Pasaron dieciocho días antes de que se avisara al juez. Louis Daigremont había sido sepultado, los vecinos habían discutido, unos hablaban de veneno y otros se negaban a creerlo. La muerte había sido rápida; la duda, en cambio, se instalaba con lentitud. En aquella casa de Saint-Aignan-sur-Roë, se había buscado primero una explicación a la enfermedad de un hombre que regresaba de los campos. Sería preciso reabrir su tumba para ofrecer a las conversaciones otro sostén que no fuera el recuerdo de la cena y la opinión que cada cual guardaba de su esposa.
Daigremont labraba la tierra en el distrito de Château-Gontier. Su matrimonio con Louise Bruchet databa de dieciocho meses atrás. Ella tenía diez años menos que él y, según la crónica, no había aceptado dicha unión sino bajo coacción. Había nacido un niño. Las desavenencias se multiplicaban; en ocasiones, Louis amenazaba a Louise y la había golpeado. El relato antiguo lo presenta, sin embargo, como a un hombre apreciado por sus convecinos, haciendo recaer sobre el carácter de la cónyuge la responsabilidad de las violencias del hogar. Conviene retener el hecho sin hacer propia semejante disculpa: lo que acontecía de puertas adentro no se medía por la reputación que el marido gozara de puertas afuera.
El viernes 30 de mayo de 1828 estalló una nueva disputa. Louis marchó a trabajar hacia las dos y regresó a las ocho para cenar. La criada había participado en los preparativos del yantar. Más adelante, describiría la manera insólita en que su ama había dispuesto el pan destinado al cuenco del marido, guardándolo luego en un cajón antes de hacerle verter el caldo. En aquel instante, nada interrumpió el servicio. Llegó la sopa, el campesino empezó a comer y al punto se quejó de su sabor.
Advirtió en el fondo del recipiente lo que le parecieron grumos. Louise replicó que habían caído unas gotas de gachas y le reprochó que siempre anduviese regañando. Él continuó su cena. La explicación guardaba la medida del incidente: un guiso mezclado con otro, un hombre disgustado, una mujer cansada de sus observaciones. Pero cuando quiso tomar después un huevo, los dolores se tornaron violentos. Comenzaron los vómitos y la noche transformó la mesa familiar en el recuerdo de un peligro que ya era tarde para conjurar.
Los vecinos llamados en auxilio pensaron en el agua muy fresca que Louis había bebido por la tarde, durante una penosa faena bajo el bochorno. Semejante suposición atribuía al padecimiento un origen ajeno a la cena. El enfermo pidió al cura e hizo llamar a sus allegados para despedirse de ellos. Su estado empeoró durante la noche. Por la mañana, los lamentos declinaron a la par que sus fuerzas; hacia las once, expiró. Ninguno de cuantos le rodeaban había obtenido aún, mediante reconocimiento facultativo, la certidumbre de qué acababa de arrebatarle la vida.
Un segundo suceso desvió, no obstante, las sospechas. Murieron varias aves de corral de las inmediaciones y un perro cayó enfermo. Se advirtió que tales animales se habían acercado a las materias vomitadas por Daigremont. Los lugareños emparentaron sus síntomas con los del labrador. No se trataba de un experimento conducido por peritos, sino de una observación en el patio y sus alrededores, examinada al calor de los restantes hechos de la noche. Aquello impidió que el asunto se diese por zanjado atribuyéndolo al agua fría o a una indisposición repentina.
Las habladurías se prolongaron. Ciertas personas defendían a Louise; otras reparaban en su lejanía del lecho, en su premura por limpiar, en su actitud cuando se quiso prevenir a los amigos o al médico. Unos mismos gestos podían describirse como la insensibilidad de una esposa o como los actos corrientes de una mujer desbordada por una crisis. Fueron los recuerdos de la criada, unidos a las circunstancias materiales, los que confirieron a tales apreciaciones un orden más cabal. La muchacha había visto preparar la comida; podía hablar de objetos tocados, mudados de sitio, guardados fuera de su alcance.
