El 4 de marzo de 1729, Thomas Woolston compareció en Guildhall ante el Tribunal del Banco del Rey. Antiguo miembro del Sidney College de Cambridge, debía responder a cuatro autos de acusación distintos, cada uno de ellos referido a un libro consagrado a los milagros de Jesús. La acusación no le reprochaba simplemente haber escrito sobre religión: sostenía que sus lecturas literales convertían los relatos evangélicos en patrañas absurdas, y que sus burlas presentaban a Cristo como a un nigromante o un impostor. Woolston, por su parte, afirmaba que su propósito era defender el Evangelio leyéndolo de manera alegórica.
El primer juicio se abrió con los argumentos de los letrados del rey: Woolston había sido antaño un clérigo erudito, pero sus libros exponían los milagros como ficciones novelescas y contradicciones, en vez de considerarlos pruebas de la divinidad. Le reprochaban, en particular, haber tergiversado una cita de san Agustín sobre la transfiguración. La defensa no negó que Woolston hubiese publicado la obra. Cuestionó, en cambio, la intención criminal: el texto manifestaba el propósito de honrar a Jesús y explicaba que numerosos pasajes debían entenderse como figuras o profecías antes que en su sentido literal. Invocaba a tal fin a Orígenes, Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Teofilacto y Erasmo. El fiscal replicó que el recurso a tales autoridades no subsanaba la traducción de Agustín, a su juicio viciada. Comparó a la defensa con el caso de un autor de libelos sediciosos que añadiese un «Dios salve al rey» en la última página: una profesión de piedad, afirmó, no alteraba el sentido de las páginas precedentes.
Los letrados hicieron leer a continuación el pasaje relativo a Jesús expulsando a compradores y vendedores del Templo. Woolston juzgaba inverosímil que un hombre solo, aun armado con un azote, hubiese podido dispersar a una multitud en la que no figuraba ninguno de sus discípulos. Admitía que pudiera suponerse un temor inspirado por el poder divino, mas se preguntaba por qué Jesús se encendía en cólera contra un recinto que sabía condenado a la destrucción. El fiscal presentó estos interrogantes como una burla a la autoridad de Cristo; la defensa adujo que servían para demostrar que el relato no debía interpretarse al pie de la letra.
El libro abordaba seguidamente los demonios expulsados de los endemoniados y arrojados a una piara de cerdos, la transfiguración y la conversión del agua en vino. A propósito del episodio de los cerdos, Woolston inquiría por qué los posesos moraban junto a los sepulcros y si las gentes de la comarca criaban verdaderamente unos animales que los judíos no consumían. Sostenía que tales pormenores ponían en entredicho una lectura literal. Respecto a la transfiguración, que tachaba de oscura, preguntaba de qué modo habían escuchado los apóstoles una voz venida del cielo y evocaba las tretas de los prestidigitadores. Los abogados de la Corona veían en ello un escarnio de los Evangelios; la defensa invocaba a los Padres de la Iglesia y su método alegórico.
Thomas Tuskin testificó haber comprado el primer libro directamente a Woolston, en su domicilio de Old Jewry, por un chelín. La defensa admitió el hecho material de la publicación; el litigio radicaba en el sentido y el tono. Al término de la primera audiencia, el jurado lo declaró culpable de haber escrito, impreso y publicado el libro. Los jurados, juramentados de nuevo, escucharían otros extractos, mas se toparían con la misma disyuntiva: ¿dónde concluía la interpretación alegórica y dónde comenzaba el ultraje?
En el segundo discurso, Woolston volvía sobre las curaciones y censuraba en primer lugar a los evangelistas por no detallar la dolencia de la hemorroísa; la mujer, escribía, bien pudo no haber padecido sino una hemorragia benigna. Puesto que lograba abrirse paso entre la multitud, insinuaba que no se hallaba tan enferma, sugiriendo a renglón seguido que la súbita contención de la sangre pudo haber precipitado su muerte. Se mofaba asimismo de una virtud que, a su juicio, abandonaba a Jesús con excesiva ligereza. La mujer encorvada durante dieciocho años se convertía bajo su pluma en una enferma llena de imaginaciones; a propósito de la samaritana, bromeaba sobre la espera de un adivino y preguntaba por qué aquellos hombres habrían desviado su camino para consultar a Jesús, al que presentaba de ese modo como un agorero. Estos ejemplos concretos nutrieron el segundo proceso, en el cual la defensa esgrimió la alegoría mientras la acusación denunciaba una profanación de lo sagrado. El jurado lo halló culpable de esta segunda publicación. Woolston hacía extensiva su crítica a todas las curaciones: al omitir el grado exacto de la enfermedad, los relatos podían dar pie a la acción de la naturaleza o a la pericia de un cirujano. La restitución de miembros amputados habría constituido, en cambio, un prodigio más difícil de desacreditar.
En el tercer libro, Woolston examinó la higuera estéril y al enfermo de Betesda. Comparaba la reacción de Jesús con la cólera de un comensal cuyo almuerzo no está listo: un hombre que arroja sillas y taburetes porque la comida se retrasa. Preguntaba asimismo dónde se hallaba Judas, encargado de portar la bolsa y las vituallas. En Betesda, junto al estanque donde aguardaban los tullidos, insinuaba que el hombre postrado desde hacía treinta y ocho años padecía sobre todo de indolencia, y que tal vez el ángel sólo acudía a bañarse. Estas metáforas, reiteradas en la audiencia, desataron la indignación de los letrados de la Corona. Sostenían que el autor no se limitaba a proponer una exégesis, sino que menoscababa la compasión y el poder de los milagros. El jurado dictó un tercer veredicto de culpabilidad.
La cuarta acusación versó sobre la curación del ciego de nacimiento y las bodas de Caná. Woolston comparaba el milagro del ciego con la aplicación de un ungüento empírico y equiparaba a Jesús con un curandero afortunado que acierta sin conocer la anatomía. Citaba a sir William Read, un empírico iletrado que aseguraba haber sanado millares de ojos enfermos, y se preguntaba con insolencia si Read o Jesús habían curado a un mayor número de ellos. En cuanto al vino, ironizaba sobre el hecho de que los convidados ya hubiesen bebido en abundancia. El jurado prestó juramento por cuarta vez y lo declaró igualmente culpable de haber publicado este volumen.
El tribunal condenó a Woolston a pagar una multa de cien libras, a cumplir un año de prisión y a prestar fianza de buena conducta por el resto de sus días. Debía responder personalmente por una suma de dos mil libras, respaldada por dos avales de mil libras cada uno o cuatro de quinientas. La publicación, que su defensa jamás había desmentido, se volvía así en su contra a cada nueva lectura. El chelín entregado por Tuskin había dejado probada la venta del primer volumen; los pasajes leídos en voz alta ante los magistrados lo habían transformado en una causa por blasfemia. Woolston había pretendido imponer otra manera de leer los milagros.
