Anne Naylor logró ganar la calle y se dirigió a un lechero. Le suplicó que la protegiera: si regresaba a casa de su ama, dijo, moriría de hambre y de malos tratos. El amparo fue breve. Sarah Metyard, la hija de la casa, la alcanzó por el cuello y la arrastró de vuelta por la fuerza. Su madre inmovilizó a Anne sobre el lecho mientras Sarah la golpeaba con el palo de una escoba.
Ambas mujeres regentaban un taller de modistería en Bruton Street, cerca de Berkeley Square. En 1758, cinco jóvenes les habían sido confiadas como aprendizas por distintas casas de beneficencia parroquiales. Anne, de constitución endeble, rendía menos en el trabajo que las demás muchachas de su edad. Semejante debilidad la convirtió, según refiere Borrow, en el blanco inmediato de la cólera de las dos Metyard. Ya había intentado huir una primera vez; tras ser devuelta a la casa, la encerraron en el piso superior y no le suministraron a diario más que un mendrugo de pan y un poco de agua.
Tras su segunda captura, el castigo se convirtió en un escarmiento para las restantes aprendizas. Le ataron una soga alrededor de la cintura y le ligaron las manos a la espalda; la cuerda se fijó a la puerta de tal modo que no pudiera sentarse ni tumbarse. Permaneció amarrada de esta guisa durante tres jornadas, permitiéndosele acostarse por las noches. Pasó tres días y dos noches sin probar bocado, mientras se obligaba a las otras niñas a trabajar en una estancia contigua. Debían verla, pero tenían prohibido socorrerla. Se las amenazaba con hacerles padecer la misma suerte si osaban desobedecer.
Al cuarto día, Anne comenzó a hablar con dificultad. Su cuerpo ya no se movía. Las aprendizas gritaron hacia Sarah: «Miss Sally, Nanny no se mueve». Esta subió, respondió que ya se encargaría ella de hacerla mover y le golpeó la cabeza con el tacón de un zapato. Al no advertir señal alguna de vida, llamó a su madre. La anciana mandó cortar las ataduras y tomó el cadáver sobre su regazo; ordenó a una de las niñas que fuera a buscar un frasco de sales para reanimarla.
Las aprendizas fueron enviadas abajo. Las Metyard comprendieron que Anne estaba muerta y trasladaron su cuerpo al desván. A las demás les dijeron que la joven había sufrido un desvanecimiento, pero que se había recuperado; fingieron que permanecía encerrada allí para impedir que escapase. A mediodía, Sarah subió un plato de carne asegurando que le llevaba el almuerzo a Anne. La patraña obedecía a un propósito práctico: hacer verosímil la presencia de la muchacha mientras se la hurtaba a las miradas ajenas.
Cuatro días después del homicidio, encerraron el cuerpo en un arcón. A continuación, dejaron abierta la puerta del desván y entornada la de la calle. Una aprendiza recibió la orden de llamar a Anne para comer: si prometía portarse bien, se le devolvería la libertad. La niña bajó sola del desván. Anne no estaba allí. Las dos mujeres fingieron entonces un registro por la casa y anunciaron que había vuelto a fugarse.
La hermana de Anne también trabajaba en la casa. No dio crédito a la historia. Los zapatos, la camisa y las demás ropas de su hermana permanecían en el desván; Anne no podía, pues, haberse marchado como aseguraban. Confió sus sospechas a un huésped. Aquellas palabras pusieron su vida en trance de muerte. Ambas mujeres comprendieron que la muchacha podía desvelar lo que habían hecho; la mataron y ocultaron su cadáver. La crónica no precisa la fecha exacta ni las circunstancias de esta segunda muerte. Borrow vincula este fallecimiento a las sospechas de la joven; tal extremo queda aquí asentado bajo la autoridad de su relato.
El cuerpo de Anne permaneció dos meses dentro del arcón del desván. La puerta se mantuvo cerrada para contener el hedor. El 5 de diciembre, las Metyard decidieron que era preciso deshacerse de los restos. Al anochecer, los cortaron en pedazos, envolvieron la cabeza y el tronco en una tela, las extremidades en otra, y reservaron una mano, a la que le faltaba un dedo amputado antes de la muerte, para quemarla. Una vez acostadas las otras aprendizas, la madre arrojó la mano al fuego y sentenció que el fuego no revela secretos.
Pretendía reducir todos los restos a cenizas, pero la fetidez se lo impidió. Cargó con los fardos hasta Chick Lane e intentó arrojarlos por el sumidero de la cloaca, tras un muro. Al no conseguirlo, los abandonó entre el lodo y el agua, frente a la reja. El texto no indica que este intento provocara una pesquisa inmediata. Los cuerpos de las dos hermanas desaparecieron de la casa, y los años pasaron.
La violencia entre madre e hija, por su parte, no cesó. La anciana golpeaba a menudo a Sarah y se oponía a que abandonara el hogar. Rooker, un hombre que se alojó algún tiempo en casa de las Metyard, presenció los malos tratos que padecía la joven. Le ofreció una plaza de criada en su propia casa. Ella aceptó, pese a la resistencia materna. Más tarde, cuando él se estableció en Ealing tras heredar una pequeña propiedad, ella lo siguió. La crónica refiere que él la había seducido y que vivía a su lado en calidad de amante. Su madre continuaba visitándola y provocando altercados.
El 9 de junio de 1762, una de estas disputas estalló en casa de Rooker. La madre arremetió contra su hija; menudearon los insultos entre ambas. Sarah llamó a su madre «la perfumista» y «el fantasma de Chick Lane». Aquellas palabras aludían a los despojos de Anne abandonados junto a la cloaca. Tras la marcha de la anciana, Rooker instó a Sarah a que le explicase lo que había querido decir. Ella rompió a llorar y le confesó los crímenes, implorándole que guardara el secreto.
Rooker creyó en un primer momento que Sarah no podía ser castigada, por haber actuado bajo las órdenes de su madre. No obstante, escribió a los inspectores parroquiales de Tottenham, la feligresía de donde procedían las muchachas enviadas al aprendizaje. La madre fue detenida. En el interrogatorio de Bow Street, testificaron Sarah, Rooker y dos niñas que habían sido aprendizas en la casa. La anciana fue enviada a New Prison, y las jóvenes que aún corrían peligro quedaron bajo la custodia de los responsables de St George's, Hanover Square.
Durante el juicio, madre e hija se acusaron mutuamente; sus declaraciones se apuntalaron ante el tribunal. Sarah, que según su alegato se encontraba encinta, fue examinada por un jurado de matronas, el cual dictaminó que no lo estaba. Ambas fueron sentenciadas a muerte. Los crímenes se remontaban a cuatro años atrás, según el plazo que media en la crónica entre el homicidio y su descubrimiento; el proceso siguió al desvelamiento en 1762. El tiempo no había disuelto la complicidad entre ellas, sino que la había mudado en discordia, hasta que Sarah entregó por fin los secretos de aquella casa.
El 19 de julio de 1762, fueron conducidas a Tyburn. La madre se desmayó antes de subir a la carreta y yació inanimada durante el trayecto. Al llegar, se intentó reanimarla en vano; murió sin recobrar el conocimiento. Sarah lloró sin interrupción desde su salida de Newgate hasta su último aliento. La crónica no dice de qué se arrepentía, ni qué podían enmendar sus lágrimas respecto al destino de las criaturas a las que había atormentado. Deja únicamente esta estampa en la que dos mujeres, condenadas por el mismo crimen, no hicieron del mismo modo su camino hacia la horca.
