Según el escrito de acusación, un baúl de madera de alcanfor había desaparecido entre las llamas, varios cajones habían cambiado de casa y dos sombreros de gran valor habían encontrado nueva cabeza. En la vista pública, se habló asimismo de vestidos regalados y transformados luego en prendas infantiles. El 28 de abril de 1874, ante la Audiencia de lo Criminal del Sena, la justicia exigía a tres personas explicaciones sobre semejante trajín de caudales. Anna Finsterer era doncella de cámara; François-Thomas Denis y Jeanne Feutry, porteros. La acusación los unía; el veredicto estaba a punto de separarlos.
El proceso había comenzado a la sombra de un nombre de mayor resonancia. Marcariantz, estafador del que la prensa recordaba las relaciones mundanas y la afición a los diamantes, era objeto de una causa penal. El 15 de diciembre de 1873, un registro ordenado en el marco de aquellas pesquisas condujo a los agentes hasta la estancia que el matrimonio Finsterer ocupaba en la residencia del conde de Luzarraga, en la rue de Presbourg. Se buscaban los vestigios de una estafa; se halló, según el acta acusatoria, el copioso botín de una serie de hurtos domésticos.
El inventario pasaba de la platería a los encajes, de los bronces a las alhajas, de la mantelería a las ropas de vestir. Habría bastado casi para poner casa, con tal de que nadie indagase a quién pertenecía cada pieza. Doce cubiertos de plata, tres copas, cuchillos con mango de marfil, estuches, medallones: el conde reconoció buena parte de los objetos. Otros fueron incautados en habitaciones alquiladas en la rue de Galilée, en la rue des Charbonniers y en la rue de Tilsitt. El humilde hogar contaba con múltiples domicilios.
Anna Finsterer servía a los Luzarraga desde 1867. En la audiencia, el presidente del tribunal evocó una ausencia de seis meses del dueño de la casa: a una sección reservada del piso solo ella tenía acceso, provista de una llave que la señora le entregaba una vez por semana. La confianza adoptaba así una forma material, el paso franco y regular a unas estancias donde los propietarios no fiscalizaban cada objeto. Finsterer admitió las sustracciones. Al preguntársele qué pensaba hacer con tantos caudales, su respuesta fue de una singular modestia: pretendía destinarlos a su modesto ajuar.
El presidente prosiguió la enumeración. Tras los relojes y los anillos, figuraban una copa de plata, un sombrero de paja de Italia y un sinfín de piezas más. El conde había alquilado además un local para depositar parte de sus compras; Finsterer acudía allí junto a los demás sirvientes. El relato procesal ponía al descubierto las ocasiones y las facilidades de acceso, mientras el interrogatorio volvía siempre a la misma cuestión: ¿cómo había logrado una criada trasladar tantas pertenencias de la mansión de su amo a su propio peculio?
Su marido ya no ocupaba el banquillo de los acusados. La instrucción judicial también lo había encausado, pero la muerte le sobrevino antes del juicio. Su viuda sostenía que él jamás sospechó los robos. El fiscal oponía a semejante descargo el cúmulo de objetos hallados en el dormitorio conyugal, los alquileres que él habría satisfecho y los dos sombreros de jipijapa de Luzarraga que solía lucir. Incluso se aseguraba que había reclamado la propiedad de dichas prendas en el momento del decomiso. La crónica periodística conserva estos cargos; no registra, en cambio, condena alguna dictada a título póstumo contra el difunto en aquella vista.
El sumario albergaba, sin embargo, un caudal que la acusación no lograba catalogar con tanta facilidad entre los efectos robados. En poder de los esposos se habían encontrado títulos al portador por valor de unos sesenta mil francos. Finsterer los había justificado como fruto de su trabajo, de sus ahorros y de afortunadas operaciones en la Bolsa. En este punto, el acta reconocía que nada demostraba la falsedad de su aserto. En medio de un inventario tan incriminatorio, semejante salvedad merece permanecer visible: la sospecha que planea sobre una alcoba no acredita por sí sola la procedencia de todo cuanto encierra.
Por lo que atañe a los enseres cotidianos, otros reconocimientos se remontaban más atrás en el tiempo. En 1866, con anterioridad a Luzarraga, la criada había estado al servicio del general venezolano Pedro Rojas. Ya por entonces ciertas sustracciones habían despertado recelos. Entre lo incautado en 1873, su antiguo señor reconoció una funda de almohada y dos toallas bordadas con sus iniciales. Finsterer admitió haberse apoderado de ellas, pero negó los restantes hurtos que se le imputaban. La lencería marcada había guardado mejor memoria de su dueño que las sucesivas mansiones de su sirvienta.
