Al amanecer, el cuerpo de Sarah Stout queda encajado contra los pilotes del molino. Una mujer que había pasado la velada en Hertford en compañía del abogado Spencer Cowper es hallada en el río, con la cabeza y un brazo retenidos entre los maderos. Los primeros testigos divisan sus ropas cerca de la superficie; otros sostienen que yace casi sumergida por entero. Su madre exige saber de qué modo murió su hija. La ciudad, por su parte, se pregunta primero si Sarah no habrá querido desaparecer.
El lunes 13 de marzo de 1699, día de sesiones judiciales, Cowper llega a Hertford junto a los jueces. Se hospeda al principio en casa de Barefoot, donde su familia suele disponer de aposento. Más tarde, cena con los Stout. Sarah es soltera y dueña de un patrimonio. Escribe a Cowper cartas apasionadas; la crónica no permite asegurar que sus afectos fuesen correspondidos. Su criada, Sarah Walker, recuerda que él prometió regresar a cenar y pernoctar allí. Pasadas las nueve, Cowper vuelve. Pide tinta, escribe a su esposa, toma un poco de leche para la cena y permanece junto a Sarah y la madre de esta.
A las once, la criada sube a calentar el lecho. Oye cerrarse la puerta de la calle. Cuando desciende, Cowper y Sarah han desaparecido. En la casa se confía en su pronto regreso: la madre y la doméstica velan parte de la noche, pero no dan la voz de alarma al vecindario. Por la mañana, descubren a Sarah en el río. El cadáver presenta marcas oscuras cerca de la oreja y en la clavícula, mas no la huella nítida de una soga. La primera pesquisa concluye que se trató de un ahogamiento; semanas más tarde, sus deudos hacen exhumar el cuerpo.
La acusación escudriña entonces las horas que precedieron al hallazgo. Cowper fue el último hombre visto junto a Sarah; abandonó luego la ciudad sin acudir a interesarse por la madre. Mandó recoger su caballo del establo de los Stout, según explica, por temor a que los bienes de la casa fuesen incautados si la muerte era declarada suicidio. Otros testigos recuerdan a tres hombres alojados en casa de Gurrey que hablaban de Sarah como de una antigua pretendiente de Marson. Uno de los comensales habría afirmado que un amigo la había «despachado»; más tarde, la compañía brindó por el fin de sus días de cortejo. Aquellas palabras, referidas tras el hallazgo del cuerpo, parecen delatar un conocimiento previo de su muerte. Los hombres aducen que no pasaban de ser meras chanzas.
El juicio da comienzo en julio. Cowper, letrado de profesión, comparece junto a John Marson, Ellis Stevens y William Rogers. La acusación presenta a los cuatro hombres como partícipes de una sola empresa: estrangular a Sarah y arrojar después su cuerpo a la corriente. Sin embargo, la prueba se escinde de inmediato en dos dilemas: ¿alguien le quitó la vida antes de que entrase en el agua? Y de ser así, ¿fueron los hombres sentados en el banquillo quienes lo hicieron?
Los testigos que retiraron el cadáver describen a una mujer tendida de costado junto a los pilotes, a veces medio sumergida. Varios juran que ninguna rama la sostenía; otros afirman haber visto juncos o estacas bajo ella. Todos coinciden en que los zapatos y las medias estaban limpios, el cuerpo no presentaba hinchazón y asomaba espuma por la boca. El cirujano que la examina ese mismo día advierte zonas de sangre cuajada y una leve tumefacción en el cuello, aunque reconoce no haber observado surco de estrangulamiento. Las observaciones sugieren un acto violento, mas no revelan al autor ni un mecanismo incuestionable.
