El 24 de abril de 1617, Concino Concini se presentó a las puertas del Louvre. Nicolas de L’Hospital, barón de Vitry y capitán de las guardias, acudió a su encuentro en nombre del rey. La orden de arrestar al valido trocóse en matanza: Concini cayó abatido por los hombres de Vitry. La crónica de Champagnac afirma que el mariscal se negó a entregar su espada y pereció sobre el puente levadizo; los historiadores que han examinado el suceso matizan el punto exacto de acceso al palacio y recuerdan que los testimonios de la época discrepan sobre la resistencia de Concini. El hecho capital permanece incontrovertible: el rey Luis XIII había resuelto aniquilar el poder de aquel que gobernaba a la par de la reina madre, y el capitán de las guardias ejecutó el mandato a punta de arcabuz.
El ajusticiado era florentino. Arribó a Francia con María de Médicis en 1600, cuando esta desposó a Enrique IV. Su esposa, Léonora Galigaï, formaba parte de su séquito. Champagnac la presenta como hija de la nodriza de la reina; otras investigaciones la señalan como su hermana de leche y favorita. Concini había principiado al servicio de María como simple gentilhombre. A medida que prosperaba la privanza de su protectora, acumuló dignidades y mercedes: primer gentilhombre de la cámara, marqués de Ancre, gobernador de Normandía y, finalmente, mariscal de Francia. Esta última dignidad le fue conferida en 1613, sin que una carrera de armas previa justificase tales laureles. En el reino, las preeminencias no bastaban para acallar los recelos.
Al morir Enrique IV en 1610, María de Médicis asumió la regencia. Luis XIII, todavía un niño, permanecía relegado del despacho, mientras su madre y los ministros regían la monarquía. Concini vino a situarse en el centro neurálgico de una corte donde el poder regio, las facciones nobiliarias y la disputa por el favor del soberano se confundían. Respaldó la política de la regente y concitó la inquina de varios de los grandes del reino. Los libelos que zaherían su privanza le achacaban codicia, soberbia, traición y tiranía; tras su muerte, aquellos cargos arreciaron. La imagen del advenedizo italiano erigido en amo del reino es, en gran medida, la estampa que una orquestada campaña política se afanó en propagar.
Champagnac asevera que Concini había reclutado a siete mil hombres para sostener la autoridad real —o, según sus términos, la que él mismo ejercía en nombre del rey—. Semejante cómputo debe dejarse a la sola cuenta del cronista: los opúsculos publicados contra la pareja florentina fueron tan copiosos y feroces que la historiografía actual los analiza en tanto que artefactos propagandísticos, y no como reflejo fiel de la conducta de los encausados. Los denuestos arremetían contra su linaje italiano, su desmedido caudal y su intimidad con la reina, presentando al matrimonio como una ponzoña para el Estado. El joven monarca, por su parte, toleraba cada vez peor el estrecho margen que se le concedía. Charles d’Albert de Luynes, su privado, le espoleó a empuñar las riendas. El derrocamiento de Concini fue, pues, un magnicidio político, pero también el acto fundacional con el que Luis XIII afirmó su propia soberanía.
La muerte no puso término al escarnio. El cadáver de Concini recibió sepultura precaria y sin pompa. A la mañana siguiente, una turba lo desenterró, lo arrastró por las calles de París, lo mutiló y le prendió fuego sobre el Pont-Neuf. Champagnac describe pasajes de un salvajismo atroz; los grabados y memoriales coetáneos corroboran que los despojos fueron arrojados a la plebe y que aquella profanación se escenificó como el debido castigo a un tirano. Estas pinturas pretendían insuflar sentido al acontecimiento: si el pueblo ensañábase con el cuerpo inerte, era —según la propaganda regia— en señal de júbilo por el cambio de reinado. Mas nada compele a interpretar semejante tramoya como el fallo espontáneo de una ciudad unánime. Los pasquines dictaban la mirada con la misma fuerza con que pretendían registrar la cólera pública.
La ruina de Concini arrastró a su esposa, sin que ambos procesos deban asimilarse por entero. Léonora fue apresada, recluida primeramente en la Bastilla y conducida más tarde a la Conciergerie. El juicio de su marido se celebró a título póstumo; el de la mariscala habría de desembocar en su propia condena. Ambas causas se derivaron del golpe de mano del 24 de abril, si bien la segunda recaía sobre acusaciones formuladas contra su persona. A ella no se le imputaba haber empuñado las armas junto a su marido; era la viuda a quien el nuevo poder podía aislar, despojar de sus prebendas y sentar en el banquillo.
