En el camino real de Dover, dos hombres registraron a un viajero y no hallaron más que tres farthings, tres cuartos de penique. Arrojaron aquel botín irrisorio. Uno de ellos había poseído una platería, frecuentado los círculos mercantiles y cruzado el Atlántico en repetidas ocasiones. Aquel hombre era Gilbert Langley.
Gilbert Langley abandonó Inglaterra siendo un niño. Su padre, un orfebre católico de Londres, lo había enviado a casa de un abuelo en Derbyshire; su madre, inquieta por verlo tan lejos, lo hizo regresar cuando cumplió siete años. Ingresó en la Charterhouse, donde aprendió humanidades, y partió luego rumbo a Douai. El prior de un colegio benedictino debía instruirlo allí y educarlo en la fe paterna. El muchacho prosperó lo bastante como para ser elegido «rey de clase», a quien correspondía la organización de los festejos escolares.
Durante las vacaciones de Navidad, Langley y tres camaradas salieron de la ciudad para procurarse aguardiente a mejor precio. Un soldado los vio llenar las botellas y avisó a los guardias, quienes los arrestaron con el alcohol escondido bajo las sotanas. Los jóvenes ofrecieron dinero a cambio de su libertad; los oficiales lo rehusaron. Dos franciscanos intervinieron, sosteniendo que los alumnos debían responder ante su superior y no ante las autoridades civiles. El prior impugnó luego la cuantía de la multa exigida. El asunto se resolvió mediante arbitraje, habiendo logrado el prior que la sanción fuera objeto de discusión.
Durante la cuaresma, las comidas de vigilia de la escuela suscitaron otra empresa. Langley y cinco compañeros intentaron forzar la cocina. Los sirvientes los sorprendieron y ambos bandos llegaron a las manos. El prior amenazó con expulsar a los colegiales, pero concedió el perdón a cuantos reconociesen su falta. Brown, que había golpeado dos veces al zapatero que acudió a dar la alarma, fue el único expulsado. Sus compañeros juraron vengarse de un sirviente que los había delatado. Lo aguardaron en la leñera, le cubrieron la cabeza con una capucha y lo azotaron con varas. Habían trancado la puerta para impedirle pedir socorro. Cuando la campana anunció los ejercicios de la tarde, lo abandonaron maltrecho y regresaron a la sala común. El hombre atravesó los claustros gritando que había sido atacado por el demonio.
El padre Howard lo alentaba a proseguir los estudios y lo iniciaba en la lógica. El joven había llegado a comprometerse a ingresar en la comunidad si su padre lo autorizaba. La respuesta llegada de Inglaterra frustró de golpe tal perspectiva: debía regresar. La travesía se prolongó a causa de los vientos contrarios; el navío desembarcó al pasaje en Gravesend en lugar de Dover. Langley había dilapidado su dinero en Calais. Fingió no poseer moneda inglesa alguna a causa de su estancia en el extranjero y obtuvo así el préstamo de otro pasajero. Al día siguiente, llamó a la puerta de su padre.
Su padre le instó a elegir una profesión. Langley mencionó la medicina o el derecho; el orfebre lo recondujo hacia su propio oficio. El hijo asistió primero a una academia en Chancery Lane, pero sus nuevos amigos gastaban más de lo que él recibía para sus gastos de bolsillo. Sustrajo pequeñas sumas de los cajones del taller y, más tarde, algunos fragmentos de oro viejo que malvendió. Cierto día, su padre le confió unas piezas de plata para su entrega. Por el camino, Langley reparó en una mujer que entraba en una tienda y averiguó su paradero. El domingo siguiente, creyendo que su padre se hallaba fuera, tomó siete guineas de tres bolsas y fue a reunirse con ella. Pasaron la noche en la posada.
El padre, que no había ido a la taberna como su hijo imaginaba, lo había seguido. A su regreso, le preguntó dónde había pasado la víspera. Langley respondió que había asistido a la iglesia y cedido luego a las invitaciones de unos conocidos. Su padre sabía que la patraña era falsa y le prohibió sentarse a su mesa hasta que enmendase su conducta. Relegado entre los sirvientes, el joven intimó con una criada. Le compró unos zapatos adornados con lazos de oro con el dinero robado. El padre entró en la estancia justo cuando Langley se los ofrecía; el muchacho inventó al instante que una dama del vecindario le había pedido que custodiara el calzado. Continuó, no obstante, sus tratos con la servidumbre. Una moza afirmó haber quedado encinta por su causa; su padre pagó quince libras para acallar el escándalo y lo acogió de nuevo a su lado.
Al morir el padre, Langley heredó una fortuna y un negocio consolidado. El primer año fue próspero. Luego reaparecieron las viejas compañías y el apego al despilfarro. Un individuo llamado Gray le encargó platería por valor de cien libras, lo invitó a beber y le prometió presentarlo a una rica heredera. Langley entregó los géneros contra una orden de pago librada contra un tratante de vinos; al presentarse a cobrarla, este último se había mudado. La esposa del comerciante le reveló que Gray también había arruinado a su marido. Lejos de abrumarlo, Langley ayudó al matrimonio a obtener una moratoria ante sus acreedores. Buscó después a Gray, pero un desconocido le sonsacó una guinea con la promesa de conducirlo hasta él y desapareció en el acto.
