En Queen Square, los primeros arrestos transformaron una escolta en enfrentamiento. Sir Charles Wetherall acababa de llegar a la Mansion House, conducido a través de Bristol bajo abucheos y pedradas. Pocos minutos después de que el recorder y las autoridades hubieran cruzado el umbral, varios special constables se precipitaron sobre la multitud para apresar a quienes habían lanzado proyectiles. Un hombre fue arrastrado al interior, luego otro. Muchos creyeron que se elegía al azar. Camden Pelham, quien relata el episodio en 1891, sitúa en ese instante el momento en que la cólera, hasta entonces meramente ruidosa, mudó de naturaleza.
Wetherall no era un visitante desconocido. Recorder de Bristol, había defendido en el Parlamento posturas opuestas al Reform Bill, que la Cámara de los Lores acababa de rechazar. La ciudad sabía que debía acudir para inaugurar una comisión judicial. Las autoridades temían desórdenes: habían solicitado tropas y juramentado a numerosos agentes especiales. No obstante, ante la inminencia del motín, su presencia no bastó para aplacar los ánimos. Pelham estima que los arrestos practicados en la Mansion House contribuyeron de forma directa al estallido; esta interpretación le pertenece en exclusiva. Los lugares y las decisiones que describe muestran cómo la jornada tomó un cariz que los preparativos no habían logrado impedir.
El 29 de octubre de 1831, el carruaje de cuatro caballos entró por Totterdown hacia las once y media. Los gritos, silbidos y abucheos acompañaron todo el trayecto. Sobre Hill’s Bridge, varias piedras alcanzaron el carruaje; aún se arrojaron más proyectiles en Temple Street y High Street. En Guildhall, la multitud apretó con tanta fuerza los accesos que a Wetherall le costó descender. La sesión se inauguró en medio del tumulto y luego fue aplazada hasta el lunes. Cuando el recorder reapareció para dirigirse a la Mansion House, arreciaron los insultos. En Queen Square, algunas piedras quebraron un farol o un cristal del vehículo, sin herir a Wetherall.
Tras la carga de los constables, varias partidas fueron a buscar garrotes a un almacén de maderas y regresaron a la plaza. Los agentes salieron en bloque; los maderos cayeron, fueron recogidos y retirados. La calma no regresó. A lo largo de la tarde, se rompieron cristales y se arrojaron estacas contra los agentes. Hacia las cuatro, se autorizó a una parte de la guardia a retirarse a sus casas para comer, con la promesa de volver a las seis. El número de defensores menguó precisamente cuando los asaltos a la Mansion House se volvieron más osados.
El alcalde acabó por asomarse y conminó a la muchedumbre a dispersarse. Se lanzaron piedras contra él; una, de gran tamaño, pasó rozándole la cabeza. Se dio lectura al Riot Act, pero la multitud no retrocedió. Al contrario: desarmó a varios constables y los golpeó. Un hombre tuvo que arrojar su propia vara contra las ventanas del alcalde para que le permitieran marcharse; otro buscó refugio en la dársena del puerto y fue rescatado con la ayuda de un bichero. Acto seguido, las puertas de la Mansion House fueron forzadas. Los muebles de la planta baja fueron destrozados; las rejas de hierro y los bordillos arrancados sirvieron como palancas, los árboles jóvenes fueron talados y se aportaron materias inflamables.
Wetherall, disfrazado, logró escapar a través de las propiedades contiguas. Su huida no se conoció hasta la jornada siguiente. Llegaron dos destacamentos de caballería y los constables prendieron a varios hombres, pero desalojar la plaza continuaba siendo imposible. El coronel Brereton hablaba con los paisanos, les pedía que regresaran a sus hogares y recibía vítores. Hacia medianoche, parte de los amotinados se dirigió al Council House y destrozó sus ventanales. La caballería cargó entonces por las calles. Hubo hombres perseguidos y alcanzados por sables; otros se refugiaron en los pasajes de Wine Street y arrojaron piedras. En The Pithay, un soldado alcanzado se revolvió e hizo fuego: un hombre cayó muerto. Las patrullas impidieron luego que la multitud volviera a congregarse durante la noche.
