y heridos, al tiempo que reconoce la imposibilidad de censar a quienes perecieron sepultados bajo las ruinas o tras haber ingerido los alcoholes derramados de una destilería en llamas.

Mascal fue procesado bajo el cargo de haber tomado parte en el ataque a la mansión de Mansfield. Durante la vista, Richard Ingram declaró haber llegado a Bloomsbury Square hacia la una y media de la madrugada. Conocía al boticario desde hacía años. Frente a la fachada vio muebles y libros arrojados a la hoguera, al tiempo que hombres, mujeres y niños entraban y salían del inmueble. Mascal permanecía junto a la entrada, con una mano apoyada en el hombro de un muchacho que se disponía a lanzar un volumen a las llamas. Ingram creyó entender que lo alentaba.

El testigo regresó unos quince minutos más tarde. Esta vez, Mascal lucía una escarapela azul. Ingram le comentó que Lord George lograría la derogación de la ley. Mascal replicó con una negativa y tachó acto seguido a Ingram de espía. Varios individuos de la partida empujaron al testigo. La disputa atrajo las miradas de los congregados. Cuando llegaron los soldados, Ingram oyó a Mascal exclamar: «¡Adelante, muchachos!», para luego quitarse el sombrero al grito de «¡Abajo el papismo!». Más tarde se aproximó un pelotón que enarbolaba una bandera azul y preguntó qué rumbo tomar. Ingram creyó escuchar que Mascal respondía: «¡El duque! ¡El duque!». Refirió asimismo unas palabras sobre el Banco de Inglaterra y una suma de un millón. Sus recuerdos situaban al acusado entre el gentío, al alcance del fuego y de las arengas, pero las frases que le atribuía dependían de cuanto hubiese podido percibir en medio del tumulto.

Sir Thomas Mills, que se hallaba en el interior de la mansión de Mansfield, ofreció una estampa distinta. Había escoltado en primer lugar a Lady Mansfield y a otras damas fuera del recinto. Al regresar, el oficial de la guardia le advirtió que no podía intervenir sin la orden de un magistrado. La turba arrastró entonces a Mills hacia la pira. Alguien aseguró que Mascal lo pondría bajo su amparo. Mills fue socorrido y vio después al boticario en medio de los gritos y la devastación. Lo distinguió en la escalinata de la casa, aunque admitió que no podía aseverar haberlo oído hablar ni haberlo visto obrar por su propia mano. «Parecía activo», concluyó.

La defensa solicitó al jurado que supiera distinguir la mera presencia de la complicidad criminal. Mascal admitió haberse personado en la plaza y haber presenciado el fuego, si bien declaró haberlo deplorado hondamente. Apoyó su argumento en su propia respetabilidad: había vivido siempre, dijo, como un hombre establecido y honorable, sin motivo alguno para acaudillar a una cuadrilla de muchachos y carteristas. Cuestionó la credibilidad de Ingram, a quien describió como a un enemigo declarado, e hizo notar que entre el 7 y el 17 de junio aquel hombre no había formulado denuncia alguna en su contra. ¿A qué se debía semejante tardanza? Anunció la comparecencia de testigos capaces de desmentir los hechos que se le imputaban. Seguidamente arremetió contra Mills: en otra ocasión, afirmó, cinco declaraciones juradas habían desmentido el testimonio de dicho declarante. El barón Skinner lo atajó; tal extremo de la defensa resultaba inadmisible. Mascal se vio precisado a ceñirse a la noche de Bloomsbury Square, a su salida de casa hacia la una de la madrugada y a una curiosidad que, según sostuvo, no bastaba para hacer de él un incendiario.

John Cowper, un quesero del vecindario, declaró que se encontraba a escasos pasos de Mascal y que le había oído exclamar: «¡Dios mío! ¡Qué desdicha!», cuando el mobiliario era arrojado a la calle. Cowper no lo vio en ningún momento dirigirse a los amotinados. La señora Wood confirmó que el boticario había lamentado la destrucción de los bienes y que su conducta había sido en todo punto sosegada. John Robinson aseguró haber permanecido más de una hora en la plaza sin ver a Mascal alimentar la hoguera ni parlamentar con la multitud. William Crutch, que había penetrado en la mansión para prestar auxilio, no llegó a divisarlo allí dentro, a pesar de que otros hombres actuaban con frenesí.

Las declaraciones no coincidían en lo tocante al significado de hallarse en aquel lugar. Para Ingram, un gesto, una escarapela y ciertas frases equivalían a instigar el motín. Mills advertía una presencia activa, aunque incapaz de precisar acto material alguno. Los testigos de la defensa retrataban a un espectador dolido por el espectáculo que presenciaba. El proceso no pretendía reconstruir la totalidad de aquella noche londinense; delimitaba la causa en torno a un solo hombre, una mansión devorada por el fuego y un puñado de minutos de los que nadie conservaba el mismo recuerdo.

Mascal confió su hacienda, su honra y su propia vida a la conciencia de los miembros del jurado. La audiencia se prolongó durante siete horas. Los jurados no tuvieron siquiera necesidad de retirarse a deliberar: declararon al acusado no culpable. Estalló de inmediato una salva de aplausos, acallada en el acto por el juez, quien advirtió con severidad que un veredicto jamás debía convertirse en espectáculo. Mascal expresó su gratitud al jurado y al tribunal. El barón Skinner repuso que la corte debía consagrar cuantas horas fueran precisas a la indagación de la verdad, ya condujera esta a la absolución o a la condena.

Este veredicto no suspendió el curso de las demás causas. Borrow enumera a hombres y mujeres condenados por demoler viviendas, saquear propiedades o tomar parte en tumultos, y da cuenta de cómo algunos fueron ajusticiados en las mismas calles donde se habían consumado los delitos. Asimismo, consigna la cifra de cincuenta absoluciones de entre los ochenta y cuatro encausados en Londres y Middlesex. El 10 de julio, una semana después del juicio contra Mascal, Lord Loughborough dirigió una instrucción al gran jurado sobre las revueltas, en la cual deslindaba con firmeza el legítimo derecho de petición de la inadmisible pretensión de imponer una resolución al Parlamento mediante el uso de la fuerza. Los tribunales proseguían su labor; el boticario, libre de cargos, abandonaba para siempre el banquillo de los reos.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La escarapela caída

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Las calles en llamas

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Borrow compendia en un mismo capítulo la concentración del 2 de junio, los incendios subsiguientes y los procesos celebrados en julio. El relato sigue de manera puntual las testificales y la absolución del boticario George Mascal, distinguiendo este desenlace de las condenas a muerte y ejecuciones reseñadas para otros encausados. No se ha consultado ninguna otra fuente histórica.

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