Durante la ablución de manos del rey, el cardenal Wolsey habría sumergido las suyas en el lebrillo que sostenía Edward Stafford, duque de Buckingham. Según refiere George Borrow, el duque dejó correr el agua sobre los zapatos del cardenal, quien juró sentarse sobre los faldones de su jubón; al día siguiente, Buckingham se presentó en la corte desprovisto de tales faldones. La anécdota consignada por el compilador introduce una rivalidad donde la humillación cortesana y la acusación política terminarían por confluir. El padre del duque había perdido la vida intentando destronar a Ricardo III para elevar a Enrique Tudor al solio real. Edward heredó un rango y un patrimonio considerables, sin que tales alianzas bastasen para ponerlo a resguardo de la desgracia.
En 1520, los principales nobles fueron convocados para acompañar a Enrique VIII a su proyectado encuentro con Francisco I. Borrow relata que Buckingham censuró los gastos suntuarios e hizo responsable de ellos a Wolsey. El duque se retiró luego a sus posesiones de Kent; allí, ciertas querellas por extorsión dirigidas contra su intendente Charles Knyvet le indujeron a destituirlo. Borrow presenta este despido como otro de los puntos de partida de la ruina de Stafford. Cuando Knyvet pasó al servicio del cardenal, sus declaraciones se convirtieron en uno de los resortes cardinales de la acusación.
El acta de acusación atribuía al duque ciertas palabras pronunciadas en Thornbury ante Ralph, conde de Westmorland: si el rey moría, aseguraba Buckingham, él sería el heredero más próximo por derecho de sangre. La fiscalía vinculaba este comentario con las consultas a Hopkins y lo exhibía como prueba inequívoca de ambición. El auto no permite dilucidar con qué tono fue dicha la frase, ni si fue en verdad formulada en los términos exactos que los testigos refirieron.
La acusación se remontaba a nueve años antes del juicio. El duque había encomendado a su capellán, John de la Court, consultar a Nicholas Hopkins, monje cartujo de Henton. Según el auto acusatorio citado por Borrow, de la Court acudió al priorato el 24 de abril de 1512 para inquirir qué vislumbraba el religioso; Hopkins habría respondido que el duque «lo tendría todo» y le habría aconsejado granjearse el afecto del pueblo. El acta ponía luego en boca del monje vaticinios de mayor gravedad, entre ellos el anuncio de que Buckingham ceñiría la corona. Se alegaba asimismo que se remitió una segunda misiva en julio y que, a la primavera siguiente, el propio duque viajó a Henton para hablar con Hopkins en secreto de confesión. Detallaba igualmente el patrocinio ducal: una renta anual para el vino de los monjes, la promesa de caudales para una conducción de agua y diversas sumas entregadas al cartujo. En el escrito fiscal, tales dádivas se transforman en medios para comprar un designio o cimentar el ascendiente del duque; semejante ilación intencional, no obstante, permanece en el terreno de la alegación.
Borrow distingue después el relato ofrecido por el propio Buckingham en una declaración manuscrita tras su reclusión en la Torre. Admitía haber visitado a Hopkins en confesión, mas sostenía haber oído de él que el rey Enrique cosecharía grandes laureles en Francia y que el rey de Escocia, de invadir Inglaterra, jamás regresaría. Hopkins habría rezado también por la continuidad del linaje de Enrique y solicitado la restitución de bienes debidos según el testamento de Enrique VII. Buckingham afirmaba haber confiado luego estas confidencias a su canciller y haber regresado junto al cartujo tras la campaña francesa para corroborar lo certero de su juicio. La declaración concluía con una visita realizada junto a su hijo Stafford y el conde de Westmorland. Hopkins, que no conocía al muchacho, habría preguntado por su identidad antes de añadir que ciertos miembros de la sangre o del nombre de Buckingham llegarían a ser egregias figuras. Esta versión no disipaba la acusación, mas desplazaba su alcance: en lugar de una profecía que anunciaba la muerte del soberano y el ascenso de Buckingham, el duque describía a un monje leal a Enrique y preocupado por los legados pendientes.
Otros capítulos del auto confirieron a este relato un cariz material. El canciller Robert Gilbert habría adquirido para el duque paños de oro, plata y terciopelo, en partidas valoradas en trescientas libras; el texto sostenía que Buckingham los repartía entre caballeros, gentileshombres de la casa real y alabarderos de la guardia para asegurarse su favor. Se le reprochaba asimismo haber solicitado licencia para reclutar hombres en Herefordshire, Gloucestershire y Somerset, así como disponer el transporte de armas hacia Gales. Las compras, las peticiones de leva y las dádivas quedaron así englobadas por la acusación bajo el designio de una fuerza militar dispuesta en secreto contra el rey.
El proceso se nutrió igualmente de las declaraciones de criados y allegados. Charles Knyvet, antiguo miembro de la casa ducal, le achacaba amenazas contra el rey y sus consejeros tras un reproche relativo a sus propias huestes. En East Greenwich, habría afirmado que, de ser conducido a la Torre, los principales artífices de su arresto no se regocijarían por mucho tiempo; en otra ocasión, habría posado la mano sobre el puñal al censurar la conducta de Enrique. Meses más tarde, en la posada del Rose, Knyvet le imputaba una nueva plática concerniente a los augurios de Hopkins y a la eventual muerte del monarca. Trátase de deposiciones recogidas en un auto acusatorio, no de testimonios escuchados de forma independiente por Borrow.
En Westminster Hall, el duque de Norfolk presidió en calidad de lord gran senescal. Buckingham se declaró inocente; al darse lectura al auto, lo tachó de falso y urdido expresamente para arrebatarle la vida. Quiso refutar los cargos y exigió la comparecencia de Knyvet, Gilbert, de la Court y Hopkins. Borrow refiere que los cuatro sostuvieron sus declaraciones y fueron restituidos a la custodia de los oficiales de la Torre. Requerido para añadir algo a su defensa, el duque guardó silencio; los pares se retiraron a deliberar. Unánimemente, lo declararon culpable. Norfolk, con lágrimas en los ojos según Borrow, pronunció la sentencia de muerte.
En la barcaza que lo conducía de regreso a la Torre, el filo de la segur apuntaba ya hacia su persona, relata Borrow. Sir Thomas Lovel le ofreció el cojín y el tapiz dispuestos para su asiento; el duque los rechazó, aduciendo que había partido hacia Westminster como duque de Buckingham, pero que ya no era sino Edward Bohun. Desembarcado en el Temple, cruzó la ciudad entre demostraciones de conmiseración y los reproches de quienes lo juzgaban en exceso altivo.
En la Torre, un mensaje del rey le notificó que el suplicio prescrito para el crimen de traición sería conmutado por la decapitación. El 17 de mayo de 1521 fue conducido a Tower Hill. Borrow le atribuye una postrera protesta de lealtad a Enrique VIII. Acto seguido, la cabeza y el cuerpo fueron entregados a los frailes agustinos para recibir sepultura.