El domingo por la mañana, los habitantes regresaron a Queen Square. Las tropas se retiraron para avituallarse, creyendo conjurado el peligro. Apenas hubieron desaparecido, el saqueo se reanudó en los pisos superiores de la Mansion House: muebles arrojados a la plaza, cajones desvalijados, ropas y vajillas sustraídas o rotas. Las bodegas de vino fueron forzadas. Pelham calcula que una porción considerable de las reservas fue bebida o derramada; describe calles por las que la gente se tambaleaba y cuerpos tendidos en el suelo, si bien sus cuadros dramáticos y sus cifras emanan de su recopilación.
Los 14th Light Dragoons fueron llamados de nuevo ante la lluvia de piedras y ladrillos. Al no hallarse presente ningún magistrado que asumiera la responsabilidad de una respuesta armada, el comandante consideró prudente retirar al regimiento y sustituirlo por los 3rd Dragoon Guards del capitán Warrington. Los primeros jinetes abandonaron la ciudad por el muelle y el puente levadizo; la multitud los siguió hostigándolos. En St Augustine’s Back, los soldados dieron media vuelta y abrieron fuego. Se señalaron más disparos en College Green y cerca de sus acantonamientos, en Boar’s Head Yard. Pelham refiere un muerto y siete u ocho heridos. Entre ellos se hallaba un transeúnte que, según su relato, no participaba en los desórdenes.
Brereton regresó a caballo a la plaza hacia las once. Aseguró que no habría más disparos, que el regimiento 14 abandonaría la ciudad y exhortó una vez más a la multitud a retirarse. Durante la tarde, un individuo trepó a la estatua de Guillermo III, colocó un gorro tricolor en la punta de una pértiga y proclamó «la libertad». Los soldados permanecieron apostados ante la Mansion House. Más tarde, un pequeño grupo se dirigió a Bridewell con mazas obtenidas de una fragua, reventó las puertas y liberó a los reclusos; el presidio fue incendiado hacia las dos.
Una multitud mucho más numerosa enfiló después hacia la New Jail. Las puertas fueron forzadas, los enseres arrojados al New River y más de cien presidiarios liberados, sin contar a los deudores. Hombres y mujeres salieron despojados de sus ropas penitenciarias; algunos se reencontraron con sus allegados en el exterior. Un pañuelo negro se izó en lo alto del edificio y pronto asomó el humo por distintos puntos. La rueda de trabajo forzado de la prisión ardió en primer lugar; la residencia del gobernador y la capilla fueron luego pasto de las llamas. Llegó una veintena de soldados, pero Pelham asegura que la multitud los vitoreó y que partieron casi de inmediato.
Las destrucciones se extendieron a las casetas de peaje y después a la cárcel del condado de Gloucester, en Lawford’s Gate. Hacia la noche, las tres prisiones ardían. Los soldados protegían entonces la Mansion House y el palacio episcopal. En cuanto el destacamento partió a defender el palacio, los incendiarios prendieron fuego a la Mansion House. Las tropas regresaron, mas las llamas ya se habían propagado a los edificios adyacentes, a la Custom House y a las casas de Little King Street. Se atisbó a vecinos en las ventanas antes de precipitarse a la hoguera o saltar al vacío; una mujer falleció poco después en el dispensario. Otros grupos dieron a los habitantes de una calle un breve plazo para salir, tras lo cual rompieron los cristales e incendiaron las casas. Al amanecer del lunes, Queen Square no era más que un amasijo de inmuebles humeantes y muros derruidos.
Las autoridades llamaron de nuevo a los soldados y organizaron una guardia cívica. A requerimiento de los magistrados, la Bristol General Union se concentró; sus miembros patrullaron junto a los vecinos y establecieron retenes en las iglesias iluminadas. Los barcos repicaron sus campanas y se dispusieron cañones, temiéndose un ataque contra el puerto que finalmente no se produjo. Pelham consigna cerca de doscientos arrestos en la semana siguiente, de los cuales muy pocos correspondían a vecinos de Bristol. Estima que el montante de las pérdidas difícilmente podía descender de las 300 000 libras. En cuanto a las víctimas mortales, afirma que se halló un número «apenas inferior a veinte» y conjetura que otros perecieron sin que se conociera su suerte; no se trata de recuentos contrastados de forma independiente.
