Para impedir que James Harrison testificara contra Thomas Ellson, su madre Ann Harris y John Cox el viejo, su padrastro, decidieron acabar con su vida. El plan inicial consistía en adquirir arsénico. Al fracasar este designio, entregaron cincuenta chelines cada uno a los dos hijos de Cox y a James Pugh para que estos tres hombres asesinaran al testigo. Sin embargo, el asunto no salió de la penumbra sino un año más tarde, cuando el propio Ellson hubo de comparecer de nuevo ante la justicia.
En 1827, Ellson había sido arrestado por el robo de unas patatas. Hallándose en prisión, se le sumó una acusación por robo de ovejas, delito castigado con la pena capital. El testimonio fundamental provenía de Harrison, un hombre que ya había tomado parte en diversas fechorías cometidas por la banda de ladrones de la comarca de Market Drayton, en el confín de Shropshire y Staffordshire. Para sustraer a Ellson del alcance de este testigo, sus parientes intentaron en primer término envenenarlo.
John Cox se dirigió a la botica de un boticario con el propósito de comprar arsénico. El mancebo que atendía el mostrador se negó en redondo a despachárselo sin la presencia de un testigo. Cox hubo de marcharse con las manos vacías. Ann Harris buscó entonces otra vía. Preguntó a una conocida si su marido proyectaba viajar a Newcastle y le rogó que le consiguiese una onza de arsénico con el pretexto de envenenar a Harrison. La mujer le hizo ver la enorme gravedad de sus palabras, y Ann acabó prometiendo que desistiría de su empeño. La crónica presenta esta tentativa como un proyecto frustrado, no como una prueba concluyente de que hubiese llegado a adquirir el tóxico.
La trama recurrió entonces a un procedimiento más expeditivo. Ann y el viejo Cox aportaron cincuenta chelines cada uno para contratar a John y Robert Cox, los dos hijos de este último, así como a Pugh, un joven vecino. Harrison se alojaba por entonces en casa del padre de Pugh y compartía en ocasiones el lecho con su hijo. La noche señalada, Pugh lo persuadió de salir para cometer el robo de unas piezas de tocino. En el punto convenido, los dos Cox salieron a su encuentro. Pugh aferró a Harrison por la garganta; John Cox el menor lo sujetó por las piernas y lo derribó en tierra. Lo estrangularon entre ambos, mientras Robert abría ya la fosa.
Una vez sepultado el cadáver, la aparente tranquilidad del lugar no sufrió alteración alguna. Se presumió que Harrison se había dado a la fuga para eludir la obligación de testificar contra Ellson. Incluso después de que este fuera absuelto, semejante ausencia no suscitó pesquisas. El pacto de silencio se quebró cuando los Cox, Pugh y Ann Harris refirieron al propio Ellson cuanto habían tramado para salvarlo de la horca. Se lo confiaron ora en privado, ora reunidos, como si aguardasen su gratitud. Una noche, poco después de que recobrara la libertad, el viejo Cox, uno de sus vástagos y Pugh le encarecieron el mérito del auxilio que le había devuelto la libertad.
A la mañana siguiente, Robert Cox se presentó en casa de Ann Harris, madre de Ellson, reclamando una suma mayor. La amenazó con desenterrar a Harrison y colocar su cuerpo erguido ante su puerta si se negaba a pagarle. Aquella amenaza apuntaba de forma explícita al cadáver que yacía bajo tierra. Con todo, semejante revelación no condujo de inmediato a los culpables ante el tribunal. No fue sino a finales de junio de 1828, al ser arrestado de nuevo Ellson por el robo de unas aves de corral, cuando este delató las confidencias de su familia y de Pugh con el único fin de eludir el castigo que amenazaba su nueva falta.
El juicio contra los cinco encausados se celebró en Shrewsbury el 2 de agosto. La acusación descansaba en gran medida en el testimonio de Ellson: un ladrón avezado en los calabozos, hondamente interesado en hablar para salvarse. Los restos de Harrison habían sido hallados casi un año después de su muerte. Su padre lo reconoció por las ropas y el color de los cabellos, pues el avanzado estado de descomposición hacía casi imposible cualquier otra identificación. Otros testigos aportaron indicios concordantes, en particular los progenitores de Pugh, obligados a declarar sobre la noche en que Harrison abandonó su morada. La esposa de Ellson —hija del viejo Cox y hermana de los jóvenes John y Robert—, así como la hermana de Ellson, prestaron asimismo declaración.
En el estrado de los testigos, Ellson relató con detalle cómo cada uno de los partícipes le había revelado su intervención en el crimen. Pugh, según sus palabras, había sido el más elocuente: se jactaba de haber atraído a Harrison fuera de la vivienda y de haberle atenazado la garganta. Los Cox, presentes en ocasiones durante estos relatos, corroboraban ellos mismos ante Ellson el papel que les había correspondido. La prueba de cargo se cimentaba así en las confidencias reiteradas a aquel mismo por cuya salvación se había consumado el asesinato, las cuales hallaban confirmación en los pormenores referidos por Pugh y en las declaraciones de los allegados a Harrison.
Charles Phillips sometió a Ellson a un interrogatorio prolijo y severo. Puso de manifiesto sus repetidas condenas en presidio por hurtos de toda laya e intentó hacerle vacilar, orillando casi la contradicción en varios puntos secundarios ajenos al asesinato. El cronista señala que, en el transcurso de tan dura prueba, Ellson hubo de refrenar su cólera; mas, en lo tocante al homicidio, permaneció inquebrantable. Repitió dos o tres veces, a instancias del letrado, que su madre y el viejo Cox habían desembolsado cada uno cincuenta chelines para dar muerte a Harrison. Ann Harris no apartaba los ojos de su hijo mientras este pronunciaba tales palabras con la fría indolencia de quien refiere un suceso indiferente. La mujer, según la acusación, había tomado parte en el asesinato para librar a su hijo de la justicia; el testimonio de aquel la conducía ahora al pie del cadalso para eludir él mismo una nueva condena.
El jurado halló culpables a los cinco acusados y el juez dictó la sentencia de muerte. El relato pormenoriza que Ann Harris y el viejo Cox fueron condenados como cómplices antes del hecho. Tras el proceso, Pugh afirmó que creía ver a Harrison a su lado y recibía la muerte como el término de sus tormentos; John Cox el menor le infundió aliento recordándole que solo se podía morir una vez.
Apenas al día siguiente, Robert Cox obtuvo una suspensión y su condena fue conmutada por deportación perpetua. Ann y el viejo Cox consiguieron una prórroga de una semana; sus penas fueron transformadas después en deportación, sin que la crónica consigne su duración exacta. Únicamente John el menor y Pugh quedaron abocados a la pena capital.
El día señalado para la ejecución, poco antes del mediodía, los reos y Ellson fueron conducidos juntos al patio interior de la prisión. Pugh y John Cox fueron atados; Ann, el viejo Cox y Robert fueron devueltos a las celdas, en tanto que Ellson fue llevado al punto exacto desde donde debía presenciar el desenlace. Pelham advierte que los cargos contra Ellson habían sido retirados y pone en duda que la autoridad tuviera derecho a retenerlo de aquel modo; conjetura que se pretendía hacer de su comparecencia un escarmiento público, si bien presenta esta explicación como una mera suposición. Ambos condenados marcharon después hacia el patíbulo, presa de una honda agitación y clamando el perdón de sus pecados. El crimen perpetrado para salvar a Ellson había provocado la condena de cinco de sus allegados; aquel a quien quisieron amparar se había erigido en su principal acusador.