Seis semanas después de la sepultura, los médicos abren el cuerpo a instancias de la madre. Al no hallar agua en el pecho ni en el abdomen, concluyen que Sarah no murió ahogada. La defensa de Cowper impugna el valor de semejante inspección tardía: los restos se hallan ya descompuestos y la exhumación no fue ordenada por el juez de instrucción. Los facultativos convocados por la acusación y los citados por la defensa discrepan sobre lo que tales observaciones permiten acreditar. Algunos sostienen que quien entra con vida en el agua debió tragarla por fuerza; otros replican que basta una ínfima cantidad para provocar la asfixia y que las señales se desvanecen con el tiempo. El tribunal asiste a una pugna de certidumbres médicas irreconciliables, dictadas a partir de un cadáver ya inhumado.
La noche se torna entonces un mapa por reconstruir. La criada reitera que Cowper marchó en compañía de Sarah. Él sostiene que abandonó la casa antes de las once, restituyó el dinero que adeudaba a la joven y se dirigió a la posada del Glove and Dolphin. Varios mozos del mesón confirman su llegada al toque del reloj y aseguran que no salió de allí. A juzgar por el trayecto medido por los testigos, habría sido menester más de media hora para alcanzar el paraje donde Sarah fue encontrada y regresar. Podía hallarse en el lecho antes de medianoche sin haberse acercado al río. Mas esta cronología depende de los relojes, de la memoria y del relato de la doméstica, cuyas horas discrepan en treinta minutos de las del pueblo.
Las cartas de Sarah enredan aún más el cuadro. En ellas confiesa que desea vivir con Cowper y que no renunciará a él; una de las misivas lleva fecha del 9 de marzo, cuatro días antes de su muerte. La defensa las esgrime como prueba de una pasión voluntaria que la familia tendría sobradas razones para ocultar. Sostiene que Sarah atravesaba periodos de abatimiento y que en ocasiones había hablado de arrojarse por una ventana. Algunos testigos aseguran haberla oído desear la muerte. Para la madre y la acusación, estos testimonios no acreditan un ahogamiento voluntario: el afecto, la melancolía y el fin en el río no bastan para componer una explicación cabal.
Cowper niega haber puesto las manos sobre el cuerpo y rebate toda sospecha de móvil económico. Explica que tan solo había asesorado a Sarah en un préstamo de doscientas libras, saldado meses antes de su muerte; las seis guineas halladas en la faltriquera de la joven corresponderían a los intereses que él le entregó aquella misma noche. Sostiene que nada tenía que ganar con su desaparición. La defensa insiste asimismo en la falta de pruebas directas: ningún testigo afirma haber presenciado el crimen, no se ha encontrado arma alguna y las palabras oídas en la posada solo salieron a relucir después de los hechos.
Los otros tres acusados ofrecen su propia versión del viaje a Hertford. Marson dice haberse desviado del camino para despachar un asunto en Southwark y no haber llegado sino a última hora de la tarde; Stevens y Rogers aseveran que no conocían a Sarah hasta que oyeron su nombre en la taberna. Explican aquellas frases siniestras como una ligereza de taberna y niegan la existencia del misterioso fardo de ropa invocado por la acusación. Para los deudos de Sarah, tales pormenores dibujan una maniobra premeditada. Para la defensa, solo cobran sentido si se da por cierta, de antemano, la tesis acusatoria.
Durante varias horas, el proceso enfrenta a una familia que rehúsa aceptar que la muerte de Sarah pase por un suicidio con cuatro hombres que defienden su honra tanto como su propia vida. La acusación no logra demostrar que la hipótesis del ahogamiento sea imposible; la defensa no disipa la aparente huida después de las once ni las palabras referidas en la posada. El jurado se retira durante media hora. Declara a Cowper, Marson, Stevens y Rogers no culpables. El veredicto clausura la causa judicial, mas no el misterio: las actas no revelan de qué murió Sarah ni si hubo mano criminal en su destino. Su última noche permanece suspendida entre cartas que claman afecto, testigos que recuerdan demasiado tarde y un río donde los pilotes detuvieron su cuerpo.
