El carruaje del señor Clark acababa de dejar la catedral de San Pablo para dirigirse al Inner Temple cuando varios hombres comenzaron a seguirlo. Al final de Water Lane, dos de ellos detuvieron el vehículo. Clark se asomó a la portezuela y reconoció a quienes lo abordaban. Un tercero le deslizó la mano en el bolsillo; otro le encañonaba el pecho con una pistola. El reloj y el dinero desaparecieron en cuestión de instantes. El robo, fechado el 28 de febrero de 1728 en el acta de acusación, conduciría a Peter Levee, John Featherby, Stephen Barnham y Thomas Vaux ante un mismo e inexorable veredicto.
El cronista reúne a estos hombres bajo una misma banda, aunque no les atribuye idéntica trayectoria. Peter Levee había sido aprendiz de un tejedor de seda. El juego y la frecuentación de tabernas lo habían conducido, desde la infancia, a la cárcel de Compter, entregándose luego al pillaje de tiendas y a robos a través de las ventanas. Detenido y castigado en repetidas ocasiones, una multa impagada lo retuvo cuatro años entre los muros de Newgate. Tras su liberación, señala la fuente, reanudó sus fechorías en las calles de Londres y en los caminos de las aldeas cercanas.
John Featherby había recibido una mejor instrucción y estaba destinado al oficio de pintor de carruajes, profesión en la que su madre lo colocó como aprendiz tras la muerte de su padre. La crónica lo describe como un sujeto rudo y pendenciero, comportamiento que atribuye a su afán por pasar como cabecilla de la partida. Con todo, lo señala también como uno de los ejecutores más activos en los asaltos. Stephen Burnet —cuyo verdadero apellido habría sido Barnham y a quien llamaban Barnet— era el más joven. Según el relato, desde niño seguía los pasos de Jonathan Wild y Blueskin, dedicándose después a sustraer mercancías bajo los mostradores de los grandes comercios. Su familia intentó colocarlo en diversos oficios; nada logró apartarlo del delito.
Antes de caer por el carruaje de Clark, estos tres hombres se habían asociado con Thomas Vaux. La crónica apenas aporta datos sobre su juventud, pero lo presenta como deshollinador y ladrón ocasional, de conducta violenta incluso en prisión. Juntos pasaban las noches buscando dinero mediante atracos y despojos. Barnham y otros dos secuaces gastaron, según refiere el texto, ciento veinte libras en tres semanas entre tabernas, garitos y mujeres.
Un robo previo demuestra la insolente seguridad con la que Barnham manejaba las promesas de recompensa. Junto con Levee y Featherby, había despojado al señor Brown en Dean’s Court, cerca de la iglesia de San Pablo, de un reloj de oro y trece guineas. Brown mandó publicar una recompensa de cinco guineas a quien le restituyera la prenda. Barnham le escribió entonces ordenándole presentarse en un descampado próximo a Sadler’s Wells con la suma estipulada. Acudió solo, vestido con decoro, recibió las cinco guineas y entregó el reloj. Cuando Brown se disponía a marchar, Barnham empuñó una pistola amartillada: le espetó que bien habría podido volver a desvalijarlo, pero que él honraba su palabra. El relato añade que Levee y Featherby aguardaban emboscados a corta distancia, dispuestos a disparar si Brown comparecía acompañado o intentaba pedir socorro.
Barnham ya había burlado con anterioridad la acción de la justicia. Juzgado ante el tribunal de Kingston por un robo perpetrado en Surrey, fue absuelto por insuficiencia de pruebas y retomó de inmediato sus andanzas. Unos tres meses antes de su captura definitiva, reapareció en Little Britain, su lugar de nacimiento, ostentando una cuchara de plata y quince chelines que proclamaba frutos de sus hazañas del día. Se encaramó a una farola y anunció a los vecinos que acudían a rogarle que se enmendase que, antes de tres meses, cometería un hecho que lo llevaría a la horca. No erró sino en el lugar exacto y en los pormenores de su fin.