Los cargos recogidos por Champagnac entremezclaban una correspondencia secreta con Madrid y Bruselas, la acusación de nigromancia e interrogatorios sobre el regicidio de Enrique IV. Esta última insidia no llegó a cuajar en su relato en inculpación formal: el autor refiere que, tras sus descargos, no subsistió sombra de sospecha contra Léonora ni contra María de Médicis tocante a dicho magnicidio. Las imputaciones de brujería, por el contrario, fueron llevadas a los estrados. Hallaban cabida en un siglo donde tales supersticiones gravitaban con peso letal sobre los tribunales; asimismo, resultaban de suma utilidad para legitimar la usurpación del mando y justificar la confiscación de los cuantiosos caudales del matrimonio. Las pesquisas de Magda Campanini demuestran que los impresos de 1617 ligaban sin cesar a Galigaï con Concini, señalándola como su cómplice e imputándole artes diabólicas. Tal imbricación es fruto de la propaganda; dista de constituir prueba de los hechos que pretendía desvelar.
Champagnac convoca en su texto a Montalto, médico llegado de Italia, y a los exorcistas milaneses a quienes Léonora habría impetrado auxilio. Consigna asimismo la célebre réplica atribuida a la rea frente a sus jueces al ser interrogada sobre cómo había embrujado a la reina: habría respondido que las almas fuertes ejercen un ascendiente natural sobre las débiles. La sentencia es célebre y deslumbra por su temple; con todo, no puede admitirse aquí como transcripción fidedigna de las actas. Los estudios sobre la literatura de cordel de la época advierten de que diversos pliegos teatralizaban las declaraciones de Galigaï, impostando su voz. Imposible resulta discernir, sin sumo tiento, la memoria real de lo pronunciado del artificio retórico legado por la crónica.
La instrucción, en los términos trazados por Champagnac, jamás se despojó del sesgo faccioso. Cita a dos relatores: Courtin, a quien retrata subordinado a las miras del nuevo valido del rey, y Deslandes Payen, quien se habría resistido a exigir la pena de muerte. Sostiene que varios magistrados desertaron del tribunal, que algunos se inclinaban por el destierro y que las presiones de Luynes decantaron la mayoría hacia el cadalso. Tales pormenores conforman el reproche moral del cronista contra la sentencia; al carecer el texto de cotejo documental con las piezas originales, deben permanecer circunscritos a su testimonio y no tenerse por actas judiciales debidamente compulsadas.
El 8 de julio de 1617 fue pronunciado el fallo; Champagnac señala que la sentencia declaró a Léonora convicta de crimen de lesa majestad divina y humana. Pese a haber abundado sobre los sortilegios en su relato, no incluye la hechicería de modo explícito entre los considerandos resolutivos que transcribe. Los estudios de Magda Campanini corroboran igualmente que el término «brujería» no figura en la parte dispositiva del auto, si bien impregnó de cabo a rabo la causa sumarial. Conducida a la plaza de Grève, Galigaï fue decapitada y sus restos arrojados a las llamas. La narración decimonónica pondera el súbito silencio de la muchedumbre y las lágrimas que habrían sucedido al furor popular. Otros testimonios coetáneos armaron de igual modo este cuadro del patíbulo, adjudicando ademanes y palabras encaminados ora a conmover, ora a anatematizar. La escenografía pertenecía al suplicio público, mas también a la contienda política que lo había fraguado.
Del foso del Louvre a las losas de la plaza de Grève, aquel mismo año conoció dos muertes de distinta laya: un valido cosido a tiros por la guardia del rey y su viuda condenada por un tribunal de justicia. La muerte de Concini precipitó el ostracismo de María de Médicis y el advenimiento efectivo de Luis XIII a la gobernación del Estado; la pena impuesta a Galigaï revistió de forma jurídica la aniquilación del clan florentino. Champagnac colige de ello la muestra de una justicia cortesana y la rapacidad del nuevo poder. Las fuentes de su crónica no permiten dirimir cada imputación ni acoger a ciegas su encendida defensa de la mariscala. Revelan, en cambio, con qué eficacia un proceso puede convertir al rival político en réprobo universal, recordándonos que las relaciones históricas que han sobrevivido deben leerse atendiendo tanto a los hechos que transmiten como a la causa partidaria a la que sirvieron.
