El expediente de William Habron se cerró en dos ocasiones: la primera mediante una condena a muerte; la segunda, con el reconocimiento oficial de que otro hombre había arrebatado la vida al agente Nicholas Cock. Entre ambas resoluciones, un joven jardinero consumió varios años bajo la pena conmutada de presidio perpetuo, mientras aquel que se declaraba culpable del asesinato aguardaba a su vez la hora del cadalso. La justicia había mudado de relato; empero, era incapaz de reintegrar al encausado los años consumidos.
En 1876, Nicholas Cock servía en el cuerpo de policía de Mánchester, destinado al distrito de Whalley Range. Conforme a la relación posterior de Charles Peace transmitida por H. B. Irving, Peace se introdujo en un jardín durante un allanamiento, fue sorprendido por unos guardias y disparó contra Cock antes de emprender la huida. La reseña coetánea del Manchester Courier, recogida en la Royal Cornwall Gazette, expone más bien lo que se averiguó en las horas subsiguientes: Cock había cruzado palabra con un transeúnte, sonaron dos detonaciones y de inmediato se le halló malherido sobre el camino. Llegaron su colega y otros agentes; el arma no pudo ser hallada. Semejantes versiones no son de idéntica naturaleza: el periódico retrata unas pesquisas en curso; Irving traslada un testimonio posterior atribuido a Peace.
La primera pista, sin embargo, no brotó entre aquellos vergeles, sino que se fijó en una amenaza proferida contra Cock. Refiere Arthur Griffiths que unos tales William y John Habron habían comparecido ante los magistrados de Chorlton-cum-Hardy por embriaguez y que William, al abandonar la sala, proclamó que dispararía contra el agente antes de caer la noche. Se deslizó una errata cronológica en dicho pasaje: Griffiths anota julio de 1875, pero su narración sitúa sin dilación el fallecimiento de Cock esa misma velada, cuando Hansard consigna el homicidio en agosto de 1876 e Irving data el proceso en noviembre de dicho año. La interpelación parlamentaria de 1879 señala asimismo agosto como mes de la condena, lo cual mal puede avenirse con una vista abierta el 27 de noviembre; tal mes figura, pues, como un error en los debates. Irving data las citaciones y las multas en julio y agosto de 1876. El cotejo de ambas fuentes consiente rectificar la cronología sin disimular el yerro de la crónica.
La intimidación fue reiterada ante diversos testigos. El diario contemporáneo informa de que Simpson, el caminante con quien Cock acababa de conversar, oyó los disparos y regresó junto al guardia, quien ya solo acertó a reclamar al sargento. La crónica de prensa apunta que la policía detuvo a tres hermanos Habron y, desde la primera jornada, contrastó sus botas con las huellas sin divulgar aún el resultado. Bent conocía su morada e hizo apostar guardia a su alrededor. Los tres hermanos —William, John y Frank— fueron apresados en sus lechos. El suelto periodístico pormenoriza que el registro de su alcoba y su jardín no arrojó prueba alguna que los inculpara. Al día siguiente se reunieron nuevos indicios y testimonios; Griffiths compendia el dictamen señalando que las huellas coincidían con exactitud con las botas.
Dichos indicios no hablaban todos con semejante nitidez. Cock no había logrado identificar con certeza a su matador antes de expirar. El rastro de pisadas asociaba a los hermanos a un terreno donde el tirador había hollado la tierra, mas no revelaba fisonomía alguna ni hora precisa. Un comercio de Mánchester aportó otro elemento: William habría inquirido por el precio de ciertos cartuchos. Hubo testigos que recordaron también los agravios contra Cock y manifestaron haber visto a los dos hermanos en una taberna cerca de las once, pese a que ellos sostenían haberse recogido a las nueve. Su defensa, refiere Griffiths, incurrió en contradicciones durante el contrainterrogatorio; la coartada esgrimida por cada cual se desmoronó. La prensa de los primeros días ya había trabado la muerte con las amenazas y anunciado el cotejo del calzado, aun antes de que los investigadores publicasen sus conclusiones. Así, la composición de un relato verosímil sobre una huella material podía primar sobre la plena acreditación de la identidad.
El juicio quedó abierto ante el tribunal de lo criminal de Mánchester el 27 de noviembre de 1876. John resultó absuelto; William, hallado culpable en solitario, fue condenado a la última pena. El representante del Ministerio del Interior recordaría más tarde en la Cámara de los Comunes que el propio juez instructor estimaba que las pruebas tendían a demostrar que William no era, a ciencia cierta, el hombre que había disparado. Con todo, las pruebas indiciarias y ciertas expresiones del procesado convencieron al jurado de su connivencia. El magistrado pronunció la sentencia, mas esta fue suspendida y conmutada poco después por reclusión perpetua.
