La sopa estaba lista. El cuchillo había quedado sobre la mesa. Al regresar a casa, la noche del 8 de mayo de 1822, Étienne Charnalet halló estas dos modestas señales de una cena que debía celebrarse, y a nadie con quien compartirla. Su esposa, Marie Gérin, se había marchado a confesar a Saint-Quentin. La habían visto en la iglesia. Entre aquel templo y la vivienda donde su marido la aguardaba, se desvaneció.
Charnalet interrogó a los vecinos. Un primo, Joseph Charvet, y su esposa se encaminaron a la casa rectoral. ¿Acaso el párroco Mingrat se había encontrado con Marie? Sí, respondió en sustancia: la había dejado en la iglesia. En la memoria que redactaría semanas más tarde, el teniente de alcalde Bossan refiere asimismo que el sacerdote la había descrito como perturbada. Aquel término brindaría a la desaparición un pretexto harto conveniente. Antes incluso de hallar a Marie, cabía ya conjeturar qué se habría hecho a sí misma.
Al día siguiente, un labrador llamado Joseph Michon reparó en unas manchas de sangre en un camino que descendía hacia el Isère. Junto a un nogal yacían una soga y un pequeño cuchillo. Michon tomó este último, lo ocultó entre unos matorrales, regresó a buscarlo, lo lavó y lo guardó en su morada antes de entregárselo a Bossan. La pieza de convicción había iniciado su andadura entre las vacilaciones de un hombre que ignoraba aún qué sostenía entre las manos.
Era un cuchillo con cachas de ébano, provisto de una hoja de cortaplumas y un sacacorchos. Puesto que el de Marie continuaba sobre su mesa, era menester buscar en otra parte. Bossan pensó en el párroco, sin considerarlo entonces un asesino: sopesaba que el sacerdote hubiese olvidado el cuchillo en la casa de la mujer y que esta se hubiese servido de él antes de arrojarse a las aguas. Él mismo lo reconocería en su memoria. La sospecha no trazó una línea recta; transitó primero por una conjetura que cargaba todo el oprobio sobre la difunta.
Marie Gérin era la esposa de un jornalero de la aldea de Le Gît. Frecuentaba los oficios de las parroquias vecinas y se disponía a viajar a Veurey. Su último desplazamiento conocido correspondía a esa existencia ordinaria. Una religiosa, la señora de Saint-Michel, la había divisado en la iglesia de Saint-Quentin. Para el marido, para los allegados que la buscaban, restaba averiguar qué había acontecido tras aquel encuentro. El río aún no respondía; la rectoría, en cambio, tenía una puerta.
Bossan acudió a entrevistarse con Mingrat. Según su relato, el cura confirmó haber visto a Marie, aludió a una confesión denegada e insistió en la idea del trastorno de la mujer. No obstante, el 16 de mayo, el hallazgo de restos humanos mudó la naturaleza de las pesquisas. Otros fragmentos fueron recuperados con posterioridad. La memoria del teniente de alcalde recoge las constataciones de los facultativos: ya no cabía explicar una ausencia mediante un ademán de desesperación. Una mujer había sido asesinada y su cuerpo, descuartizado. La búsqueda de una desaparecida se convertía en la de su homicida. Quienes habían visto a Marie aquella tarde, los objetos hallados en el sendero, las respuestas del párroco cobraban de pronto otro sentido.
En la rectoría, otra mujer había escuchado lo que sus ojos no vieron. La sirvienta llevaba también por nombre Marie. En su declaración publicada, refiere haber subido para transmitir un recado concerniente a unas honras fúnebres. Tras la puerta cerrada del despacho, había percibido gemidos. Mingrat le había respondido, ordenándole luego que bajara. Relata asimismo ruidos extraños, un mandado al exterior para llevar un periódico y, a la mañana siguiente, cenizas entremezcladas con lienzos quemados de manera incompleta.
Su papel en la causa resultaba terrible por su misma estrechez. Había estado a un paso; había permanecido fuera. Los sonidos que describía no le habían revelado la identidad de quien se hallaba encerrado con el cura, y no había presenciado forcejeo ni crimen alguno. Con todo, cotejados con la desaparición de Marie Gérin, aquellos ruidos y vestigios conferían al despacho cerrado una trascendencia que las primeras explicaciones de Mingrat no podían desvanecer.
