En Logelbach, cerca de Colmar, André Blum trabajaba desde marzo de 1821 en los talleres de la casa Haussman y Jordan. Cuatro años más tarde, el desorden de sus cuentas ya abría una brecha entre él y su patrón. En 1825, el señor Jordan le había dirigido varias reconvenciones por su conducta disoluta y sus deudas. Blum prometía enmendarse, pero volvía a pedir prestado. Para saldar lo que debía, puso en circulación efectos comerciales que llevaban, de forma apócrifa, la firma de su padre Jacob.
Un posadero de Colmar, Édighoffen, recibió un pagaré de 750 francos como pago de una cuenta de 130 francos. Casi al mismo tiempo, Blum entregó a un tal Simon, para saldar una deuda de 360 francos, una letra de cambio por valor de 400 francos. Ambos documentos parecían suscritos por Jacob Blum a la orden de su hijo. Al vencimiento, ambos fueron protestados. El padre negó rotundamente haberlos firmado y declaró que nada le debía a André; añadió además que no era la primera treta de semejante calaña que gastaba su hijo. Interrogado por Jordan, Blum empezó por negarlo todo, para confesar poco después haber fabricado él mismo los efectos mercantiles.
La firma Haussman ya había desembolsado por él más de 800 francos. Jordan resolvió asumir la pérdida y deshacerse de su empleado. Dos obreros, Joseph Grimmer y Louis Vautrin, fueron asignados a Blum para aprender sus funciones y sustituirlo. La decisión hería de muerte tanto su empleo como su reputación en el taller. En abril, confió a un operario que guardaría un odio eterno a quienes lo habían perjudicado ante Jordan y que se vengaría, aunque tuviera que aguardar veinte años. A otro compañero le aseguró, según se dijo, que mataría al hombre que lo había calumniado y que luego se quitaría la vida.
Estas amenazas todavía no señalaban en público a una víctima concreta. Blum, como jefe de taller, tenía a sus órdenes a Joseph Goechlinger, un aprendiz de dieciséis años. Durante el invierno y la primavera de 1826, lo envió a Colmar a comprar tártaro emético. En la narración inicial del texto de origen, el muchacho acudió tres veces a tres boticas distintas y adquirió tres granos en cada una, reuniendo un total de veintisiete granos. Blum se procuró asimismo matarratas. Una mujer a la que había introducido en el obrador colocó el veneno sobre pequeños pedazos de papel en tres puntos distintos; dos o tres días después, Blum recogió los envoltorios. Disponía de este modo de dos sustancias en las que los análisis químicos posteriores demostrarían la presencia de arsénico en diversos preparados.
El 24 de abril, entre las seis y las siete de la mañana, se acercó a Grimmer, que disponía de unos huevos, y le pidió que se los preparara a la manteca negra. Su compañero de faena accedió y le sirvió el plato acompañado de pan. Según el acta de acusación, Blum comió una pequeña porción, espolvoreó sobre el resto un polvo blanquecino y removió la vianda. Acto seguido dejó de comer, aduciendo que estaba demasiado salada, instó a Grimmer a acabársela y abandonó el taller. Se dirigió entonces a Turckheim, donde residía la esposa de Grimmer, para hacerle saber que su marido no regresaría antes de las once o las doce de la noche, y que tal vez ni siquiera volviera.
Grimmer consumió una parte del resto de los huevos. Un fuerte amargor le produjo repugnancia antes de terminarlos, por lo que regresó a su puesto. Cerca de una hora después, lo acometieron violentos cólicos; rompió en sudores y empezó a vomitar. Sus camaradas sospecharon de inmediato que Blum había mezclado alguna ponzoña en el guiso. Le administraron caldo, aceite y leche. Grimmer sobrevivió. La rápida alarma de los obreros, su resolución de actuar sin demora y los auxilios prestados en el mismo taller ocuparían un lugar capital en la causa del ministerio público.
Blum regresó hacia las cinco de la tarde. Increpado por sus compañeros, no negó haber arrojado algo en el plato. Replicó que él mismo había probado de los huevos y que, mientras Grimmer no estuviese muerto, poco le importaba. Luego intentó hacer desaparecer los vestigios: el cronista consigna que restregó los restos por el rostro de una obrera y rompió la cazuela. La justicia tomó cartas en el asunto. Blum huyó y se ocultó en los bosques que circundan Soultz y los municipios aledaños, pero fue aprehendido el 14 de junio en las inmediaciones de Ollwiller. Se le incautó un pequeño trozo de madera torneado en forma de sello y un envoltorio de papel grisáceo que contenía una materia grasa.
