De madrugada, un hombre armado aguarda de pie junto al lecho de Grizel Murray. Arthur Gray empuña una espada desenvainada y una pistola. Le declara resueltamente que pretende forzarla y que le quitará la vida si opone resistencia. Ella le inquiere qué busca en su aposento; él replica que la abismal distancia de fortuna que media entre ambos le vedaría satisfacer su deseo por otro medio que no fuera la fuerza. Gray deposita el acero sobre el cabezal y empieza a descorrer las colchas. La señora Murray le suplica que aguarde, que le permita hablarle aún. El criado rehúsa: toda la casa reposa, dice, y semejante lance jamás volverá a presentarse. Ella, cobrando aliento, lo empuja contra el muro, le arrebata la pistola y hace sonar la campanilla con la otra mano. Luego lo sigue hasta el umbral clamando al cielo y gritando que la matan.
La escena se desarrolla en la residencia de George Baillie, donde la señora Murray habita junto a su esposo Alexander y su linaje. Gray presta servicio para lord Bennyng. La relación judicial no esclarece de qué modo obtuvo Gray acceso a la mansión ni desmenuza el trato previo que pudiera existir entre él y la señora Murray. Consigna, no obstante, las palabras que la dama le atribuye: habría alimentado desde tiempo atrás una pasión desmedida, habiendo renunciado a toda tentativa de consentimiento habida cuenta de la desigualdad de sus cunas. Para ella, la amenaza excede con creces un mero robo o una simple intromisión nocturna; Gray formuló un designio y lo apuntaló con dos armas.
En la audiencia, el procurador desglosa la doctrina legal sobre la cual descansa la imputación de *burglary*: quebrantar e irrumpir de noche en una morada con la intención de cometer un crimen de felonía basta para consumar el delito, aun si este no llega a ejecutarse. El acto aquí incriminado es el allanamiento de la casa de Baillie con el propósito deliberado de forzar a la señora Murray. La ausencia de violencia consumada no desvirtúa, por ende, la causa. Al jurado corresponde dirimir sobre la intrusión material y sobre la intención que las palabras y los actos de Gray revelaron.
La cronología, por su parte, rehúye toda fijeza meridiana. El epígrafe de la causa consigna diciembre de 1721; el pliego de acusación ubica la irrupción el 1 de octubre, en tanto que el procurador la sitúa el día 14 del mismo mes. Los testigos declaran haber sido despertados hacia las cuatro de la madrugada. El sumario no allana tales disparidades, las cuales atañen al calendario del hecho, mas no a la secuencia de la alarma que múltiples voces corroboran.
Durante los debates, una pregunta pone de relieve lo que la acusación condensó en apenas unos gestos: ¿cuánto tiempo permaneció Gray en la estancia? Cerca de tres cuartos de hora, depone la señora Murray. Cuando sus parientes acuden alertados por sus clamores, son ya casi las cinco. La joven dama no se limitó, pues, a sorprender a un intruso: hubo de templar el ánimo ante sus conminaciones, hacerlo hablar y aguardar con pulso firme una ocasión propicia para obrar. Gray aseveraba que nadie la oiría. Tras aquella extenuante espera, su padre y su madre ganaron el aposento. Lady Grizel Baillie previene al mayordomo Parks de que Arthur ha pretendido forzar a su hija; la señora Murray le señala de inmediato la senda por la que huyó el fugitivo.
La servidumbre y los señores despiertan en medio de la zozobra. Parks desciende en primer término, creyendo lidiar con rateros, mas retrocede escaleras arriba y topa con ambas damas en el descanso. Thomas Hughes escucha asimismo el alboroto y coge un trabuco antes de batir la casa en pos de maleantes. Su intervención no lo erige en testigo ocular de la agresión: llega consumada la fuga y no recuerda haber oído a Gray reconocer un designio de estupro. Parks, por el contrario, testifica haber descubierto a Gray postrado en el lecho del señor Hays, despojado de sombrero y calzado. Interrogado sobre los motivos de su presencia en la alcoba, Gray confiesa haberse introducido en ella; al preguntarle Parks la razón de semejante osadía, este refiere que contestó: «el diablo se apoderó de mí».
