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Justicia y escándalos · Inglaterra

Cuatro caminos hacia Tyburn

Londres y Oxford, enero de 1720. John Trippuck, Richard Cane, Richard Shepherd y Thomas Charnock confluyen en el mismo patíbulo a través de trayectorias dispares: la vana esperanza de un indulto, un asalto para costear una boda, la reiteración delictiva tras sucesivos perdones o el desfalco de la caja de un amo.

El 29 de enero de 1720, cuatro reos fueron ejecutados en Tyburn. Uno de ellos había aguardado hasta el postrer instante una suspensión de la pena que aún confiaba en obtener; otro había dilapidado en poco tiempo su parte del botín tomado en el mar; un tercero se había sustraído ya dos veces a la horca; el último había despojado la hacienda de su amo para aparentar una fortuna que no poseía. El encabezamiento de la crónica data esta ejecución comunitaria en el año 1719-1720. Los senderos que los condujeron a aquel desenlace fueron, no obstante, sumamente diversos.

John Trippuck, a quien llamaban el Hojalatero de Oro, había perpetrado robos tanto en solitario como en cuadrilla a lo largo de un dilatado período. Refiere la crónica que, poco antes del lance que lo llevaría a la muerte, se había procurado un indulto merced a su dinero y valimientos. Sin embargo, no tardó en reincidir. La parte agraviada procedió a su captura y sostuvo la acusación sin tregua; Trippuck resultó condenado. Le restaban todavía caudales y, con ellos, la ilusión de un nuevo recurso de gracia. En tanto creyó factible alcanzar la suspensión del castigo, no abandonó la confianza.

El capellán de Newgate procuró reducirlo al examen de su conciencia y al reconocimiento de sus culpas. Trippuck lo atajaba para inquirir sobre las probabilidades de una merced real y rogarle que interpusiera sus influencias ante un consejero. Mostrole asimismo las señales de viejas heridas, dos de ellas de notable anchura, y ponderó los padecimientos sufridos durante la extracción de las balas, confiando en que tan acerbos trances sirvieran de atenuante a sus delitos. Respondióle el ministro que tales desdichas procedían de las empresas ilícitas a las que se había entregado y de ningún modo podían enmendar sus faltas.

Al constatar que ningún indulto llegaría, se quebró su entereza. Afirma la crónica que dejó de negar el delito capital por el que marchaba a la muerte, habiéndolo tildado al inicio de impostura y después de que su cómplice, Constable, lo hubiese desmentido hasta el final. Circulaba además otro cargo: imputábasele la muerte del señor Hall acaecida en Blackheath hacia fines del estío precedente. Trippuck rechazó semejante sospecha y ratificó su inocencia poco antes de la ejecución, señalando la soga que aguardaba como prueba de su veracidad. No consigna el texto el nombre de la víctima en la causa que le valió el cadalso. Limítase a describirlo feneciendo con muestras externas de penitencia.

Richard Cane contaba unos veintidós años. En sus mocedades, sus parientes lo habían colocado por dos veces como aprendiz, sin lograr que arraigara en oficio alguno. Enrolóse entonces en un navío de guerra; tras un combate de ocho horas de fiera porfía, la nave apresó un buque español que conducía, según la relación, una inmensa riqueza. Tocó a Cane una parte del botín, mas le fue de escaso provecho. Al regresar a tierra, la consumió con presteza. Cuando los placeres a los que se consagró lo hubieron despojado de toda moneda, la indigencia y la porfía por continuar costeándolos lo precipitaron a los medios ilegítimos.

Prendose por aquel entonces de una doncella virtuosa que residía en compañía de su madre, a quienes ocultó su conducta delictiva. Proyectaron desposarse en secreto, mas el rito no llegó a celebrarse: carecía Cane de las sumas precisas para costear la dispensa eclesiástica. A juicio de la crónica, la estirpe de Cane habría reprobado este enlace. Negóse el joven a que la moza o su madre satisficieran el importe de la licencia. Una noche partió de su lado, topóse en la calle con un varón embriagado, derribolo y le arrebató el sombrero y la capa. Dio voces la víctima; acudieron los transeúntes y Cane cayó preso. El despojo que había de asegurarle el caudal para los esponsales acabó conduciéndolo a la muerte.

La doncella acudía puntualmente a visitarlo en Newgate. Vertía lágrimas a su lado, en tanto su madre, postrada por el dolor ante tal infortunio, cayó enferma en cama. Conforme se aproximaba el día del suplicio, Cane se mostró conforme con su condena, admitió sus culpas y doliose de las aflicciones irrogadas a entrambas mujeres. Legó un escrito destinado a la multitud congregada en Tyburn: confesaba en él la culpa por la cual expiraba y suplicaba que no se infamara a la joven a causa de su desventura. Destaca el documento la ternura con la que evocó a quien había de ser su esposa. Halló la muerte en su vigésimo segundo año de vida.