Se practicó un segundo registro corporal en la prisión preventiva de Colmar. En un bolsillo de Blum, los pesquisas hallaron un fardo de tela atado con cordel que guardaba un polvo blanco. El análisis químico concluyó que las materias decomisadas contenían arsénico, tanto en unos pedazos de esponja fritos en grasa como en un polvo vegetal azucarado. Durante el juicio oral, tales peritajes se confrontaron con las declaraciones testificales y las negativas de Blum respecto al suceso de los huevos.
Compareció el 18 de noviembre de 1826 ante el tribunal de lo criminal de Colmar, acusado de falsedad en documentos de comercio y envenenamiento. Vestido de luto riguroso, mantuvo, a decir de Champagnac, una actitud firme y casi descarada durante la lectura del auto de acusación y a lo largo de las vistas. Los testigos evocaron asimismo sospechas pretéritas. El doctor Morel declaró hechos susceptibles de hacer temer otras tentativas anteriores; refirió en particular que la propia esposa de Blum habría sido víctima de una de ellas. Tal recelo quedó expuesto en la audiencia, si bien el juicio que nos ocupa se ceñía a las letras falsificadas y al episodio de los huevos.
Pélicier, perito químico adscrito a la fábrica, refirió que Blum le había solicitado arsénico en repetidas ocasiones, pretextando que las ratas le roían la ropa y el sustento. Pélicier se había negado, temiendo que Blum emplease el veneno contra sí mismo o contra un tercero. Tras esta negativa, Blum le habría propuesto traerle un arenque para que el químico le introdujera el arsénico; propuesta que Pélicier volvió a rechazar. Esta testifical ilustraba una sucesión de ruegos y los motivos de la cautela del facultativo, mas no demostraba que hubiese despachado ponzoña alguna al obrero.
Jacques Ohl, operario de sesenta y un años, corroboró varias amenazas de represalia. Recordaba sobre todo que Blum repetía que mataría a un hombre, aunque debiera esperar veinte años, y que obraría «como aquel africano». Ohl precisó que, al proferir este desahogo, Blum mostraba un paquetito que sostenía en la mano. Por su parte, el joven Goechlinger dio cuenta de sus mandados en busca del emético. Su testimonio ante la sala no coincidió con la cantidad descrita en las primeras páginas de la causa: afirmó haber ido nueve o diez veces a Colmar, haber recogido cada vez nueve granos en distintas farmacias y haber entregado los envoltorios exclusivamente a Blum. Goechlinger puntualizó que, a cada llegada suya, Blum salía del taller o de su cuarto para recibir los paquetes en secreto. La crónica judicial conserva así dos versiones numéricas sobre aquellas compras: la del relato inicial y la aportada bajo juramento por el muchacho.
Blum rebatió sin descanso las imputaciones dirigidas en su contra. Se expresaba con vehemencia, aunque sus explicaciones se antojaban inconexas e inverosímiles a ojos del cronista de la época; no faltaron momentos en que prorrumpió en injurias contra los testigos. Estos se ratificaron con firmeza en sus declaraciones. Respecto a los pagarés apócrifos, por el contrario, Blum se allanó y admitió formalmente su culpa. El fiscal sostuvo la acusación apoyándose en los testimonios recabados. La defensa suplicó a los jurados que no vieran en el conato de envenenamiento más que una mera presunción y les imploró clemencia para un hombre joven, padre de tres criaturas de tierna edad e hijo de ancianos desvalidos. El propio Blum tomó la palabra para apelar a la compasión del estrado.
Tras media hora escasa de deliberación, el jurado declaró a Blum inocente del delito de envenenamiento. En cuanto a la falsedad documental, fue declarado culpable por unanimidad. El tribunal lo condenó a la pena de veinte años de trabajos forzados, sujeción a la picota y marca a fuego. Blum oyó la sentencia con aparente serenidad, para luego espetar a los magistrados que más les hubiera valido condenarlo a la guillotina. Una vez conducido a su celda, intentó quitarse la vida hiriéndose con un cuchillo. La lesión fue diagnosticada como superficial y de escasa gravedad; se le trasladó al hospital bajo la estricta custodia de un gendarme.