Cuando por fin se informó a la autoridad, el juez ordenó la exhumación. La autopsia reveló graves lesiones en las vías digestivas. Los análisis químicos recogidos por la crónica concluyeron la presencia de arsénico en el contenido estomacal. El agua fresca bebida en los campos había acaparado las conversaciones de los primeros días. El hallazgo en el estómago trasladaba en ese momento toda la pesquisa hacia lo que se había servido al enfermo y hacia las personas que habían tenido acceso a las viandas. La instrucción disponía en lo sucesivo de una constatación material del veneno, bien distinta del juicio emitido sobre el semblante de un rostro. Dicho resultado no designaba a quien lo hubiera administrado; forzaba a investigar de qué suerte había podido entrar la sustancia en la morada y alcanzar el plato de Louis.
Arsénico había en ella. Louise había instigado a su marido a comprarlo con el pretexto de exterminar ratas; la sirvienta declaró que no las había en su casa. Se dio cuenta asimismo de diligencias para procurarse otros productos peligrosos. En el momento del arresto, se incautó una autorización expedida a nombre del esposo. El pliego presentaba visos de legalidad: el nombre de un agricultor, una petición doméstica, un papel salido de la alcaldía. La acusación coligió de ello uno de los actos preparatorios del crimen, mientras que el testimonio de la criada vinculaba la compra con el cuenco reservado.
Louise fue detenida diecinueve días después de la muerte. Rogó a su sirvienta que guardara silencio y, durante los interrogatorios, le dirigió señas que los pesquisidores no pasaron por alto. Concluyó por acusarla de haber emponzoñado a Louis y de haber intentado envenenarla a ella misma a continuación. La testigo se vio así tachada de autora de los mismos hechos que contribuía a desvelar. Ante el tribunal de la audiencia provincial, al preguntársele a Louise si se ratificaba en semejante imputación, respondió no saber nada de ello. La inculpación arrojada contra la criada no halló, pues, en sus labios la misma firmeza que sus negativas personales.
El proceso se abrió el 10 de octubre de 1828 ante la audiencia de Mayenne. Louise negó los hechos. A propósito de cierto dinero hallado en su armario, pretendió que un magistrado lo había colocado allí para perderla. Interrogada sobre las cofias nupciales que había rasgado tras el óbito, alegó que no había sido dichosa. El tribunal escuchaba respuestas de índole harto distinta: una culpaba al instructor, la otra descubría la vida conyugal. Ni la desdicha declarada ni la conducta examinada eximían a los jurados de calibrar la prueba del acto perseguido.
Un gendarme llamado Quentin refirió también las preguntas que ella le hizo sobre los resultados de la autopsia. Louise le habría inquirido si se había hallado veneno, para expresar luego el temor a ser ejecutada. El cronista prodiga los comentarios sobre su serenidad, sus silencios y sus lágrimas, trocándose cada uno bajo su pluma en indicio de culpabilidad. El proceso descansaba, sin embargo, en elementos más sólidos que aquella exégesis de las actitudes: la sustancia accesible, la cena aderezada, las observaciones de la criada, la muerte y el examen anatómico. Su defensa debía afrontarlos de consuno.
El jurado se pronunció por siete votos contra cinco. La sala confirmó por unanimidad el veredicto y condenó a Louise Bruchet a la última pena. Esta división inicial no debe desvanecerse tras la seguridad del cronista: no todos los jurados habían respondido del mismo modo. El capítulo concluye con la sentencia; nada refiere sobre la ejecución. De Louis, conserva las últimas quejas sobre su sopa; de Louise, un matrimonio que ella decía desdichado y unos hechos que persistió en negar. Entre ambos, una doméstica había debido hacer valer el peso de lo que había observado en el curso ordinario de su labor.
