En noviembre de 1831, una joven llamada Baton se presentó ante la comisaría de Lambeth Street. Temía que su abuela, Elizabeth Walsh, hubiese sido víctima de una infamia. Las pesquisas del oficial Lea revelaron que la anciana había desaparecido tras haberse instalado como huésped en casa de Elizabeth Ross, a quien la crónica nombra también como Cook. Pocos días después, en el puesto de Worship Street, no fue una vecina ni un cómplice adulto quien acusó a Ross: fue su propio hijo, un muchacho de unos once años.
Walsh era anciana, tullida y menesterosa. Se ganaba unas monedas vendiendo por las calles bobinas de hilo, cordones de corsé y fruslerías menudas. Ross la conocía y la había apremiado a alojarse bajo su techo. Se le había aconsejado a Walsh desconfiar de aquella mujer, que comerciaba con pieles de gato y de liebre y convivía con un hombre llamado Cook, a quien el cronista describe como un ladrón de cadáveres. Mas la anciana se dejó persuadir. El 19 de agosto de 1831, franqueó el umbral de la única habitación de Goodman’s Yard, en el barrio de las Minories, donde vivían Ross, su compañero Cook y el hijo de ambos.
Tras su llegada, Walsh solo fue vista fuera de la casa en una ocasión, según las actas; jamás se la volvió a ver con vida. Con todo, la policía carecía de su cuerpo. La declaración de la nieta despertó las sospechas, y de inmediato Lea ordenó el arresto de Cook, de Ross y del chiquillo. En dependencias policiales, el muchacho se mostró tan alterado que se mandó llamar al maestro y a la maestra de la escuela parroquial de Aldgate, a la que concurría desde hacía dos o tres años. A ellos les refirió lo que aseguraba saber sobre la desaparición de Walsh, y luego reiteró su testimonio ante los magistrados.
El 2 de noviembre, Cook y Ross fueron conducidos al banquillo de los acusados mientras su hijo se disponía a testificar contra ellos. El asombro de ambos fue manifiesto. El juez le preguntó si deseaba hablar con libertad sobre la desaparición de Walsh; el niño asintió y prestó juramento. Conforme a su deposición, la señora Walsh se había presentado un viernes por la mañana hacia las diez con pan en una cesta, del cual le ofreció un pedazo para almorzar. Volvió a marcharse y regresó a la hora del té. Su madre, la anciana y el muchacho tomaron café; Cook no se hallaba presente en ese instante, pero había visto llegar a Walsh a media mañana.
Hacia las nueve y media de la noche, tomaron de nuevo café durante la cena. El muchacho afirmó que la taza le había provocado un letargo sin llegar a descomponerlo. Walsh también se había adormilado; se había recostado sobre el lecho de los padres del niño, con la mano bajo la cabeza, sin quejarse de nada y, a su parecer, con buena salud. Más tarde, vio a su madre acercarse a la cama, poner la mano derecha sobre la boca de la señora Walsh y la otra sobre su cuerpo. En este pasaje de su testimonio rompió a sollozar, lamentando verse obligado a hablar contra su propia madre. Sostuvo que ella mantuvo esa postura durante al menos media hora. Walsh apenas opuso resistencia, si bien sus ojos se abrieron y se agitaron.
El muchacho relató que Cook se encontraba entonces en la alcoba, vuelto hacia la ventana. A decir suyo, jamás se volvió ni llegó a tocar a Walsh. No había mediado riña alguna: los tres adultos, aseguraba, mantenían un trato cordial hasta ese momento. Cerca de una hora después de la escena del lecho, su madre levantó a Walsh y la bajó en brazos. Ignoraba adónde se había dirigido. Él y su padre se fueron a dormir; a la mañana siguiente, al cruzar el sótano antes de marchar a la escuela, vislumbró el cuerpo dentro de un saco depositado bajo la escalera. La cabeza asomaba, con cabellos en los que se mezclaban las canas y el negro. Reconoció el saco como propiedad de un hombre llamado Jones, con quien Cook faenaba.
El niño aseguró no haber revelado a nadie lo que había visto. Al mediodía, al regresar de la escuela, halló a su padre golpeando a su madre. El muchacho dedujo que la disputa provenía de que ella había salido a beber con la nieta de Walsh, quien había acudido a inquirir por su abuela. Creyó oírla tachar a Cook de asesino, mas no recordaba que lo hubiera amenazado con delatarlo. A la noche siguiente, después de que sus padres hubiesen cenado, su madre abandonó la habitación hacia las diez. Media hora más tarde, el chiquillo la vio desfilar bajo la ventana, cargando a cuestas con el saco atado al hombro. El domingo, ella le confió que había transportado el cadáver hasta el hospital de Londres.
En reiteradas ocasiones, el muchacho insistió en que su padre no había hecho nada. No vio que Cook posara la mano sobre la señora Walsh, ni oyó que tratara del asesinato con Ross. Sin embargo, varios testigos contradijeron partes de este relato. Barry afirmó haber visto al niño ayudar a su madre a cargar con el fardo; otro testigo dudaba que una mujer sola hubiese podido transportar en brazos a una persona tan corpulenta como Walsh. El muchacho había hablado, además, del cuerpo llevado en brazos tras la escena del lecho, luego del saco descubierto en el sótano y del que más tarde vio pasar bajo la ventana. Los magistrados indagaron asimismo sobre el hecho de que el cuerpo hubiera permanecido una jornada entera bajo la escalera; la casera repuso que aquel sótano sombrío, infestado de ratas, apenas era transitado por los inquilinos.
La investigación nunca llegó a descubrir el cadáver de Walsh. Sacó a la luz, en cambio, ciertos efectos: varias personas declararon haber comprado a Ross, en Rag Fair, prendas de vestir reconocidas como pertenecientes a la difunta. Otros aseguraron que había vendido el modesto género con el que Walsh se ganaba el sustento. Tras diversas comparecencias, Cook y Ross fueron remitidos a juicio por asesinato el 24 de diciembre. La conmoción pública provocada por los casos de «burking» que habían precedido a su proceso atizaba el espanto general; el cronista juzga que semejante clima forjó un claro prejuicio contra los dos encausados.
El proceso tuvo lugar en Old Bailey el 6 de enero de 1832. Ross compareció acusada de haber dado muerte a Walsh; Cook, de haber prestado auxilio a su compañera. La defensa arguyó que el chiquillo había mentido y que la anciana bien podía seguir con vida, dado que nadie había hallado su cuerpo. El jurado declaró culpable a Ross, mas absolvió a Cook. Así pues, el relato del hijo, rebatido en diversos pormenores y decisivo contra su madre, no bastó para condenar a su padre.
Ross fue sentenciada a la pena capital; su cadáver debía ser entregado a los cirujanos para su disección anatómica. Pese a todo, continuó proclamando su inocencia. Su versión sostenía que había dejado a Walsh en compañía de Cook la noche de la supuesta muerte, que había salido a la calle y que, al volver, le dijeron que la anciana había abandonado la casa. El lunes siguiente subió en solitario al cadalso. Hasta el último instante protestó su inocencia y se lamentó de haber abandonado Irlanda para morir de tal suerte. Walsh jamás fue encontrada.