El cuchillo siguió, por su parte, un derrotero más paciente. La criada conocía el de su amo y describió sus rasgos. Cuando le exhibieron la pieza encontrada, no logró, sin embargo, reconocerla con certidumbre: existían ejemplares semejantes. Un cuchillero de Grenoble identificó una marca empleada en su comercio, mas sin reconocer de inmediato el objeto. El examen condujo hacia un oficial que trabajaba en su taller.
Aquel artesano aportó el detalle decisivo con su testimonio. El cuño representaba un armiño; su troquel, deteriorado, ya no marcaba la pata izquierda del animal. Mostró otra pieza con el idéntico defecto y declaró haber vendido el cuchillo a Mingrat. Una alimaña incompleta grabada en el metal venía así a corroborar los testimonios recogidos en el pueblo. Lo que la doméstica no había osado certificar, un artesano lo aseveraba al reconocer el percance de su propia herramienta.
El párroco, empero, no aguardó a que se reunieran todas aquellas declaraciones. El 17 de mayo, unos gendarmes acudieron a verlo sin disponer de una orden de detención. Muy pronto abandonó la comarca. Arrestado al otro lado de la frontera por las autoridades sardas, quedó recluido en Chambéry. La justicia francesa tenía en adelante un reo a quien perseguir, pero ya no lo tenía a su merced. Para Charnalet y los Gérin, aquella distancia pesaría tanto como las pruebas.
El 9 de diciembre de 1822, la audiencia provincial de lo criminal del Isère juzgó a Mingrat en rebeldía. Lo declaró culpable de homicidio voluntario perpetrado con premeditación durante la noche del 8 al 9 de mayo. Por el contrario, lo declaró no culpable de la violación que se le imputaba asimismo. La condena a muerte recaía sobre el asesinato. En el fallo reproducido en la compilación de 1827, ambas resoluciones se suceden: la segunda no queda sepultada bajo el horror de la primera.
La sentencia prescribía el suplicio en Grenoble y, por tratarse de una condena dictada en ausencia del reo, la fijación de un extracto en un poste en Saint-Marcellin. Aquello no entrañaba el regreso del condenado. El esposo de Marie y su hermano reclamaron su extradición; sus trámites no lograron la entrega. El hermano, que ejercía en París el oficio de fabricante de piezas de acero y joyero, acabó por trasladar la causa allí donde las peticiones oficiales no habían alcanzado: ante los marchantes y feriantes.
Vendía una relación del crimen junto con sus mercancías. Su letrero rezaba: «Al hermano de la víctima del cura Mingrat». La familia había mandado imprimir su relato; Gérin añadía a las páginas el peso de su presencia. Bajo el nombre del asesino estaba su hermana. Cada ejemplar podía marcharse con un cliente, entrar en un hogar, restituir la muerte de Marie a una conversación. Semejante notoriedad concitó a su vez intervenciones policiales y querellas.
En Niort, en julio de 1826, el comisario Duval incautó los folletos. Gérin y su esposa se encontraban allí con motivo de la feria. Las autoridades cuestionaban la posesión de la licencia preceptiva para el ejercicio de la librería. La mujer de Gérin, cuñada de Marie, protestó. Las declaraciones divergen en cuanto a las palabras y los ademanes del altercado, pero se abrió otro proceso: debía responder por injurias a la autoridad del comisario. El libro y la disputa serían juzgados por separado.
El tribunal le impuso quince días de prisión. Apeló la sentencia; el ministerio público hizo lo propio, con el afán de obtener una pena más severa. El 1 de septiembre, la corte de Poitiers confirmó los quince días. La familia perseguía la memoria de una mujer asesinada; una de sus parientes se hallaba ahora condenada por las palabras cruzadas en una querella con la policía. Gérin denunciaba persecuciones. Las autoridades, en aquel expediente, sostenían que no se trataba sino del respeto debido a su función.
El 22 de septiembre, en Niort, llegó el turno del pleito de los libros. La defensa distinguió el oficio de librero de la venta, por parte de un hombre interesado en la relación, de una obra consagrada a la desgracia de su propia familia. El tribunal absolvió a Gérin libre de costas. Aquella resolución le daba la razón en esa causa; no borraba la condena de su esposa ni la de Mingrat, que seguía pesando sobre un ausente. Cuatro años después de la sopa que quedó servida, el hermano de Marie había conquistado en aquel proceso el derecho a vender su historia. El marido, en cambio, jamás tuvo regreso alguno que aguardar.