Langley no tardó en verse endeudado a su vez. Sus amigos le aconsejaron el matrimonio. Casó con una joven apellidada Brown, que gozaba de hacienda, y tomó a préstamo cuanto pudo —tanto dinero como joyas— antes de huir con ella a Holanda. Sus acreedores instaron el procedimiento de quiebra. En Róterdam, solicitó la protección de los magistrados, pero estos no se hallaban en sesión. Los acreedores apelaron entonces a lord Chesterfield, embajador en La Haya. Langley eludió a quienes habían descubierto su alojamiento cerca de Róterdam; dejó atrás a su esposa con cuatrocientas libras y se ocultó mudando de escondrijo.
En Róterdam, Langley acabó por entregarse a sus acreedores, mas su esposa se había marchado a Amberes en compañía de un capitán inglés. De vuelta en Inglaterra, compareció ante los comisarios de la quiebra y zarpó después con destino a Barbados y Jamaica. Debía veinte dólares en el puerto de Port Royal y había dejado su baúl como fianza. Un plantador le adelantó el dinero para rescatarlo; Langley adoptó más bien el nombre de Englefield, se enroló como guardiamarina en un buque de guerra y regresó a Inglaterra. En Plymouth cortejó a una doncella con la que bien pudo haber casado, pero alegó un llamamiento urgente de Londres y partió sin formalizar el enlace.
En Londres, un antiguo sirviente de su padre le confió que los acreedores aún no habían liquidado los bienes y que su esposa vivía en el norte. Langley se alojó discretamente en Southwark; pronto fue arrestado en Cheapside por deudas y encerrado en el Poultry Compter. El viejo criado continuó prestándole auxilio. Tras una tentativa de fuga con otros presos, Langley fue trasladado a Newgate. Cayó enfermo; sus amigos saldaron la deuda y lograron su excarcelación. Un capitán que comerciaba con el Levante contempló la idea de enrolarlo en su viaje, pero Langley no estaba dispuesto a partir. Arrestado de nuevo, intentó ahorcarse en una casa de reclusión para deudores regentada por un corchete; la soga cedió. Hallándose ausentes el oficial y su esposa, emborrachó a las dos criadas y escapó. En el Borough trabajó algún tiempo como moledor de pigmentos.
Aceptó después ser deportado bajo contrato de servidumbre a Jamaica. A su llegada, fue vendido al coronel Hill, quien lo empleó como preceptor de sus hijos. Langley huyó a bordo de un barco rumbo a Inglaterra, fue enrolado por la fuerza en la armada nada más desembarcar y desertó en Plymouth junto a otro hombre. De regreso en Londres, firmó un nuevo contrato de transporte, esta vez con destino a Pensilvania. Antes de que el navío abandonara el Támesis, se fugó en compañía de un tejedor de Spitalfields. Se hicieron pasar por refugiados protestantes y alcanzaron Calais. Langley prosiguió luego viaje hacia Lisboa y Málaga. Unos sacerdotes lo condujeron a un convento, donde se le procuró sustento y donde fingió sus convicciones para ser recomendado como paje al servicio de una dama española.
Un devaneo con la sobrina de dicha señora lo forzó a escapar por una ventana. Un sastre irlandés le facilitó el pasaje hacia Gibraltar. Demasiado bajo para ser admitido en el ejército, Langley trabajó en la reparación de los cuarteles y luego como mozo en el trinquete de la guarnición. Sospechoso de espionaje, permaneció más de quince días en un calabozo. Una vez liberado, navegó entre los puertos de España y el norte de África, mudando de amo y de rumbo. En Cádiz se reencontró con un antiguo condiscípulo, Mannock, quien le ofreció dinero, ropa y sustento, y procuró asegurarle un pasaje para Inglaterra. Langley no tardó en perder el libro que su amigo le había prestado; Mannock lo halló a la venta y obtuvo una orden judicial contra la mujer a la que sospechaba de haberlo hurtado. Langley pudo por fin embarcar.
En Londres supo que sus acreedores habían cobrado parte de sus deudas y acarició la esperanza de levantar un modesto negocio. Preguntó a la madre de su esposa dónde encontrarla; la mujer se negó a responderle o a prestarle auxilio. Consumió entonces el escaso peculio que le restaba y emprendió camino a pie hacia Dover junto a Hill, con la esperanza de alcanzar París. Un embargo impedía a las naves zarpar de puerto. Carentes de recursos para emprender el regreso a Londres, los dos hombres asaltaron a un viajero en el camino real. Este no poseía sino tres farthings. Se los arrebataron y los tiraron.
Detenidos el mismo día, fueron juzgados en las asambleas judiciales de Kent y condenados a muerte. El juez conmutó la pena por siete años de deportación penal. Langley fue, por consiguiente, transportado; las tres monedas que había arrebatado a un viajero yacían ya abandonadas en el polvo del camino.