Respecto al asalto de Water Lane, el testimonio de Clark aportó la primera descripción pormenorizada de la agresión. Tras subir al coche, vio a tres o cuatro hombres seguir su carruaje desde una juguetería situada en la esquina del atrio de San Pablo. Al llegar a la calle, Barnham y Vaux le cerraron el paso. Levee penetró en el vehículo y tiró del bolsillo de su pantalón para despojarlo de cuanto llevaba, mientras Featherby le apuntaba con una pistola. El botín comprendía un reloj de plata tasado en cuatro libras, un anillo con un brillante, tres libras y once chelines en moneda de plata y catorce guineas.
Las confesiones de Levee y Barnham se leyeron ante el tribunal. Ambos admitían el asalto y señalaban a Featherby y a Vaux como cómplices. El concejal sir William Billers declaró que tales declaraciones se habían prestado de manera voluntaria, libres de promesas o amenazas. Mary Vaux, que al principio se excusó de testificar contra su marido, afirmó haber visto a los otros inculpados perpetrar el robo y corroboró que Levee se había introducido en el carruaje. Esta declaración vinculaba al menos a una testigo presencial con el reparto de funciones expuesto en ambas confesiones.
Thomas Wood, encargado de prender a Featherby y a un individuo llamado Cable en una vivienda de Blue Boar’s Head Alley, refirió que ambos hicieron chasquear sus pistolas contra él sin que saliera disparo alguno. La crónica no precisa si Cable fue procesado por este asunto. Los cuatro acusados fueron hallados culpables; el jurado ni siquiera se retiró a deliberar. Las confesiones por escrito de dos de los reos, el testimonio de Clark y el de Mary Vaux sustentaron el núcleo de los cargos consignados en las actas.
Tras ser condenados a muerte, no mostraron la misma actitud. El texto señala que solo Levee dio muestras de arrepentimiento; pidió perdón por su conducta durante el juicio y acudió con reverencia a las oraciones de la capilla, salvo cuando sus compañeros lo zarandeaban o estorbaban. Featherby, por su parte, persistió en perturbar los oficios religiosos arrojando objetos, riendo y golpeando a quienes tenía al lado. Los carceleros lo confinaron junto a los demás en el viejo pabellón de los condenados, encadenados e inmovilizados a sus puestos durante tres o cuatro días. No les aliviaron los hierros hasta que prometieron guardar compostura.
Al llegar la orden de ejecución, refiere la crónica que Featherby fingió una emoción más vehemente de lo que su comportamiento previo permitía suponer. Rezó con fervor y manifestó esperar el perdón divino. Barnham cesó en sus insultos dentro de la capilla, pero empleó las horas de celda en componer una copla que celebraba las proezas de sus compinches. Pidió que se incluyera en la hoja impresa con sus últimas palabras; la petición fue denegada porque sus versos incitaban a sus secuaces a proseguir con las fechorías. Vaux se mostró más dócil tras el rigor del encadenamiento, si bien conservó, según el cronista, su habitual terquedad. La misma relación refiere que Featherby entregó al capellán un pliego manuscrito donde reconocía sus culpas, lamentaba el dolor causado a su madre y suplicaba que no se reprochara su conducta a sus allegados.
Peter Levee contaba veinticuatro años; Featherby tenía una edad semejante, Barnham cerca de diecinueve y Vaux veintitrés. Los cuatro fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1728 junto a otros nueve reos. Su asociación criminal no se limitó a un reparto fortuito de tareas: ante el carruaje de Clark, las declaraciones individualizaron cada ademán, mientras que las dos confesiones vincularon a los cuatro al asalto. Más tarde, entre los muros de la prisión, legaron cuatro respuestas distintas a su condena —arrepentimiento, desorden, una tonada proscrita y la obstinación— antes de ser conducidos al mismo e inapelable cadalso.