Richard Shepherd era natural de Oxford, hijo de progenitores que el cronista define como virtuosos y de estimación. Asentósele de aprendiz con un carnicero. Empero, antes de cumplir su término, desposó a una joven de la vecindad; enterado el maestro de tales nupcias, exigióle cuarenta chelines al contado y un compromiso pecuniario de veintiocho libras. Pinta la crónica esta pesadumbre económica como la total ruina del mozo. Parió luego su consorte un hijo cada año, al tiempo que Shepherd trabajaba tan poco cuanto podía, encomendándose cada vez más al latrocinio.

Dio principio a sus correrías con robos y allanamientos en Oxford, apartándose del lugar al avivarse los rumores vecinales. En Hertfordshire, tras un segundo o tercer golpe, resultó prendido y sentenciado a morir. Sus allegados recabaron una prórroga y luego el indulto, con la esperanza de que aquel espanto lo apartase de sus malos hábitos. No surtió tal efecto. Volvió Shepherd al robo, logrando librarse de Tyburn por segunda vez tras delatar a dos consortes, Allen y Chambers. Sin embargo, apenas puesto en libertad, retomó su antiguo oficio. Preséntalo la crónica pasando así de la condena al perdón y de este a una nueva delación, sin que semejantes treguas lograran poner coto a su carrera criminal.

Apresado de nuevo, compareció ante el coronel Ellis y quedó recluido por delito capital. Ofreció Shepherd brindar confesiones de admitírsele como testigo de la corona. Aceptada la propuesta, diversos reos condenados a la última pena en Old Bailey en virtud de su testimonio perecieron en Tyburn, a donde él mismo los siguió muy en breve. En Newgate, cuando le exhortaban a prevenir su alma para el trance final, replicaba que ya todo estaba dispuesto y que tenía su salvación asegurada en el cielo. Contrapone el cronista tamaña osadía a la atrocidad de sus desmanes, sin registrar declaraciones más pormenorizadas tocantes a sus postreros instantes.

Thomas Charnock había disfrutado de una crianza que la relación califica de piadosa y excelente. Sus protectores lo habían ubicado en la casa de un mercader de lustre. Movido por la vanidad de lucir en el mundo, sustrajo caudales de la caja de su amo para costearse tales apariencias. Logró en efecto hacerse notar, mas de un modo enteramente opuesto a sus anhelos. No pormenoriza el relato ni su detención ni su proceso; limítase a señalar que fue ahorcado en compañía de los otros tres y lo distingue por sus nociones religiosas, que reputaba razonables. Todos rindieron el aliento sumisos y compungidos, a tenor de la cláusula final del cronista, quien depara a Charnock un lugar singular en este juicio postrero.

Reunió, pues, el mismo cadalso a hombres cuyas biografías ni compartían extensión ni guardaban semejanza en sus lances. Trippuck había fiado su suerte al favor de sus valedores y rechazado un cargo antes de capitular; Cane había contemplado cómo se evaporaban con celeridad el tesoro del mar y la promesa de una boda; Shepherd había encadenado mercedes reales sin renunciar jamás a la rapiña; Charnock había inmolado su porvenir en la mercaduría por el mero afán de figurar. La crónica los congrega bajo un mismo día y un mismo paraje, mas sin confundir sus causas. El 29 de enero de 1719-1720, todos ellos fueron ajusticiados en Tyburn.

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Lectura íntegra de newgate-002, 2157 palabras; SHA-256 de la fuente: aaabd1ab64235738885fb097f2dcd50010db87c468edff147d16e76d615cb02b. El epígrafe original consigna Tyburn y la fecha del 29 de enero de 1719-20, reflejada aquí como 1720 en el cómputo cronológico. La relación diferencia nítidamente las cuatro trayectorias. Respecto a Trippuck, el cronista precisa que el perdón precedente se obtuvo mediante dineros y valimientos, mas no individualiza el delito capital ni la persona perjudicada; el texto no los identifica. Se da cuenta de modo separado del rumor sobre el homicidio del señor Hall, que Trippuck desmintió. La reseña sobre Cane sitúa su falta con posterioridad a la captura de un navío español y fija su deceso a los veintidós años. Shepherd obtuvo primero una suspensión de condena y más tarde el indulto, se libró por segunda vez de Tyburn tras delatar a Allen y Chambers, y acabó ejecutado tras una nueva serie de fechorías. Charnock desvalijó el mostrador de su principal; la crónica no pormenoriza su encausamiento. No se cruzan los datos biográficos de los encausados. No se ha recurrido a glosas editoriales ni a reseñas accesorias. Control de concordancias: los nombres Trippuck, Cane, Charnock y Shepherd, sus sobrenombres y los sucesos relatados no figuran en el acervo público lot-06-300 ni en los borradores Cap400 consultados; no se advierte causa conexa alguna.

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