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Justicia y escándalos · Francia

La puerta del despacho

Saint-Gaultier, 1807. Una mujer repele a su agresor mientras su marido tarda en abrir la puerta. El silencio del notario y las versiones mudables del reo condujeron a dos sentencias opuestas.

La puerta del despacho permanecía cerrada. En el resto de la casa se daban voces, se corría de un lado a otro y se buscaba al hombre que acababa de herir a Anne Bachelier; su marido, en cambio, no comparecía. Los gendarmes llamaron con fuerza. Solo obtuvieron unas palabras confusas y hubieron de aguardar la llegada del teniente de alcalde para que se les franqueara el paso. Aquella puerta pesaría casi tanto como las heridas en el juicio venidero: era voz común que los cónyuges se aborrecían, y el silencio del notario parecía prestar a tan añeja discordia una explicación pavorosa.

Jean-Charles Burat-Dubois ejercía su profesión en Saint-Gaultier, en el departamento de Indre. Su matrimonio había atravesado vicisitudes que el vecindario no tenía dificultad alguna en recordar. Anne Bachelier y él se habían divorciado tras la promulgación de la ley que instauró el divorcio; él contrajo nuevas nupcias, disolvió aquella segunda unión y volvió a desposar a su primera consorte. Se habían reencontrado, pues, sin recobrar la paz. La ley les había concedido el arbitrio de deshacer y rehacer su hogar; no les había otorgado el arte de convivir en él.

Sus desavenencias habían rebasado el umbral doméstico. Burat-Dubois había acudido al alcalde y al fiscal imperial para exigir la detención de su mujer. Esta, por su parte, afirmaba temer por su vida. Recordaba ya una tentativa perpetrada contra su persona, de noche y en su propia morada, a manos de dos individuos, uno de los cuales habría sido François Patural. Aquel jornalero arrastraba mala fama en la comarca. El capítulo que Champagnac consagró más tarde a la causa recoge tales quejas; no suministra, empero, los medios para juzgar por separado cada una de aquellas antiguas acusaciones. Con todo, pesaban en los ánimos cuando sobrevino la noche del 28 de diciembre de 1807.

Hacia las once, Anne Bachelier, que llevaba un rato acostada, oyó ruido junto a la puerta de su aposento. Se levantó y abrió. El hombre que la aferró fue, según declaró, aquel mismo Patural de quien ya había hablado. La refriega fue tan violenta que la dejó herida en el cuello, el rostro y las manos. Logró, no obstante, empujar a su agresor hacia la cocina y dejarlo allí encerrado. La víctima no había esperado socorro ajeno; había vuelto contra el asaltante la propia disposición de su casa.

Sus alaridos congregaron a criados y vecinos. Mas la cocina se hallaba desierta cuando pretendieron apresar al fugitivo. Un barrote de la ventana había sido quebrado; en dirección al jardín, junto a una balaustrada, se hallaron un pañuelo, un zapato y unos lienzos que envolvían una herida en el pie. Aquellos humildes despojos brindaban una pista mucho más sólida que las habladurías sobre el matrimonio. Alguien se había evadido, y dejaba tras de sí parte de lo que le permitía andar.

Fue entonces cuando la ausencia del marido se convirtió en un proceso dentro del proceso. Anne advirtió que lo habían llamado en vano. Burat-Dubois dormía en su despacho; acabó por abrir ante el requerimiento formal del teniente de alcalde. Se le atribuyó una justificación singular: habiendo escuchado el estrépito, habría temido comprometerse interviniendo, tan pública y notoria era la enemistad con su mujer. El cronista consigna estas palabras como dicho referido. Importa preservarlas en ese lugar: una frase retenida por testigos, y no una confesión que conste de su puño y letra.

Al amanecer, los gendarmes hallaron a Patural guarecido bajo el maderamen de un establo cercano. El hijo del notario los acompañaba. Ante su increpación, el cautivo respondió inculpando al padre: había sido él, aseguró, quien le había franqueado la entrada. La búsqueda de un agresor acababa de mudarse en la pesquisa de un instigador. Para el hijo, presente en el prendimiento, el hombre recién capturado no señalaba a un extraño; arrastraba en su caída a aquel cuyo nombre llevaba.

La primera declaración de Patural fue, sin embargo, menos terminante de lo que devendría después. Ante el juez de paz refirió haber llegado a casa de Burat-Dubois hacia las seis, haber bebido en su compañía y haber sido ocultado en un gabinete para que las mujeres de la casa no lo vieran. Ciertos testigos habían divisado a ambos conversando en un cañamar el día del suceso. El notario reconoció el encuentro, pero lo atribuyó a ciertas faenas que deseaba encomendarle. Negó haber sabido que Patural hubiera entrado en su domicilio. Así, un coloquio admitido por ambas partes mudaba de cariz según la boca que lo relataba.

