El sacerdote pregunta a Robert Fielding si toma a esa mujer por esposa. Mary Wandsworth vacila; Fielding le susurra al oído que responda «con todo mi corazón y con toda mi alma». Ella así lo hace. Un anillo es deslizado en su dedo en una alcoba cerrada, ante una celestina y un hombre ataviado con una amplia túnica, gorro de piel y luenga barba. Al día siguiente, Fielding llama a Wandsworth su mujer. Pocas semanas después, contrae matrimonio con la duquesa de Cleveland.
En el Old Bailey, el 4 de diciembre de 1706, Fielding no niega el segundo casamiento. La cuestión estriba en dilucidar si el primero tuvo lugar. La duquesa, Barbara Palmer, es célebre y acaudalada; mas esta audiencia no juzga la disparidad de sus edades ni la dignidad de su cuna. Examina una sucesión de visitas clandestinas, misivas y ritos cuyo sentido impugna Fielding. Si Mary Wandsworth fue su legítima esposa antes que la duquesa, la ley convierte la segunda unión en un crimen.
A decir de Elizabeth Villars, todo se inicia con el nombre de otra mujer. Fielding confiesa estar prendado de la señora Delean y procura acercarse a ella. Oye decir que goza de una cuantiosa fortuna y ruega a Villars que disponga un encuentro. Se traslada hasta su casa de campo, pasea por los jardines y confía en ser visto. La señora Delean se halla tras una ventana; no le concede audiencia. Más adelante, Villars transmite, sin mandato alguno, que la duquesa de Cleveland anhela visitar los jardines. El ardid vuelve a fracasar: la señora Delean asiste a las carreras de Banstead Downs.
Fielding, no obstante, persiste en su cortejo. Cree vislumbrar a la dama en las carreras y le hace llegar un billete. La señora Delean declara no haber visto jamás a Fielding; sus criados recibieron la nota, mas ella había ordenado desestimar toda correspondencia ajena a su propia familia. El abismo entre la mujer a quien él persigue y la que finalmente conducirá al altar se erige en el núcleo mismo del fraude.
Villars relata que terminó por sugerir a Mary Wandsworth que se hiciera pasar por la señora Delean. Wandsworth consiente. Cruces de cartas y obsequios median entre ella y Fielding, quien cree dirigirse a la acaudalada viuda. Villars describe una primera cita al día siguiente del Lord Mayor’s Day: Wandsworth comparece en un carruaje de luto, escucha tañer canciones, bebe vino y degusta pastel de ciruelas antes de marcharse. Por entonces, el pretendiente ignora el engaño. La farsa transmuta a una desconocida en la opulenta heredera con quien ansía desposarse.
El 9 de noviembre, Fielding resuelve culminar la empresa. Wandsworth acude a sus aposentos; él la estrecha entre sus brazos, declara que nada sobre la tierra colmará su dicha salvo un desposorio inmediato y sale en busca de un clérigo. Echa la llave a la estancia y la deja a solas con Villars. Poco después regresa acompañado por un varón a quien los testigos describen como un religioso extranjero. Antes del rito, Wandsworth inquiere cómo cerciorarse de su orden sacerdotal. El hombre extrae pequeños adminículos que presenta como credenciales canónicas. Bendice agua con sal, pide unas ramas de romero y oficia el servicio en latín.
Wandsworth exige que la fórmula de consentimiento mutuo sea pronunciada en lengua inglesa. Fielding responde al punto que la toma por consorte «con todo su corazón». Ella contesta al principio débilmente y luego repite la frase requerida. Una sortija lleva grabada la locución latina «Tibi soli», «a ti solo». La servidumbre permanece apartada durante el acto y regresa luego con el vino y las sábanas. Villars atestigua haber visto a los contrayentes en el mismo lecho aquella noche y las mañanas sucesivas. Al poco tiempo, Fielding se refiere a Wandsworth como a su esposa y la llama «condesa Fielding».
No se trata de una aventura cuyo único misterio radique en la desigualdad de cunas. Fielding persiste en la creencia de desposar a la señora Delean, mientras que las cartas, el sacerdote y el rito acreditan ante la acusación un vínculo formal con Wandsworth. Esta sabe que el pretendiente yerra de persona, mas tolera la consumación del enlace. Villars sostiene que Fielding le encareció guardar el secreto porque la dama temía la cólera de su padre, albacea de parte de su hacienda. Fielding incurre en error de persona y fortuna; Wandsworth, en cambio, participa de la suplantación. En estrados, tan artero engaño no bastará para disolver la validez de la ceremonia.
El segundo matrimonio, con Barbara, duquesa de Cleveland, se celebra el 25 de noviembre, en momentos en que la acusación estima plenamente válido el enlace con Wandsworth. Meses más tarde, al demandar Wandsworth ciertas sumas de dinero, Fielding descubre que carece del patrimonio pregonado. Villars declara entonces que el demandado la mandó llamar, la golpeó con saña y amenazó con rajarle la nariz si no revocaba su deposición. Villars sostiene su testimonio: el testigo a quien él pretende silenciar es precisamente la artífice de la suplantación.
A juicio de Fielding, Villars constituye el testimonio cardinal. La tacha de embustera y resalta que incurrió en contradicción sobre un pormenor: creía que la madre de la señora Delean le cortaba el cabello a esta, cuando se trataba de otra dama. Añade que Villars conoció los rigores de la prisión de Bridewell. Sin embargo, su narración de los esponsales halla confirmación en Bouchier, el lacayo que vio comparecer al sacerdote, acarreó el agua y la sal y constató el nuevo lecho y el anillo. Un orfebre ratifica la venta de la sortija con la leyenda encargada por Fielding; un procurador reconoce el anillo exhibido por Wandsworth ante el tribunal eclesiástico. Tres cartas encendidas de Fielding son leídas en audiencia pública.
Fielding esgrime una postrera defensa: de haber estado Wandsworth previamente casada con Lilly Bradby, no podía convertirse en su legítima cónyuge. Una declarante asevera que la partida de aquel matrimonio obraba en el registro de la cárcel de la Fleet. Con todo, al inspeccionar el libro los delegados del fiscal, no hallan asiento alguno. Afirman haber escudriñado el mes de octubre con celo y advertido un espacio en blanco donde la anotación se incorporó con posterioridad. La testigo explica que una mujer le ofreció dinero para borrar dicho renglón, si bien no puede identificarla con certidumbre. El documento destinado a invalidar las primeras nupcias deviene a su vez sospechoso.
El jurado halla a Fielding culpable de bigamia. En la sesión inmediata, el reo implora el beneficio clerical; la pena corporal queda así en suspenso y la reina concede dispensa para que no le sea marcada la mano al fuego. La duquesa entabla paralelamente su propia demanda de nulidad ante la jurisdicción eclesiástica. En mayo de 1707, el tribunal la declara exenta de todo vínculo conyugal con Fielding y con plena libertad para contraer nuevo matrimonio. Las cartas y el anillo le son restituidos tras su debida protocolización.
La justicia dirime así la realidad del primer matrimonio, aunque el proceso preserve la intriga en su centro: Fielding pretendía unirse a una rica heredera a quien jamás había tratado, y Wandsworth consintió en usurpar su nombre. La causa no se agota en la estampa de un noble burlado ni en la de una fingida esposa que todo lo hubiera fraguado. El sacerdote, los sirvientes, la correspondencia y el anillo brindan a la ceremonia testigos y vestigios; el registro cuestionado, por su parte, recuerda que la prueba jurídica mudaba de faz tan aprisa como las identidades.