El abismo que media entre «haber disparado» y «estar involucrado» gravitó entonces con todo su rigor. Se habían acreditado una bravata, ciertas compañías y unas pisadas; no se había obtenido una identificación fehaciente por parte del guardia moribundo. El jurado dio crédito a un conjunto, allí donde cada eslabón, tomado por separado, albergaba su margen de duda. La pena conmutada libró a William del cadalso sin devolverle la honra: lo dejó signado con el infamante nombre de asesino.
Charles Peace había asistido a la vista pública. H. B. Irving relata que, tras pronunciarse el fallo, regresó a Sheffield, en tanto que William continuaba bajo condena. Griffiths, por su parte, sostiene que Peace le hizo una confesión pormenorizada en el presidio, poco antes de su ejecución en Leeds, incoándose de inmediato una pesquisa oficial. Irving imputa el testimonio minucioso a una confesión recibida por el reverendo Littlewood, quien dio ulterior cuenta de lo manifestado por Peace. Los dos autores discrepan, por tanto, en cuanto al destinatario directo del descargo; Hansard ratifica que hubo una confesión previa a la ejecución, silenciando el nombre de quien la escuchó.
La revelación no podía admitirse por su sola palabra. El hombre que se declaraba autor del crimen estaba ya sentenciado por otro homicidio y abocado a la horca; había presenciado el juicio de los Habron, conocía los detalles divulgados del proceso y podía pretender aureolar su fin con tintes de menor infamia. El ministro del Interior aseveró que semejante confesión reclamaba el examen más severo. Consultó con el juez que había presidido los debates, con los letrados de la Corona y con un avezado jurisconsulto. Tras dicha verificación, consideró que las afirmaciones de Peace se hallaban corroboradas en varios extremos de fuste. El magistrado y los consejeros jurídicos refrendaron dicho parecer.
El 17 de marzo de 1879, el ministro comunicó a los Comunes su decisión de aconsejar el indulto real para William Habron. Rememoró que la ejecución de la pena ya se había suspendido durante el mismo proceso, por cuanto el juez albergaba el convencimiento de que Habron no había empuñado el arma homicida. La nueva confesión no venía, pues, a sustituir de manera simple un fallo judicial por una palabra sobrevenida: concurría con las reservas expresadas al tiempo de la condena y con las averiguaciones practicadas con posterioridad. William obtuvo el perdón real y recobró la libertad.
La reparación pecuniaria siguió su propio cauce. El 25 de marzo, el ministro aclaró que jamás había comprometido la cuantía de doscientas cincuenta libras aireada en los periódicos, si bien disponía de dicha provisión y deliberaba acerca del modo de asegurar el porvenir del antiguo recluso. Griffiths alude a una indemnización de ochocientas libras. En 1881, en sede parlamentaria, un diputado justipreció en mil libras la suma satisfecha a Habron. Estas cifras no concuerdan; las actas parlamentarias dan fe de un auxilio gubernamental, pero no consienten fijar con certeza su cómputo definitivo.
Queda la memoria del agente Cock, cuyo fallecimiento inauguró este encadenamiento de desatinos. Las fuentes examinadas no consignan su postrera declaración con la exactitud requerida para colegir de ella un reconocimiento; las relaciones ulteriores prefieren recoger las manifestaciones de los policías que lo socorrieron. Su homicida, Charles Peace, solo fue individualizado cuando su propia condena lo puso frente a la muerte. Entretanto, ciertos indicios veraces —una amenaza, la presunta adquisición de munición, unas marcas en el fango— se habían coaligado en torno a un hombre que no había apretado el gatillo.
De esta suerte concluyó la causa de William Habron: merced a una confesión examinada, contrastada y coronada por la gracia soberana; no mediante la restitución del tiempo que devoró la cárcel. Una condena puede ser conmutada sin que el yerro se declare, y la inocencia puede proclamarse a los cuatro vientos sin borrar por ello la primera crónica estampada en las gacetas ni la huella indeleble grabada en la vida del condenado. Los legajos de este proceso constriñen a no confundir la amenaza corroborada por testigos, la identificación incierta, la pisada conjeturada, la declaración del reo Peace y el control parlamentario que al cabo franqueó la libertad a Habron. Solo guardando tales lindes cabe justipreciar el agravio sin transmutar una rectificación judicial en fábula.