La comisión especial se constituyó el 2 de enero de 1832. El primer juicio versó sobre la destrucción de la New Jail. Seis hombres comparecieron: William Clarke, Patrick Kearney, James Williams, Daniel Higgs, James Courtney y John Mackay. Se declararon inocentes. La acusación sostuvo que habían tomado parte en el asalto a la cárcel, donde se reventaron las puertas y se destruyó la vivienda del alcaide. Varios testigos declararon haber visto a Clarke con una barra de uña y más tarde con llaves de la prisión en una taberna. Tal fue la prueba presentada en su contra; tras dos días de vistas, el jurado declaró culpables a Clarke, Kearney, Higgs, Courtney y Mackay, mientras que Williams fue absuelto.
Bendall y Sims fueron juzgados por separado por el asalto a la morada del obispo. Pelham señala que se intentó presentar a Sims como retrasado mental; el jurado los declaró culpables a ambos. Christopher Davis fue juzgado a continuación por haber participado en la destrucción de la New Jail. El fiscal lo presentó como un cabecilla al que se vio junto a varios edificios y cerca de la prisión en llamas. Se llamó a testificar y el jurado lo halló culpable al día siguiente. Cinco hombres fueron condenados a muerte: Davis, Clarke, Thomas Gregory, Richard Vines y Joseph Keys. Vines obtuvo una suspensión de la pena la víspera de la ejecución. El 27 de enero, en el recinto en ruinas de la New Jail, Clarke, Davis, Gregory y Keys fueron ahorcados. Los demás condenados a la última pena recibieron una recomendación de clemencia, conmutándose sus castigos por el destierro perpetuo, según Pelham.
Las responsabilidades de los mandos castrenses siguieron otro curso. El consejo de guerra contra Brereton se abrió el 9 de enero bajo cargos de negligencia y falta de energía. Los testigos examinaron sus órdenes, el modo en que los soldados habían dispersado a la muchedumbre y las ocasiones en que el coronel prefirió contemporizar. La instrucción tocaba a su fin cuando, tras una jornada de audiencia, Brereton regresó a su domicilio y se quitó la vida. El proceso concluyó sin veredicto. Periódicos citados por Pelham lo retrataron como un oficial bondadoso, convencido de poder apaciguar a la multitud sin recurrir a las armas; este retrato no borra las censuras expresadas ni la falta de una sentencia judicial.
El proceso militar del capitán Warrington, su subordinado, se celebró por separado. Tres cargos le imputaban en particular haberse demorado en intervenir contra el incendio de la Custom House, no haber transmitido una orden del alcalde y haber dejado a sus hombres desprovistos de dirección personal. Warrington justificó su conducta esgrimiendo la carencia de órdenes y de magistrados dispuestos a autorizarlas. Un oficial declaró que algunos magistrados, presas del pánico, se habían negado a acompañarle a caballo. El tribunal declaró culpable a Warrington y lo sentenció a la expulsión del ejército. El rey admitió la recomendación de clemencia y lo autorizó a disponer de su empleo.
Charles Pinney, el alcalde, fue procesado finalmente ante el Banco del Rey por incumplimiento de sus deberes. Las audiencias recrearon los sucesos de la Mansion House y la huida de Pinney: un testigo declaró haberle ayudado a trepar a las azoteas y luego a salvar un muro. Cierto cruce de declaraciones provocó la hilaridad de la sala antes de que el juez llamara al orden. El jurado lo absolvió. Aquellos procesos no arrojaron una explicación única sobre las tres jornadas. Deslindaron los actos imputados a cada reo, sin emitir sentencia en el caso de Brereton y sin amalgamar la culpabilidad de Warrington con la gracia real.
Pelham refiere asimismo que se instituyó un cuerpo de policía en Bristol, medida que describe como acogida con beneplácito. La ciudad podía reedificar sus inmuebles; los tribunales, por su parte, habían dividido en expedientes lo que la calle amalgamó en el desorden. La cuestión no residía solo en dilucidar quién había arrojado una piedra o prendido una hoguera, sino en qué instante exacto una carga se tornaba falta, y qué podía restituir un veredicto tras la vorágine del fuego.
