Cuatro consejeros quisieron mitigar la pena del duque de Nemours; Luis XI los destituyó. En la carta que cita Champagnac, el monarca no se limita a discutir una sentencia: sospecha que quienes vacilan a la hora de castigar conspiran ellos mismos contra su persona. El destino de Jacques de Armagnac se dirime en esta desconfianza. Capturado en Carlat antes de ser conducido a París, el duque queda recluido en la Bastilla. La crónica lo muestra en una jaula de hierro, donde el rey habría exigido que se le interrogase, se le diese tormento y se le leyese su sentencia.
La crónica no otorga a este asunto el comienzo inequívoco de una acusación formal. Cita a Voltaire, quien reconoce que se ignora con precisión qué crimen se imputaba a Nemours. Ciertos historiadores, según este pasaje, le atribuían el designio de apoderarse del rey y de hacer matar al delfín. Voltaire juzga inverosímil tal proyecto: el duque, refugiado lejos de la corte, habría tenido que capturar a un soberano dueño de su reino y después suprimir al hijo perdonando la vida al padre.
Lo que el capítulo afirma con mayor nitidez es la hostilidad de Luis XI hacia la casa de Armagnac y el traslado del duque a París. La jaula no servía de mera etapa antes de una audiencia: el rey habría exigido que allí mismo se interrogase al cautivo, se le sometiese a tormento y se le leyese la sentencia. El procedimiento judicial se aproximaba así al hombre en el recinto exacto donde se hallaba privado de libertad.
La designación de los jueces pertenece igualmente al relato del cronista. Luis XI envió a varios de ellos a la Bastilla; Philippe de Commines figuraba en sus filas. Champagnac recuerda el paso de Commines del servicio de la casa de Borgoña al del rey de Francia, y vierte sobre él un severo juicio. El consejero que abandonó Borgoña por el servicio real se halla en adelante entre aquellos a quienes el soberano comisiona para juzgar a su enemigo. El tribunal acude ante el cautivo: este no sale de su prisión para comparecer ante ellos.
Otro rasgo, recogido por Champagnac, ilustra el control ejercido sobre el proceso: el rey habría mudado varias veces los jueces y el lugar de las sesiones. Tras dictarse la sentencia, cuatro consejeros del parlamento, a quienes el relato describe inclinados a moderar la pena, fueron revocados. El cronista presenta por tanto el proceso como una sucesión de decisiones en las cuales la posición misma de los magistrados podía ser alterada, mientras que el desenlace capital permanecía en manos de un poder resuelto a no consentir que su voluntad fuese enmendada.
Tras el fallo, el duque fue confesado en una sala revestida de luto. Champagnac vincula este aparato a las ceremonias fúnebres reservadas a los príncipes condenados y describe como una gracia el permiso de sepultar a Nemours con el sayal de cordelero. El paño negro de la sala y el hábito religioso nada mudan en la naturaleza de la escena: el prisionero al que se había retenido en una jaula, interrogado y martirizado en esa misma jaula, avanzaba hacia la muerte en medio de un ceremonial meticulosamente reglado.
La muerte del padre no pone término, en la crónica, a la desdicha de su linaje. Champagnac refiere el encierro de sus hijos hasta la desaparición de Luis XI y vincula sus padecimientos a una petición elevada a los Estados tras la muerte del rey, en 1483. Transmite asimismo la terrible estampa de los niños situados bajo el patíbulo paterno. Esta escena pertenece al relato retrospectivo que compone; no debe confundirse con el testimonio presencial que él hubiese recogido. Habría de gozar, sin embargo, de una dilatada fortuna literaria.
Casimir Delavigne se apodera de ella en su tragedia Louis XI. Hace hablar al joven Nemours, a quien Commines exhorta a renunciar a su rencor. El personaje responde con el recuerdo del padre, a quien oye caminar, orar y pronunciar el nombre de sus hijos. El teatro confiere aquí voz al dolor familiar; no aporta una prueba inédita al proceso. El cautiverio se ha convertido en una escena concebida para vedar todo perdón.
La carta que el cronista atribuye al monarca tras la revocación de los cuatro consejeros constituye otra pieza de este cuadro. Luis XI se lamenta en ella de que vasallos de la corona hayan querido «tener en tan poco» su persona al mitigar la pena incurrida por lesa majestad. Interpreta su moderación como el indicio de que aún subsisten hombres dispuestos a conjurarse contra él. Anuncia que será preciso purgar la corte y hacer cumplir un estatuto que prohíbe atenuar los castigos en semejantes causas. La epístola, tal como la transcribe Champagnac, transforma así la discrepancia en torno a la condena en sospecha de conjura.
Este documento no basta para reconstruir el sumario judicial; evidencia, no obstante, el lenguaje mediante el cual el soberano justificaba su intervención. A sus ojos, atenuar la sentencia equivalía a poner en riesgo su propia persona. Los cuatro consejeros que habrían deseado moderar el castigo fueron destituidos, y la crónica enlaza su suerte con la determinación regia de hacer imposible la clemencia en los procesos de lesa majestad. El interrogante sobre la culpabilidad de Nemours, que no había recibido respuesta certera al inicio del texto, se ve cercado de este modo por un nuevo problema: ¿qué margen les restaba a los jueces cuando el rey presentaba la piedad como una amenaza contra su propia persona?
El duque fue ajusticiado en 1477. La ruina de su casa se advierte también en el destino de sus posesiones. La Biblioteca Nacional de Francia recuerda que una parte de los libros de la familia de Armagnac fue incautada por Pedro II de Borbón tras dicha ejecución. Los manuscritos pasaban a integrarse en un fondo principesco forjado a base de encargos, herencias, mercedes, pero también de confiscaciones. Lo que la crónica denomina el reparto de los despojos alcanzaba consecuencias hasta en las bibliotecas: los volúmenes mudaban de manos mientras sus antiguos poseedores perdían la libertad o la existencia.
En Moulins, los duques y duquesas de Borbón habían reunido desde el siglo XIV una suntuosa colección. La BnF custodia en la actualidad gran parte de los libros de Moulins, incorporados más tarde a las colecciones reales. Esta historia de los patrimonios no da cuenta del interrogatorio del duque, pero vuelve patente aquello que la condena ponía asimismo en marcha: tras un reo se hallaban una casa, unos linajes y unos bienes por repartir.
Los jueces podían ser relevados, los consejeros depuestos, los hijos retenidos en mazmorras. En la misiva transmitida por Champagnac, Luis XI pretendía ante todo que nadie pudiese aligerar el castigo por lesa majestad. Nemours había alcanzado la gracia de ser sepultado con el sayal de cordelero. La clemencia se detenía en el paño que vestiría el difunto; quienes pretendieron introducirla en el tribunal habían perdido sus prebendas.