Patural porfió al principio en que el notario no le había encomendado designio criminal alguno. A estar a sus palabras, solo debía aguardar el momento propicio para salir inadvertido. Alegó asimismo que Anne se había abalanzado sobre él, que no la había golpeado y que bien pudo herirse ella misma. Por último, aseveró haber escapado por la puerta del patio. El barrote fracturado y los lienzos hallados oponían a esta última versión un desmentido elocuente: los objetos callaban ante las preguntas, mas impedían que se diese crédito a cualquier respuesta.

Posteriormente, el prisionero anunció nuevas revelaciones. Acusó ya resueltamente a Burat-Dubois de haberle prometido cien escudos por estrangular a su mujer. El magistrado advirtió en él un estado que le pareció rayano en la embriaguez; Patural sostuvo que calibraba la trascendencia de su testimonio. Al día siguiente lo reiteró, añadiendo que el vino le había sido suministrado para infundirle arrestos y pasar a la acción. Esta nueva declaración aportaba al fin el móvil y el precio que faltaban en las precedentes. Y los aportaba por boca del mismo hombre que con anterioridad había negado mandato homicida alguno.

A la justicia correspondía discernir qué retener de tan mudables relatos. La fama pública del matrimonio, el coloquio en el cañamar, la puerta abierta con tardanza y la inculpación del jornalero trababan contra el marido un indicio temible. El 19 de junio de 1808, el tribunal de justicia criminal de Indre condenó a Burat-Dubois a la pena de muerte. Patural resultó absuelto. Tal es el pasmoso desenlace que consigna la compilación: aquel a quien Anne había señalado como su ejecutor eludía el castigo, mientras el marido resultaba condenado por el papel que se le atribuía entre bastidores.

El notario interpuso recurso de casación y obtuvo la anulación de la sentencia. Fue juzgado de nuevo en Tours. La crónica compendia de modo confuso la suerte procesal de Patural; es, en cambio, diáfana en este extremo: Burat-Dubois compareció en solitario en el nuevo juicio. Su letrado devolvió la controversia a su cauce estricto. Una pendencia conyugal no equivalía a una orden de matar. Incluso la índole misma de la agresión, presentada como tentativa de asesinato, debía ser probada antes de inquirir por su instigador.

El defensor reconstruyó asimismo la velada de su patrocinado. Según la defensa consignada por Champagnac, el notario había recibido al alguacil Beauduit, se había trasladado luego a casa de este y había jugado con sus hijos. Antes de recogerse, habría pasado por la alcoba de Anne, habría cubierto el fuego de la chimenea según su costumbre y le habría deseado las buenas noches. Aquellos ademanes no escrutaban su conciencia más de lo que lo hacía su tardanza en abrir la puerta. Devolvían, empero, al sumario una ilación de hechos distinta, que la conjetura de un crimen premeditado ya no bastaba a sofocar.

El 18 de diciembre de 1808, el jurado dictaminó por unanimidad que no constaba una agresión perpetrada con ánimo de matar. Burat-Dubois fue absuelto. Champagnac coligió de ello que Patural había acudido a robar y se había valido de la discordia de los cónyuges para forjar su imputación. Tal es el juicio del cronista, bien distinto del veredicto del jurado. El relato no permite reconstruir con certidumbre el móvil del robo, ni conocer qué fue más tarde de aquel matrimonio. Anne había resultado herida; su marido había sido condenado y luego absuelto. Entre ambos extremos mediaba la distancia que la primera sentencia creyó salvar con ligereza: la que separa un hogar desdichado de un asesinato por encargo.

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Fuente retrospectiva única: Champagnac, VI, 1833, pp. 48–56. Patural incurre en contradicciones y muda de versión. La frase del marido sobre el temor a comprometerse consta solo como testimonio atribuido. Condena: 19 de junio de 1808; absolución: 18 de diciembre de 1808. La página 54 presenta una redacción ambigua sobre el alcance de la casación respecto a Patural; consta únicamente el reenvío de Burat-Dubois en solitario a Tours. El jurado desestima la agresión con ánimo homicida, sin dictaminar por sí mismo la existencia de robo ni la intención real de Patural. El móvil del robo y la invención de la imputación son deducciones de Champagnac. La absolución no niega las lesiones sufridas por Anne. El destino posterior de los cónyuges no figura documentado.

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