Restaba dilucidar qué habían sabido y hecho los porteros. En la rue de Galilée, Denis y Feutry habían recibido en su inmueble los baúles de Finsterer. A estar con el ministerio público, la procesada, tras ser detenida, les había encarecido que ocultasen los cajones. Delante del comisario, habrían negado que ella tuviera una habitación en la finca, habrían descerrajado embalajes, quemado el baúl de madera de alcanfor y trasladado los restantes a casa de un conocido en la rue des Charbonniers, haciéndolos pasar por bultos con destino al ferrocarril. Tal era la relación de hechos que sostenía la acusación; su comparecencia ante el tribunal no bastaba para trocarla en sentencia.
Denis explicó que al principio ignoraba la magnitud de las riquezas de la sirvienta y su procedencia. Reconoció haber sido prevenido por el comisario y aludió luego al desconcierto que ambos sintieron. El presidente acogió de mal grado la disculpa: un hombre honrado, le increpó, habría debido restituir los bienes. Denis rechazó haber escondido los baúles con ánimo de receptación. En aquel careo, los actos se examinaban a la luz de su intención: haber sentido miedo, haber querido sustraer unos bultos a las pesquisas y haber participado a sabiendas en el expolio distaban de ser proposiciones idénticas.
Jeanne Feutry debió responder por los trajes recibidos. Finsterer le habría asegurado que estaban destinados a personas necesitadas de su conocimiento; Feutry se los había quedado para confeccionar vestidos a su hija. No negaba el obsequio; negaba saber que todo cuanto poseía la donante fuese de procedencia ilícita. Respecto al acarreo de los baúles, un mozo de cuerda confirmó haber precisado de un ayudante y de un carro de mano. Los ocho francos abonados por el porte, debatidos en la vista, podían recibir así una explicación ordinaria, en lugar de constituir forzosamente el precio de una complicidad.
El presidente le preguntó por qué motivo había declarado que no había bulto alguno en su casa. Su respuesta pareció al pronto ajena a la cuestión: dijo que no estaba casada. Acto seguido aclaró que deseaba evitar comparecer como testigo y verse obligada a declarar sus nombres, apellidos «y lo demás». La crónica deja constancia de esta respuesta con toda su turbación. Revela a una mujer temerosa de airear su situación íntima; no autoriza a forjarle una confesión más cumplida ni a suplantar a los miembros del jurado al sopesar la veracidad de tal temor.
Los interrogatorios habían ahondado con prolijidad en la vida privada de los acusados. Sobre Feutry, el presidente esgrimió informes desfavorables y el testimonio de vecinos que habrían celebrado su detención. Un testigo de la defensa aportó, empero, una semblanza muy distinta. Chantepie, propietario de la finca donde ambos porteros prestaban servicio, los había conocido durante el sitio de París y la Comuna. A su juicio, habían salvado bienes de gran valía y evitado el pillaje de los insurgentes. Había practicado sus propias averiguaciones en el barrio, los consideraba personas apreciadas y se declaraba dispuesto a readmitirlos si salían en libertad.
El mismo portal, los mismos custodios, dos retratos opuestos. A ojos de unos, se trataba de porteros que habían colaborado en la ocultación de un expolio. Para Chantepie, eran servidores que habían protegido una casa en circunstancias aciagas. Un soldado llamado Klein ofreció asimismo buenos informes sobre Denis. Aquellas declaraciones no acreditaban, por su mera existencia, una inocencia absoluta; obligaban, sin embargo, al lector a no confundir la firmeza de un interrogatorio con la certeza unánime de los hechos.
El general Rojas, citado en debida forma, no compareció. El fiscal solicitó una corrección por su incomparecencia y el tribunal le impuso una multa de cien francos. Se sucedieron luego los alegatos de la acusación, las tres defensas y el resumen del presidente. El jurado respondió afirmativamente en cuanto a Finsterer y negativamente respecto a Denis y Feutry. Los dos porteros fueron absueltos. La doncella fue condenada a diez años de reclusión mayor.
La crónica periodística no desentraña las razones íntimas de este fallo. Sería arriesgado atribuir la absolución a un testigo, a un vestido infantil o a los ocho francos pagados al mozo de cuerda. Cabe, en cambio, considerar lo que el proceso deja al descubierto: sustracciones confesadas, un inventario repartido entre varias viviendas, una confianza quebrantada y dos procesados contra los que la acusación no logró obtener condena. El relumbrón del nombre de Marcariantz había hecho esperar una peripecia mundana. Al cabo de la jornada, la escena decisiva se resolvía en torno a una llave, unas ropas regaladas y unos baúles cuya presencia cada cual debía justificar.