La puerta de la alcoba suministra a la defensa su argumento fáctico más dirimente. La señora Murray afirma que permanecía siempre cerrada, mas no invariablemente atrancada. Elizabeth Trimnel refiere haberla conducido al lecho hacia la una de la madrugada, cerrando la puerta tras de sí; al pasar de nuevo cerca de las tres, la halló entreabierta, la entornó de nuevo y creyó dejarla bien asegurada. La hoja carecía de cerradura de llave: se trababa mediante un pestillo de latón y un tirador. Trimnel admite que el resorte flojeaba, pudiendo ceder y abrirse por sí solo. Gray se atrinchera en esta tara mecánica: si la puerta se abrió sin mediar fractura, argumenta, la acusación es incapaz de fundamentar el quebrantamiento (*breaking*) imprescindible para el delito de *burglary*.
El careo con la víctima gravita asimismo sobre supuestas visitas pretéritas. El acusado le pregunta si él no había acudido ya a su alcoba mientras la familia dormía; la señora Murray lo niega categóricamente. El tribunal le conmina a canalizar sus interrogantes a través de la presidencia y declara improcedente la cuestión. Gray sostiene a continuación haber regresado embriagado tras beber con la servidumbre, haber creído percibir ruidos en el aposento y haberse procurado espada y pistola para registrar el espacio tras la cama. Frente a la testifical de Parks, Gray niega haber manifestado que estuviera ebrio; en su defensa letrada, empero, alega haber entrado «notablemente trastornado por el licor». La crónica mantiene ambas contradicciones sin conciliarlas. Su alegato zozobra además ante la confesión rubricada leída en el estrado: ante el juez de paz Blagney, Gray reconoció haber abierto e invadido la alcoba con la intención deliberada de violar a la señora Murray, pertrechándose de armas para amedrentarla y someterla. Una misiva dirigida a lady Bennyng admite igualmente haber ultrajado a la señora de la casa y le implora su perdón.
Las declaraciones no guardan absoluta concordancia. Hughes recuerda que Gray lamentaba haberse introducido en el cuarto, mas no rememora confesión expresa de propósito carnal violento; Parks rinde testimonio más categórico sobre el coloquio junto al lecho de Hays. La confesión ante Blagney, elevada por escrito, impone al jurado una versión netamente deslindada de tales recuerdos vacilantes. La defensa presenta seguidamente testigos de abono que ensalzan a Gray como a un mancebo cortés y templado. Esta loa moral, sin embargo, elude la cuestión capital formulada por el auto de acusación: ¿por qué motivo empuñaba armas y qué designio perseguía al hollar aquella alcoba?
Tras una hora escasa de deliberación, el jurado declara a Gray culpable. El magistrado pronuncia la condena a la pena capital; Borrow añade que una encarecida mediación en su favor obtuvo ulteriormente un aplazamiento de la ejecución (*reprieve*), silenciando la naturaleza de las gestiones y el destino final del reo. Diversas coplas y romances vieron la luz a raíz del lance; una de estas composiciones, atribuida con mayor o menor fundamento a lady Mary Wortley Montagu por la tradición impresa, convirtió el suceso en una sátira liviana. Semejante deriva evidencia con qué presteza un drama judicial se transmuta en comidilla pública, donde la chanza y la rima logran desviar la mirada de la mujer ultrajada para fijarla en los fueros y la ventura del joven procesado.
La tonada que clausura el processo en el florilegio impreso disfraza las conminaciones en galanteo e imputa a la víctima pensamientos que su testimonio jamás albergó. Se trata de un segundo despojo, consumado esta vez al amparo de la burla. La declaración jurada de Grizel da fe de una realidad bien distinta: tres cuartos de hora resistiendo a pie firme ante un hombre armado, hasta el instante supremo en que logró arrebatarle la pistola.
